24/7/12

Teófilo Tortolero / El desaforado olor del cielo

Foto: Teófilo Tortolero, en su juventud
Julio Rafael Silva Sánchez

“Cercana al milenio, la poesía exige del poeta una “interpretación” de los signos en el cielo, de las imágenes borrosas en el horizonte, de los sonidos inaudibles que surgen de la tierra. Un canto que cante y cuente el significado de estos días abundosos y portentosos, situaciones inimaginables e inimaginadas donde lo hasta ahora imposible parece lo único posible.” Alejandro Oliveros, en Predios, N° 4, 1993)

Especial para Gramscimanía
Recuerdo con asombrosa nitidez esa tarde del verano de 1968 cuando, en la frescura artificial de un quiosco de cerveza, divisé por primera vez el rostro iluminado del  poeta. Allí estaba, al lado de Eugenio Montejo, muy cerca de la manga de coleo de su querida Nirgua. Y entonces, ocurrió lo que, de su encuentro personal, rememora Reynaldo Pérez Só (1997): aquel “...poeta nervioso, con cara de portugués, amable... inmediatamente me invitó a conversar sobre poesía.” 1

Y, en efecto, conversamos. Pero no sólo de poesía, su pasión infatigable, sino de otros tantos temas relacionados con su vida: su familia, Nirgua, los poetas de Valencia, los amigos comunes... Porque Teófilo Tortolero (Valencia, 1936-1990) era capaz de asimilar, con ejemplar vehemencia, los más insólitos y variados estímulos de la existencia y del arte y de adherirlos ardorosamente al contexto profundo de una sensibilidad excepcional de poeta, pensador y amigo solidario.

La obra poética de Teófilo es rica e inabarcable. Se extiende desde Demencia Precoz (1968), Las Drogas Silvestres (1972), 55 Poemas (1981), Parfuma Jaguaro, antología bilingüe Esperanto-Castellano en coautoría con Reinaldo Pérez Só (1984), La Última Tierra (1990), El Día Perdurable (1991), hasta  El Libro de los Cuartetos (1994).  En todos ellos, el autor, sin poses, sin alardes, la voz  amplia  y  serena, nos  entrega  sus  textos  plenos  de   humanidad: el poeta, como testigo del tiempo que vive y le circunda, no puede, bajo ningún aspecto, desprenderse del hombre. En estos textos, Teófilo propone, como acertadamente lo subraya Reynaldo Pérez Só (1997): 
“...la solicitud interior, el retorno a sí mismo, la ritualización del poema para sobrevivir el difícil tiempo de la derrota social, la religiosidad del verso, el culto a la mujer en función de la mirada interior, el erotismo solapado, la revitalización de la imagen visual y del lugar común, el uso del surrealismo o mejor dicho de la imagen surrealista como recurso secundario, no militante, meramente secundario como fueran los alcances de Góngora sin ser gongorino y así muchas otras cosas.” 2
Porque Teófilo se sumerge en un mundo colmado de sugerencias, en donde el amor, unido al mar, la pradera, la montaña, sus islas, sus caminos y costas brumosas preñan de luz la sensibilidad. Nada de saltos, nada de lagunas: estos libros han sido escritos bajo el signo ineludible del amor, con un tono directo, lleno de una singular reciedumbre interior, con un vigor sereno, persuasivo. Así lo observamos en este texto de Demencia Precoz (1997):
“…Anillo de hongos en al agua / mi suerte no es preciso nombrar / si mi poder cae en su caja de manzanas / Comprenderás que no tengo posesión / para llevarme el corazón de su palacio / hablo de sus mareas y estoy ciego.” 3
En los poemas de Teófilo, un mirar hacia adentro, ensimismado descubre un paisaje más terrible, donde todo es carencia, desolación, nostalgia por lo irrecuperable. La persistencia de esa mirada en lo oscuro otorga la eternidad. Siempre interiorizando sus referentes concretos, buscando en sus imágenes esa luz clara y verdadera, el poeta evoca sus vivencias. Oigámoslo en otro texto de Demencia Precoz: 
… Hablo al ojo vencido de gamuza / responde un jaguar incomparable / la fuerza ensamblada en las patas / las trenzas caídas en los ojos / Eres nieve de esperma ave de baile / comprenderás el mal de estar oscuro / un día una tarde / de bajar cada vez al estanque / del agua de la rótula?” 4
Sobre Demencia Precoz, el recordado psiquiatra José Solanes, español, pero valenciano como nadie, decía, en el Prólogo del libro: 
“... Bello y dramático, este libro es inquietante. Con él puede el autor lograr su unidad y coherencia personales, pero con él amenaza las nuestras. Sus versos nos hacen dar cuenta de lo frágil de la propia unidad y de cuan precaria resulta la coherencia de nuestro propio mundo. Nos estremecemos al sentir que también para nosotros puede ocurrir que no haga hora esta noche (...) Las turbadoras imágenes que usa, el ritmo de sus versos, a veces rotundo y a veces descuidado y lacio como rehusándose hasta en lo sonoro a coagularse en conclusiones...” 5
Teófilo es un expedicionario de las sensaciones despiertas, un viajero encantado con una constante inspiración nacida de la frecuentación de la experiencia vivida. Un vidente, un artista introspectivo que practicó el arte del decir y del nombrar con la mayor economía de palabras, casi hasta la reducción suprema del vocablo a su condición de dardo que atraviesa de parte a parte. Oigámoslo en este texto de Las Drogas Silvestres (1972): 
“...A tu caída te fragmentas / Igual que un fantasma / Alguien / Posiblemente otro fantasma / Reúne tus pedazos / Pero duele tanto tu imagen en sus manos / Que te deja caer nuevamente.” 6
O en este otro, de La Última Tierra (1990): 
“... Bajaré a tu reposo, / luz amada, / luz pura. / He de rodar un día o una noche fresca / por las baldosas / que tu quieta lumbre / deslíe en rombos y cuajados nidos de rosadales. / Beso tu voz / luz, / luz de nuevo hechizada y eviterna / en un espejo frente a la turbia / vista / que el llanto frota y llora.”  7
El mundo poético de Teófilo Tortolero denota una riquísima  gama  de estados anímicos y una variedad igualmente plena de imágenes sensoriales. En muchos de sus textos subyace el amor: algunas veces,  como un movimiento espiritual puro, en el cual nuestro poeta quisiera vivir como vive la luz; otras, como el ansia de la posesión. Pero siempre el fuego y la tristeza de la soledad, aliviada por el recuerdo o atormentada por la imposibilidad de no alcanzar a la amada. Experto en el dolor, comprende los dolores ajenos. Y aun cuando sabe que puede encontrar otro amor, continuar viviendo, aun a su pesar, el poeta del amor y del dolor personal se transforma en el poeta de los dolores, sufrimientos e ideales humanos. Oigámoslo en este texto de Otros Poemas (1997): 
“... Cuando probé tus ojos anisados / todas las violetas del cielo /  cayeron / todas las gotas ardieron en las hojas / y en el rayo de tu blanco nacimiento  donde las lunas derraman / su sedosa luz / una lágrima vino a echarse en mi sangre / y a estar con ella de puro amor / de un asombroso amor.”  8
O en este fragmento de Libidinal, de Demencia Precoz (1997): 
“...Ensayo un paso de salida a la sala de este día / la que me dieran de buen calor para el reposo / pero qué hago del corazón que me muerde / qué te hago a ti qué me haces.” 9
También es refulgente el tono erótico en el texto En que yo me lance por tu sangre, de 55 Poemas (1981):
“... No están lejos los días / en que yo me lance por tu sangre abajo, / cruzando los troncos / los rápidos del aire azul / y te bese muriendo, / murmurando el nombre de ti / de tuya, de ésta, ésa, aquélla...” 10
Este mundo psicológico y sensorial, este mundo elevado a poesía por medio de contrastes y analogías vivas y nuevas, está expresado por un discurso lleno, desvelado y, a veces, hermético,  en el cual lo sugerido no oculta lo sugerente. En algunos momentos hay un aire melancólico, de dulce y eficaz luz vertiginosa: un afinamiento del sistema nervioso para asentarse en plena naturaleza propicia, y para sentirse alegre o desolado porque sí. Bien lo apunta Orlando Barreto (1997): 
“... Así que la desolación es la preparación para entrar a donde siempre hemos estado, a la región del puro ser, al aire de las cosas y las criaturas, en cuya atmósfera la palabra es música, cántico que se sacia en la sed (...) El poeta ensaya el viaje hasta los límites y gusta de las moradas – pero a su vez plenas, abundantes - que nos conectan con la auténtica existencia de algunas de esas moradas áuricas donde se percibe la desolación como magia y hechizo...” 11
Oigámoslo en este fragmento de Demencia Precoz (1997: 
“... Me canto solo / como se canta la campana desierta / pero se consume la esperanza de salir / el estar de ella en el picaporte / igual que la mujer que no tocaré nunca.” 12 
O en este fragmento del hermoso texto Oh radas murmurando, dedicado A Alejandro Oliveros, incluido en 55 poemas (1981): 
“... Nada se puede hacer en estos puertos / como no sea perderse en sus tabernas / claveteadas de amargo / expuestas a los gritos de los que atravesaron /  todos los alcoholes / del oleaje que desaparece en su propio pensamiento.” 13
En ese contexto, parece oportuna la opinión del poeta Luis Alberto Angulo (1991): 
“...En Teófilo Tortolero hay una mirada desolada que contempla al mundo y a sí mismo. Una mirada que refleja la precariedad de la existencia humana, su finitud e irremediable soledad. Sentimiento trágico de la vida en donde la desesperanza sobrevive junto al hallazgo de un mundo alucinado por la presencia y la ausencia de elementos cotidianos aparentemente insignificantes.” 14
En efecto, el poeta, sintiendo la angustia en la sangre, como tierra pegada a las raíces, abre paso a un torrente de viva efervescencia lírica, en donde el dibujo de los cálidos matices de la multifloral policromía de su Nirgua inevitable, en esbelta urdimbre de árboles, piedras, corales, paredes rugosas y mesas de fantasmas, se ramifica en el tono elegíaco, el gusto de la muerte,  la imagen persistente del padre iluminado, derribado. Oigámoslo en este fragmento de La Última Tierra (1990): 
“...Me quedo con la muerte gustando / los sapos en el patio; muerte que es la tuya / la mía en todos, caídas desde el cielo / lleno de su firme azul y nubes / de los cantores del aire y su tibio plumaje. /...Quedo aquí esperando el momento en que tu tren, / muerte, atraviese mi pecho y salga al espacio / donde la luz expira su consuelo.” 15
O en éste, de Otros Poemas (1977), dedicado A Reynaldo Pérez Só: 
“ ...No vi lo terrible de la muerte / porque acompañándome su cierta pisada / me fue concedida la desmesura que aturde / al animal soleado / y alegrías más lejanas que las palabras que las nombran / la gracia de untar en mi pecho esta luz / leve canción que mi alma despierta / sobre un campo de agosto.” 16  
Y, finalmente, en éste, de La Última Tierra (1990), dedicado a sus hijas Raquel y Rebeca: 
“...Debo morir en las esclusas / de mi casa / flotando en sus naranjos secos / la mirada mía, exacta / puesta en las orquídeas / que dan gusto a los ojos.” 17
Así, en la poesía de Teófilo Tortolero, muerte y vida se dan entrelazadas, apretándose en simbiosis de angustia existencial. Para él, la vida es un vivir muriendo, un amanecer que comienza con la muerte, una vida que se afirma con la muerte. El vivir es un ente finito girando sobre sí mismo, alucinante, próvido, con la conciencia del vacío de los días. Porque en la poesía de Teófilo Tortolero como lo confiesa César Seco (2001), percibimos:
“...Una sola cicatriz, la puerta del cielo y su temblor. La casa y eso único que alumbra adentro cuando la desesperanza se asoma por sus ojos y hace rato clava en su corazón. Así, la muerte desanda por esta poesía; así también el amor va zurciendo su contrapeso a la inefable. Honda ternura que sublima toda dolencia y se vuelve piadosa; como cuando el amor se escurre aletargado en una casa de citas que mudó sus paredes con la sola presencia sedienta de quien llegó a buscarlo y tras la cortina, sólo el cuerpo trémulo de la mujer a la que se tuvo en silencio una sola vez.” 18
Bien lo ha dicho Alejandro Oliveros, en La torre del pez solitario (1997): 
“Teófilo Tortolero no ingresaría al canon por la circunstancia sola de haber sido un “poeta iluminado”, sino por el hecho de ser (y lo son los menos) un artista. Por haber hecho de la palabra una ocasión nueva, inédita en su resplandor y serenidad. Para los que de algún modo coincidimos con su espacio geográfico y temporal, su muerte constituye la ausencia de uno de los “mayores”. Mucho de insustituible sentimos que nos ha sido arrebatado. Mucha buena poesía sabemos que ha dejado de escribirse.” 19
Notas

1 Reynaldo Pérez Só (1977). “Impresiones sobre Teófilo Tortolero”, en Poesía No. 115. Valencia: Ediciones del Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo, 15 de junio,  p. 1.
2 Reynaldo Pérez Só (1997). “Justificación de Teófilo Tortolero”, en La Tuna de Oro  No. 28. Valencia: Ediciones del Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo, p.5
3 Teófilo Tortolero (1997). “Demencia Precoz”, en El Día Perdurable y Otros Poemas. Valencia: Ediciones del Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo, p. 67.
4 Teófilo Tortolero (1997). Op. Cit., p. 69
5 José Solanes (1968). “Prólogo” a Demencia Precoz, de Teófilo Tortolero. Caracas: Ediciones de la Universidad de Carabobo.
6 Teófilo Tortolero (1972). Las Drogas Silvestres. Valencia: Ediciones de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo.
7 Teófilo Tortolero (1990). La Última Tierra. Valencia: Colección de Poesía María Clemencia Camarán. Ediciones del Gobierno de Carabobo, No. 2
8 Teófilo Tortolero (1977). Op. Cit., p. 38
9 Ibid, p. 59.
10 Teófilo Tortolero (1981). 55 Poemas. Antología (Selección de Reynaldo Pérez Só). Valencia: Ediciones Separata del Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo. 
11 Orlando Barreto (1997). “Poética y desolación onírica”, en Poesía No. 115. Valencia: Ediciones del Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo, p. 60.
12 Teófilo Tortolero (1997). Op. Cit., p. 72
13 Teófilo Tortolero (1981). Op. Cit., p. 27
14 Luis Albreto Angulo (1991). “Teófilo Tortolero; Antología mínima”, en Auditorio No. 1. Valencia: Ediciones de la Sociedad Civil “Flamboyán” para el desarrollo del arte, la ciencia y la cultura, p. 41.
15 Téofilo Tortolero (1990). Op. Cit., p. 26
16 Téofilo Tortolero (1997). Op. Cit., p. 41.
17 Téofilo Tortolero (1990). Op. Cit., p. 21
18 César Seco (2001) “El día perdurable de Teófilo Tortolero”, en Poesía No. 131. Valencia: Ediciones del Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo, p. 83
19 Alejando Oliveros (1997). “La torre del pez solitario”, en Poesía No. 115. Valencia: Ediciones del Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo, p. 56 

Julio Rafael
Silva Sánchez

Julio Rafael Silva Sánchez nació en Tinaquillo, estado Cojedes (1947) y desde su juventud se ha dedicado a escribir ensayos con los cuales ha obtenido reconocimientos como el Premio Nacional de Ensayos Literarios "Enriqueta Arvelo Larriva" de la Unellez (1987) por su libro “Julio Cortázar, instrucciones para un perseguidor”; Mención Honorífica del Premio Nacional de Ensayos Ipasme (1989) por su obra “Desarrollo de actitudes, conductas y valores en adolescentes a través de la manipulación que la televisión hace de la imagen arquetípica del héroe”; Premio Nacional de Ensayos del Conac (2004) por su investigación “Eduardo Mariño: el brillo y las sombras de una escritura heteróclita”; Premio Nacional de Crónicas 2008 en la Primera Bienal Nacional de Literatura José Vicente Abreu (Cenal-Red de Escritores), con su indagación “José Vicente Abreu en cuatro tiempos”; Premio de Ensayos en la II Bienal Nacional Literaria “Víctor Manuel Gutiérrez” Unellez (2010), por su investigación “Julio César Sánchez Olivo y el poder seductor de la metáfora”; Mención Honorífica en el Concurso Nacional de Ensayos “Centenario de Miguel Hernández”, convocado por la Embajada de España en Venezuela y la Universidad Nacional Experimental de Yaracuy (2011), con su ensayo “La palabra como exigencia iluminada de lo real (acercamiento a la obra poética de Miguel Hernández)”. Como narrador obtuvo Mención de Honor en el Concurso Nacional de Cuentos y Relatos: Misterios y Fantasmas Clásicos de la Llanura, de la Unellez (2004), con su relato “Schumann entre Dachau y San Fernando”. Su más reciente obra publicada es: “Héroes y villanos, llaneros y llanura en la obra narrativa de José León Tapia”, Unellez (2008).