22/9/12

Eduardo Mariño/ El brillo y las sombras de una escritura heteróclita

Julio Rafael Silva Sánchez

“Sobre el recinto que lo aleja se alza el misterioso edificio, vastísima y en apariencia caótica construcción, y, en ella, los no muertos vagan en esta tierra sin saberlo”: H. A. Murena, El Centro del Infierno, 1989

Prolegómenos: “Del Diario de un Cautivo”

Especial para Gramscimanía
En aquellos años crepusculares del siglo diecinueve, un hermoso y extraño condenado de nombre Jean-Arthur Rimbaud señalaba el camino, con su nostalgia exultante por la infancia, la ambición desordenada, su negativa a dejarse corromper por el mundo adulto, la visión fantasmagórica de la realidad, el esplendor mágico, las alucinaciones, su desenfrenado propósito de vivir. Y, entonces, con firmeza, demandaba en Una temporada en el infierno (1987):
 ...Tuve que viajar, dispersar los sortilegios acumulados en mi cerebro. En el mar, al que amaba como si tuviese que lavarme alguna suciedad, veía levantarse la cruz consoladora. Había sido condenado por el arco iris. La felicidad era mi fatalidad, mi remordimiento, mi gusano: mi vida sería siempre demasiado inmensa para ser consagrada a la fuerza y a la belleza. (Rimbaud, 1987: 97)
Foto: Eduardo Mariño
Tales frases parecen adecuadas para acercarnos a la obra literaria   de  este joven poeta cojedeño: Eduardo Antonio Mariño Rodríguez, nacido en San Carlos, estado Cojedes, una brumosa tarde estival del año 1972. Lector infatigable, creador contumaz, dotado de  una curiosidad impertinente y enfermiza, es autor de una extensa y sorprendente  obra, la cual empezamos a conocer hace exactamente diez años, cuando, en 1993, un peculiar texto ¿narrativo? venía a nuestro encuentro desde las páginas de la recordada revista Tiriguá, vocero del Instituto de Cultura del Estado Cojedes. Allí, en aquellas páginas, sobrevolando un folio escindido y haciendo esquina, estaba ese texto inaugural llamado Del Diario de un Cautivo: una concatenación de sutiles estructuras, parecidas a los nervios de un espectro, ramificándose y entroncándose con elementos, lugares y rostros, suscitados o inventados repentinamente por el poder de una causalidad yacente, pero ávida de las más singulares realizaciones entre el tejido de la existencia. El autor se revela como portaestandarte de un alto sentido magnético y de una intuición fluida e inquieta. El buril de su pluma persigue, rastrea  el pozo de las vidas y de los sueños, con una delicadeza que no deja de ser cáustica, mortal  casi siempre. Oigamos un fragmento de su relato Yo, del citado libro:
...Yo fui un paseante en aquella ciudad. Yo fui uno de sus amantes y yo era uno de sus noctámbulos sacerdotes.
Estuve muerto en unas manos muy pálidas, impregnadas del desagradable olor de una tumba abierta antes de tiempo. Yo estuve encadenado a un muro por toda una década y sólo podía escupir dos míseras palabras, so pena de encender mis entrañas y aburrirme hasta el límite de lo creíble. (Mariño, 1994: 5)
Esta atmósfera será insistente en muchos de sus textos. El autor a veces escarba una cicatriz tan antigua, que ya es futuro vertido en una herida próxima. La muerte es un símbolo de rostros, reunidos en un mismo estanque, en el cual la sangre posee la inmensidad que guarda lo eterno. La muerte es la sustancia lúcida, deslumbrante de todas las vidas modeladas por el autor. Leamos un fragmento de su texto Si no llueve...:

...Alguien había muerto, y aunque yo no tenía la culpa, me preocupaba. ¿De qué había fallecido?, ¿por qué esa noche?, ¿quién era el responsable de tan horriblemente cotidiano suceso? y ¿quién había enseñado esa melodía a mis grillos?
De nuevo “chao” y “hasta mañana.
De nuevo al vino, y afuera.
De nuevo a las nubes, sin lluvia.
¿Cómo? ¿Acaso no os lo he dicho siempre?
No quiero flores en mi sepelio; se marchitarán muy pronto, si no llueve... (Mariño, 1994: 28)


Desde estos primeros ¿relatos?, sus palabras y rostros son ardientemente inteligibles: aparece como una metáfora en el primer texto. Y luego, en diversas formas de atracción secreta: en Fin de misa, el personaje irrealmente difuminado transita una atmósfera en la cual, en lugar de aire, se respira un sueño. Oigamos un fragmento:
...No acostumbro a trasnochar en agosto; es algo en sus constelaciones o en los ritos de esta época del año, que me aleja un poco de la noche y sus ruidos. Las agujas, dormidas, hienden como sueños recurrentes a las pocas nubes que aún transitan, buscando rumbos ciertos. Las velas, permanecen en sigilosa vigilancia de las efigies agazapadas entre las sombras, sombras que tiemblan y se enseñorean con su miedo de la nave y las cúpulas, logrando despabilar momentáneamente al que duerme en los maderos. ¿Qué interrogante plantean? ¿Qué forma de miedo adivina en mis pasos casi de fuga? (Mariño, 1994: 45)
En otros textos, el tiempo, como un espejo reversible, le sugiere las más agudas alucinaciones, las cuales tienen para el autor el valor místico y fatal de los planetas en los textos astrológicos. Leamos un fragmento de Babilonia:
...No era simplemente una ilusión, el sentirse ligera y flotante entre los brotes y los capullos. Los jardines eran un área de ensueño y transmutación. El contacto con el rocío. Envolverse con la leve bruma de un sueño aún no concluido. Todo a su alrededor era viento, nubes. Sentía el viento en su piel, con un roce un tanto imperceptible, pero inobjetablemente posesivo, absorbente. (Mariño, 1994: 29)
Por si los Dioses mueren

Posteriormente, en 1995, Eduardo Mariñopublica, bajo el sello editorial del Círculo de Escritores el Estado Cojedes, el experimento narrativo Por si los dioses mueren, el cual, según lo declara la contraportada  (en donde sospechamos la presencia cómplice de Miguel Pérez...):
...no es un compendio de poesía, pero en sus páginas habita un poeta. Tampoco es un libro de cuentos, pero en él hay un narrador. En fin, es un texto que se niega a festejar las divisiones inútiles de los denominados géneros, para ir al encuentro definitivo de la literatura... (Mariño, 1995: contraportada)
Y, en efecto,  la poesía desborda sus páginas: la soltura y la vivacidad del lenguaje y de los giros estéticos, presiden y alientan toda esta obra, la cual se revela a sí misma con una independencia y una impaciencia inconquistables. A veces, el estilo procede por acordes que adquieren la intensidad progresiva y el aliento de una composición musical, como en este fragmento del texto X:
...Mi epilepsia dormida brota de tu palpitar de nube, yo callo las místicas oraciones para negar la voz de quien jamás nos ha llamado a fabricar profecías; yo caigo y paso a la cámara de la balanza, con el espejo al hombro, caigo con el espejo profundo y soy pesado infinitamente en el pozo de la muerte secreta, en los laboratorios de la tristeza terrenal y barroca. (Mariño, 1995: 26)
Otras veces, sus frases y las situaciones que cada una revela, se suceden en  un juego de contrastes y encadenamientos esplendentes; aparece como un pozo de mosaicos rutilantes: el infinito, lo cósmico, el universo en el cual se entrelazan y comunican, como en una hoguera de reflejos, los manantiales de los más remotos espejos de conciencia y sentimiento. Así lo observamos en este fragmento del texto  XII:
...Los lagartos me veían y sonreían entre sí con marcada complicidad. Ellos saben que no puedo verles el rostro y que les huyo, especialmente después del orto, cuando desaparecen las sombras chinescas de la pared de enfrente. Me buscan con la mirada, con esos ojos mezcla de rabia y carcajada (supongo que todos los lagartos sienten rabia, pero alguna vez deben sonreír). Mi perseguidor se acerca y los lagartos susurran; me agobia esa sensación de ser una víctima que desconoce la proximidad de su muerte, del desenlace de esta comedia cruel que arma con su espada y sus ardientes teas; flama y odio, venganza y remordimientos lejanamente acariciados. (Mariño, 1995: 29)
En estos textos, armados con frases de rico contenido y expresión flexible, el autor nos revela el territorio de un alma que se encuentra a sí misma, en dimensiones y parajes diferentes, permaneciendo identificada por el secreto de una transgresión. Contienen una fantasía sobre las afinidades espirituales y las existencias en conflicto, pero es  la poesía la invitada que vuelve mágicos estos accesos y estos virajes. Leamos un fragmento del texto XXVIII:
...Sabías mi nombre, dirección y potencial ruta de escape. La escalera. Granito y madera. Las manos frías. Detente. El minucioso musitar de escándalos y blasfemias en una carta sin leer, sin jugar, abatida, abierta en el pecho con una herrumbrosa estrella de plata. ¿Alucinación? ¿Profano enigma? Te esperan muchas sorpresas, la menor de las cuales esconde un castillo tras una montaña y hay que conocer los siete nombres del Dios Hambriento, la carne tiembla al verlo y no se le debe mirar a la espalda. (Mariño, 1995: 58-59)
Cacería

Un poco más tarde, el año 1999, Eduardo Mariñonos entrega Cacería, libro también editado por el Círculo de Escritores del Estado Cojedes. La contraportada afirma (y de nuevo Miguel Pérez hace un guiño desde allí) que en este libro:
 ...la búsqueda estilística iniciada en sus trabajos anteriores se ve profundizada en un afán de explorar a fondo los recursos del discurso narrativo-para lo cual se aparta muchas veces de sus métodos tradicionales- a la vez que recrea una estética íntima, misteriosamente sugestiva...a través de la cual salta con facilidad y ambigüedad de ambientes narrativos rotos, especulativos, a cánones barrocos profundamente adjetivados y realidades críticas que expresan una necesidad de revisión del texto en sí mismo... (Mariño, 1999: contraportada)
Todo lo cual es implacablemente cierto: en este libro, Eduardo Mariño traza, como los cometas, órbitas elípticas, ambiciosas pero justas, de una justicia cálida, incisiva, matemática. Algunos textos, como armas reincidentes, son metales consagrados a la muerte. En otros, la pesquisa ontológica acaricia un erotismo sin prisas ni precipitaciones, crecido en fuego interior, en un lenguaje estremecido y denso que no sólo confirma sus anteriores libros y conquistas estéticas, sino que los recoge en una sólida manifestación de equilibrio creador, denotando la inquebrantable decisión de no abandonar sus criaturas, de elevarlas en su exacto temblor emocional y de rescatarlas para la afirmación integral de su estilo, de su temática y de su concepción personal de la poesía . Leamos un fragmento del texto Una duda como de hoy tarde:
...Sólo tus ojeras acusándome, huella incontestable, ineludible compromiso de hacer llegar a los ojos, nuestro silencio.
Tal vez los rencores impidieron que ya ninguno aceptase la verdad. A esas horas de la noche la palabra suele mentir y encerrar aromas de piedad. Somos nuevas personas con los brazos dormidos en la espalda ajena, las piernas que se buscan entretejer con las calles. (Mariño, 1999: 20)
O este otro fragmento, del texto Deja-vu del puñal y la escalera:
 ...Pero ella lo vio llegar. Sintió sus pasos agitados trepidar en las escaleras e inmediatamente presintió que buscaría el pequeño puñal de hoja curva que siempre ha venerado. De alguna manera ya sabe que vendrá a su habitación; esa certeza le hace cerrar los ojos, echada boca abajo en la cama.  Aguanta la respiración con tal fuerza que al final se despierta y le ve a su lado, con una brillante sonrisa en el rostro. Incrédula aún, le oye preguntar en voz tierna:
-¿Qué tienes? Te oí gritar en sueños.
Lo abraza con los ojos cerrados y no puede ver cuando suelta el puñal bajo la cama. (Mariño, 1999: 23)
O aún este otro, subyacente en Hasta el Último Arcano (Trece variaciones sobre “El Arte de la Fuga”, de Johann Sebastian Bach):
...Y cada segundo se convirtió en conflagratoria excusa para soterrados temores. Ella con su vestido vino tinto, sus besos al aire, los temblores del mar. Muchos han saltado su presencia. Sus cabellos, harto difícil de entender las causas, tendían dócilmente a arremolinarse en sus hombros con gráciles insinuaciones.
Johann Sebastián vestido de absoluto negro entró al lugar farfullando y repartiendo hipócritas saludos y sonrisas entre los presentes, entre sus chorreantes fumarolas y las salivas a medio camino de sus lenguas. Un nauseabundo olor emanaba inclemente de las sillas, mesas y paredes. Una rancia y desesperada nostalgia se abría paso a través de las oscuras siluetas, alcanzándolo, embriagándolo, abrasándolo en vida.
Vestido vino tinto.
Vestido en la pared, incitando libidinosos vuelos en su blanca entrepierna, tan cálida como aromática. (Mariño, 1999: 67)

En este libro, EDUARDO MARIÑOpersigue, con un sentido de firmeza extraordinaria, la riqueza expresiva, el don de la madurez en la palabra, gracias a un empecinado ejercicio agónico, entrañable sobre la materia temporal, vida ya vivida de lo que ha ido haciendo para expresarse a sí mismo y comunicarse con los demás. Intento en el cual palpita, también, la aspiración luminosa hacia otras experiencias vitales, cargadas de signos y deslumbramientos, todavía no revelados en plenitud.  Oigámoslo en un fragmento de Nada sabemos:

...En medio de la noche las manos, el hombre que se acerca al murmullo inconsciente, trémulo bajo el cinematográfico, previsible ventilador. Sobre la cama el cuerpo, la mujer que pocos minutos antes soñaba con desnudos brazos, en sí misma un acto de crueldad, infamia onírica sin otra luz que el ligero y tembloroso saludo del noticiero.
¿Podemos ver las marcas, las rojizas huellas?
¿Podría usar gargantillas de fino oro después de esta noche?
Acaricia la almohada, aún húmeda de sus lágrimas, ardiente de sus gritos. Sus manos fuertes no están cansadas, ha sido poco el esfuerzo.
Pero nada sabemos de su alma obscura en la noche. (Mariño, 1999: 21)

Sombras que bajan por el río

En el año 2001, un Jurado Calificador integrado por Mercedes Franco, Gustavo Luis Carrera y Enrique Mujica, confiere a Eduardo Mariño el Premio Único en el III Concurso Nacional de Cuentos y Relatos “Misterios y Fantasmas Clásicos de la Llanura” (Homenaje a Don Ramón Villegas Izquiel), convocado por la Universidad Nacional Experimental de los Llanos Occidentales Ezequiel Zamora. Su cuento, Sombras que bajan por el río, se hace acreedor de este premio, según veredicto del Jurado, por ...un manejo decantado del lenguaje, una atmósfera narrativa sostenida y una espontaneidad en la expresión bien construida.

Por su parte, Mercedes Franco, en el Prólogo, afirmaba que:
...El cuento “Sombras que bajan por el río” ...refleja una gran madurez literaria, por su excelente manejo del lenguaje y su destreza en la elaboración de la atmósfera narrativa, que son sin duda sorprendentes en un escritor tan joven. De un ataúd abierto brota un celaje de oscuras mariposas, mientras la veloz canoa de Jorge Noche surca las aguas profundas. Misterio y realidad se articulan en un personaje impalpable, símbolo de la nocturnidad y lo inasible. Auguramos a este talentoso autor un brillante futuro en las letras venezolanas. (Mariño, 2002: 8)
Palabras rigurosamente ciertas, pues Sombras que bajan por el río  es un relato en el cual está presente el poeta de siempre; pero ahora, nuestro bardo registra un mundo  fuera de inventarios: es proyectando su propio ser y uniéndose con las cosas como el poeta logra asir el mundo para entenderlo. Por eso, no se queda dando vueltas por el laberinto de lo plural, sino que trata de fijar las relaciones entre los objetos y el narrador o sujeto poético, convirtiendo las relaciones en imágenes apasionadas, impresionistas, subjetivizándolas, al eslabonar el instante aprehendido con su profesión vitalicia de registrador del mundo. Leamos un fragmento del relato:
...¿Y está muerto don? Fue lo que me preguntó. Yo le dije que las sombras nunca mueren del todo pues hasta en plena resolana, queda una rendijita de oscuro por donde se cuelan de la otra orilla, a recordarle a uno que también somos sombras, fantasmas perdidos en estas sabanas que en el verano son ardientes peladeros y en el invierno oscuros pozos de muerte, negras lagunas donde hierven luces misteriosas. (Mariño, 2002: 20)
Es inobjetable la presencia de la muerte como compañera tierna y solidaria. Pero hay algo más: el simbolismo, la preelaborada tendencia a moldear emocionalmente el lenguaje, la utilización obliterada del monólogo interior y la unívoca fijación de lo externo mediante su imagen coloreada. Leamos otro fragmento:
...Le dije que para pelar una montaña sólo hacía falta una noche si el brazo estaba bueno y el machete bien amolado. Le conté del cerro que le mandaron a limpiar y que amaneció peladito al día siguiente, con toditica la leña amontonada en una orilla. Que los familiares no rondan calles sino las almas de quienes los llaman estas noches. Le conté de los desaparecidos en el río y en otros lugares que no es conveniente nombrar ahora. (Mariño, 2002: 19-20)
La vida profana de Evaristo Jiménez

En octubre del año 2002, Eduardo Mariño obtiene el Premio Nacional de Poesía “Fernando Paz Castillo”, otorgado por la Fundación Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), con la obra La vida profana de Evaristo Jiménez, la cual también ha recibido el Premio Nacional del Libro 2002, en su categoría Libro de Creación Literaria, Mención Poesía, otorgado por el Centro Nacional del Libro, en el marco de la X Feria Internacional del Libro de Caracas. Sobre este libro ha dicho Teresa Cacique (2003) que:
...la elegancia felina de esta escritura salta a la vista (...) su prosa libre, fresca, con sus asombrosos juegos adjetivales, así como la extraordinaria unidad estilística (...) revelan a un narrador experimentado e infatigable... (Cacique, 2003: 6)
Expresión con la cual estamos totalmente de acuerdo, porque estos textos de Eduardo Mariño revelan al poeta que nunca ha dejado de ser. Ver el mundo es la voluntaria misión poética que nuestro aeda se impuso desde siempre y que ha venido cumpliendo en su peregrinaje por tiempos y comarcas. Ver el mundo es su oficio consuetudinario. El ejercicio de su noble cotidianidad. Ver es percibir y, por tanto, acto total del ser: el momento en el cual el hombre y el mundo forman esa unidad que ninguna metafísica ha podido resolver.

Eduardo Mariño, poeta siempre, cumple, de modo riguroso, coherente y depurado esa noble misión de esclarecer en imágenes sorprendentes el mundo que su pupila descubre cada día. Siendo un poeta en quien la función visual ejerce tan acentuado predominio, su poesía tiene una deslumbrante objetividad, la cual-sin embargo-deja ciertos resquicios al intimismo y al símbolo. Nuestro poeta se ha asignado a sí mismo la misión (¡y vaya que la cumple inexorablemente!) de registrar el nacimiento que cada día y a cada instante tiene el mundo en sus ojos. Leamos el texto A plena luz del día:

...Soy una simple pregunta y me rompen las tardes de sol.
Miro en silencio una sacudida, una trémula cerveza,
ardores de humo y humo de ausencia. Eres el cigarrillo
necesario en la justicia, el último deseo estremecido. La
piel que me arranco a mordidas, lleva por tatuaje tu
absoluta respuesta. (Mariño, 2002: 9)

Algunas veces, el poeta, en su luminosa poesía de presencias, envía mensajes líricos y boletines augurales desde todas las tierras que va descubriendo. Son mensajes de su alegría radiante, símbolos luminosos de sus encuentros con el mundo, signados por cierto dolor del recuerdo y la nostalgia, los cuales adquieren en el poeta una nueva dimensión tierna y profunda. Leamos ahora el texto Inés, 1993:

...Toda la casa estaba hecha de piedra. El café era áspero, los
besos en la puerta dejaban los labios resecos, la mirada
cansada como regresar de mil ciudades.
Sólo tu nombre era sinónimo de asombros. (Mariño, 2002: 67)

Otras veces, el poeta siente que el mundo se le escapa entre los dedos, inasible y movedizo. No le basta el ojo para la luz, y siente la inevitable presencia de la sombra, de la soledad que lo cerca con su corredizo nudo de angustia: la diaria soledad desesperada, que es la de millones de hombres apretados por la necesidad inexorable en un pequeño recinto sin ventanas hacia  la luz ni salidas hacia la esperanza. Leamos el texto Moulin Rouge o té para tres:

...Amorfos mortecinos cuerpos difuminándose sin regocijo
tras el humo y las inagotables soeces palabras, sombras de
un día purulento de amargura, soledad entreverando
pérdidas del sentido. Sólo queda escudarse en la mirada
recelosa, el asco meridiano. Me diluyo en espuma de
océano ciego o en el cielo tras las montañas. (Mariño, 2002: 38)

Hay también algo milagroso, algo que fluye como un brote fecundo en el centro de esta poesía: es un sentimiento hondo que va diciendo en cada poema cómo se sacude y se estremece y siente lo más hondo y entrañable de la memoria, de la historia, que es el amor: el amor y el dolor secular rezuman aquí el drama de la vida, poblándose, haciéndose, creciendo entre quebranto y duelo, entre batalla y triunfo, desde la misma heredad transmutada. Leamos ahora el texto Bocanada:

...Un rostro fijo en los años, eterno. Una voz que me adivina
la incertidumbre, sacando a relucir viejas cuitas de la
mano que protege la mirada. Su veloz incendio es el
desolador de toda ternura, de toda intención de beso.
Amor que se queda, que no pasa, espiral voluta de humo
que va quebrando el reflejo de toda sombra. (Mariño, 2002: 20)

Y este otro texto, Terraza desde ninguna voz, en donde el poeta, después de la gran aventura, rememora ese gesto de conquista y de hazaña, de acto lleno de pergaminos memoriales, haciendo la crónica larga, oscura, temblorosa, en ávida ascendencia. Oigámoslo:

...Alguna mano buscará nerviosa la compañía nerviosa de
otra mano en la penumbra, una silla se aproximará
lentamente a otra y un silencio como de prohibida piel
vendrá a mecerse tras la melodía. Suelto los ojos hacia la
puerta, distante como todas las puertas, inquietante como
mi propia salida, como ninguna salida; miro hacia afuera
y sólo adivino el rumor de tus imposibles, descalzos pasos
perturbándome en la noche. (Mariño, 2002: 18)

Hace pocos días, en San Carlos, durante el homenaje a la exquisita poeta  Ana Enriqueta Terán,  Eduardo Mariño, con su sonrisa irónica de siempre y su humildad de poeta maldito, me entregaba unos textos inéditos: “...para que los lea, poeta, a ver si le gustan...” me dijo. Y en verdad, debo decir que me apasionó de nuevo esa escritura fresca, novísima, pero inmersa en la tradición cultural de oriente y occidente (allí estaba Borges, Sábato, el I King, Dante Alighieri, los simbolistas franceses...), como en La vida profana...están  Homero, Charles Beaudelaire, Gracián, los románticos alemanes...), en la subyacencia de esos ¿poemas?, ¿relatos?, ¿crónicas?, poco importa en realidad, pues estos textos son el filo de un relámpago medido por el movimiento súbito, temperado por una sobria significación analógica, en los términos justos de la gracia imaginada. Allí no hay ni excesos, ni mengua, ni barullo ni pesado silencio: sólo la armonía de las cosas pequeñas que se encuentran y conforman una sola cosa grande, perfectamente concentrada. Por eso nos deslumbró, entre otros, este texto Definición (¿o anatema?), Oigámoslo:
...¿Qué busca Eduardo? Es difícil decirlo a grandes rasgos, pero no parece ser gran cosa: pequeños milagros, sucesos insignificantes. Sin embargo, podría ser muy simplista al afirmarlo; en realidad, el concepto involucrado debe ser más complejo. Excluyendo el amor de Beatriz, la interpretación más plausible parte de la premisa de un reordenamiento, telúrica reconstrucción interior en busca de certezas.
Nos gustaría concluir este acercamiento a la obra de Eduardo Mariño, con palabras del recordado poeta Ludovico Silva (1979), quien  expresara (y no lo hubiese dicho mejor si hubiera conocido a Eduardo):

...Y para algo me ha servido la poesía: para disimularme
cuando era un inocente imbécil ilusionado, cuando creía
en los dioses y en mi destino. (Silva, 1979: 61)

Referencias bibliográficas

Cacique, T. (2003). “Sobre una vida profana y exagerada”, en Las Noticias de Cojedes. San Carlos: 15 de junio de 2003, p. 6.

Foucault, M. (1966). Les mots et les choses. Paris: Gallimard.

García Canclini, N. (1993). Culturas híbridas: estrategias para salir de la modernidad. México: Complejo Nacional para la Cultura y las Artes.

Greimas, A. J. (1992). Ensayos de semiótica poética. Barcelona: Planeta.

Mariño, E. (S/F). Beatriz o la persistencia de un amanecer en la memoria. (Inédito)

Mariño, E. (1999). Cacería. San Carlos: Biblioteca del Círculo de Escritores del Estado Cojedes.

Mariño, E. (1994). Del “Diario de un Cautivo”. San Carlos: Ediciones del Fondo Editorial Tiriguá del Instituto de Cultura del Estado Cojedes.

Mariño, E. (2002). La vida profana de Evaristo Jiménez. Caracas: Ediciones de la Fundación Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos.

Mariño, E. (1995). Por si los dioses mueren. San Carlos: Biblioteca del Círculo de Escritores del Estado Cojedes.

Mariño, E. (2002). Sombras que bajan por el río y otros relatos. San Carlos: Ediciones de la Universidad Experimental de los Llanos Occidentales Ezequiel Zamora.

Murena, H. A.  (1989) El Centro del Infierno. Buenos Aires: Universitaria.

Rimbaud, J-A. (1978). Obra Completa. Edición Bilingüe. Madrid: Ediciones 29.

Silva. L. (1979). Cuadernos de la noche. Caracas: Monte Ávila Editores.