8/8/12

Grecia / Antígona de nuevo se ha quedado sola y Creonte sigue en el poder

Judit Gerendas

<> Según Slavoj Žižek, los dos partidos que han gobernado a Grecia hasta ahora (y que terminaron gobernándola de nuevo) se corresponden con los dos protagonistas principales de la obra de Sófocles. En su irritante e inverosímil interpretación, los dos contrincantes, Creonte y Antígona, son equivalentes y representan a la clase dirigente.

<> ¿De qué manera se puede degradar una historia como ésta, equiparar al verdugo con la víctima, una historia en la que se enfrenta el poder arbitrario, con todos sus recursos, a un individuo, a una mujer que resguarda los valores culturales de la humanidad?

En su artículo titulado “Crisis europea: Grecia nos salvará”, publicado el 11 de junio de 2012, Slavoj Žižek, filósofo y psicoanalista esloveno, antes de las segundas elecciones generales en Grecia, hizo un llamado a los griegos para que se alejaran de la vía principal, para que tomaran una decisión que los llevara por caminos no trillados. Un llamado a tener la audacia de atreverse a enfrentar una vía inédita para la generación que se aprestaba a votar en unas elecciones decisivas, salir de un profundo abismo para desde ahí llegar a las urnas (a las de las votaciones, porque a las de las sepulturas ya eran demasiados los que habían llegado).

Yo no podía sino estar de acuerdo con semejante propuesta, afín a mi tendencia a no andar por caminos trillados, aunque ello me obligara a toda clase de dificultades para desbrozar esa vía solitaria.

El de Žižek era un llamado a enfrentarse a la hipocresía y a las mentiras del poder, que de nuevo apostaba por la mano invisible del mercado, abstracción que permite encubrir la ruptura del contrato social, despojar a los seres humanos –jóvenes excluidos, ancianos desamparados y adultos en plena capacidad de trabajo desempleados- de lo que había formado parte natural de sus vidas y de sus expectativas, producto de procesos de larga data, de siglos de lucha y de conquistas logradas que se creían ya afianzadas.

Eso de la mano invisible del mercado siempre me recuerda que cuando Thomas Alva Edison presentó su versión del bombillo eléctrico, ese invento –sea de quien fuese- encontró el mayor de los rechazos por parte de los empresarios de su época, que quisieron proteger los faroles de las calles, que funcionaban con aceite, así como a los candelabros de las casas, torpes y cortos de vista ante el gran aporte técnico e industrial cuyo nacimiento no valorizaron para nada, fue el empecinamiento de Edison y su capacidad de persuasión los que lograron vencer el conservadurismo y la falta de visión de futuro de esa mano supuestamente poderosa e infalible. De igual manera, los muy brillantes empresarios observaron con displicencia y aires de superioridad el invento de los hermanos Lumière, el cinematógrafo, del cual opinaron que apenas era un juguete, un insignificante entretenimiento menor. Ni por la mente se les pasó que estaban frente a uno de los más grandes segmentos industriales y comerciales de los tiempos que se avecinaban. La mano invisible hizo un gesto displicente y se dedicó a sacarse los mocos. Menos mal que hubo individualidades aisladas, seres que nada tenían que ver con el mercado, artistas, payasos y demás soñadores utópicos, que creyeron en el invento. Chaplin, por ejemplo, grande entre grandes, el cual nunca ganó un Oscar, y quien luego de aportar a la humanidad más que todos los mercados juntos, fue expulsado de Estados Unidos debido a su vida sexual, un obsesionante motivo de persecución para el mercado y para el poder, cuyos detentadores, por otra parte, sin tapujos (Howard Hughes, Berlusconi y tantos otros) practican un sexo degradante que prostituye a otros seres humanos.

Pero resulta que a los mercados hay que protegerlos, son muy nerviosos. Una mariposa bate sus alas en cualquier punto del globo terrestre, y a todos los mercados del planeta les dan escalofríos, estornudan y caen en un estado de desesperación extrema, los pobres, tan frágiles y sensibles ellos. Menos mal que existen las grandes instituciones mundiales creadas especialmente para proteger a estos hipersensibles mercados, tales como, cuándo no, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Central Europeo, Bruselas (¿por qué Bruselas, Santo Dios, por qué?) y tantos otros organismos manejados por mafiosos – jueces y parte -, grandes protectores de los delicados mercados, los cuales, ante el aleteo de la mariposa, tiemblan incontenibles como una gelatina.

¿De qué tejido está fabricado el mercado? Pues de nada, como el famoso traje del rey que andaba desnudo, el del cuento de Andersen. Ahí todo el mundo se daba cuenta, pero se hicieron los desentendidos, sólo un niño dio la voz de alerta. No es ese el caso ahora. Esa nada la tejen actualmente los bancos, mediante la emisión de dinero carente de valor, no respaldado por bienes o servicios materiales, dinero especulativo orientado a dar préstamos hipotecarios a los individuos, a millones de ellos, y préstamos a las naciones, con la ayuda de políticos corruptos que su buena comisión reciben por ello, de unas manos nada invisibles, garras voraces que no impulsan la producción, que no generan fuentes de trabajo, pero que son muy nerviosas, es imprescindible protegerlas. Préstamos que fueron muy bien promocionados por la banca cuando los ofrecieron a sus clientes, para luego subir los intereses debido al desplome de las bolsas, otros entes sumamente nerviosos, que entran en estado comatoso en un tris, ya no por el aleteo de una mariposa, sino por el zumbido de un mosquito, y siempre será preciso correr en su auxilio, pobres criaturas.

Las palabras compasión y solidaridad son objeto de mofa por parte de los intelectuales postmodernos y sus descendientes, intelectuales orgánicos que han internalizado los no-valores (como diría Alicia) de este mercado salvaje, globalizado y esclavista. Y además hipócrita y falso, porque el país que tiene la deuda más grande y aparentemente impagable es los Estados Unidos, pero a ese país nadie le impone un rescate, a quién se le ocurriría semejante blasfemia, aunque, en oposición a todas las amenazas a los demás países, tal como lo dice Žižek, “los bancos americanos y los Estados Unidos llevan décadas demostrando que sí se puede gastar más de lo que se tiene”. Y agrega lo que está claro, cualquiera que tenga ojos lo puede ver, y el que tenga oídos lo puede oír: “El propósito de Bruselas no es salvar a Grecia, sino salvar a los bancos europeos”. Así lo constata Žižek.

En aquel entonces, antes de las segundas elecciones, Žižek hizo su llamado al pueblo griego y al partido político Syriza, y a los europeos todos, para “salvar la herencia europea” ¿Cuál? ¿La del colonialismo más cruel y violento? ¿La que financió a piratas, corsarios y bucaneros, para lograr a partir de todo ello la acumulación originaria de capital más acelerada del mundo?). “La democracia” ¿Cuál? ¿La que no les dio el voto a las mujeres sino apenas ayer, en términos históricos, la que durante mucho tiempo sólo se los dio a los que podían demostrar que poseían suficiente dinero y propiedades?), “la confianza en las personas” (¿en cuáles? ¿en los judíos, en los gitanos, en el otro, en africanos a los que hoy en día se excluye y se expulsa?), “la solidaridad igualitaria”. ¿Pero en qué mundo vive este filósofo psicoanalista? ¿No se da cuenta de que la justicia no es igual para todos, que enfermos terminales de cáncer son desalojados de sus viviendas en pleno invierno, que los ancianos se están suicidando ante la indiferente mirada de las Lagarde, las Merkel, y antes, de los Sarkozy y los Berlusconi y tutti cuanti? ¿De qué rayos de solidaridad igualitaria habla? A los grandes capitales no se les aumenta el impuesto porque también se ponen nerviosos, sólo se le aumenta al pueblo, que a su vez también se pone muy nervioso, pero, curiosamente, eso no genera preocupación alguna.

Sí, evidentemente, Europa tiene de qué enorgullecerse: de la cultura griega de la antigüedad, del Renacimiento, del Mesías de Händel, de Beethoven, de tantas otras cosas. Pero si uno ahora se pasea por Europa no es con eso con lo que se encuentra, sino con la xenofobia, el racismo, el odio, la desesperación, la clausura del futuro. Con el doble discurso: tenemos un mismo pasaporte, pero no cualquiera lo puede utilizar. No tenemos fronteras, pero sí: expulsamos a aquellos que no aceptamos como nuestros iguales.

Después de todo lo dicho, va a parecer extraño saber que yo en este artículo no pensaba hablar ni de economía ni de política, sino de Antígona. Porque con lo que ha dicho Slavoj Žižek hasta aquí podemos estar de acuerdo o no, pero no dejan de ser argumentos respetables, en los que él cree y con los que se puede discutir, y el debate siempre es fecundo y contribuye a generar nuevos pensamientos y a cuestionar o a cuestionarse las ideas de los demás y las propias. Pero lo que resulta asombroso, casi inconcebible, es el final del artículo, el último párrafo, en el cual ya no nos encontramos con argumentos a partir de los cuales poder reflexionar, sino con unas simples y llanas falsedades, que primero nos dejan con la boca abierta, a causa de la sorpresa, y luego con los dientes apretados, a causa de la indignación. Y espantados, también, porque no es posible que un filósofo y psicoanalista, por definición un hombre culto (o, al menos, así nos gusta creerlo), demuestre ser tan ignorante en este último párrafo. O ser tan de mala fe, lo cual quizás es hasta peor.

Los dos partidos políticos que llevaron a Grecia a la profunda crisis en la que se encuentra son Nueva Democracia y Pasok, como hoy en día muchos lo sabemos, aunque hasta hace poco no teníamos ni la más ínfima idea de que existieran siquiera. Entre los dos constituían (y siguen constituyendo) un sistema bipartidista como lo hay en tantísimas llamadas democracias del mundo occidental, A y B, más allá de ellos no se puede escoger; partidos que tienen discursos diferentes, pero que en la práctica llevan a cabo políticas iguales. El llamado de Žižek a los griegos en ese artículo era votar por otra alternativa, por el partido Syriza, una opción supuestamente de izquierda radical que hasta el presente no se sabe muy bien en qué consiste. Y a esta mediocridad de partidos, que el tiempo histórico va a borrar junto con mucha otra escoria, la asimila el filósofo esloveno nada más y nada menos que a la figura de Antígona, la cual continúa erguida ahí, en su dolor, desde hace más de dos mil quinientos años, tanto en la mitología griega como en la tragedia titulada Los siete contra Tebas, de Esquilo y, sobre todo, en la grandiosa tragedia Antígona, de Sófocles.

Según Žižek, para nuestra gran sorpresa, los dos partidos que han gobernado a Grecia hasta ahora (y que terminaron gobernándola de nuevo) se corresponden con los dos protagonistas principales de la obra de Sófocles. En su irritante e inverosímil interpretación, los dos contrincantes, Creonte y Antígona, son equivalentes y representan a la clase dirigente. Al respecto cierra su párrafo con esta afirmación insostenible:
“En mi versión de Antígona, mientras los dos miembros de las familias reales están combatiendo entre ellos, amenazando con enviar a la ruina al Estado, me gustaría ver al coro, las voces de las personas, salir de su estúpido rol de acompañamiento sentencioso, apoderarse de la escena, constituir un comité público de poder popular, arrestarlos, a Creonte y Antígona, y dar vida al poder del pueblo” 1.
¡Santo Dios! ¿Pero de qué me está hablando? ¿Cómo se puede equiparar a Antígona con Creonte, cómo se puede contraponer al coro? En la ciudad de Tebas Creonte es la representación del poder, es un tirano que ha ordenado dejar sin sepultura el cadáver de Polinices, mientras que ha dispuesto celebrar honrosas pompas fúnebres al de Eteocles, hermanos que han combatido a muerte por el trono que les corresponde y que su tío, el propio Creonte, ha usurpado. Los dos hermanos habían llegado al acuerdo de turnarse en el poder, año de por medio, pero Eteocles no cumplió su palabra, se negó a entregar el trono, por lo cual Polinices atacó a la ciudad, con tropas foráneas (historia que se ficcionaliza en Siete contra Tebas).

Antígona, hermana de los dos muertos en combate y sobrina de Creonte, no tiene absolutamente nada que ver con estas historias de ambición por el poder, de guerreros y de matanzas. Ella representa una ley humana que está por encima de las leyes del Estado: a nadie se le puede impedir darle sepultura a los restos mortales de un familiar, de un hermano, por más que Creonte, sostenido por las fuerzas del poder, haya decretado la pena de muerte para todo el que incumpla su decreto.

Antígona, que carece de armas y de fuerza alguna, desde su soledad personal, ya que ni su propia hermana, Ismene, la acompaña en su actitud, se rebela contra la ley del Estado en nombre de una ley más sagrada, la de cumplir con la ceremonia de los rituales fúnebres que todo ser humano se merece. Desde su debilidad física y su fortaleza moral, se enfrenta al poder, a Creonte, y entierra a su hermano, ante lo cual el gobernante la condena a muerte, a ser enterrada viva en una cueva.

¿De qué manera se puede degradar una historia como ésta, equiparar al verdugo con la víctima, una historia en la que se enfrenta el poder arbitrario, con todos sus recursos, a un individuo, a una mujer que resguarda los valores culturales de la humanidad, y equiparar a dos mediocres partidos políticos de este mediocre siglo XXI que ha entrado en el tiempo de forma tan miserable, a ambos antagonistas, radicalmente enfrentados entre sí?

Por otra parte, sacar a colación el coro de una tragedia griega y ponerla como representación del pueblo, a la vez que poner a Syriza como el que busca una otra vía que le indicaría este coro, es no sólo un disparate, sino una crasa ignorancia, es forzar una simbología que sobre nada se sostiene. La función del coro en la tragedia griega es narradora: no modifica el acontecer, lo explica, tanto para el público como a los personajes, para quienes ilumina el argumento. El coro no representa ni al pueblo ni a nadie: es un recurso dramático, una modalidad de la escenificación teatral. Claro, en una nueva interpretación teórica, sólidamente justificada, puede convertirse en una propuesta distinta, algo que no sucede en el artículo de Žižek, quien se saca esa idea de debajo de la manga, sin más ni más, cual prestidigitador de feria, con sus trucos baratos, para forzar los hechos reales actuales, demagógicamente, puesto que Syriza no ha dado demostración alguna de búsqueda de una supuesta otra vía.

Antígona de nuevo se ha quedado sola y Creonte sigue en el poder.

Nota

1[1] Slavoj Žižek. “Crisis europea: Grecia nos salvará”. En: www.elpuercoespin.com.ar, 11 de junio de 2012.
Título original: “Antígona y Slavoj Žižek” / El Blog de Judit Gerendas