13/8/12

Herbert Marcuse / El rescate de un hedonismo libertario: La felicidad debería ser un valor cultural

La reedición de tres obras clave de Herbert Marcuse expone el pensamiento de uno de los portavoces del “freudomarxismo”.

Luis Diego Fernández

La reciente publicación de El carácter afirmativo de la cultura (1937) del filósofo y sociólogo alemán Herbert Marcuse viene a fortalecer la pregunta por su pensamiento también a través de las reediciones de sus clásicos: Eros y civilización (1955) y El hombre unidimensional (1964). Figura icónica de Mayo del 68 y reconvertido a la contracultura estadounidense en lo que se llamó la “nueva izquierda”, su filosofía parece ser reinterpretada y actualizada.

Herbert Marcuse nació en Berlín en 1898 y perteneció a la Escuela de Frankfurt durante la década del 30. En el año 1951 emigró a Estados Unidos. Se estableció en California, donde dictó clases en la Universidad de San Diego hasta su jubilación en los años 70.

Pensador a contrapelo, Marcuse formó parte junto a Wilhelm Reich y Erich Fromm de lo que se dio en llamar “freudomarxismo”, corriente que en algún sentido daba un uso político a las categorías psicoanalíticas al considerar que no se podían escindir conceptos como represión y libido de la esfera social y las condiciones de producción capitalistas.

En gran medida, el freudomarxismo de Marcuse fue una suerte de filosofía del psicoanálisis con fines libertarios, hedonistas y comunitarios. La tesis central que enmarca su pensamiento parte de considerar que la libido, es decir, la energía sexual (no sólo genital), es sofocada por la sociedad, por lo tanto, se torna preciso desconectarla de la máquina de producción capitalista e instalar el principio del placer en el centro. Esta sociedad organizada por el principio del placer freudiano no lleva, como se creería, a un mero retorno a lo instinto y la pulsión de muerte, sino a una productividad comunitaria y no alienada.

El carácter afirmativo de la cultura se apoya en El malestar en la cultura (1929), de Sigmund Freud en su punto de partida, esto es: la represión está asociada al proceso civilizatorio.

La sociedad industrial, según el análisis freudiano, lleva de suyo una represión dada en términos de sublimación, a lo que Marcuse agrega una represión suplementaria (aquí el elemento marxista), al producir un tipo de vida controlada, cosificada y normalizada. Esquema dado tanto en el capitalismo como el comunismo, esta represión suplementaria conlleva a la creación de una cultura dominante y una forma de vida escindida: vida familiar vs. ocio organizado.

Marcuse planteó una suerte de economía libidinal (expresión luego tomada por Jean François Lyotard), donde no se parte de la escasez como principio regulador sino de la abundancia: el deseo leído como producción, algo retomado por Gilles Deleuze y Felix Guattari.

La denominada “cultura afirmativa”, según Marcuse, no es sino un proceso idealista y dominante apoyado en el concepto de “alma” o “vida interior”, por lo tanto, en el ideal ascético, puritano y productivista. La valoración negativa de la sensibilidad por parte de esta visión implica pensar al placer como algo inestable y sospechoso, por tanto, corruptible.

Según la matriz marcusiana, la sociedad burguesa “liberó” a los individuos con la condición de ser disciplinados, vale decir, la prohibición del principio del placer es la condición de “libertad”.

La filosofía de Herbert Marcuse coloca en un lugar central a la felicidad, por lo tanto, apunta sus críticas de modo sistemático a este concepto de libertad que implica, en rigor, ser disciplinado, controlado y normalizado. La política libertaria que expresa Marcuse es ampliada en detalle a través del optimismo liberador de Eros y civilización, texto en el cual verá que las relaciones libidinales (deseo, energía vital, sexual) son extraídas para alimentar las relaciones de trabajo y subsumidas en codificaciones e instituciones como la familia.

La liberación de Eros implica la creación de nuevas formas de vida y subsiguientemente de trabajo. Esta alianza de las categorías psicoanalíticas con las categorías políticas fue el puente que luego continuó a través de El hombre unidimensional , texto ya un poco más desencantado, donde nuestro filósofo vio la necesidad de abrir alternativas frente a la dimensión única del hombre que ha producido la técnica capitalista.

En este sentido, Michel Foucault planteó luego que el deseo per se no es “puro” y a posteriori normalizado por la represión adicional de lo productivo, sino que en sí mismo es “impuro”, vale decir, que la norma está internalizada ya en el deseo mismo y no en el afuera. De ahí viene la crítica foucaultiana a la llamada “hipótesis represiva”. Para Foucault, a diferencia del freudomarxismo de Marcuse, la represión no es un dato histórico.

El freudomarxismo, en rigor, no es ni psicoanálisis ni marxismo: incorpora categorías de ambos para producir mecanismos conceptuales libertarios y hedonistas que en algunos momentos rozan cierta sabiduría muy fresca y vitalista.

La obsolescencia en cierta terminología de las categorías marxistas no impide que veamos allí algunas semillas de lucidez que permiten actualizaciones y una mirada hacia el futuro, en particular respecto de su elogio de la felicidad como un valor político y moral (cuando siempre es subordinado a lo productivo y reproductivo).

Quizá la potencia de este rescate del pensamiento de Marcuse sea volver a pensar que la felicidad debería ser un valor cultural y que la tradición política libertaria y hedonista ya no se lea en clave marxista, sino a través de otros desarrollos que no impiden una mirada capitalista en clave micro.