26/9/12

Walter Benjamin / Un mesianismo libertario


Iñaki Urdanibia

Acercamiento a una vida errante y a un pensamiento luminoso.

Bajo el signo de Saturno-como subrayase con el tino que le caracterizaba Susan Sontag- nació este personaje que siempre anduvo acompañado por la compañía  del cheposito  desde su nacimiento el 15 de julio de 1892 en Berlín hasta el 26 de setiembre de 1940 en Port-Bou: el pequeño cheposo, personaje de un cuento infantil germano, que representaba al gafe por excelencia  acompañó a Walter Bendix Schönflies Benjamín a lo largo de su ajetreada existencia, hasta podría decirse sin empacho que le contagió su carácter ya que el pensador, crítico de arte, traductor (Balzac, Proust, Baudelaire, etc.) y tantas cosas más, era la figura de un consumado cenizo. Una “infancia berlinesa” contada por él mismo, marcada por la enfermedad y los retiros campestres para sanar su endeble constitución.

Tras finalizar el bachillerato cursó estudios de filosofía, germanística e historia del arte en Friburgo. Para entonces ya sintió la llamada de algunos movimientos judíos, raíces que le incitarían a pensar en ellas y hasta llegar a combinarlas con el marxismo.

En vida apenas vio sus obras publicadas y la dispersión de artículos y breves ensayos que funcionaban como flashes veían la luz en revistas varias; nunca accedió, a pesar de sus accidentadas -por distintos obstáculos académicos- tesis acerca de “la crítica del arte en la época romántica” (leída en la universidad de Berna) y  “sobre el origen del drama barroco”, a ingresar como profesor en la universidad, viviendo fundamentalmente de la renta que le pasaba su padre y las ayudas de Theodor W. Adorno. Benjamín fue un ejemplo destacado de pensador por libre, lejos de la jerga y la sistematicidad- de tono gran señor- propias de los pagos académicos; esta libertad y sus enfoques innovadores y nada proclives a plegarse a las normas al uso, y al abuso, hicieron que se le viese como un bicho raro.

Sus amoríos tampoco fueron pura dulzura y sosiego sino que fueron cambiantes y más de una vez el dolor y las frustración acompañaron sus experiencias (Werner Kraft, Dora Pollack con quien se casó y tuvo un hijo). Su figura se movió por distintas ciudades y países: Italia, Suiza, Capri, Ibiza y por supuesto, por distintas ciudades alemanas donde a pesar de sus intentos no lograr acceder al puesto de docente universitario. Las dificultades aumentaban al serle cortado el suministro paterno debido a sus problemas financieros. Años fructíferos en lo que hace a encuentros con amigos que le ayudarían y que le respetarían: Adorno, Ernst Bloch, Asja Lacis, comunista letona que le inició en el marxismo y que le empujaría a viajar a Moscú, visita que realizó tras una permanencia en París, cuya Bibliothèque Nationale- dirigida a la sazón por George Bataille- se convirtió en su lugar de trabajo, del mismo modo que la ciudad del Sena se convertiría en su lugar de asilo, huyendo de la peste parda, en 1933, y también en la inspiración para la que iba a ser su obra mayor: los pasajes parisinos como muestra icónica de la modernidad. Tras ser encerrado en distintos campos de los que pudo escapar gracias a las influencias de algunos amigos, pudo huir por los pelos del París invadido y acabó en Lourdes, y más tarde en las orillas mediterráneas, en donde pasó los Pirineos con el propósito de viajar a EEUU desde Portugal. La mugalari Lisa Fittko  guió a cruzar la montaña a aquel hombre fatigado que cada dos por tres se sentaba para calmar su asfixia y que no se separaba ni a sol ni a sombra de un maletín que contenía algo de vital importancia para él. En la pensión en la que iba a pasar la noche ingirió la dosis mortal de morfina ante el miedo de ser entregado a la Gestapo por los policías franquistas; todo hace pensar que la amenaza no tenía otro fin que sacar dinero a los incautos de turno…el cheposito, una vez más, le aconsejó mal. Era el 26 de setiembre de 1940, un día antes había dejado escrito: “en una situación sin salida, no tengo otra elección que poner fin a mi vida. En un pequeño pueblito de los Pirineos en donde nadie sabe que mi vida va a acabar”.

Precisamente acaba de  publicarse una excelente biografía, “Walter Benjamín. Una vida en los textos” (Publicacions de l´Universitat de Valéncia) de un periodista francés, Bruno Tackels que nos habla, con pelos y señales, del personaje, de este coleccionista irredento de libros, de juguetes y de diferentes objetos, que cual avezado trapero hurgaba en los restos para acabar hallando perlas allá en donde los demás no veían más que basuras y desperdicios, que metaforizase Hannah Arendt. Las luces y las sombras nos son presentadas en una viva tensión que confirman aquella aseveración benjaminiana que unía la cultura y la barbarie como las dos caras de la misma moneda. La creación desbordante y la tragedia hacían masa en la persona del autor de las “Tesis sobre el concepto de  historia”.

La obra se inicia con una carta del autor al biografiado en la que no esconde su gran admiración hacia él. Luego van a seguir más de seiscientas páginas magníficamente escritas y con el recurso constante a las citas que hacen que el acercamiento a la vida de Benjamín vaya acompañado de una aproximación a su obra. Nos pasearemos como privilegiados flâneurs por las calles de la Ville lumière, por islas mediterráneas y otras geografías,  conoceremos a sus amistades, y seremos introducidos en el laberinto ensayístico  del pensador, derivando por el surrealismo, Goethe, Kafka, Kraus, Brecht, Baudelaire, Leskov…y cien mil personajes y sus singulares pensamientos; y en temas y más temas desde la fotografía hasta el drama barroco, el desvanecimeinto del aura, su concepción del tiempo y el kairós redentor.

No es el menor mérito de Tackels la unión que va tejiendo entre la vida y el pensamiento de este pensador fragmentario y luminoso hasta el destello, verdadero arqueólogo sintomático de la modernidad, hurgando en las ruinas en busca de signos significativos mirándolas como el ángel de Paul  Klee. En esta encomiable tarea, Bruno Tackels nos entrega una llave maestra para el acercamiento a la complejidad del pensamiento benjaminiano; asoma en el quehacer del biógrafo, cierto contagio del misticismo judío, talmúdico, -y no lo digo como reproche ya que hablando de Walter Benjamín quizá sea el modo más adecuado de hacerlo-, que se expresa con constantes guiños de tales posturas propias de este “centinela mesiánico” de una izquierda posible- del que hablase Daniel Bensaïd-, más allá de las almidonadas ortodoxias, y siempre del lado de los perdedores, de los vencidos… “advirtiendo del incendio”, por utilizar las palabras de Michaël Löwy, incendio que llegaba arrasando y que se lo llevó en el exilio, en la humillación, en la pobreza… “¿en qué se reconoce nuestro punto fuerte? En nuestras derrotas. Sólo cuando nos mancilla así, somos invencibles”.

La apuesta benjaminiana no aceptaba el optimismo de cara al futuro ineluctable, ni la confianza ciega en el sujeto llamado a encabezar la futura revolución; él apostaba por la voluntad de alcanzar la justicia, situándose al lado de los oprimidos, de los perdedores, como uno más…alejándose de los discursos victoriosos-fomentados por los mecanicistas por un lado y por los voluntaristas del otro-, del discurso de los vencedores que siempre habían enterrado las voces de los derrotados, de aquellos que podían haber dado otra alternativa a la historia y que pasaban-los perdedores- a ser el sujeto capaz de ver el futuro desde otra óptica.