5/8/12

Jacques Rancière y Las distancias de cine / Metafísica del movimiento

Eduardo D. Benítez

Acaso el gran filósofo Jacques Rancière no haga más que concebir su constelación de ideas sobre un mismo y único eje: la compleja relación entre estética y política. Por lo menos, eso parecen indicar las publicaciones locales que contribuyeron en los últimos años a gestar algo parecido a un "boom Rancière": El espectador emancipado (Manantial), La palabra muda (Eterna Cadencia), El malestar en la estética (Capital Intelectual). Y el caso de Las distancias del cine, su último opúsculo editado en argentina que aquí glosamos, no es ajeno a este proceso; en él puede apreciarse la refinada manera con que Rancière logra conjugar en su discurso reflexiones sobre estética, historia y política.

Haciendo hincapié en la imposibilidad de concebir conceptualizaciones totalizadoras acerca del cine, el pensador francés propone abordar al arte de la imagen en movimiento como un objeto heterogéneo enraizado en un complejo juego de distancias que se resumen en tres fugas relacionales: el cine y el arte, el cine y la política, el cine y la teoría.  Hay un espesor  de incunable amor por los films en el pensamiento que Rancière despliega aquí, que sazona una cinefilia fundacional con una rigurosa parada filosófica. Él mismo apunta en el prólogo del libro: “no saber qué amamos y por qué lo amamos es, se dice, lo característico de la pasión. También es el camino de cierta sabiduría. Para rendir cuenta de sus amores, la cinefilia no hacía más que apoyarse en una fenomenología bastante tosca de la puesta en escena como instauración de una relación con el mundo.

Pero de ese modo ponía en tela de juicio las categorías dominantes del pensamiento crítico.” La situación escritural en Las distancias del cine es, entonces, la del cinéfilo que opta por una mirada filosófico-política para desandar conocidos recorridos de los  saberes históricos y teóricos acerca del cine (el programa de la vanguardia, el cine ojo de Dziga Vertov, la tosquedad de cierto cine militante).  El cine se observa aquí como un abanico amplio: como arte impuro, como máquina narrativa, como aparato ideológico que pivotea entre la reflexión política y el entretenimiento, constructor de memoria cinéfila, de una metafísica del movimiento glosada por Deleuze. Considerando esta materia múltiple, que ninguna teoría podría unificar, se puede orillar en la idea de esa fábula cinematográfica (noción acuñada por Rancière en otro libro) para asumir una postura desjerarquizada de cara al lenguaje cinematográfico, “una posición teórica y política que recusa la autoridad de los especialistas al reexaminar la manera como se trazan las fronteras de sus dominios en el cruce de las experiencias y los saberes”.  Por eso, esta aventura del pensamiento que es Las distancias del cine, podrá transitarse a través de Vertigo de Hitchcock, de Mouchette de Robert Bresson, de la poética del musical en Minelli o la política en la filmografía de Pedro Costa y Straub/ Huillet. Ante ese repertorio, ¿cómo rehusarse a hacer este viaje?