11/7/12

Subalternidad y multitudes como actor político

Miguel Ángel Herrera Zgaib

I. Preliminares

“Por la propia concepción del mundo se pertenece siempre  a un determinado agrupamiento, y precisamente al de todos los elementos sociales que participan de un mismo modo de pensar y de obrar. Se es conformista de algún conformismo, se es siempre hombre masa u hombre colectivo. El problema es éste: ¿a qué tipo histórico pertenece el conformismo, el hombre-masa del cual se participa?: Antonio Gramsci, Nota I, en: Introducción al estudio de la Filosofía y del materialismo histórico. Premiá Editora. México, 1981, p.  8.
                                                                
Durante la primera mitad de los años 70, cuando el estado de sitio era una constante institucional colombiana, empecé a participar de un grupo juvenil universitario, Núcleos 21 de abril, que luego hizo parte del fallido proceso de la Unión Revolucionaria Socialista, la URS. Esta organización pretendía convertirse en partido político articulando un conjunto de agrupamientos y núcleos marxistas de diferentes vertientes del espectro socialista, desde pro-castristas, y camilistas comprometidos con la teología de la liberación hasta seguidores del marxismo, leninistas, trotskistas, y pro-chinos movidos por la revolución cultural del gran timonel, y su ruptura con la hegemonía de la Unión Soviética.

Encarnábamos como precipitado la fractura política de la hegemonía liberal-conservadora ejercida sobre dos sectores sociales específicos, jóvenes y trabajadores intelectuales, expresiones sí de la contrahecha y postergada modernidad plena que aún sufre Colombia. Aquella fractura era el producto de una crisis de representación en la sociedad tradicional, un fruto de la crisis de hegemonía cultural que se tradujo en la separación de los sectores medios educados del bloque de poder y su proyecto de paz y progreso llamado Frente Nacional, nacido dizque para acabar con la violencia partidista.[2]

Incubación de la rebeldía subalterna
“En ciertos momentos  de su vida histórica, los grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales. Esto significa que los partidos tradicionales, con la forma de organización que presentan, con los determinados hombres que los constituyen, representan y dirigen, ya no son reconocidos como expresión propia de su clase o de una fracción de esta.
Cuando tales crisis se manifiestan, la situación inmediata se torna delicada y peligrosa, porque el terreno es propicio para soluciones de fuerza, para la actividad de potencias oscuras, representadas por hombres providenciales o carismáticos”. Antonio Gramsci, Observaciones sobre algunos aspectos de la estructura de los partidos políticos en los periodos de crisis orgánica,  p. 361.
La acción de la izquierda en Colombia expresaba una conducta transversal que movilizaba a sectores empobrecidos y excluidos de la clase media, y con ésta a grupos de trabajadores y sectores populares desplazados por la gran Violencia, y también a habitantes de los cinturones de miseria de cuatro grandes ciudades, Bogotá, Medellín, Barranquilla y Cali. A todos ellos se les intentaba comprender como a un pueblo. Aquellos proyectos de la izquierda incipiente eran reprimidos violentamente e ilegalizados siempre que  resistían a las imposiciones de una sociedad ultra conservadora, que lo era antes y lo sigue siendo ahora.

Aunque a la fecha, después de pasar dos periodos de seguridad con el expresidente Álvaro Uribe, el sucesor Juan Manuel Santos implementa un alivio focalizado, un viraje que quiere aclimatar “la tercera vía” de la prosperidad, interpelando a los desplazados, y a los más pobres de los pobres, de los cuales, 100.000 familias, dice, serán beneficiarias de vivienda gratuita durante este gobierno. Claro, ninguno de los dos dirigentes del bloque de poder oligárquico burgués, prescinde de auto-llamar gobiernos democráticos a sus coaliciones al comando del Estado.

Para la pequeña burguesía intelectual, escindida de la conducción bipartidista del Frente Nacional, hacer la revolución era el primer mandamiento del nuevo credo laico. Las universidades e instituciones secundarias fueron los templos donde se alimentó la mayor parte de aquella herejía ideológica, de las cuales se desprendieron los primeros predicadores de la buena nueva. Tuvimos delante el espejo agónico del guerrillero heroico y ateo, junto a  imaginarios del compromiso con la caridad cristiana representados por los curas del Golconda, y el padre Camilo Torres Restrepo.

Hubo para todos los gustos y compromisos militantes durante ese periodo de incubación. Emergieron figuras múltiples fractales del heterogéneo campo de la izquierda que alcanzaron proyecciones transcontinentales. En primer lugar, en la cadena sacrificial estuvo Ernesto Guevara, con la misión inconclusa de crear muchos Vietnams. Antes fue Patricio Lumumba, primer ministro, asesinado por garantizar la independencia del Congo contra Bélgica, para emprender luego la construcción socialista.

Después el turno fue para Miguel Enríquez, secretario del Mir chileno, quien precavía la destorcida de la reacción contra las nacionalizaciones de la Unidad Popular del presidente socialista Salvador Allende. Impulsaba el Mir la creación de autogestión obrera de la producción y poder popular autónomo mediante los cinturones industriales, y el auto-abastecimiento en las barriadas populares de Santiago, Valparaíso, Concepción y otras ciudades. En la Argentina era Mario Roberto Santucho y el ERP, quienes organizaban a los pobres del campo del norte argentino, desde Tucumán;  y a los herederos urbanos de los cabecitas negras peronistas, y avanzar con dificultad manifiesta del justicialismo peronista al socialismo trotskista. El método escogido aquí fue la vía armada, reafirmada por la defección de Perón a su regreso, en la masacre del aeropuerto de Ezeiza en Buenos Aires.
 
Junto con  ellos tantos militantes optimistas y anónimos se formaron, cayeron y desaparecieron durante los años del alumbramiento dramático de la opción de izquierda, Casi sin excepción, no pensaban en serio, sino que obviaban la opción democrática por reformista. No faltaban razones y hechos que apoyaran tal aserto.

Más aún, contra una modernidad contrahecha,[3] henchida de desigualdades y con un gran índice de analfabetismo político, inducido por los lazos de dependencia y subordinación personal anteriores, con afán se buscaba la vía rápida. La revolución cubana parecía ser el ejemplo más elocuente a seguir no sólo en América Latina sino en otras latitudes de situación política y social parecida, agrupada como tercer mundo por los analistas occidentales del desarrollo y el subdesarrollo.

Sin embargo, con heroísmo y sacrificios, este movimiento en sí expresaba un conato de reforma intelectual y moral, una disputa por la hegemonía cultura. Como tal  animó, fue catalizador de la segunda oleada revolucionaria, donde no solo hubo sectores medios, intelectuales y estudiantiles, sino también obreros, nuevos y tradicionales, campesinos pobres y jornaleros, habitantes de todas las barriadas y villas miseria. Constituían los activos brotes de las multitudes invisibilizadas por la república señorial,[4] en rebelión contra la exclusión, la desigualdad y la miseria que los asfixiaba en campos y ciudades.

En América Latina fue un proceso cuya dinámica duró un cuarto de siglo, entre 1955 y 1980. Para establecer así unos límites convencionales que se extienden entre la caída del peronismo, la derrota de la Unión Soviética en Afganistán en Asia, y  la imposición del modelo neoliberal en América Latina, y el revisionismo en la China popular con Deng Tsiao Ping a la cabeza. [5]

La nueva conducción hegemónica de la economía capitalista gravitó hacia y conquistó una nueva capa intelectual, de procedencia pequeño-burguesa. Forjada orgánicamente tal dirección  por las enseñanzas añejas de F. Von Hayek y Milton Friedman, difundidas en y desde las universidades estadounidenses de modo preferente; y dispuesta a imponer lo que los analistas de la izquierda denominaron “un pensamiento único”, popularizado como “reagonomics” y “thatcherismo” en el curso de la globalización capitalista  y la mercantilización del conjunto de derechos y servicios públicos de bienestar dondequiera que fuera posible. 

Los dictados de esta intelectualidad se apostaron en Suramérica. La ocasión, el golpe militar en Chile, los “Chicago Boys” fueron ahora orgánicos a la dictadura militar para convencer de la apertura de los mercados, la inserción en los circuitos del capital financiero global, así como para realizar el desmonte regresivo de los derechos sociales y económicos conquistados por el Estado de compromiso en América Latina, llamado así por el sociólogo brasileño  Francisco Weffort.[6]

Esa égida aún persiste, en forma vergonzante, pasa por los gobiernos de la llamada “concertación democrática”, y en particular, los turnos socialistas decoloridos de Lagos y Bachelet, quienes no quisieron/pudieron desmontar el autoritarismo empotrado en las instituciones de dirección de la nación, y le apostaron, en parte, a la tercera vía que ensayó Tony Blair en Gran Bretaña .

La escalada democrática, antes y ahora
“¿Cómo se forman estas situaciones de contraste entre “representantes y representados” que desde el terreno de los partidos (organizaciones de partido en sentido estricto, campo electoral parlamentario, organización periodística) se transmiten a todo el organismo estatal, reforzando la posición relativa del poder de la burocracia (civil y militar), de las altas finanzas, de la iglesia, y en general de todos los organismos relativamente independientes a las fluctuaciones de la opinión pública? En cada país el proceso es diferente, aunque el contenido sea el mismo.Antonio Gramsci, Escritos Políticos, 1917-1933, p.  362.
El experimento neo-liberal, su dirección intelectual y política triunfante en los 80 enfrenta  la crisis social y política en América del Sur, que aparece como definitiva, con sus especificidades que es requisito ineludible aprehender en cada situación. Es, sin embargo, en lo general una crisis orgánica del capitalismo posfordista, para recuperar a Gramsci en el entendimiento del capitalismo de la segunda posguerra del pasado siglo, y las contribuciones presentes de la corriente autonomista.

Al entender de ese modo la crisis actual nos reabre un campo potencial para las reformas democráticas represadas y reprimidas a sangre y fuego durante el pasado cuarto de siglo; y define pasos primordiales en el proyecto gramsciano de construir la sociedad civil auto-regulada que desarticula, desmonta el proyecto capitalista globalizado a lo largo de una dolorosa guerra de posiciones que enfrenta a democracia y guerra.[7]

El nuevo espíritu de la reforma se nutre del discurso del socialismo del siglo XXI, donde triunfaron partidos y/o coaliciones de fuerzas de izquierda o democráticas. Y  vuelve a  tener como punta de lanza visible a los estudiantes universitarios y secundarios, donde tales triunfos no han ocurrido. Tales son los casos de Chile primero, y  Colombia desde el año 2011, cuando los estudiantes organizados en la MANE enfrentaron con éxito coyuntural el trámite de una contra-reforma que abría de par en par las puertas a la privatización de los saberes, y la derrotaron. [8]

En Chile, los estudiantes universitarios y de secundaria, - primero, los legendarios “pingüinos”-, exigen al gobierno de la concertación de Michele Bachelet, y ahora al del derechista Sebastián Piñera, - ligado antaño al partido Nacional golpista-, desmontar el negocio capitalista de la educación pública, porque los convirtió a ellos y sus familias en deudores consuetudinarios, y a la educación pública un bien común inalcanzable. Ahora, la reciente movilización de más de 80.000 jóvenes, radicalizados por su intransigencia frente al despojo cultural y científico, exige también el cambio radical del régimen heredero de la dictadura militar.

Dicho giro a la izquierda supone e impulsa, para no quedar en enunciaciones retóricas, la efectiva democratización de la sociedad en todos los órdenes, contrahecha por los efectos del placebo neo-liberal que hizo crecer artificial, especulativamente, a sus sectores medios, empleados del sector terciario de la economía, afectados ahora por los altísimos costos de educación, salud, y con escasas, casi nulas garantías para la tercera edad.

El objetivo inmediato de las multitudes en su despertar como monstruo político, cuyo movimiento sacude al neo-liberalismo en América del Sur, en países como Chile y Colombia,[9]  es combatir la exclusión de la igualdad social básica, la pobreza y la miseria de los muchos. Por lo que  este sujeto plural en formación reclama la redistribución de la plusvalía relativa obtenida del voraz crecimiento capitalista sin rostro humano que parasita la inaudita productividad del trabajo durante el tercer milenio.

Esa bonanza ilusoria que pregonaron las grandes burguesías asociadas con el capital financiero global, en la pasada década mucho tiene que ver con la venta de grandes volúmenes de recursos naturales no renovables, mono-productos no procesados para dar impulso a las economías capitalistas emergentes del eje Asia-Pacífico, y de los mercados más tradicionales como Estados Unidos, Francia y Alemania de las bautizadas sociedades postindustriales.

La conducción de la rebeldía chilena, que hasta el Wall Street Journal publicitó destaca a Camila Vallejo, hoy vicepresidenta de la FECH [10]; pero cada vez adquiere más claros visos de una  guerra social de posiciones en la encarnizada disputa por la democracia, por  obtener el comando de la sociedad civil, que tiene ahora en la dirigencia estudiantil organizada, no solo un despertar sino el estreno de conducción nueva, aunque en parte vertida en odres viejos.

El abogado Gabriel Boriç que la preside tiene inspiración autonomista en la renovación política chilena, y recupera el legado gramsciano,  prácticamente invisible, irrelevante durante la Unidad Popular. Aquellos tiempos aparecían como propicios para una guerra de movimientos, que dividió a la izquierda entre agrupamientos dispuestos a una transición democrática, sin guerra, y fuerzas que como el MIR, pensaban y alertaban a lavez que los antagonismos se resolverían  por la vía armada.

Estos jóvenes representantes y protagonistas de primera línea, comunistas y autónomos, insisten hoy en el despliegue de un verdadero y efectivo liderazgo democrático, que  impida en lo posible la burocratización y las consabidas manipulaciones de las multitudes emergentes y actuantes en la primavera del monstruo político heterogéneo, diverso y con mil caras y colores.  

Treinta años atrás, en otra transición sin consolidación, un brillante intérprete ultraconservador del cambio democrático, el politólogo Samuel H. Huntington calificó de “tercera ola” aquel traumático despertar del trabajo levantado contra el dominio del capital. Él caracterizó el avance de aquella onda de creciente participación que antes sacudió los principales escenarios capitalistas, Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia en Occidente; producida por el temprano despertar del monstruo político compuesto de multitudes de trabajadores, pobres, mujeres y estudiantes. Estas encarnaron y animaron los nuevos movimientos sociales que ofrecieron materia a otra generación de analistas, desde Alain Touraine hasta Alberto Melucci.

La crisis de la hegemonía fordista a escala planetaria empezó a gestarse en el torbellino de las universidades estadounidenses levantadas y movilizadas en contra la guerra, hasta conformar el vigoroso movimiento de estudiantes por la sociedad democrática, que se juntó a la lucha que por los derechos civiles que hermanaba a blancos, mujeres, y minorías negras y chicanas, y que padeció el asesinato, la  cárcel o el exilio de sus principales líderes.

La “tercera ola” se fortaleció primero con la rebeldía de la juventud estadounidense contra la guerra en Vietnam, y en defensa de los derechos civiles en casa; y creció en el legendario mayo 68, que catalizó una crisis orgánica al interior del modelo  autoritario de posguerra la V República francesa.  Estudiantes y jóvenes obreros pusieron en ascuas  a De Gaulle y a su criatura más querida, el “estado de bienestar”, el compromiso de posguerra entre sindicatos y patronos confederados en la reproducción capitalista.

Alemania pos-nazi vivió otro tanto del despertar con la rebeldía de la juventud del SPD, que fue un polo de acciones y pensamiento radical de cuño marxista.[11] Entonces Rudi Dutschke denunció y desafió la connivencia de los aliados de la reconstrucción con los enclaves del nazismo, y la explotación de los trabajadores migrantes europeos y turcos. Der Spiegel y la industria editorial sierva del capital fue objeto de sus ataques políticos directos y denuncias reflexivas.[12]  Los líderes económicos y políticos del “milagro alemán” del canciller Erhardt mantuvieron a colaboradores y negociantes del régimen hitleriano después de los juicios de Nüremberg.

La relación de fuerzas internacionales tenía un hegemón indiscutible, los Estados Unidos, pero ya  afectado por el desastroso curso de la guerra imperialista que el complejo industrial militar estadounidense libraba en el sureste de Asia; y por el incierto devenir de la descolonización de Africa y Asia, donde la cuestión palestina y surafricana eran el pedernal. Claro, unido a la inclusión de la vuelta democrático-liberal de España, Portugal y Grecia que salían de ser dictaduras apoyadas por los poderes occidentales desde el reparto de Yalta.

Pero, el detonador más visible de la crisis fueron las escaramuzas especulativas, desestabilizadoras de los precios en la lucha por el control del petróleo. La presencia de un nuevo jugador internacional poderosos, la OPEP, enfrentó al status quo de las “7 hermanas”, el oligopolio occidental que dominaba a sus anchas la explotación y comercialización del oro negro. El mundo se inundó de petrodólares, circuló con la revolución científico-técnica el trabajo social cristalizado, “el intelecto general”, y la corriente crítica de los nuevos marxismos.[13]

Ante semejante cuadro internacional, Huntington, estratega de las sociedades en cambio, previno acerca de la revolución democrática en curso a los gobiernos burgueses del centro del sistema  capitalista que lo consultaron. La ingobernabilidad era la plaga inducida por, según él, Crozier y Watanuki, esto es, la Comisión trilateral, - antecedente político de los consensos de Washington -, una exagerada participación política.

Tarea urgente era encauzarla, moderarla, reducirla para bien de todos. Nixon y Kissinger fueron los audaces cruzados en China y en la Cochinchina, ofreciéndole estabilidad y prosperidad al desenlace de la revolución cultural, y así apaciguaron el despertar del monstruo político en Asia, sin importar el costo a pagar; y tornaron roma aquella punta de lanza anticipando la muerte de Mao y el cambio de guarda con el “castigado” Deng Tsiao Ping, el nuevo reformador del socialismo con rostro capitalista.

Notas

[1] Profesor asociado, Departamento de Ciencia política, Universidad Nacional de Colombia. Bogotá. Director grupo presidencialismo y participación.  Autor: Presidencialismo y participación política en Occidente. Ceja. Universidad javeriana, Bogotá, 2000. Coautor y editor del libro: Seguridad y gobernabilidad democrática. Neopresidencialismo y participación en Colombia, 1991-2003. unijus/dib. universidad nacional. Bogotá, 2005. 
[2] HERRERA ZGAIB, Miguel Angel  y Marco Aurelio (2010). Educación pública superior, Hegemonía cultural y Crisis de representación política en Colombia, 1842-1984.  Colección Gerardo Molina, 20. UNIJUS/Unal. Facultad de Derecho y Ciencias Políticas. Bogotá.
[3] El filósofo y analista colombiano Rubén Jaramillo la denomina modernidad postergada. Ver Colombia: la modernidad postergada. 2ª edición. Argumentos, Bogotá, 1998.
[4] Antonio García Nossa, teórico y militante socialista colombiano, utilizó  la expresión república señorial para caracterizar a la comunidad política nacional  con la que se enfrentó  Jorge Eliécer Gaitán, y otros líderes reformistas durante el curso del siglo XX.
[5] Lo que un disidente chino, influido por el nihilismo de Nietzsche, llamó  “la búsqueda ascética del hedonismo”.
[6] Ver ¿Cuál democracia? (1993). Flacso. Costa Rica.
[7] HARDT, Michael, NEGRI, Antonio (2004).  Multitud. Guerra y Democracia en la Era del Imperio. Colección Debate. Random House Mondadori. Argentina
[8] MANE es la mesa ampliada nacional estudiantil, la organización que asume y defiende el programa mínimo de los estudiantes universitarios, y en la que tienen asiento representantes de la educación superior pública y privada. Ya celebraron su primer congreso nacional, y ha tenido que experimentar disidencias  internas, con reclamos de las direcciones  regionales del movimiento.
[9] Monstruo político es la referencia, que entre otros acuña Toni Negri  para caracterizar  las multitudes, el movimiento de movimientos que se despierta como antagonista del poder imperial, global y localmente.
[10] Camila Vallejo fue elegida presidente de la FECh en noviembre de 2010. Fue derrotada en la siguiente elección, en diciembre de 2011, por la lista “Creando Izquierda” que eligió como nuevo presidente  a Gabriel Boric, quien obtuvo 4053, y como vicepresidenta quedó ahora Camila con 3864 votos. Boriç, de ancestro croata, es miembro del colectivo Izquierda Autónoma,  que está aliado con los grupos Izquierda Construye y Arrebol. Empezó en la Universidad de Chile en el colectivo de Estudiantes Autónomos, y tiene raíces político intelectuales en el autonomismo italiano  y el legado de Antonio Gramsci.
[11] De ese tiempo es la escuela de “la lógica del Capital”, acuña en las aulas de la Universidad Libre de Berlín, atenta a lo que ocurría del otro lado de la frontera, así como a acoger a sus disidentes más destacados que traían noticias del derrumbe del socialismo impuesto por la Unión Soviética y sus cronnies políticos.
[12] En ese clima radical se intentó la solidaridad internacional armada con la corta y trágica experiencia de la Armada Roja.
[13] ALTAMIRA, César (2006). Los marxismos del nuevo siglo. Prólogo de Toni Negri. Editorial Biblos. Pensamiento Social. Buenos Aires.









II. La subalternidad como categoría práctico-teórica
“Lo fundamental del pensamiento de Antonio Gramsci consiste, como puede advertirlo cualquier lector cuidadoso de sus Cuadernos, en el examen de las relaciones recíprocas entre la estructura y la superestructura…Pero, además, hay en él una constante reacción contra la interpretación mecanicista de los acontecimientos sociales…reivindica en buena medida , el sentido creador del marxismo y testimonia la resistencia  de Gramsci a entenderlo como un recetario de soluciones dadas de una vez para siempre”. Héctor P. Agosti (1986), Prólogo, en: El materialismo histórico y la filosofía de B. Croce. Juan Pablo Editor. México, p. 8.
Todo bloque histórico, todo orden constituido…tiene sus puntos de fuerza no solo en la violencia de la clase dominante, en la capacidad coercitiva del aparato estatal, sino también en la adhesión de los gobernados a la concepción del mundo propia de la clase dominante. La filosofía de la clase dominante, a través de una serie de vulgarizaciones sucesivas, se ha convertido en sentido común, es decir, se ha convertido en una filosofía de masas, las cuales aceptan la moral, las costumbres, las reglas de conducta institucionalizadas en la sociedad en que viven”. Giuseppe Fiori, capítulo 25,  en: Vida de Antonio Gramsci.

El combustible social de la escalada democrática como conjunto era el trabajador/obrero social, durante el pasado cuarto de siglo. Enfrentado con la espacio-temporalidad capitalista del régimen de acumulación posfordista, contra el orden político imperial ya no imperialista como en el inmediato pasado, que implementa su gobernabilidad global. Se conforma la multitud, otra subjetividad emergente, en gestación dinámica, plural, que se deslinda críticamente del sujeto popular de las luchas anteriores.

Revivido hoy, el sujeto popular resulta ser una promesa anacrónica de lo que fue el experimento del bloque histórico contra-hegemónico, cuyo laboratorio fallido fue el Chile de la Unidad Popular, que eligió presidente al socialista Salvador Allende con el apoyo del partido comunista y otras fuerzas de izquierda aliadas.

Ahora son las multitudes, el monstruo político, según decir de Negri y Hardt. Ellas son lo nuevo porque desarticulan con su actuar autónomo el leviathán hobbesiano que organizó antes al cuerpo popular, aherrojándolo a la soberanía como poder absoluto ejercido sobre los muchos. 

Una y otra situaciones, la vieja y la nueva,  son aún pensables bajo la lógica del discurso gramsciano de la autonomía de los grupos y clases subalternas, que son explotadas y controladas por el capital internacional y global. Más aún, en el presente, los procesos contra-hegemónicos amplían la base social subalterna activa con obreros, campesinos, pequeña burguesía, intelectuales, minorías y pobres. Ellos son la multitud plural, quienes  constituyen el nuevo monstruo político que se opone a la relación capitalista que explota y controla el trabajo humano material e inmaterial global y localmente.

Antes todos estos agentes intelectuales y pueblo, bajo la articulación de una voluntad nacional-popular permanecían galvanizados por la fe común en la nación y en la unidad del pueblo. Era el pueblo, sujeto de la revolución bajo la dirección proletaria real; o  representado por un partido de inspiración obrera, que lo constituían profesionales de la revolución dedicados a la política cotidiana, bien preparando la insurrección, o dirigiendo la guerra popular prolongada, perfilados, claro está, según la familia ideológica de pertenencia a lo hecho por determinada revolución triunfante en algún lugar de la tierra.

Antonio Gramsci fue quien elaboró la propuesta del bloque histórico  nacional-popular durante su encierro carcelario.  Era una clara estrategia democrática y revolucionaria, dispuesta a la construcción de un bloque  contra-hegemónico, una respuesta al triunfo de la revolución pasiva,  la reacción fascista en Italia. Era la suya una estrategia       que seguía nutriéndose de las deliberaciones del IV Congreso de la tercera internacional, que ya no contaba más con Lenin, mientras Trotsky permanecía en el exilio aún con vida.

Tales postulados y orientaciones prácticas, vuelven a  adquirir en los años 80 una redefinición y una nueva carta de ciudadanía teórica con los trabajos de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, quienes  se proclaman posmarxistas. Ellos expurgan el marxismo de Gramsci de su anclaje de clase, y acto seguido le hacen una revisión y adecuación a la teoría de la hegemonía, partiendo y yendo más allá de su maestro. Tornan la hegemonía en un asunto puramente discursivo, a la vez que naturalizan la categoría de lo popular nacional.

Este giro discursivo queda consignado y explicado en el libro La razón populista escrito por Laclau, y la político como quehacer adversarial y no antagónico, en el trabajo de Chantal Mouffe, El retorno de lo político, en el que ella revisa la concepción schmittiana de lo político, esto es, la lógica amigo-enemigo, para postular en cambio una relación adversarial, para desprenderse de la violencia y la muerte como componentes de la política democrática radical de la nueva izquierda.

La encrucijada de mitad de siglo

Sin embargo, durante los años 50, era otro el cantar político de la subalternidad en América Latina. L@s subaltern@s resistían, se rebelaban contra el orden oligárquico y sus aliados imperialistas, o   ensayaban enseguida la revolución, que arrancó con el fracaso guatemalteco del gobierno radical del coronel Jacobo Arbenz [1]. Siguieron fugaces gobiernos de corte “populista”, y, por supuesto, el inusitado triunfo cubano de la revolución en las barbas del Tío Sam, que al poco tiempo se proclamó socialista, saldando a su manera la cuenta con la Enmienda Platt, que impedía la plena independencia de la colonia española,  pero conservando  el estigma del enclave de Guantánamo hasta el presente.

Aquella intelectualidad orgánica revolucionaria nueva, dirigente de los grupos subalternos, en procura de su autonomía, también ensayó una interpelación central y reconstruyó, revisó, reorientó el discurso de las identidades nacionales de cuño oligárquico. Ella cuestionó el criollismo decimonónico, elevando en cambio el  mestizaje en la forma de la “raza de bronce” a lo Vasconcelos, la identidad plebeya o indígena, en una transformación del sujeto popular desde México hasta la Patagonia.

Hubo teóricos que hablaron de la “sociedad abigarrada” con René Zabaleta, o del indio como actor fundamental, como aparece escrito en Los 7 ensayos sobre la realidad peruana, distinguiéndose del legado populista, o mestizo a lo Vasconcelos, que en las postrimerías del ascenso de la revolución mexicana consiguió su definitiva cristalización en el PRI, alrededor de una fórmula corporativa, donde lo popular se identificaba con uno de los sectores que componían el precipitado histórico al lado de obreros, y campesinos, por separado [2].

La intelectualidad orgánica que construía un contra bloque histórico movilizó en su discurso y los proyectos políticos que animaba el rescate necesario de figuras antiimperialistas y socialistas. Por ejemplo,  recuperó la memoria política y revisó las ejecutorias de José Carlos Mariátegui, Augusto César Sandino, José Antonio Mella, Agustín Farabundo Martí,[3] Carlos Prestes, en América Latina. A su turno, los de Jorge Eliécer Gaitán, María Cano, Manuel Quintín Lame, o Guadalupe Salcedo, para el caso colombiano[4].
 
Tal intelectualidad, intentando construir bloques contra-hegemónicos nacional populares, exploró también una identidad continental, un mito político internacional capaz de impulsar una nueva reforma intelectual y moral, que tenía al Grito de Córdoba de 1918 como un notable antecedente. Así que recuperó también, en clave subalterna, el legado de la lucha revolucionaria independentista, que dirigieron Simón Bolívar y los patriotas de cinco colonias, José de San Martín, José Gervasio Artigas, Tupac Katari y Tupac Amaru en los Andes suramericanos. Al respecto dice Ruben Jaramillo, filósofo y ensayista colombiano que la modernidad en el subcontinente hispano-indoamericano  vive su postergación como peculiaridad idiosincrática[5].

Pero, dicha intelectualidad, expresión orgánica de los grupos y clases subalternas reconoció, al mismo tiempo, que con la excepción de la revolución cubana, el intento de reforma intelectual y moral inconcluso  se marchitó en el curso seguido por las independencias nacionales, y tal situación irresuelta dura hasta nuestros días.

Aquel discurso, potenciado por la revolución socialista de Cuba, obtuvo un inusitado despliegue político militar después de 1959. Alcanzó a proponer una coordinadora guerrillera continental orientada a la liberación nacional, replicando la lucha en Asia y Africa. Dicha acción articularía los ímpetus  organizativos del Ché Guevara con centro en los Andes suramericanos. Era, en buena parte, el desarrollo internacionalista del programa anti-imperialista de  la Tricontinental, una vez que que Cuba fuera expulsada de la OEA por su abierto impulso a la rebeldía armada a la ruptura con el gobierno estadounidense y la nacionalización de sus propiedades e intereses económicos en la isla.

El Ché fracasó en el intento de construir con internacionalistas de varios países un foco guerrillero expansivo. Encontró la muerte en Bolivia, pero a cambio cosechó la leyenda póstuma de su ejemplo que aún gravita en las luchas presentes con diferente registro y traducción. Hoy, se junta con la resignificación  del bolivarismo  recuperado del control y administración por el pensamiento conservador y el establecimiento militar de los países andinos.

Así las cosas,  renace en la publicidad revolucionaria  plurinacional con la instauración de la nueva República bolivariana de Venezuela. Ha sido divulgado y loado  durante las sucesivas presidencias del comandante Hugo Chávez Frías. Más aún, el pensamiento de Simón Bolívar resulta ser el soporte ideológico y político del proyecto del socialismo del siglo XXI, que tiene además a las presidencias de Bolivia y Ecuador como coequiperos en esta causa. Y hasta encontró brío estético en la novela El general en su laberinto, escrita por Gabriel García Márquez.

El comandante Chávez cita a Bolívar siempre que puede para fustigar a lo que  llama el Imperio, reclamando la segunda independencia del subcontinente americano, pero  en verdad corresponde su prédica a una lectura anti-imperialista contraria a la intervención y el dominio estadounidense que lo denuncia como una amenaza a la peculiar construcción socialista que impulsan las multitudes y el PSUV.

Eso sí, Venezuela no puede prescindir de la venta de su petróleo a los Estados Unidos, aunque este gobierno sea identificado como el  enemigo principal, en tanto es el antagonista del nacionalismo revolucionario que construye con sus socios del Alba enfrentando todo tipo de obstáculos.

A pocos meses del certamen electoral, en este año 2012, el proyecto bolivariano y socialista de los grupos y clases subalternas  vivirá la máxima prueba, con la menguada salud de su principal campeón, el comandante Hugo Chávez Frías, en una dura campaña con la oposición venezolana unificada, que obtuvo una primera victoria cuando derrotó el referendo convocado por el presidente.

Praxis subalterna  y liberación

La unidad histórica de las clases dirigentes se produce en el estado  y la historia de esas clases es esencialmente la historia de los estados y de los grupos de estados. Pero no hay que creer que esa unidad sea puramente jurídica  y política, aunque también esta forma de unidad tiene su importancia y no es solamente formal: la unidad histórica fundamenta por su concreción es el resultado  de las relaciones orgánicas entre el estado o sociedad política y la “sociedad civil”.  Antonio Gramsci, Apuntes para una historia de las clases subalternas (1934).

Muy pronto, en la encrucijada de la revolución mundial socialista, luego del triunfo bolchevique, Antonio Gramsci como dirigente  presenció y sufrió en Italia la derrota, y una seguidilla ininterrumpida de fracasos en Occidente en la implementación de la estrategia de la guerra de movimientos, que era finalmente detenida por una robusta sociedad civil hegemonizada por el capitalismo.

Rectificar el rumbo, hacer las cosas bien, exigía una revisión teórica. Gramsci empezó con  la vulgata marxista del estalinismo, el ABC del comunismo de Mijail Bujarin, siendo ya prisionero del fascismo. Ideologismo y economicismo fueron criticados por él, y  otros revolucionarios de diferentes perspectivas. Inconformes todos con la construcción del socialismo en un solo país, y sobre todo contrarios al nuevo rumbo impuesto por las purgas de Moscú a los bolcheviques, y a los dirigentes internacionalistas que no aceptaban los dictados de José Stalin.

Después, durante los años 50, a la luz del deshielo soviético, y la emergencia de China como potencia en el campo socialista, ha habido otros críticos que continuaron esa labor crítico teórica. Han constituido el campo del llamado marxismo occidental, según la clasificación del historiador británico Perry Anderson. Estas tendencias son el resultado contradictorio del avance de la paz mundial, al fin de la II guerra. Ellas abren un periodo de guerra de posiciones en el campo de la democracia global, conocida como guerra fría, que cierra el triunfo del liberalismo democrático cuando se derrumba la hegemonía soviética y sus inviables democracias populares en Europa oriental [6].
 
En la mitad del pasado siglo, con intención de equivocarse lo menos, la nueva militancia de izquierda en América Latina compartió  el conocimiento fragmentario de la obra de Antonio Gramsci. Primero  circulaba en pequeños círculos en la Argentina, en particular a través de intelectuales comunistas, agrupados en el proyecto editorial  “Pasado y presente”orientado por José Aricó y Oscar del Barco en Córdoba,  tolerado al interior del partido  con el apoyo Héctor P.  Agosti, uno de sus jerarcas[7].

Este aggiornamento coincidía con el ascenso peronista, que le disputaba las masas a la izquierda argentina, y provocaba la discusión como fenómeno político de otros pensadores y militantes marxistas. Dar respuesta a la nueva realidad política argentina que ponía a la cola los proyectos tanto radicales como comunistas como socialistas. Era una situación  de heterodoxia política que  descentraba el pensamiento de izquierda, que ensayó con éxito marginal un marxismo con acentos nacionales para enfrentar la bonanza económica y el ascenso irresistible del populismo justicialista que tenía a Evita Perón como la vocera de los subalternos movilizados en el proyectos desarrollista de posguerra, que solo detuvo el golpe militar de 1955.

Al poco tiempo, los gramscianos  de Córdoba José Aricó,  Oscar del Barco, y Pedro Scaron fueron expulsados [8]. Los animadores de esta rebelión político-cultural al interior del comunismo criollo con Juan Carlos Portantiero, quien vivía en Buenos Aires, compitieron en forma desigual con la revisión nacional trotskista que lideró Abelardo Villegas,  con jóvenes intelectuales como Ernesto Laclau y Adolfo Gilly, y por la dirección renovadora de la izquierda, pero sucumbieron enfrentados con el populismo peronista.

Con todo, la versión del primer Gramsci les llegó a estos núcleos intelectuales de la izquierda argentina mediada por el punto de vista oficial italiano, por sus guardianes ideológicos y políticos. El primero de todos era Palmiro Togliatti, primero secretario privado de Stalin, y luego con la muerte de Gramsci el secretario del Partido Comunista. El partido, su mayoría, en la nueva época de posguerra, perdida la elección presidencial enfrentando a la Democracia cristiana, tornó a Togliatti en entusiasta cultor del compromiso histórico entre proletariado y burguesía en la reconstrucción italiana.

La dirigencia intelectual y sindical comunista, burocratizada justificaba tales alianzas. Confluía en la estrategia eurocomunista que hermanó procesos  parecidos en Italia, Francia y España. Esta estrategia impulso serias escisiones como contrapartida en los años 60, separando  a intelectuales primero [9], quienes se juntaron después como intérpretes de las juventudes obreras venidas del sur de la península. 

 Este bloque disidente ensayó el rumbo de la autonomía extraparlamentaria hasta impulsar el inicio de la corriente obrerista; empleó también cuando fue atacado y reprimido el terrorismo o la resistencia armada anticapitalista, durante los “años del plomo” que  cerraron  los arrestos intempestivos contra la izquierda radical, Negri y treinta o más militantes de la Autonomía en Milán ordenados por el juez Pietro Calogero el 7 de abril de 1979, acusándolos de ser el ala política de las Brigadas Rojas.

Pero su más importante aporte fue el estudio crítico del supuesto desarrollo tecnológico interno y el crecimiento que conllevó como “propulsor de una autónoma e innata fuerza progresiva”[10]. Todo lo cual condujo a la crítica abierta al quehacer de la Confederación General del Trabajo italiana (CGIL), por aceptar la subordinación obrera al renovado desarrollo capitalista. Luego de la muerte intempestiva de Panzieri en 1964, Tronti continuó explorando la categoría de capital social, para concluir que “Cuando la fábrica se apodera de toda la sociedad –toda la producción social se convierte en producción industrial-, entonces los rasgos específicos de la fábrica se pierden dentro de los rasgos genéricos de la sociedad”[11].

Cuando ello ocurre se ha producido lo anunciado por Carlos Marx, la subsunción real del proceso de trabajo por el capital, es decir, la incorporación simultánea de la reproducción de las clases subalternas, en particular, y las clases sociales de modo general.
 
En suma, se trata de que el capital incorpora en sí mismo a la clase obrera.[12]Nace de ese modo la  llamada fábrica social, y de ese modo el obrero masa se transforma en una nueva figura proletaria, el obrero social, que es lo propio del Americanismo complemento del fordismo, avizorado en los trabajos pioneros de Antonio Gramsci en sus notas carcelarias de 1934. Pero, con lo escrito por Tronti, quedó claro que las relaciones de producción eran ante todo relaciones de poder, recuperando el espíritu crítico puesto por Marx en la Crítica de la economía política.

Notas

[1] LISS, Sheldon B (1991).  Radical Thought in Central America. Westview Press. Boulder, pp. 30 y ss.
[2] CRUZ RODRIGUEZ, Edwin (2012). Diversidad, alteridad e identidad en el pensamiento político latinoamericano, en: Revista Surmanía 5,  Facultad de Derecho y Ciencia Política, Unal, Bogotá, pp: 120-154.
[3] LISS, Sheldon B (1991).  Op. cit, pp. 75 y ss.
[4]GARCÍA NOSSA, Antonio(1955). Gaitán y el problema de la revolución colombiana. Cooperativa colombiana de editores. Bogotá; MOLINA, Gerardo (1987). Las ideas socialistas en Colombia. Tercer Mundo. Bogotá; FALS BORDA, Orlando (1967). La subversión en Colombia. Visión del cambio social en la historia. Unal/Tercer Mundo. Bogotá, para citar algunos pensadores de trayectoria socialista; JARAMILLO VÉLEZ, Rubén (1998). Colombia: la modernidad postergada (1994).  2a. edición. Argumentos. Selene  impresores. Bogotá.
[5] JARAMILLO VÉLEZ, Rubén (1998). Op. cit., , p. V.
[6] Negri &Hardt, titularon el segundo volumen de su escritura común, Multitud. Guerra y democracia en la era del Imperio, para definir la crisis del espacio político actual, y el escenario en el que resurgen las multitudes como antagonista del orden capitalista global.
[7] Agosti fue el autor del prólogo a la publicación de las obras de Antonio Gramsci  en castellano,  que comenzó en Italia con la publicación de sus cartas, y continuó con el volumen temático, l materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce. El prólogo aparece incluido en la edición mexicana de esta obra en 1975.
[8] Traductor luego de El Capital, con la editorial Siglo XXI, durante el exilio mexicano .
[9] Bajo el principio de la autonomía, Renato Panzier renuncia  al comité central del PSI, dirige la revista Mondo Operaio, y propone la liga de los intelectuales con la clase obrera, y anima una nueva publicación Quaderni Rossi (1960-1966), que impulsará la encuesta obrera para estudiar la nueva composición de clase, en lo cual trabajó Romano Alquati. Se unieron también Mario Tronti, de Roma, Luciano  Dela Mea en Milán, y Antonio Negri en el Véneto. Ver Altamira, César, Op. cit., pp: 107-108.
[10] Altamira, César, p. 109.
[11] TRONTI, Mario (2001). Obreros y capital (1971). Akal. Madrid, p. 57.
[12] ALTAMIRA, César (2006), p. 110.









III. Los Cuadernos de la Cárcel y la historia de los grupos y clases subalternas
“Es preciso hacer que ese cerebro deje de funcionar  por 20 años”. Apartes de la sentencia del fiscal Michele de la causa del Tribunal especial para la defensa del Estado contra Antonio Gramsci, al tiempo de su condena a prisión a 20 años, 4 meses y 5 días en el año de 1928.
El comunista italiano Antonio Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel denominó subalternos a trabajadores del campo y la ciudad,  e incluyó también a los intelectuales pequeño-burgueses al servicio del dominio capitalista en la Italia de los años treinta. Estos fueron conformados según el bloque en el poder, a través de la función de hegemonía cumplida por los grandes intelectuales meridionales,  Benedetto Croce y Giustino Fortunato.

Gramsci estaba más que interesado en el estudio de los grupos subalternos, en particular el proletariado, cuya dirección y educación política estuvo comprometido durante su corta vida. Él escribía en los Cuadernos, lo siguiente: “No hay duda de que en la actividad histórica de estos grupos hay una tendencia a la unificación, aunque sea a niveles provisionales; pero esa tendencia se rompe continuamente por la iniciativa de los grupos dirigentes y, por tanto,  sólo es posible mostrar su existencia cuando se ha consumado ya el ciclo histórico, y siempre que esa conclusión haya sido un éxito”.[2]

Gramsci asimilaba el resultado de varias derrotas cuando escribía  sus lúcidas notas carcelarias. En Italia no solamente había vencido el fascismo, sino que la revolución mundial proclamada por el movimiento comunista y proletario internacional había detenido su curso. La guerra de movimientos  dio paso a las restauraciones catastróficas en Alemania, Hungría, China.

En Rusia, el bolchevismo expurgado, mantenía su poder inminente, conducido por José Stalin con mano de hierro. Defender la patria rusa era la máxima consigna, y los juicios de Moscú, así como la represión brutal al campesinado fueron la cuota mortal al curso futuro de la revolución socialista.

Gramsci vivió desde la cárcel el drama de la lucha faccional al interior del partido bolchevique, y la Internacional, que censuró estando prisionero. Tal postura le costó una  divergencia con Palmiro Togliatti, secretario privado de Stalin,  antes el delegado italiano ante la Internacional en Moscú. Estando preso Gramsci mismo instruyó a Tatiana Schucht, su cuñada, que no le entregara sus escritos a Togliatti, y éstos le fueron confiados al economista amigo, Piero Sraffa, quien fue su depositario hasta el traslado a Moscú por vía diplomática desde Roma.

La disputa literaria de Gramsci continuó después de su muerte en 1939. Fueron protagonistas Togliatti y la familia de Gramsci, residente en Moscú, - Julia, la esposa, Tatiana, quien regresó en 1938, y sus dos hijos -. La polémica la saldó la internacional Comunista que tomó a su cargo la edición de la obra completa comisionando a Togliatti  y a un miembro de la familia Gramsci para realizarla.[3]

Entonces la familia reclamó la fotocopia de los escritos de Gramsci, pero Togliatti, en carta al secretario de la Internacional, G. Dimítrov, de 25 de abril de 1941, se opuso y triunfó.  Él decía y advertía en aquella carta:
“a) No es correcto que sean constituidos dos archivos de materiales referentes a Gramsci,
b) Los cuadernos de Gramsci, que ya estudié cuidadosamente en casi su totalidad, contienen materiales que sólo pueden ser utilizados después de una cuidadosa elaboración. Sin ese tratamiento, el material no puede ser utilizado, y, alias, algunas partes del mismo, si fueran utilizadas en la forma en que se encuentran actualmente, podrían no ser útiles al partido.
Por eso, pienso que ese material deba permanecer en nuestro archivo, para ser elaborado aquí. Es una cuestión de seguridad organizativa, - para hoy y para el futuro -, que todo sea utilizado conforme a la finalidad y del modo como sea necesario”.[4]
La edición prometida de los escritos de Gramsci no se realizó.  Luego la II Guerra Mundial sirvió de excusa, aunque existía ya una copia de las cartas de Gramsci en 1939. La tarea pendiente se retomó con el regreso de Palmiro Togliatti a Italia, después de marzo de 1944. Al poco tiempo, el periódico L’Unità de Nápoles anunció la publicación de los Cuadernos. Incluso, La editorial Nueva Biblioteca de Roma incluyó en su catálogo el anuncio de los escritos bajo el cuidado de Togliatti y Felice Platone, pero el proyecto se hundió una vez más.

Por fin, la publicación la cumplió  editorial Einaudi de un militante comunista, Giulio Einaudi; no la hizo la editorial oficial del PCI, Editori Riuniti. Einaudi  publicó primero, parcialmente, Lettere dal carcere (1947). Sin embargo, el libro sólo contenía 218 cartas, por disputas internas se evitó su publicación completa. De la censura previa quedó la huella de los puntos suspensivos a cargo de Togliatti. Él borró referencias a Bordiga, expulsado del PCI en 1929, por organizar una disidencia. También fueron suprimidas algunas menciones polémicas que afectaban el propio perfil político de Palmiro Togliatti durante la posguerra.

La publicación con menos censura vino a ocurrir cuidado por Sergio Caprioglio y Elsa Fubini, hecha por la misma editorial en 1965, con un total de 428 cartas. Sin embargo, existe hoy  la edición definitiva de las cartas de la cárcel incluyó 66 más, a cargo de A.A. Santucci, para un total de 494 cartas.[5]

De otra parte, los Cuadernos que contienen las reflexiones fragmentarias sobre múltiples temas junto a los distinguidos por Gramsci como Especiales, en particular los que contienen la propuesta metodológica de Gramsci para estudiar las clases subalternas aparecieron primero organizados temáticamente, por Togliatti y Felice Platone, en seis volúmenes entre 1948 y 1951, publicados por la editorial Einaudi con editores anónimos.

Cada libro estaba  nutrido por materiales seleccionados de diversos cuadernos, escritos en diferentes momentos, sin mayor orden metodológico y en arbitrario concierto no pocas veces. El primer volumen en aparecer fue El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce, y el texto dedicado al Risorgimento, donde hay la mayor mención explícita a los grupos subalternos, igual aparecen publicados en 1949.

Ahora bien, Gramsci empezó a emborronar cuadernos escolares, autorizado a  escribir en su celda de Turi en 1929. Fueron más de 2800 páginas manuscritas contenidas en 33 cuadernos, con una consigna, la disposición desinteresada, für ewig de lo escrito, sin la afectación circunstancial de lo que fuera su inmensa labor escritural en la prensa partidista que pronto será publicada , y que fue el vivo laboratorio de lo  revelado en los Cuadernos, 1929-1935.

Gramsci arrancó su tarea vital póstuma a partir  del  8 de febrero de 1929. Cubrió con sus reflexiones, notas y apuntamientos 29 cuadernos entre especiales y misceláneos, más los cuadernos 7 a 9, con ejercicios de traducción del inglés y alemán de textos de Marx, Goethe, los hermanos Grimm, y de muchos artículos de revistas.[6]

Esta titánica empresa cesó  por serios quebrantos de salud en   abril de 1935, con las notas de Gramsci  en un “cuaderno especial”, el 10, titulado La filosofía de Benedetto Croce.[7] Él había sido transferido ya a la clínica del doctor Cusumano en Formia, en libertad condicional para caminar por las calles bajo vigilancia judicial. A los dos años sobrevendría su fallecimiento.

A propósito de la subalternidad, entre los años 1934-1935 Gramsci escribió el Cuaderno 19 sobre el tema del Risorgimento italiano, que contiene una importante mención a la metodología y al estudio de los grupos y clases subalternas. Existe también el Cuaderno 25, que data der 1934, donde  él mismo escribió con el título  “Historia de los grupos sociales subalternos”.[8]

De modo específico, con respecto al Cuaderno 19, en Apuntes  sobre  la Historia de las clases subalternas, Gramsci  señaló como criterios de método, los que siguen:
“Hay que estudiar, por tanto: 1) la formación objetiva  de los grupos sociales subalternos, por el desarrollo y las transformaciones que se producen en el mundo de la producción económica, su difusión cuantitativa y su origen a partir de grupos sociales preexistentes…2) su adhesión activa o pasiva a las formaciones políticas dominantes…3) el nacimiento de partidos nuevos de los grupos dominantes para mantener el consenso y el control de los grupos subalternos; 4) las formaciones propias de los grupos subalternos para reivindicaciones de carácter reducido o parcial; 5) las nuevas formaciones que afirmen la autonomía de los grupos subalternos, pero dentro de los viejos marcos; 6) las formaciones que afirmen la autonomía integral…” [9]
Bajo estas premisas sugeridas como método, mueve Gramsci su programa de investigación sobre los grupos y clases subalternas en procura de su historia política y social,  cuyo desafío recuperamos en las actividades actuales del Grupo Presidencialismo y participación, centrándonos en la subregión Andino amazónica. Y esta ponencia, y el panel que organizamos es prueba efectiva de ello.

Notas

[1] Profesor asociado, exdirector Ciencia Política y Unidad de Investigaciones Unijus, Facultad de Derecho y Ciencia Política, Universidad Nacional de Colombia. Ex  rector  nacional de la Universidad Libre de Colombia. Catedrático de la maestría de Estudios Políticos, U.Javeriana.  Director del Grupo Presidencialismo y Participación, Colciencias/Unijus.  Autor: Participación y representación política en Occidente, coautor: Neopresidencialismo y Participación. Seguridad y Gobernabilidad Democrática en Colombia, 1991-2002;  Educación  publica superiore, hegemonía cultural y crisis de representación en  Colombia, 1842-1984. Publicado en la Colección Gerardo Molina, 20. Unijus/Unal. Bogotá. Email: presid.y.partic@gmail.com.
[2] GRAMSCI, Antonio (1977). Escritos políticos (1917-1933).  Pasado y presente, 1ª edición. México, p. 361.
[3] Antonio GRAMSCI (2004). Cadernos do Cárcere. Ediçao Carlos Nelson Couthinho com Marco Aurelio Nogueira e Luiz  Sérgio  Henriques. Volume 1. Introduçao ao estudo da Filosofia.  A Filosofia de  Benedetto Croce. 3ª ediçao.  Civilizaçao Brasileira. Rio de Janeiro, p. 21 y ss.
[4] VACCA, Giuseppe (1999). Togliatti editore delle Lettere e dei Quaderni, en: Appuntamenti con Gramsci. Carocci, Roma, pp. 130-131.
[5] SANTUCCI, A.A (1996). Gramsci, Lettere dal carcere. Sellerio, Palermo.
[6] Antonio GRAMSCI. Cadernos do Cárcere. Introduçao ao estudo da Filosofia.  A Filosofia de  Benedetto Croce. 3ª ediçao.  Civilizaçao Brasileira. Rio de Janeiro, 2004, p. 15.
[7] Sabido es que Gramsci elaboró su propia clasificación de los cuadernos que trabajó, llamándolos misceláneos y especiales.  Los editores de su obra, y Valentino Gerratana en particular, al culminar el trabajo  de recopilación y organización rigurosa respetó y explicó también ese ordenamiento en lo posible. Lo mismo han hecho posteriores editores como Joseph Buttigieg, y el propio Carlos N. Coutinho para e caso de la edición brasilera, que sigue en América Latina a la que hizo editorial Era de México, con el concurso final de la Universidad de Puebla, bajo la curaduría de Dora Kanoussi.
[8] Op. cit., p. 17.
[9] GRAMSCI, Antonio (1977). Escritos Políticos (1917-1933), pp: 359-60.

El presente trabajo es la ponencia para el VI Congreso Alacip, celebrado entre el 12-14 de junio de 2012, en Quito, Ecuador.