30/8/12

La palabra como exigencia alucinada de lo real / Acercamiento a la obra poética de Miguel Hernández

Miguel Hernández  Kikelín
Julio Rafael Silva Sánchez

Prefacio / Crónica y poesía van de la mano algunas veces

“La memoria en todo tiempo privilegia la esperanza de la vida”: Eugenio Montejo, 2007

Especial para Gramscimanía
Finales de la década del setenta: tardes de sol, cerdo asado y cachapas de maíz tierno con queso de mano, a la sombra de los samanes,  en La Rosaliera, la hermosa finca de José León Tapia, en Barinas. Nuestro anfitrión nos contaría que allí mismo, en aquella mata, cerca del jagüey, estuvieron conversando no hacía mucho, puntuales, cumplidores, expectantes por la dimensión de la invitación que les había cursado: el poeta Alí Lameda, con su parsimonia acostumbrada, Luis Alberto Crespo, dispuesto a montar su nuevo caballo recién llegadito de Carora y José Vicente Abreu, con su elegante pelo e´ guama, regalo de José Agustín Catalá, quien lo había adquirido esa semana en Valencia, donde Otto Schimerr, aquel bondadoso alemán aclimatado en esos predios hacía tantos años.

Disfrutaríamos esa vez las atenciones de Carmen Dolores y la sabrosa conversación de José León: aquella tarde, cerca del ocaso, luego de las obligadas referencias a todos los héroes olvidados de la llanura, con su facundia intelectual y su aplomada y proverbial sencillez, nos hablaría apasionado de este ser excepcional sentado a su lado: José Vicente Abreu, el comandante Capanga. Revelaría que su invitado, durante su prolongado cautiverio en Guasina y Sacupana1, no había dejado pasar los días sin hacer lo único que se le permite a un preso con cierta libertad: leer. Y dedicaba horas enteras a sus autores preferidos (algunos de cuyos libros entraban clandestinamente a la cárcel), los cuales, en el insomnio de los calabozos, constituían el compañero fraternal y solidario: José Martí, André Malraux, Honoré de Balzac, Julius Fucik, Walt Whitman, Pablo Neruda, Jack London, John Dos Passos, Sigmund Freud, Nazim Hikmet, Arturo Úslar Pietri, Antonia Palacios, José Antonio Ramos Sucre, libros que eran suministrados por la paciente dedicación de Beatriz Catalá, novia de José Vicente Abreu para la época y quien posteriormente sería su esposa. La mayoría de estos libros (a excepción de aquellos que se extraviarían en las vicisitudes de los cambios de prisión) aún reposan en la biblioteca personal de José Agustín Catalá, con los subrayados y las anotaciones en la gruesa letra del preso.

Pero – recordaría José Vicente (mientras disfrutábamos de las notas del Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo, en versión de Narciso Yépes y acompañamiento de la Filarmónica de Barcelona, cuyo adagio brotaba de aquel viejo tocadiscos colocado con descuido en el rincón) – la huella que más profundo llegó en su alma, en esos tiempos terribles de espanto e ignominia, fue la voz del poeta de Orihuela, Miguel Hernández2. Una noche tempestuosa - nos decía - fue descubriendo mansamente los laberintos refulgentes que socavan sus palabras en los veneros del lenguaje poético. Fue sintiendo  el peso específico de cada vocablo en la balanza de las ideas. Percibió con claridad que en aquellos versos estremecidos, con los símbolos mágicos que el poeta maneja, la palabra adquiere una extraña dimensión, logra enunciar lo inexpresable, trasciende sus límites. En estos textos –insistía - las imágenes desbordan su cauce, las metáforas se crecen y la poesía se agiganta con desmesuradas proporciones. La aliteración, en su estilo, adquiere afirmaciones categóricas y necesarias: son notas altas, repetidas con brillo, como una reiteración en el tejido de las sinfonías. Luego, solicitando nuestro permiso, José Vicente nos deleitaba con algunos  versos escogidos de Viento del pueblo3 (1937), como éste: Elegía primera (a Federico García Lorca, poeta):

Atraviesa la muerte con herrumbrosas lanzas
y en traje de cañón, las parameras
donde cultiva el hombre raíces y esperanzas,
y llueve sal, y esparce calaveras
 
Más tarde, en la cerrada noche estival, José Vicente Abreu - luego de insistir en su deseo de escuchar algún airecito andino y ver satisfecha su solicitud, cuando José León colocara en el tocadiscos el LP Dinner in Caracas y Aldemaro Romero nos deleitara con su magnífica versión de Conticinio, aquel hermoso vals compuesto por Laudelino Mejías -, recordaría que en diciembre de 1957, al salir de la cárcel, se va al exilio en Panamá, Costa Rica y México, en donde vivirá hasta 1958, cuando regresa a Venezuela. Asume la jefatura de redacción del periódico Tribuna Popular, vocero del Partido Comunista de Venezuela, en donde había comenzado a militar en sus últimos años de cárcel, cargo que ocupará hasta la clausura del diario en 1960.  En 1962 es condenado por un Tribunal Militar a seis años y seis meses de presidio, por su participación en la insurrección de Carúpano (ocurrida el 4 de mayo). Sería conducido detenido a la Cárcel Pública de Ciudad Bolívar y confinado en los mismos calabozos  en donde había sido recluido durante la dictadura de Pérez Jiménez. Y es aquí, nuevamente en la cárcel, en donde vuelven a sus manos los textos de Miguel Hernández. Ahora, en la soledad de la celda, la poesía otra vez vendrá a nutrir su desesperanza  y se encuentra con este libro, El hombre acecha4, con poemas escritos entre 1937 y 1938, textos que condensan el drama de la vida, poblándose, haciéndose, creciendo entre quebrantos, alborozo y duelo, entre batalla y triunfo y gloria, desde la misma heredad transmutada y secular del hombre hasta el vigor agónico de la poesía que lo recuerda. Entre esos versos evocaría con deleite un fragmento de El herido (Para el muro de un hospital de sangre):

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua de lodo.
y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

En suma, la obra de Miguel Hernández transpira versos desgarrados, tensos e intensos, que responden a una generosa búsqueda personal: alegatos de una experiencia poética culminante, de una vivencia azarosa, señal de otras existencias, reiteración de un ascenso tenaz, vehemente y sombrío en sus advertencias. Hay aquí un gusto voluptuoso, corpóreo por la palabra, que es arrullada lenta y sabiamente, con pasión, con distinción, a través de expresiones en donde el lenguaje se ve temperado por las pausas, los silencios y, a veces, los misterios, enunciados con sigilo, pero con firmeza. Una poesía en la cual el lenguaje asume el poder de crear el mundo. Versos escritos desde la perplejidad que se experimenta frente al hosco resplandor del acto creador, frente a sus enigmas, en una dulce simbiosis palabra-vida que sorprende y detiene y que revela con firmeza la presencia deslumbrante del otro, tal y como lo destaca Fulgencio Martínez, en El cuidado del otro en la poesía de Miguel Hernández (2010)…

El cuidado del otro se dirige, en la poesía de Miguel Hernández, más allá del trabajador, símbolo de una época que, en definitiva, sigue siendo la nuestra, por cierto. Se vuelca al pueblo en un sentido o estrato más hondo: el pueblo es la tierra, la raíz vegetal, la sal, el fuego, el agua y la sangre y la palabra que nos hermana con los muertos, con el humus de la humanidad y con el origen, sin origen, que es puente de la vida y a la vida, pasando por la muerte. Ese pueblo, al que la poética de Miguel Hernández dirige su cuidado, está ahora en el centro mismo de la cosmovisión hernandiana, que de forma intuitiva se construyó en sus primeros versos oriolanos, donde las cosas de la naturaleza suceden bajo los manejos de los astros y de los hechos cósmicos, sobre todo los misterios de la fecundidad y de la sexualidad, de la vida y la muerte, el ciclo de la vida de los animales, las plantas, la fertilidad y la cosecha o la inundación, la sequía, incluso la fortuna y la desgracia humanas. (Martínez, 2010: 5)

Miguel Hernández y el poder seductor de la metáfora

“Y  la palabra se hizo poesía así en la tierra como en el hombre”: Luis Alberto Crespo, 2009

Hay un atisbo prodigioso que fluye como un brote fecundo en estos textos: es un estremecimiento que va diciendo a cada verso, en cada poema cómo se sacude y siente lo más entrañable de su historia que es amor y dolor secular en ávida ascendencia. Una rabiosa urdimbre lírica quema imágenes como granos de incienso a través del  poder deslumbrante de las metáforas, en el sentido que les confiere Paul Ricoeur (2001), como los procesos retóricos a través de los cuales el discurso libera el poder que tienen ciertas imágenes de re-describir (¿redescubrir?)  la realidad. Porque la poesía de Miguel Hernández es un río cristalino, un riachuelo diáfano que teje una rara y secreta fidelidad con las zonas crepusculares y diurnas de su habla, con la pradera incendiada o las riberas empinadas y frescas, expresadas en un vertiginoso pero apacible ritmo en el cual desborda un fascinante cosmos henchido de singularidades de contexto y sociedad. Poesía deslumbrante en la cual destaca el lenguaje del símbolo,  la imagen metafórica, cuyos significados no sólo son múltiples, sino complementarios y, a veces, contrapuestos. La metáfora impregna la vida del poeta: no solamente el lenguaje, sino también su pensamiento y su actuar, como lo apreciamos en algunas de sus más reveladoras obras.

LA METÁFORA DE LA EXISTENCIA. El poeta, en ejercicio de plena lucidez simbólica, coloca el universo entero en interrogantes y lo reduce a signo, a existencia, en ese viaje discontinuo, laberíntico, claro, pero oscuro, leve, pero hiriente, que es la vida. Es un espacio de remembranzas que nos hacen reflexionar sobre el sentido de nuestra propia presencia. Y  así  lo sentimos en este verso de Perito en lunas (1933) 5:

Hay un constante estío de ceniza
para curtir la luna de la era,
más que aquella caliente que aquél iza,
y más, si menos, oro, duradera.
Una imposible y otra alcanzadiza,
¿hacia cuál de las dos haré carrera?
Oh tú, perito en lunas: que yo sepa
qué luna es de mejor cepa.

LA METÁFORA DE LA CIRCULARIDAD. En algunos versos el poeta transita el tono metafórico de la circularidad, el cual implica retorno, repetición cíclica: ahora el hombre es un ser reiterativo, ritualista y la creatividad es el único salto posible, la única cabalgata ufana: el poema es el hallazgo de la vida, frente a la inercia y la rutina. Lentamente, con pasos y escenas casi cronometradas y pacientemente insertadas en espacios semejantes a las aberturas de una grande y dorada arboleda, el autor combina proposiciones, contrastaciones e imágenes en la búsqueda insomne de una forma de expresión en lucha, una autodefinición, una mancha aislada, un trazo repentino, una impresión desolada bajo la luz trágica de un recuerdo, sólo trascendente por la mano diestra que la esgrime, como leemos en el texto El vuelo de los hombres, de El hombre acecha (1939):

Arrebatados, tensos, peligrosos, tajantes,
igual que una colmena de soles extendidos,
de astros motorizados, de cigarras tremantes,
cruzan con sus bramidos.

LA METÁFORA DE LA INFANCIA. En otros momentos el poeta reclama la metáfora de la infancia: ella es un pozo de recuerdos, un fantástico lugar que sus ojos no pueden olvidar, como lo expresa en el texto Vals de los enamorados y unidos para siempre, del libro Cancionero y Romancero de Ausencias (1941)6:

El sol, la rosa y el niño
flores de un día nacieron.
Los de cada día son
soles, flores, niños nuevos.

LA METÁFORA DEL CUERPO. El poeta convoca la metáfora del cuerpo: los ojos, la mirada tienen un espacio esencial en sus textos. El juglar se adueña del mundo a través de los ojos y penetra en lo corpóreo hacia dentro, hacia donde ni las palabras pueden llegar, revelando, delatando y desbordando la realidad, insertándola en la dimensión del recuerdo y la nostalgia, como leemos en Imagen de tu huella (1934)7:

Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,
que son dos hormigueros solitarios,
y son mis manos sin las tuyas varios
intratables espinos a manojos.

LA METÁFORA DE LA PÉRDIDA. La metáfora de la pérdida, del duelo y de la muerte aparece a menudo en sus poemas. En esos textos llenos de fuerza el verso entra en espasmos dialécticos: en el derrumbe resuenan las aguas y una luminosidad transparente baña y restaña las heridas, como lo vemos en el texto Elegía primera (A Federico García Lorca, poeta) de Viento del pueblo (1937):

Muere un poeta y la creación se siente
herida y moribunda en las entrañas.
Un cósmico temblor de escalofríos
mueve terriblemente las montañas,
un resplandor de muerte la matriz de los ríos.

LA METÁFORA DE LA SEQUÍA. La metáfora de la sequía está conectada con la muerte, el sufrimiento, la soledad y el miedo. Cuando desaparece el agua, cuando se guarda de ella apenas la memoria del contacto, el poeta es consciente de que vive en un tiempo distinto, ese tiempo del despojo, de la soledad y del dolor, en íntima relación con el deseo y la pasión. Así lo observamos en el texto Casida del sediento (1941) 8:

Arena del desierto
soy: desierto de sed.
Oasis es tu boca
donde no he de beber.

LA METÁFORA DEL VIAJE. La metáfora obsesiva del viaje toma cuerpo: la vida es un viaje; el hombre es un buscador de signos; vivir es cavar, marcar huellas, tropezar, abrir fosos, emprender la travesía, como leemos en El rayo que no cesa (1936)9:

¿A dónde iré que no vaya
mi perdición a buscar?
Tu destino es de la playa
y mi vocación del mar.
           
LA METÁFORA DEL DESPOJO. Esta metáfora del despojo se complementa con la soledad: el poeta, en su madurez de hombre y de creador, agobiado por el peso del tiempo, regresa a sus ágiles cacerías con polvo de cansancio y escolta de sombras. Ahora la soledad habitada – soledad compartida – gravita sobre sus anchos hombros y la siente con el punzante dolor del regreso, de la nostalgia, como lo vemos en este fragmento de El soldado y la nieve, de El hombre acecha  (1939):

Ropa para los cuerpos que pueden ir desnudos,
que pueden ir vestidos de escarchas y de hielos:
de piedra enjuta contra los picotazos rudos,
las mordeduras pálidas y los pálidos vuelos.

LA METÁFORA DE LA ANGUSTIA. La angustia que invade a ratos su poesía no es sólo causada por la de la nostalgia y la soledad, pues una suerte de congoja metafísica le crece desde el fondo: la de haber lanzado desde su arco las flechas acuminosas de las preguntas sin respuesta. Ahora no se siente en sus poemas la confiada actitud ante las cosas que estallaba, irrefrenablemente sensual, en sus primeros versos. Ahora siente que el mundo se le escapa,  inasible y movedizo. Siente la inevitable presencia de la sombra, como lo observamos en este verso de Sigo en la sombra, lleno de luz ¿existe el día?. del libro Poemas últimos (1941)10:

Pero la tela negra, distante, va conmigo
sombra con sombra, contra la sombra hasta que ruede
a la desnuda vida creciente de la nada.

LA METÁFORA DE LA GUERRA. La guerra civil española estalla como una granada en el corazón del poeta y la  metáfora de la guerra invade sus obras: son poemas escritos en las trincheras y en el campo, destinados a exaltar el ánimo de los combatientes. Ahora la guerra libera fuerzas escondidas, transforma a los seres y suscita asociaciones poéticas que establecen sorprendentes tonalidades. Las imágenes están unidas al círculo de hierro de la violencia, doblegadas por el peso de la muerte, como leemos en Memoria del 5º Regimiento, de Poemas sueltos (1940):

Me desperté entre cañones,
y pistolas, y aeroplanos,
y un río de milicianos
como un río de leones.
Eran varios corazones
los que en el pecho sentía:
la sublevación ardía,
disparaba, aullaba en torno,
y eran el corazón de un horno
el gran corazón del día.

LA METÁFORA DEL AMOR. La metáfora del amor es una constante en estas páginas, en las cuales florece con su fuerza genésica que acoge y eterniza cuando el hombre anhela el arco máximo del oro: sin ella, el hombre sería un ser disperso; con ella, se sostiene a través de las tormentas del cielo y las borrascas de la vida: es cuerpo y alma, como lo observamos en estos cuartetos de Canción del esposo soldado, de Viento del pueblo (1937):

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Corolario

“Ofrenda el poeta el tesoro de sus días a la palabra”: Lubio Cardozo, 2007

Por diversos rumbos hemos transitado explorando la obra poética de Miguel Hernández, intentando una lectura de sus búsquedas expresivas y rastreando los procedimientos que ha puesto en práctica para alcanzar lo humano, las diversas instancias en las cuales el autor se ha detenido para aprehender lo insólito, registrar e interpretar la realidad, celebrar el asombro o lamentar el desamparo. Y lo hemos hecho en la certeza de que el oficio poético de este juglar ha penetrado  en la tremenda vulnerabilidad del ser, en la epifanía de sus triunfos y en el infortunio de sus derrumbes, en un estilo literario que va más allá de lo epidérmico hasta fundirse en el conocimiento extático a través de la revelación poética. Hemos descendido hasta las raíces ontológicas de este autor, hasta sus cepas hondas, profundas, reveladoras, hasta su sorprendente estructura de valores, hasta su marcha dialéctica, hasta su encarnación en verso, en signo y en símbolo. Hemos comprobado cómo el poeta asume en sus versos una rebeldía actuante, una insurgencia inquebrantable a través de la cual el poema se vuelve muchas veces grito legítimo contra lo absurdo, lo injusto o lo inútil. Al lado de la constelación metafórica11 (predilección por la metáfora que había sido denotada por Luis Cernuda en 1957), por encima de la influencia gongorina o lorquiana, junto a la exuberancia del lenguaje, paralelo a la sinestesia, la personificación, la cosificación, el hipérbaton, las reiteraciones, la metonimia y el cromatismo, muy cerca de las motivaciones eróticas y los temas sórdidos (que actúan como proyección del mundo reprimido por el subconsciente), entrañablemente conectado con su fidelidad a la tierra, al barro impuro y maculado, el poeta asume la creación de una voz que lo coloca muy lejos de la complacencia, la sumisión y la observancia de conductas esperables y aceptadas: es el continuo cuestionamiento al contexto social y político que le ha tocado padecer. En numerosas páginas poéticas el autor se detiene a ratos en la reflexión crítica sobre el decurso político: su mirada  destaca los espacios en medio de los cuales hombres y mujeres libran sus batallas y conflictos colectivos expresados desde el otero de los signos, significados y representaciones12.

También nos topamos con mensajes refulgentes, alegatos confidenciales que dan cuenta de sus encuentros con el mundo, en tanto que ahora le duele el recuerdo y la nostalgia adquiere en sus páginas una nueva dimensión tierna y profunda: el tono del amor, luz de salida hacia la esperanza. Al final, no habrá tiempo de sequía, ni manos vacías; no existirá  el despojo ni la angustia: sólo la vida se eleva, como los árboles de la pradera, batiendo sus ramas e inclinándose suavemente para acariciar la frente del poeta. Entonces parece oportuna y definitiva la frase de Luis Alberto Angulo (2005):
A pesar del humano dolor, la guerra, la prisión, la extinción de lo más querido, a pesar de la caída de la República (símbolo de su ideal libertario), a pesar de la propia enfermedad y muerte, él es un poeta que vence la derrota en la medida en que sus textos y ejemplo vital cobran significación más allá del tiempo en el cual éstos se cumplieron. (Angulo, 2005: IX)
Notas

1  Guasina es una de las islas del Delta del Orinoco, al Oriente de Venezuela, bañada por los caños Boca Grande (al Norte) y Sacupana del Remanso (al Sur), en medio del paisaje agreste de la selva. Es un lugar pantanoso, invadido por la plaga, amenazado por las crecidas del río y con una temperatura que oscila entre los 38 y 40 grados. Allí estuvo confinado (entre 1952 y 1957) José Vicente Abreu, quien  la describirá así en su obra Guasina, donde el río perdió las siete estrellas (1959): 
La isla de Guasina es, quizás, uno de los lugares de la Tierra más hostil a la vida humana, ubicada a muy pocos metros de altura sobre el nivel normal del Orinoco. Su territorio desprovisto en absoluto de necesarias defensas, es casi completamente inundado por las aguas desbordadas del río cada vez que éste crece, las cuales, al volver a su cauce lo hacen dejando toda el área convertida en una gigantesca ciénaga, un inmenso criadero de larvas. El clima de Guasina es canicular, oscilando entre 38 y 40 grados a la sombra. Las vías de comunicación casi no existen, pues el único medio de contacto con el exterior lo constituyen las contadas barcazas que de cuando en cuando suelen recalar en sus costas. (Abreu, 1959: 25)

2   Miguel Hernández Gilabert nace el 30 de octubre de 1910 en Orihuela, pequeño pueblo del Levante español (Provincia de Alicante), situado a 20 kilómetros de Murcia. Es el segundo vástago de una familia campesina dedicada a la cría de ganado caprino (el mismo poeta fue pastor  de  cabras). Fallece, aquejado de una tuberculosis fulminante,  en la enfermería del Reformatorio de Adultos de Alicante, a las 5:32 de la madrugada del 28 de marzo de 1942, con apenas treinta y un años de edad. España para la época de su nacimiento es un país predominantemente rural y agrícola, tal y como lo señala don Miguel de Unamuno en su obra El porvenir de España (1912):
…España está formada en su mayor parte por una vasta meseta, en que van los ríos encajonados y muy de prisa, y cuya superficie resquebrajan las heladas persistentes del invierno y los tremendos ardores del estío. Es un país, en su mayor extensión, de suelo pobre, carcomido por los ríos que se llevan la sustancia, escoriado por sequías y por lluvias torrenciales. Y este país quiere seguir siendo lo que peor puede ser, país agrícola. La cuestión es ésta: o España es, ante todo un país central o periférico, o sigue la orientación castellana, desquiciada desde el descubrimiento de América, debido a Castilla, o toma otra orientación. Castilla fue quien nos dio las colonias y obligó a orientarse a ellas a la industria nacional; perdidas las colonias, podrá nuestra periferia orientarse a Europa, y si se rompen barreras proteccionistas, esas barreras que mantiene tanto el espíritu triguero, Barcelona podrá volver a reinar en el Mediterráneo; Bilbao florecerá orientándose al Norte, y así irán creciendo otros núcleos nacionales ayudando al desarrollo total de España. (Unamuno, 1912: 71)
3  Viento del pueblo es una obra editada en 1937, en plena guerra civil española. Contiene poemas escritos entre el verano de 1936 y el verano de 1937.Son poemas llenos de esperanza, de fuerza y rebeldía. En este libro, según lo anota José Antonio Serrano Segura, en La obra poética de Miguel Hernández (1994), el poeta propone:
…una poesía útil que llegue al corazón del pueblo llano, escrita para ser recitada en las trincheras, aldeas y pueblos, y busca emparejarlas con el cancionero popular con la intención de mantener la moral del soldado, para adoctrinarle a propósito de la causa. Es su primer libro de poesía de guerra, de tono «viril y apasionado», canta el dolor de un pueblo en guerra, preso de un feroz odio a sus propios hermanos que han desenfundado las «garras» del instinto salvaje y del tigre. Impregnado de terrible amargura con metáforas animalistas: “fieras”, “hienas”, “liebres”, “podencos”… En él hay un hilo conductor: el dolor. Dolor en las Elegías y en las Odas; dolor en los poemas imprecatorios y en los cantos épicos. Porque, a medida que se realiza, el libro está concebido como una unidad total, sin parcelaciones temáticas que rompan la tensión interna. El viento del pueblo lo contiene todo y todo lo arrastra sin detenerse a clasificar o jerarquizar. De aquí que la obra muestre una estructura compacta y fluida al mismo tiempo. Ni entrecortada, ni dubitativa o balbuciente, sino continua y persistente como el viento de la guerra. (Serrano Segura, 1994: 123)
4 El hombre acecha es un libro publicado en 1939, aunque esta primera edición queda inconclusa, porque el autor es hecho preso en la frontera con Portugal e internado en las cárceles de Sevilla y Madrid. Algunos de estos poemas son contemporáneos con los de Viento del pueblo. Son textos extraños, mágicos, con una evidente carga onírica. De este libro dirá Antonio Rico, en El hombre acecha (2008):

Al término de la Guerra Civil Española se destruyó la primera edición que estaba a punto de editarse en Valencia de "El hombre acecha", estremecedor, doloroso poemario de Miguel Hernández, la continuación áspera y encarnada de su anterior "Viento del pueblo". "El hombre acecha" fue escrito en 1937, tras el viaje a la Unión Soviética del poeta, y es un manotazo de tierra arrojado a la cara del lector que pretende expresar el espanto desnudo de la muerte a la que España se había vuelto adicta. Entre los campos de batalla y las cárceles, Hernández creó un catálogo de imágenes austeras y lluviosas, a medio camino entre el surrealismo y el expresionismo más puro, que todavía hoy convencen del poder de la poesía en la redención del sufrimiento humano. "El herido", uno de sus poemas, juega creando paradojas ilusionadas con las heridas de guerra, la sangre y los hospitales en donde se amontonaban los soldados mutilados. La segunda parte del poema comienza con el verso "Para la libertad sangro, lucho, pervivo" y casi todas sus estrofas fueron certeramente musicalizadas por Joan Manuel Serrat en su mítico disco de 1972 sobre Miguel Hernández. "Para la libertad" se convirtió en una de las canciones emblemáticas del autor catalán al conseguir traducir a una melodía la extraña magia emocionada y onírica y combativa del texto original. (Rico, 2008: 2)

5  Perito en lunas se edita en 1933. Fue presentado por el poeta en la Universidad Popular de Cartagena, en Murcia, cerca del Teatro Romano, el 28 de abril de ese año. De él dirá Ramón Sijé, en el Prólogo a esta primera edición:
Cuando la poesía es un grito estridente y puntiagudo  – de madrugada en flor fría -, cumple el poeta su primera luna reposada: es el poema terruñero, provincial, querencioso de pastorería de sueños (…)  Cuando el poeta es recta unidad y torre cerrada, cruza, pariendo su tercera luna: es el poema de río inefable, producto de la “acción transformadora y unificante de una realidad misteriosa”, es la estrella pura, en delirio callado de tormentas deliciosas. (Sijé, 1933: III)
6 Cancionero y romancero de ausencias es una obra publicada en 1941. De él dirá José Antonio Serrano Segura, en la obra ya citada (1994):
…son poemas breves, concisos, sometidos a una reducción conceptual y lingüística que acentúan su carácter íntimo, casi secreto. De hecho, sólo aparece el dolor del hombre ante la ausencia de la mujer, del hijo y de la libertad, y la presencia de la soledad y la muerte. (Serrano Segura, 1994: 133)
7  Imagen de tu huella es una obra publicada en 1934. El poeta humaniza lo agreste y pastoril, reflejándolo en la amada, expresando la pena en cierto tono místico, razón por la cual José María Balcells, en su libro Miguel Hernández, corazón desmesurado (1975), ha expresado:
Es el canto del poeta en su soledad de enamorado: “Silbo mi soledad, pájaro triste”. Y cada silbo transparenta la biografía del hombre, debajo de los ”aires amorosos” de San Juan de la Cruz, de las resonancias de Lope de Vega y de Góngora, incluso de la fuerza imprecatoria de Quevedo, que será una de las características de El rayo que no cesa, su siguiente libro. No hay, pues, rasgo alguno de sumisión servil. La experiencia amorosa se transfigura en poesía personalísima. (Balcells, 1975: 92)
8  Casida del sediento es uno de los últimos textos del poeta, escrito en mayo de 1941, en el penal de Ocaña. Lo publicó por primera vez  Concha Zardoya, en su obra Miguel Hernández. Vida. Obra. Bibliografía. Antología (1955). Poco después, José María Castellet lo incluyó en su antología Un cuarto de siglo de poesía española (1960). De ahí en adelante aparece en las sucesivas ediciones de las Obras Completas o en el grupo Últimos poemas del libro Cancionero y romancero de ausencias. Sobre este poema dirá Francis Cerdán en Lectura de la Casida del sediento, de Miguel Hernández (2001):
El plano real está representado aquí por los personajes: el yo poético que se expresa y el tú a quien se dirige (presentado de manera generalizadora por palabras que quedan con este tú en relación de sinécdoque: boca y cuerpo). El plano imaginario lo desempeña la realidad del mundo exterior que queda circunscrito a un campo semántico muy delimitado y específico: el campo lexical del desierto en el que todas las palabras (arena, desierto, sed, oasis, pozo) quedan en una relación metonímica. (Cerdán, 2001: 23)
9  El rayo que no cesa es un libro (publicado en 1936) de una conformación sorprendente: lo componen 31 estructuras: 27 sonetos, dos poemas (uno de 9 cuartetas octosilábicas y otro escrito en forma de silva endecasílaba en el cual se insertan también alejandrinos y pentasílabos) y dos elegías (la dedicada a Ramón Sijé y la escrita para la novia de éste, Josefina Fenoll). Son poemas de amor  y desamor, desesperados, algunos insuflados de un erotismo vaporoso y sugestivo. De esta obra señalará Ricardo Gullón, en su Literatura española contemporánea (1965) que allí encontramos:
...una voz popular de singular refinamiento, un hombre entero y verdadero cuya capacidad expresiva le permitía decir con finas y musicales modulaciones una canción vigorosa y sutil. No sé qué barroquismo espontáneo coincidía con una emoción que manaba de las capas hondas de esa misma tierra-pueblo de que el poeta estaba hecho. En una época como la presente, cuando lo popular es con frecuencia maquillaje de moda, choca hallarlo encarnado en tan alta gentileza y autenticidad. (Gullón, 1965: 182)
10  Poemas últimos fue editado en 1941. De él dirá José Antonio Serrano Segura, en la obra ya citada (1994), que:
Se trata de poemas de mayor extensión y de arte mayor, que no pueden clasificarse como canciones o romances. Es por ello que nos encontramos ante poemas que, a pesar de su distinta estructura formal, coinciden en gran manera con el libro anterior en temas y rasgos estilísticos. Estos poemas quedan, por tanto, separados del Cancionero.... (Serrano Segura, 1994: 145)
11 Acerca de las metáforas ha señalado Ramón Fernández Palmeral, en su obra Simbología secreta de Perito en luna de Miguel Hernández (2004):
Las metáforas como la metonimia son transferencia del sentido de las palabras. Hernández aprovecha todas las posibilidades de los términos estilísticos, enfrenta las palabras hasta sacarles todo el sentido posible o las contrapone logrando gran potencial expresivo. (Fernández Palmeral, 2004: 91)
12  Sobre el referente social de la obra poética sostiene Armindo Trevisan en Poesía y mensaje social (2008):
El carácter específico de la poesía no la exime de la responsabilidad. Una de ellas, la de ensuciarse las manos. Sin embargo, consciente de su ineficacia, el poeta debe situarse dialécticamente entre la acción y la contemplación. Entre la teoría y la praxis. Su praxis es teórica, su teoría  posee vocación práctica. Por lo tanto, su lucha con las palabras consiste en traerlas para lo cotidiano (…) El poeta social es una especie de herrero que martilla el hierro en brasa, consciente de que éste se enfriará. Su punto de llegada, el mito, invierte el proceso de fabricación poética: en vez de abastecerse del arsenal mitológico, extrae mitos de la vida prosaica. En la medida en que obtiene éxito, su poesía contribuye para la elucidación de la conciencia del tiempo. (Trevisan, 2008: 48)
Referencias bibliográficas

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El presente trabajo de Julio Rafael Silva Sánchez fue premiado con la Mención Honorífica en el Concurso Nacional de Ensayo, Premio “Centenario de Miguel Hernández” / Embajada de España / Universidad Nacional Experimental de Yaracuy / San Felipe, estado Yaracuy / 2010