27/9/12

Crítica al marxismo subjetivista de Néstor Kohan y John Holloway / La elaboración teórica exige rigurosidad

Karl Marx ✆ Avendanyo
Rolando Astarita

Por estos días un lector me envió un mail preguntándome por mi posición frente a la crítica del profesor Néstor Kohan al marxismo “objetivista” y “determinista”. El tema está vinculado a la cuestión de si existen leyes objetivas, sociales, en el modo de producción capitalista. Kohan es un exponente de los marxistas que sostienen que no existen tales leyes objetivas. Ha escrito un libro sobre El Capital, de mucha influencia en Argentina y en América Latina, en el que defiende esta postura. John Holloway, a quien Kohan cita extensamente, tiene un enfoque similar. Mi punto de vista es muy distinto. 

En esta nota reproduzco un artículo que escribí en 2007, de crítica al libro de Kohan. Ahora he modificado el título y varios pasajes. El determinismo en el marxismo lo trataré más específicamente en otra nota, aunque la cuestión ya está contenida en la discusión sobre las leyes objetivas. Aquí va entonces el escrito.

En los últimos años se ha difundido una crítica a lo que se llama la lectura “tradicional” de El Capital. La misma afirma que la lectura tradicional conduce a interpretaciones “funcionalistas”, “objetivistas”, “mecanicistas” e incluso “burguesas” del capitalismo. Esta idea ha sido desarrollada por el profesor Kohan en El Capital, historia y método – una introducción (La Habana, 2004; las citas corresponden a este texto). El libro incluye un trabajo de John Holloway, en el que sostiene que “[l]a lectura tradicional [de El Capital] es una lectura funcionalista” (p. 435), que anula la fuerza crítica de la obra de Marx. Kohan, por su parte, advierte que El Capital no hay que leerlo “sin advertir todo lo que la exposición lógica presupone”. Con esto quiere decir que no hay que empezar por la primera línea del primer capítulo, y seguir por el capítulo dos, por el tres, etcétera, porque si hace esto el lector “se desbarranca inmediatamente y sin remedio” (p. 292; énfasis agregado), y está condenado a no ver las diferencias entre la “mano invisible” de Adam Smith y la posición de Marx. Según Kohan, hay que comenzar a leer el texto de Marx por el capítulo 24, y hay que estar prevenido contra las tentaciones de interpretación “mecanicista” y “objetivista”. En definitiva, Kohan y Holloway abogan por un marxismo “no objetivista”, que subraya lo subjetivo. Holloway resume la tesis de la siguiente forma: de acuerdo a la lectura tradicional, El Capital presenta un análisis de cómo funciona el capitalismo, según ciertas leyes de desarrollo. Pero sólo puede haber leyes, continúa Holloway, “en la medida en que el fetichismo está completo, en la medida en que las relaciones sociales están totalmente reemplazadas por relaciones entre cosas” (p. 435). Pero si es así, “si el fetichismo está completo, entonces no existe ninguna posibilidad de auto-emancipación de los negados, de los oprimidos” (ídem). En cambio, la lectura “no tradicional” de El Capital, que Holloway considera indispensable, muestra que detrás de las máscaras del fetichismo existe la fuerza del trabajo alienado, y el capital depende totalmente de “nuestro hacer” y de “su conversión en trabajo abstracto”. Kohan, de la misma manera, arremete una y otra vez contra los marxistas “objetivistas”. Por ejemplo, refiriéndose a las interpretaciones de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, afirma que “la ortodoxia del marxismo” piensa que el capitalismo iría a un “necesario y fatal… juicio final”, lo que llevaría al paso automático a la sociedad comunista (p. 333).

En resumen, el tema es criticar toda lectura que quiera ver en El Capital un estudio de leyes objetivas de funcionamiento del capitalismo. Por ejemplo, y según el enfoque de Kohan y Holloway, el propósito de la ley del valor de Marx es explicar la posibilidad de las crisis, y “no comprender esto constituye una equivocación fundamental del marxismo funcionalista que termina incorporando a la teoría del valor de Marx en El Capitaluna visión infundadamente armonicista del orden social…” (Kohan, p. 361). Pensamos que este abordaje de la obra de Marx sólo se puede mantener a costa de a) una tergiversación de las categorías fundamentales; y b) una caricaturización de las posturas de lo que Kohan llama “marxismo objetivista”. Sostenemos también que esta lectura no ayuda a avanzar en la lucha teórica contra la ideología burguesa; y tiene consecuencias políticas graves.

Leyes objetivas, base de la política revolucionaria

A pesar de lo que digan los críticos de las lecturas “tradicionales” de El Capital, es un hecho que Marx sostuvo, una y otra vez, que existen leyes de funcionamiento del capitalismo. Por ejemplo, habló de la ley del valor, a la cual consideraba la “ley fundamental de la economía política moderna”, en tanto que “conexión interna y necesaria” entre el valor de las mercancías y los tiempos de trabajo socialmente necesarios. También habló de la ley general de la acumulación, de las leyes de la apropiación capitalista, o de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Siempre se refirió a estas leyes como leyes “objetivas”. Por “objetiva” Marx entendía que son leyes que derivan de las relaciones sociales y del accionar de los seres humanos, pero que éstos no dominan. Por eso la cosificación de las relaciones sociales implica que se trata de un mundo social, pero que domina al ser humano.

Se trata entonces de leyes que gobiernan el funcionamiento del sistema, su reproducción, y que a través de su dialéctica interna encierran la dinámica de las crisis, del estallido de las contradicciones. Proporcionan por eso el campo para la acción revolucionaria, para la intervención de los explotados en la resolución definitiva de las contradicciones. De ahí que sea necesario conocer este aspecto sistémico del capitalismo, a fin de que la crítica llegue “al hueso” y se entienda que los males de la clase obrera no se van a acabar cambiando personajes o gobiernos, sino acabando con la propiedad privada del capital. Insistimos, para sacar esta conclusión hay que entender el aspecto sistémico, objetivo, reproductivo de estas leyes del capital. Pero precisamente esto es lo que niega la lectura de El Capital que propone Kohan, siguiendo a Holloway.

Por ejemplo, la ley del valor regula, como tendencia, las partes del trabajo total social que deben destinarse a la producción de diversos valores de uso. Este concepto es explicado en el capítulo 12 del tomo I de El Capital, donde se sostiene que las diversas esferas de la producción procuran mantenerse constantemente en equilibrio, en el sentido que cada productor debe producir un valor de uso que satisfaga alguna necesidad social. Por esta razón debe establecerse un nexo interno que articule estas diversas masas de necesidades, y este nexo interno es la “ley del valor”. Esta tendencia de las diversas esferas de la producción a mantenerse en equilibrio sólo se manifiesta, a su vez, como reacción contra el desequilibrio constante. O sea, la ley del valor actúa como una reguladora anárquica de la producción, con independencia de lo que los seres humanos puedan desear. Es una ley que se impone de forma objetiva social.

Cualquiera que tenga un mínimo de cultura en economía y lea esto en El Capital, se dará cuenta de que esta concepción está muy alejada de la teoría burguesa del equilibrio general. Pero también entenderá que la ley del valor de Marx no tiene como único objetivo explicar la posibilidad de las crisis, sino mostrar cómo en el capitalismo se comparan, distribuyen y regulan los tiempos de trabajo. Esto no quiere decir que Marx tuviera una concepción “armonicista” del sistema capitalista. Por el contrario, la ley del valor se fundamenta en una contradicción que es insalvable del sistema, la que existe entre el carácter social y privado del trabajo. Por lo tanto, lo que está mostrando Marx es cómo el sistema puede reproducir en escala ampliada esta contradicción a través de la acción de la ley del valor. Para lo cual debe establecerse cierta regulación, cierta ley interna del mercado. Constituye un planteo no dialéctico pensar que la existencia de la contradicción o del desequilibrio niega el momento de la identidad, de lo sistémico, de lo que se reproduce en escala ampliada. Es no entender el ABC del asunto.

De la misma manera, la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia trata de demostrar cómo, a pesar de la acción consciente de los capitalistas por elevar la tasa de ganancia, se produce una caída tendencial de la tasa de ganancia. Se trata de nuevo de una ley de funcionamiento, que revela el carácter contradictorio del proceso de producción capitalista. La caída de la tasa de ganancia precisamente se da porque existe una ley de la acumulación capitalista, que se manifiesta en ciertas regularidades tendenciales; por ejemplo, la tendencia al crecimiento de C/V. Lo importante es que estas tendencias operan en la realidad y en la historia del capitalismo. No se trata solo de especulaciones abstractas. En particular, las crisis se descargan como fenómenos objetivos, por encima de la voluntad de los participantes. Es absurdo que la quiebra de Lehman o de Bears, de Enron o World.com, las desvalorizaciones masivas de capital que se precipitan con las crisis, sean manejadas o preparadas por los mismos capitalistas. Son fenómenos objetivos-sociales.

En otros pasajes Marx todavía es más explícito, si se quiere, acerca del carácter objetivo de estas leyes, al tiempo que señala las contradicciones implicadas. Por ejemplo, en el capítulo 22 del tomo I de El Capitalsostiene que el desarrollo de la producción capitalista convierte “en ley de necesidad” el incremento constante del capital invertido, y que la competencia impone a todo capitalista individual “las leyes inmanentes del régimen de producción capitalista de producción como leyes coactivas” (énfasis añadido). Lo cual encierra una crítica al capitalismo “humano” y “bondadoso”, con el que sueñan muchos utópicos. Incluso en ese mismo capítulo habla de una dialéctica “interna e inexorable” que hace que la ley de la apropiación, o ley de la propiedad privada, se transforme en su contrario, en la ley de la apropiación del producto del trabajo ajeno sin equivalente. Existe una dialéctica, esto es, una dinámica objetiva, que conduce al ahondamiento de la contradicción entre el capital y el trabajo, pero a través de un funcionamiento que es sistemático.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver esto con el “armonicismo”, con la “mano invisible” de Adam Smith? Respuesta: nada, no tiene nada que ver. En Marx se trata de leyes objetivas, que operan a partir de contradicciones sociales fundamentales. En Smith no hay ni rastros de esto. Además, ¿por qué tiene que deducirse de este enfoque de Marx que el trabajo no tendría potencialidad revolucionaria, o que estamos ante un “fetichismo completo”, si precisamente siempre está presente en el planteo la contradicción y el conflicto? Contra lo que afirma Kohan, es evidente que las “lecturas tradicionales”, que advirtieron que El Capital plantea la existencia de leyes objetivas, no se equivocaron. Pero además, las consecuencias políticas que se derivan de esto, nunca estuvieron, ni están, mecánicamente determinadas. Es que al demostrar Marx que existen estas leyes, está diciendo que, en tanto subsistan las relaciones sociales de producción, habrá explotación, desocupación, y crisis económicas. Por lo tanto, este planteo constituye un poderoso llamado a la clase obrera para encarar políticas revolucionarias y para poner un tope a las ilusiones reformistas sobre lo que puede conseguir dentro del sistema capitalista. A la inversa, el planteo de que no existen leyes objetivas puede alentar proyectos utópicos y reformistas, esto es, la idea de que todo se puede cambiar con luchas y presiones dentro del sistema, porque ninguna posibilidad está descartada. Como veremos, más que en la existencia de leyes objetivas del sistema, este último fue el argumento central en que basaron sus orientaciones políticas la mayoría de las corrientes reformistas y reaccionarias dentro del movimiento obrero y socialista.

Tergiversan lo elemental

Los planteos de Kohan y Holloway solo se mantienen a costa de desconocer, de forma grosera, cuestiones elementales de la crítica marxiana de la economía política. Por supuesto, todo el mundo tiene el derecho a discrepar con tal o cual aspecto de la teoría de Marx; además, es claro que hay interpretaciones diversas sobre muchos pasajes, y también cuestiones que deben reexaminarse, a la luz de nuevos desarrollos teóricos, o de la evolución del capitalismo. Por caso, personalmente he planteado que con los supuestos que plantea Marx no se puede demostrar la caída tendencial de la tasa de ganancia, como lo demostró el teorema de Okishio. La lectura de Marx, o de cualquier otro autor, debe servir para interpretar la historia y el presente. La crítica y el espíritu moderadamente escéptico son esenciales. Sin embargo, esto no autoriza a decir cualquier cosa para que los textos encajen en lo que queremos que quieran decir. Pero esto es lo que hacen Holloway y Kohan, mediante el sencillo procedimiento de ocultar todo lo que no les conviene, e inventar libremente lo que se les ocurre. La cosa llega al extremo que ni siquiera aciertan en el concepto de capital. Y lo grave es que esto pasa por “alta teoría”, que supuestamente abriría el camino al estudio de Marx.

Por ejemplo, Holloway afirma que “lo que constituye valor y valor de uso es el trabajo humano” (p. 436). Sin embargo, la realidad es que el trabajo humano sin los medios y objetos de trabajo no puede constituir el valor de uso, como explica Marx, tanto en el capítulo 1 de El Capital, como en la Crítica al Programa de Gotha. La desposesión de los medios de producción permite al capital establecer su dominio sobre el trabajo. Pero Holloway está empeñado en exaltar el “poder del trabajo”, para poder concluir que el capital “depende” del trabajo. Está en su derecho, pero eso no lo autoriza a inventar citas de Marx. Es que Marx consideraba que eran los burgueses los que estaban interesados en “atribuir al trabajo una fuerza creadora sobrenatural”, para ocultar el hecho que el obrero, desprovisto de los medios de producción, solo podrá trabajar con el permiso del propietario de las condiciones materiales de trabajo. Por eso, Marx insiste en que “la naturaleza es la fuente de valores de uso… ni más ni menos que el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural…” (Crítica al Programa de Gotha). Holloway, sin embargo, pone en boca de Marx la afirmación opuesta, para sostener en seguida que el capital depende totalmente del trabajo (p. 437). ¿Qué quedó en el camino? Pues que el trabajador depende de la voluntad del propietario de los medios de producción de comprar su fuerza de trabajo en el mercado. Esta es una cuestión objetiva –son relaciones de producción estabilizadas y reforzadas por el aparato político jurídico represivo- de la cual no se puede hacer abstracción a la hora de hablar del dominio del capital. Si se hace abstracción de esto, se cae en el voluntarismo político, sin bases materialistas. O se cae en la ilusión de que basta ser un rebelde – apagar el despertador y no ir a trabajar, como llega a proponer Holloway- para cuestionar el dominio del capital. ¿Qué trabajador real puede seguir este consejo? Ninguno, porque son abstracciones propias del que se ha abstraído de la realidad “objetiva” del modo de producción capitalista, del poder de la propiedad privada. Y esto se quiere hacer pasar por “espíritu revolucionario”, inspirado en El Capital.

Las afirmaciones de Kohan sobre Marx discurren por los mismos carriles de falta de rigurosidad que los de Holloway. Cuando le conviene, hace decir a Marx cosas que éste jamás ha dicho, y en temas que son cruciales. Así, sostiene que Marx dijo “en varias partes de su correspondencia, en la Contribución… y también en El Capital ‘yo descubrí esta doble dimensión del trabajo humano’ (p. 280). No sabemos en qué carta o lugar de El Capital afirmó semejante cosa. Pero en la Contribución a la crítica de la Economía Política señaló que Steuart establecía “una aguda distinción entre el trabajo específicamente social, que se manifiesta en el valor de cambio, y el trabajo real, que tiende a la obtención de valores de uso” (p. 43, edición Siglo XXI). Esto está muy alejado de la afirmación que Kohan atribuye a Marx. Lo menos que se hubiera esperado es que Kohan discutiera la afirmación de Marx sobre Steuart, y brindara alguna explicación de por qué afirmó lo que afirmó. Pero eso brilla por su ausencia. ¿Qué opinará Kohan de la afirmación de Marx sobre que la base de toda crítica es el rigor? Por otra parte, si hubiera examinado a fondo esta cuestión del trabajo abstracto, le hubiera sido bastante difícil probar que, en la teoría de Marx, el trabajo abstracto “es lo que otorga carácter de mercancía a los productos del trabajo” (p. 352). ¿De dónde saca Kohan este nuevo disparate? ¿No hay límites para este “marxista no objetivista”?

Ni siquiera el concepto de capital

Pero el colmo de los desatinos es no entender qué es capital para Marx… en un libro dedicado a El Capital.Escribe Kohan: “[e]l capital es trabajo muerto… porque es trabajo pretérito” (p. 279). Pues bien, Marx no dice esto. Marx dice que el valor es trabajo pretérito, no el capital. Es imposible que el capital sea trabajo muerto. El dinero con que el capitalista paga el salario del obrero encarna valor, trabajo muerto. Pero una vez que se ha realizado la operación D – F de T, el capitalista ya no dispone simplemente de valor (o sea, de trabajo muerto), sino de “una mayor cantidad de trabajo que el necesario para reemplazar el valor de la fuerza de trabajo” (El Capital tomo 2, cap. 1). Por eso, en ese mismo capítulo Marx dice que la actividad productiva de la fuerza de trabajo (o sea, el trabajo vivo, no muerto) tan pronto se pone en combinación con los medios de producción, pasa a formar parte del capital productivo. Esta idea la repite en el capítulo 8 del mismo tomo. Durante el proceso de trabajo el capitalista no consume los medios de consumo del obrero, sino su fuerza de trabajo en acción. Esto significa que durante el proceso de trabajo el capital variable existe bajo la forma de trabajo vivo. Si el capital fuera “trabajo muerto”, como dice Kohan, no podría ser “valor en proceso de valorización”. Precisamente, el trabajo muerto (valor) se valoriza mediante la incorporación de su opuesto, el trabajo vivo, al proceso productivo. Y en esto reside la contradicción interna del capital. Pero Kohan no problematiza ni discute estas cuestiones. Simplemente escribe: “Marx dice que el capital es trabajo muerto”. No acompaña su afirmación de referencia alguna a la obra de Marx. No es tampoco una afirmación ambigua, porque luego insiste en que el capital es trabajo “pretérito”, “cristalizado”, “cosificado”, “solidificado”, mientras que la actividad humana es algo presente. Kohan presenta la oposición de manera rígida, como si en la contradicción no debiera haber también unidad, identidad. Pero… ¿cómo existe el capital variable durante el proceso de trabajo si no es bajo la forma de trabajo vivo? Kohan no da respuesta a esta pregunta que alude a la cuestión central que le ocupa, la relación entre la objetividad y la subjetividad en la relación capitalista.

Incoherencia

Kohan sostiene que si se sigue el orden de lectura propuesto por Marx el lector está condenado a no ver las diferencias entre la “mano invisible” de Adam Smith y la posición de Marx. De ahí que proponga iniciar la lectura por el capítulo 24. Es un absurdo. ¿De dónde saca Kohan que si se empieza por el capítulo 24 se entiende la crítica a la “mano invisible” de Smith, pero si se empieza por el capítulo 1 “se está condenado” a no entenderla? De ser así, habría que concluir que ninguna persona que llegó al capítulo 24 luego de haber pasado por los 23 capítulos previos, entendió El Capital. Hubo que esperar a que Kohan empezara por el capítulo 24, para que iluminara a la humanidad acerca de dónde reside el secreto de la crítica marxiana a Smith. Es que todo aquel que hubiera llegado al 24 por el camino tradicional, ya no tenía manera de entender que había que haber empezado por el 24, porque estaba “desbarrancado”. ¿Cómo hizo Kohan para empezar por el 24, para darse cuenta de que si no empezaba por ahí, se desbarrancaba? Misterio. ¿Cómo sabe que no hay otra lectura científica empezando por cualquier otra parte, y siguiendo lecturas “a los saltos”? Otro misterio. Pero convertir a El Capital en Rayuela da para escribir sesudos tratados dedicados a descalificar a todo aquel que no accedió a la llave del entendimiento: empezar por el capítulo 24. Toda esta docta tontería, naturalmente, no merecería siquiera tratamiento, si no fuera porque semejantes dislates se siguen explicando en cátedras y cursos, como si fueran “ciencia revolucionaria”.

Crear “muñecos de paja”

La falta de rigurosidad de Kohan se extiende al tratamiento que dispensa a los autores que critica. Para dar un caso, citemos la ley de la tasa decreciente de la tasa de ganancia. Sobre esta ley se ha discutido mucho durante años, en particular a partir de la crítica de Okishio y de los neoricardianos. Pero Kohan no menciona estas polémicas; no examina las respuestas de los marxistas “ortodoxos”, ni penetra en los argumentos. Ni siquiera menciona los problemas que pueda haber en la ley. Sin embargo, acusa a los marxistas que analizaron o discutieron la ley, de ser “objetivistas” y partidarios de la tesis del colapso automático del capitalismo. Recordemos que entre esos marxistas encontramos a Mandel, Dumenil, Levy, Shaikh, Freeman. ¿Cuál de estos autores defendió alguna vez la idea de un fin “automático”, de un día de “juicio final” inevitable del capitalismo a partir de la acción de esta ley? Ninguno. Aunque todos piensan que la ley es objetiva (en el sentido de objetividad que hemos discutido antes). En lugar de examinar sus posiciones, Kohan les atribuye una estúpida tesis que, por supuesto, no defienden. Construye así un “muñeco de paja”, que luego puede quemar fácilmente.

Comprensión y crítica ideológica

El problema es que desconociendo estas polémicas, pasando por alto las dificultades teóricas, e inventando categorías, no se avanza un milímetro en la comprensión del capitalismo contemporáneo, ni en la crítica de la ideología dominante. No basta con repetir “El Capital es un arma de lucha”, que estamos en contra del sistema capitalista, y que todo otro planteo le hace el juego a la burguesía, porque en última instancia nos lleva a examinar cómo funciona el sistema capitalista, y sus leyes objetivas. Es un discurso que sólo convence a los convencidos. Repetir que el dinero es una categoría recorrida por la lucha de clases, como hace Holloway, no responde a los que dicen que la teoría monetaria de Marx es anticuada. Ni ayuda a comprender las cuestiones monetarias reales de hoy. La teoría burguesa ha elaborado, y mucho, desde que Marx escribió, y estas elaboraciones convencen a mucha gente. La teoría neoclásica, el keynesianismo, los kaleckianos, influencian –de manera directa o indirecta- sobre millones de seres humanos. Esto hay que encararlo con argumentos. La cuestión afecta a la lucha ideológica en el sentido más propio del término, esto es, en el sentido en que lo planteó Engels. Hoy mucha gente reconoce que el capitalismo genera miseria, que hay desocupación y hambre, pero cree que estos males pueden explicarse y remediarse a partir de teorías heterodoxas (esto es, no-neoclásicas), dentro del sistema. Esta influencia hay que contrarrestarla con algo más que decir “viva el Che y El Capital“. La necesidad de responder a la teoría burguesa, o a variantes heterodoxas burguesas o reformistas, obliga a profundizar en las categorías de Marx, y a mejorar los análisis. Por ejemplo, cuando se profundizaron y ampliaron las críticas a la transformación de valores a precios de El Capital, la respuesta de muchos marxistas fue algo así como “tenemos razón porque Marx lo dijo”. Pero con esto, por supuesto, no se contestaba a los que se basaban en las soluciones de la transformación “a lo Bortkiewicz”. Hubo entonces que entrar en la argumentación específica de esas soluciones y criticarlas desde su lógica interna. Y esto a su vez permitió profundizar en la comprensión de la teoría del valor y los precios de Marx. Todo esto es imposible de encarar desde las interpretaciones “libres”, carentes de cualquier rigurosidad, “a lo Kohan o Holloway”.

El marxismo como ciencia, y consecuencias políticas

El enfoque que estoy cuestionando se sustenta, en última instancia, en la idea de que basta con tener una postura política correcta para tener el método correcto. Es algo común en algunos sectores de la izquierda. Se piensa: “mi método está garantizado a partir de que tengo una política correcta”. Una afirmación que es incoherente, porque ¿cómo sé que tengo la política correcta, si para tenerla necesito el método correcto, y éste sólo me es proporcionado por la política correcta? La posición política puede ser una condición necesaria para tener un método correcto en el análisis del capitalismo, pero no es condición suficiente, ni nos da la clave del método de Marx. Si así fuera, ya hubiera habido gente antes de Marx que hubiera encontrado “la clave” del método; después de todo Marx no fue el primero en oponerse al capitalismo. Esta es una cuestión que me separa del criterio que defiende una parte de la izquierda, que considera que basta proclamarse revolucionario para estar habilitado a defender cualquier postura a la ligera. Pareciera que muchos se sienten autorizados a ello en nombre de “los ideales de la clase obrera y el socialismo”, rechazan la “teoría estéril”, y enfatizan que lo importante es la lucha. Una idea que niega que el marxismo haya constituido una ruptura con el “socialismo sentimental, utópico y zopenco”, y se asuma como ciencia. Acertadamente Engels, en carta a Lafargue, de 1883, escribía: 
“Marx protestaría contra el “ideal político, social y económico” que usted le atribuye. Cuando se es “hombre de ciencia” no se tiene ideal, se elaboran resultados científicos y cuando se es otro diferente, hombre de partido, se combate para ponerlos en práctica. Pero cuando se tiene un ideal, no se puede ser hombre de ciencia pues se tiene un partido, tomado por adelantado”.
Esta cuestión está, y estuvo, en el centro de las mayores divisiones en el campo de la izquierda. No es casual que Bernstein acusara, durante los debates en la Segunda Internacional, a Rosa Luxemburgo de “teoricista estéril”, y afirmase que “el movimiento es todo”. También el tema estuvo en el centro de la polémica de Lenin con el economicismo. Y así siguió la temática “anti-teoría” hasta hoy. La práctica se erige en el criterio supremo de verdad, considerándose “práctica”, de hecho, un pragmatismo oportunista, no guiado por teoría alguna. A partir de negar la existencia de leyes objetivas en el capitalismo, a partir de postular que todo lo resuelve “la voluntad y la lucha” y minusvalorar el momento del análisis (porque el marxismo sería “grito de guerra”), se abren las puertas para cualquier política reformista, y en última instancia para una adaptación “rebelde” –individualista- al sistema. El desprecio de las constricciones objetivas estuvo en la base de planteos reformistas, utopistas, nacionalistas y hasta reaccionarios dentro del movimiento socialista. Los casos de Bernstein, del economicismo, son clásicos. Como también lo fue el proyecto stalinista de construir el socialismo en un solo país, al margen de las restricciones objetivas que imponía el atraso tecnológico (¡el trabajo por sí solo no genera valores de uso!). Aquí no había “objetivismo”, sino voluntarismo nacionalista. No es casual tampoco que el maoísmo también haya recusado al “economicismo” y al “objetivismo”, y haya pretendido construir el socialismo a fuerza de “movilización revolucionaria”, con las consecuencias nefastas que están a la vista.

Rolando Astarista
En conclusión

En el centro del debate con los críticos del marxismo “objetivista” está implicado el estatus de la teoría para la práctica política de los marxistas. Negar que existan leyes sociales objetivas, inventar categorías a gusto, sin el menor rigor, postular que todo depende de “actitud revolucionaria”, solo lleva al callejón sin salida del reformismo burgués (rebelarse apagando el despertador, y pavadas semejantes). La teoría sin práctica es estéril, pero la práctica sin teoría no constituye el camino para el éxito de los movimientos obreros y socialistas. Y la elaboración teórica exige rigurosidad y atención a los argumentos. En una palabra, exige ciencia. Es un mensaje central para la clase trabajadora y los socialistas, que se desprende de la obra de Marx, y en primer lugar de El Capital.