20/8/12

Del compromiso social del historiador

¿Escribir para quién? ✆ S. Fischer
Esteban Mira Caballos

Especial para Gramscimanía
El mundo actual necesita más que nunca del papel de la Historia y de los historiadores. Vivimos unos momentos en los que la superpoblación, el cambio climático, el agotamiento de los recursos fósiles, las diferencias Norte-Sur y el fin del estado del bienestar hacen presagiar el final del capitalismo. Acaso, está amenazada también la propia supervivencia humana por la destrucción del medio en el que vivimos. Para colmo, en los últimos años, el postmodernismo ha conseguido convencer a muchos historiadores de que no existía ningún compromiso social y que debían volver a la clásica historia narrativa, desprovista de todo juicio de valor. Una nueva búsqueda de la objetividad, como ya hicieran los positivistas decimonónicos, y que en realidad, conducen a la historia al abismo. Y es que por más que lo intenten, la historia no es ni puede ser objetiva. El hecho en sí y los documentos, por supuesto, son profundamente subjetivos. La misión del historiador es precisamente revisarlos críticamente y tratar de explicarlos, desde la honestidad personal, no desde la objetividad. El problema es que pese a la gran cantidad de obras científicas que han aparecido en los últimos años, hablando de esta necesaria proyección social, trascienden al gran público bastante menos que algunas obras que podemos calificar de reaccionarias, como la de Francis Fukuyama. Ello provoca que la contribución social de la Historia no llegue prácticamente a la sociedad y precisamente en el momento que más se necesita de ella.

Por ello, creo que urge que los historiadores, de toda índole y de todos los niveles educativos, retomemos el compromiso social que nos corresponde, interpretando adecuadamente el pasado y estableciendo las claves para argumentar sobre el presente con el objetivo último de crear un futuro sostenible, más justo e igualitario. Al fin y al cabo, siguiendo a Benedetto Croce, toda historia es contemporánea, en tanto en cuanto responde a una necesidad de conocimiento y de acercamiento desde el presente.

Debemos empezar, con un inquebrantable espíritu crítico, delatando las grandes mentiras de la historiografía liberal que, a base de repetirlas una y mil veces, las han convertido en medias verdades. La burguesía triunfante ha impuesto una visión de la historia excluyente. Según Jean-Claude Schmitt la razón de ser de la Historia fue siempre la justificación del poder, de ahí que sólo se interesasen por las élites. La historiografía burguesa interpretaba erróneamente que la Civilización Occidental ha sido superior a las demás y que su origen se encuentra exclusivamente en la tradición grecolatina. Para ellos, el bagaje intelectual de Occidente no debe absolutamente nada a las culturas orientales, ni menos aún a la islámica que, para colmo, las percibe como una amenaza. Pero es obvio que la exclusión de la ciencia islámica y judía de los orígenes del racionalismo occidental no ha sido más que un intento logrado de falsear conscientemente la Historia para fundamentar la superioridad de Occidente. Y ello ocultando o ignorando que civilizaciones como la China, la Hindú o la japonesa son mucho más antiguas que la europea. Esa supuesta supremacía cultural e ideológica ha sido uno de los pilares en los que se ha justificado el choque de civilizaciones, utilizando los términos de Samuel P. Huntington. Pero, no sólo está en fase terminal el sistema capitalista sino también la primacía de la civilización Occidental, que pronto se verá superada por la China, y en el futuro quizás también por la Hindú y la Islámica. La decadencia progresiva de Occidente se está combinando con un resurgimiento de otras civilizaciones, sobre todo de las orientales.

Lo cierto es que la escuela historicista se ha mostrado incapaz de dar una interpretación satisfactoria del pasado humano. Hace ya varios lustros que Karl Popper denunció ferozmente el estancamiento de la Historia, debido a la insolvencia de este método a la hora de resolver los problemas que plantea la actual ciencia humanística. La metodología historicista partía de tres premisas fundamentales:

La primera, destacaba al individuo frente a la colectividad. Los protagonistas de la Historia eran los grandes personajes o los grandes tiranos; eran ellos los que movían los hilos de la evolución. Es más, en oposición a la visión materialista de la Historia, sostenían que lo espiritual ha sido y es el resorte decisivo en la vida de los hombres y de los pueblos. Sin embargo, hace ya bastante tiempo que León Tolstoi destacó la importancia de la colectividad -olvidada hasta entonces por la historiografía- frente a los grandes personajes.

La segunda partía de la contextualización de cada época, de manera que todo quedaba más o menos justificado, juzgándolo en su contexto histórico. La excusa típica del historicismo es que no se deben juzgar los hechos del pasado con una visión del presente. Estos historiadores piensan que en cada período histórico las personas tienen una forma de actuar característica que explica sus comportamientos. Con este razonamiento se podían comprender, y en ocasiones hasta justificar, las matanzas de nativos por las potencias colonizadoras, la esclavitud moderna, los campos de concentración stalinistas o el exterminio de judíos a manos de los Nazis. Este punto de vista ha permitido la impunidad de cientos de actos de violencia y de genocidio a lo largo de la Historia.

Otros analistas, situados en esta misma línea metodológica, han alegado la falta de perspectiva histórica para juzgar hechos relativamente recientes. Sin embargo, no es imposible examinar el pasado con criterios del presente, pues, aunque pudiéramos caer en algún anacronismo, ha habido grandes constantes inmutables en el tiempo, en las actitudes, en la espiritualidad, en los valores éticos y en las relaciones de producción. El Homo Sapiens se planteó siempre una serie de problemas éticos, como la bondad o la justicia, así como la manera de alcanzar esos valores. En los textos sagrados del Cristianismo se recoge la idea de que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, dotándolo de raciocinio, inteligencia y capacidad para discernir el bien del mal. Me parece evidente que, aunque el historiador no puede hacer un juicio legal contra los genocidas, sí que puede lograr que comparezcan ante el juicio moral de la Historia.

Y la tercera sostenía que el historiador no debía juzgar, sino solo narrar o describir los hechos para hacerlos así más comprensibles al lector. Es la historia-batalla que se abstenía de todo juicio de valor y negaba el compromiso social del investigador. Otra deducción falsa que ha sido censurada por numerosos autores desde hace más de medio siglo. Para colmo, actualmente vuelve a recuperar el terreno perdido este tipo de historia narrativa, desprovista de toda carga ideológica y, por tanto, totalmente inútil desde un punto de vista de su utilidad social. Ello ha provocado un desprestigio paulatino de la Historia, dada su nula aportación en la resolución de los problemas sociales. Y la culpa de ello, según Josep Fontana, no es de nadie más que de los mismos historiadores que hemos hecho dejación de nuestras responsabilidades como analistas del comportamiento humano en su totalidad.

Por todo lo dicho, hoy más que nunca los historiadores necesitamos llevar a cabo un cambio radical en nuestra forma de reconstruir el pasado para evitar darle la razón finalmente al discutido Francis Fukuyama cuando hablo del fin de la Historia. Las nuevas generaciones de historiadores debemos retomar el compromiso social que maestros, marxistas y no marxistas, como Lucien Febvre, Eric Hobsbawm, Fernand Braudel, Pierre Vilar, Michel Vovelle, Josep Fontana o Manuel Moreno Fraginals, vienen practicando durante décadas y que no debe ser elitista sino común entre los miembros del gremio. La renovación de la ciencia histórica debería basarse en dos viejos pilares:

Primero, en el replanteamiento total de la Historia Universal, quitándonos las vendas de los ojos y desprendiéndonos de atavismos, ideas preconcebidas y mitos. La Historia se ha fundamentado en base a grandes hitos, como la Revolución Neolítica, el Descubrimiento de América o las Revoluciones Industriales. Y precisamente esos hitos, todos por supuestos relacionados con la civilización Occidental dominante, supusieron grandes saltos adelante en la idea descabellada del ser humano de someter y destruir a la naturaleza. La evolución humana es también la historia de la progresiva destrucción del medio, cuyas consecuencias últimas estamos empezando a padecer. Con anterioridad, durante el largo período paleolítico, la humanidad vivió armónicamente con la naturaleza. No se trata de volver a la Edad de Piedra pero sí de aprender de ella aspectos tan importantes como su relación con la Madre Naturaleza. Y mientras la cultura cristiana occidental dominaba había otras civilizaciones en el mundo –hasta 21 enumera Arnold Toynbee- muchas de ellas con contribuciones muy dignas a la historia de la Humanidad. Pero, esas no contaban, nunca han contado, para la historiografía occidental. Urge rescribir la Historia, destacando el papel de la naturaleza y la necesidad urgente de reconciliación entre el ser humano y el medio

Y segundo, eliminando definitivamente la historia narrativa, esa que piensa que el historiador no debe enjuiciar sino solo narrar y, por supuesto, siempre de aspectos pasados y no presentes. Hace ya más de medio siglo, Walter Benjamín plateó la posibilidad de partir del presente para explicarse el pasado, idea que repitió unos años después Edward H. Carr cuando explicó que la Historia debía hacerse desde el presente. De hecho, los creadores del materialismo histórico intentaron llegar a leyes generales partiendo del análisis detallado del mundo en el que vivieron y proyectando sus conocimientos y vivencias hacia el pasado. Otros historiadores, de muy distintas escuelas, han insistido en ello. Por fortuna, actualmente hay toda una corriente historiográfica que, superando el marco del marxismo, trabaja dentro del comparativismo constructivo. Por ejemplo, Marcel Detienne ha hablado de la necesidad de comparar lo incomparable, sin miedos, porque se podrán obtener de esta forma puntos de vistas interesantes y novedosas interpretaciones. Y efectivamente, este enlace entre pasado y presente lo han llevado a cabo ya numerosos historiadores con sorprendentes y enjundiosos resultados.

Sólo usando métodos alternativos al de la historiografía burguesa podremos reinterpretar adecuadamente el pasado, descubriendo verdades que llevan ocultas durante siglos. Como escribió el historiador cubano Manuel Moreno Fraginals, si usamos los mismos métodos y las mismas fuentes que la historiografía burguesa llegaremos a las mismas viejas conclusiones. Debemos convertirnos en disidentes o en revolucionarios intelectuales, aunque ello implique ciertas dosis de idealismo. Ello no necesariamente debe ser una rémora, pues han sido precisamente visionarios y soñadores los que han cambiado en diversas ocasiones el rumbo de los acontecimientos. Esto incluye la comparación histórica, superando el miedo a los anacronismos, refutando así los grandes símbolos que hasta el presente han sido los signos de identidad de muchos colectivos humanos. Las características que deberían reunir estos historiadores del cambio, comprometidos con la sociedad, ya las enumeró hace varias décadas Moreno Fraginals, pero sus palabras siguen siendo igualmente válidas en pleno siglo XXI:
… Quien no sienta la alegría infinita de estar aquí en este mundo revuelto y cambiante, peligroso y bello, doloroso y sangriento como un parto, pero como él creador de nueva vida, está incapacitado para escribir historia. Y quien, sobre todas las pequeñas rencillas personales, no sienta su deber moral de entregarlo todo por la Revolución, y esté consciente de las taras que arrastra y que no debe transmitir; quien en esta hora no sienta el deber de crear; quien no sienta el deber de estar aquí aunque sea simplemente quemándose como leña en este fuego; quienes no estén más allá de tu libro y el mío, de te escribo la nota de tu libro para que luego tú me escribas la nota de mi libro, jamás podrán ser historiadores.
Ya hace varias décadas, Josep Fontana refirió la necesidad de explicar la verdadera historia del capitalismo para así poderlo combatir, con el fin último de reemplazarlo por formas de organización social más justas. Pues bien, treinta años después, sigue siendo un objetivo no logrado. La diferencia en estos momentos es que ya se atisba el final del capitalismo. Sin embargo, el cambio sigue siendo una empresa difícil porque, después de varios siglos, el viejo capitalismo, nos ha dejado una sociedad nihilista, consumista y egocéntrica lo que no contribuye demasiado al cambio que todos esperamos y deseamos con renovada ilusión. Sin embargo, hay esperanza; la confortable, y tranquila clase media se está proletarizando a marchas forzadas. La lucha obrera está a punto de retornar y quizás, con más fuerza que nunca.

Lecturas recomendadas

ARÓSTEGUI, Julio: La investigación histórica: teoría y método. Barcelona, Crítica, 2001.
FEBVRE, Lucien: Combates por la Historia. Barcelona, Planeta- Agostini, 1986.
 FONTANA, Josep: Historia. Análisis del pasado y proyecto social. Barcelona, Crítica, 1982.
--------- La Historia después del fin de la Historia. Barcelona, Crítica, 1992.
--------- Historia de los Hombres. Barcelona, Crítica, 2001.
FUKUYAMA, Francis: El fin de la Historia y el último hombre. Barcelona, Planeta, 1992.
HOBSBAWM, Eric: Sobre la Historia. Barcelona, Crítica, 1998.
-------- Revolucionarios. Barcelona, Crítica, 2010.

HUNTINGTON, Samuel P.: El Choque de Civilizaciones. Barcelona, Paidós, 2001.
LE GOFF, Jacques: Pensar la historia. Modernidad, presente, progreso. Barcelona, Paidós, 1991.
MORENO FRAGINALS, Manuel: La historia como arma y otros estudios sobre esclavos, ingenios y plantaciones. Barcelona, Crítica, 1983.
POPER, Karl R.: La miseria del historicismo. Madrid, Alianza Editorial, 1992.
TODOROV, Tzvetan: Los abusos de la memoria. Barcelona, Paidós, 2000.
TRAVERSO, Enzo: El pasado. Instrucciones de uso. Historia, memoria, política. Madrid, Marcial Pons, 2007.
SCHMITT, Jean-Claude: “La historia de los marginales” Clio, Órgano de la Academia Dominicana de la Historia, nº 79. Santo Domingo, 2010.
TRAVIESAS MORENO, Luis M. y Gladys ALONSO GONZÁLEZ (Edits.): Historia y el oficio de historiador. Colección de autores franceses y cubanos. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1996.
VIÑUELA, Juan Pedro: Filosofía desde la trinchera. Villafranca de los Barros, Rayego, 2008.
------- Pensamientos contra el poder. Villafranca de los Barros, Rayego, 2010.
------- Escritos desde la disidencia. Villafranca de los Barros, Rayego, 2011.