5/8/12

Jacques Rancière está de la parte de los sin parte

Foto:  Jacques Rancière
Iñaki Urdanibia Sarasola

La traducción de un par de libros del filósofo francés, Jacques Rancière, bien puede servir para acercarse a la obra de uno de los más destacados pensadores políticos de la actualidad.

Jacques Rancière fue alumno  y estrecho colaborador de Louis Althusser con quien participó en alguna de sus obras claves como “Leer el Capital”, después se alejó del “saber ventrílocuo” del maestro y comenzó su andadura en solitario, apostando por los de abajo; recurrió para ello a los archivos de la revolución para retomar la voz del pueblo, el clamor de los protagonistas de las luchas revolucionarias. En tal orden de cosas promovió colectivos y revistas, “Révoltes logiques”, que daban cuenta de la historia popular contada por sus propios protagonistas, por los de abajo. Hoy en día es considerado  como  uno de los intelectuales más innovadores en la esfera del pensamiento comunista, junto a Alain Badiou,  Slavoj Žižek o Terry Eagleton.

Rancière rompió con su maestro Althusser, debido, entre otras razones, a la distinción que establecía éste entre ciencia e ideología, correlato actualizado de la distinción platónica entre episteme y doxa. Partiendo de tales presupuestos la presencia, y la primacía, del maestro estaba servida: es decir, el que domina  lo primero (el saber) se sitúa por encima del que se ve reducido a la posesión de lo segundo (la opinión).  La visión platónica vendría a decir que somos lo que vemos, así el que alcanza la episteme, está llamado a gobernar, mientras que quien permanece anclado en la opinión (doxa) chapotea  en la visión falsa de las sombras. Si el acento de tales presupuestos en la filosofía platónica ya reposaba fundamentalmente en lo político,  tal esquema puede observarse sin esfuerzo en algunos textos de Marx, inspirado en Feuerbach, y muy en especial en el de sus seguidores como Lenin que afirmaba que la conciencia de clase debía ser introducida desde fuera, desde la intelectualidad  dispuesta a servir a las clases explotadas, que sólo por sus medios no podían salir de la visión falsa, de la situación de alienación, etc. (presupuestos inspirados por el “renegado” Kautsky, por cierto). Por la misma senda avanzó Louis Althusser, y también el sociólogo de la “gauche de la gauche” Pierre Bourdieu, seguidor en esto de Émile Durkheim, del mismo modo que todas las teorías que defienden una visión vanguardista y dirigista de las luchas de emancipación.

Según Rancière si es clave para entender la política, comme il faut, tener en cuenta lo dicho, no se puede ignorar otra oposición igualmente esencial: la existente entre posición  activa y pasiva, que complementa las ideas anteriormente señaladas. Cualquier proceso de emancipación ha de partir del presupuesto de la “igualdad de inteligencias”. A tal punto de partida se ha de añadir la necesidad de sacudir la pasividad que convierte al pueblo en mero espectador para agarrarse a la actividad que es la que lleva al protagonismo en los procesos emancipatorios. Tal postura hace que “lo político” sea aprehendido por sus protagonistas, por quienes en principio estaban  como apartados de los centros de deliberación y  decisión, considerando así “la política” como el lugar de la libertad( ahí está el tercer estado en la revolución francesa, o los cantados por la Internacional: “los nada de hoy todo han de ser”) , generalmente reservada a los poderosos, de las distintas esferas de la actividad humana, por medio de “la policía”(no se refiere el pensador sólo a la uniformada sino  a las  fuerzas destinadas a señalar lo decible, lo visible, lo aceptable, etc.) que mantiene la democracia dentro de los límites por ella marcada, reservándola para ciertas capas sociales apartando al pueblo llano; patricios versus plebeyos. Así se puede entender que para él “las elecciones no son la democracia” del mismo modo que lo subrayará Alain Badiou al denunciar toda la panoplia supuestamente “democrática” que no es más que puro “capitalparlamentarismo”, defendido por una casta de profesionales que no hacen sino gestionar los intereses de la “mano negra” que de hecho dirige el cotarro: el poder mercantil y financiero, que desde luego no han sido elegidos por nadie, a no ser por ellos mismos. De facto, nada que ver con la tan cacareada “soberanía popular”. En este orden de cosas no cabe la menor duda de que los políticos de profesión se convierten, nolis volis, en cómplices necesarios de la explotación, al obedecer las reglas de juego establecidas por los poderes fácticos,  recién nombrados, que escapan a cualquier control a no ser el suyo propio.

Uno de los libros a los que me refiero (“El tiempo de la igualdad. Diálogos sobre política y estética”, Herder, 2011) está compuesto por una atinada selección de entrevistas (17) realizadas entre 1981 y 2007,  a través de las que podemos conocer los aspectos fundamentales del pensamiento del autor de quien hablo. Por medio de los diálogos en torno a la lucha de clases y la igualdad,  el acercamiento al filósofo resulta más asequible; en las vivas discusiones con los entrevistadores, que no se muestran sicut papagallum, precisándose sus posturas y sus discrepancias con otros notables del  pensamiento rebelde, y singular, como Marx, Althusser, Foucault, Barthes, Bourdieu o Negri.

Si ha quedado señalada una de las razones de la ruptura   (podríamos decir que “epistemológica”), se ha de añadir que a un tiempo su caminar singular se vio marcado por unos   intereses que comenzaron a virar hacia la relación de la estética con la política, vena en la que sigue manteniéndose en la actualidad, poniendo especial hincapié en alzar la bandera de la verdadera democracia, la del pueblo, y no la de quienes se convierten desde sus púlpitos en los verdaderos poseedores de la patente democrática, elitista, que deja fuera de ella a quienes no cumplen a rajatabla los postulados impuestos desde el sistema. 

El otro libro al que me refiero (“Momentos políticos”, Capital Intelectual, 2011) es también una buena manera de aproximarse al pensamiento del autor al ser una recopilación de artículos e intervenciones suyas, desde 1977 hasta 2009. Pues bien, si Lenin subrayaba la importancia del “análisis concreto de la situación concreta”, Rancière se ciñe al presente, a los presentes que han ido aconteciendo durante los treinta últimos años, asomándose, casi sin barandilla, a muchos de los hechos y dichos que han conmovido al mundo, tomando estos como base para su reflexión que trata de deconstruir, de zancadillear podría decirse, los discursos dominantes que se propagan desde los altavoces del poder ya sea por parte de los políticos o de la intelligentsia domesticada y domesticadora. Se mueve así el libro entre la desmitificación de los relatos justificadores que se han lanzado sobre la guerra de Iraq, sobre las leyes francesas contra los inmigrantes , o sobre otros debates hexagonales…apuntando siempre su afilada crítica hacia las ideas de la sociedad  bienpensante que a poco que se rasque muestra a las claras su “haine à la démocratie”. Rancière enfrenta , en reiteradas ocasiones, la police (que mantiene el orden social con un “reparto de lo sensible”) con la política que abre el camino a las voces rebeldes y desubicadas, que proceden por “desidentificación”.

 La combatividad del filósofo permanece incombustible a la par que su optimismo, apostando decididamente por la profundización de la democracia hasta convertirla  en el poder del pueblo, con plenos derechos de la plebe frente a los usurpadores patricios, ya que él parte de la “igualdad de las inteligencias”, a favor de la egaliberté que diría su amigo Etienne Balibar. Rancière mantiene en alto con brío, en estos tiempos de conservadurismo dominante,  la bandera roja, y…”tanto peor para la gente fatigada”.