24/7/12

Reescribiendo a Gramsci / Las apropiaciones apócrifas del progresismo en Argentina

Juan Manuel Lucas

Las razones exigen una investigación titánica. Quizás las primeras traducciones del PC, las lecturas de Pancho Aricó, o el ingenuo democratismo que Portantiero le adjudicó en su célebre “Los Usos de Gramsci”; quizás la amplitud política de una obra tan genial como polisémica, y su potencial para legitimar a un progresismo que siempre invoca pragmáticas relaciones de fuerza, inocuas guerras de posiciones, inalcanzables reformas morales e intelectuales para sostener su oportunismo histórico. Lo cierto es que si hay un teórico marxista que seduce al progresismo vernáculo debe buscarse en la producción del célebre fundador del PC Italiano. Es que la sofisticada y compleja producción de Gramsci ofrece un campo fértil para los macaneos teóricos y lingüísticos con que el progresismo llena páginas y páginas en clave revolucionaria.

Bastó con que el moyanismo señalara las limitaciones de clase que comenzaron a desnudarse en el kirchnerismo durante la coyuntura que va de la “profundización del modelo” a la “sintonía fina”, para que todos los cañones de la poderosa prensa psicobolche salieran con los tapones de punta a cuestionar el corporativo y antipolítico comportamiento del burócrata. Ríos de tinta en las editoriales y los artículos centrales de Página 12 han evidenciado el horror de la pequeña burguesía ante cualquier gesto de autonomía ideológica y política en los “pelo duro” que hoy conducen la CGT. El último de estos gestos está firmado por Edgardo Mocca (EM) y lleva el sugestivo título de Representación Sindical y Representación Política.

EM reconoce que el moyanismo y su retórica ensayan una reivindicación del peronismo por encima de las relaciones con el gobierno o el PJ, se estructuran alrededor de una identidad social precisa, los trabajadores y, aquí esta el quid de la cuestión, “han creído ver en el acercamiento del gobierno a la conducción de la central empresaria (por la UIA) una señal de distanciamiento de los trabajadores”. Este último punto le sirve a Mocca para realizar dos movimientos simultáneos: acudir a Gramsci para legitimar sus posturas, y acusar al moyanismo de confundir lo que el célebre italiano distinguió como “conciencia económico-corporativa” y “conciencia política hegemónica”.

Según Mocca, la conducción de la CGT actual confunde su defensa corporativa de los trabajadores con la conciencia política que exige la hora: el kirchnerismo. El autor reconoce que “no se puede pensar la diferencia entre estas últimas de modo esquemático como si se tratara de áreas perfectamente distinguibles en la práctica social” reconociendo que toda acción sindical tiene una dimensión política irreductible. Sin embargo, Mocca se cuida de reconocer dos aspectos centrales de la producción gramsciana. En primer lugar que todo acto político también implica un posicionamiento con respecto a los intereses corporativos de los trabajadores, y que conciencia corporativa y conciencia hegemónica no constituyen líneas paralelas, sino que asumen relaciones de jerarquía en la problemática gramsciana. El veto de la presidenta al proyecto Recalde ante la aclamación de la UIA constituye un buen ejemplo del primer punto, las consecuentes réplicas del sindicalismo al kirchnerismo para asumirse como peronista, uno del segundo.

Qué la retórica presidencial se asuma como gobierno de los cuarenta millones de argentinos priorizando a los “más vulnerables” no distingue a este de ningún otro gobierno en términos de hegemonía. Mocca parece olvidar, deliberadamente o no,  que para Gramsci la hegemonía tiene anclajes materiales concretos que trascienden la retórica y que, en última instancia, se sostienen en los intereses corporativos de una u otra clase social. La burguesía financiera trasnacional durante los ‘90, la gran burguesía exportadora en la postconvertibilidad constituyen, por ejemplo, los núcleos corporativos que animaron la acumulación de capital en la Argentina contemporánea. Es esta la jerarquización que Gramsci establece entre conciencia corporativa y hegemónica. La segunda se constituye siempre sobre la base de la primera, su eficacia depende de su capacidad para encontrar aliados sociales articulando sus intereses inmediatos con los de la nación y hegemonizando un bloque histórico. 

Moyano, sin haber leído a Gramsci, es mucho más lúcido que Mocca en este punto: sabe que el ejercicio de la hegemonía no es una cuestión meramente discursiva sino concretamente política. La categoría moral que Mocca toma prestada del discurso oficial, “los más vulnerables”, es, en este sentido, antigramsciana y antimoyanista por varias razones: en primer lugar obtura la naturaleza de clase del colectivo invocado (¿quienes son los más vulnerables en una formación social periférica y dependiente?), en segundo, absolutiza esa distinción para evitar un análisis relativo, por ejemplo, a la cúpula empresarial a la que apuntaba el proyecto Recalde (¿quienes son los más vulnerables en las empresas del capital trasnacionalizado?).

En definitiva, todo proyecto hegemónico implica posicionamientos con respecto a las corporaciones empresariales o sindicales, y todo proyecto corporativo tiene proyecciones hegemónicas innatas. En eso andan kirchnerismo y moyanismo desde la última gran crisis aunque, claro está, con una salvedad decisiva: las condiciones económicas que permitieron el despliegue de un programa con eje en los intereses del capital exportador con el apoyo del sindicalismo organizado comienzan a agotarse, el moyanismo reconoce que el grupo hasta hace poco dirigente se trasforma en grupo dominante, reemplazando el consenso por la coacción y evidenciando, en definitiva, las dos caras que Gramsci reconoció en la moneda de la hegemonía.

La reconstrucción de una eventual unidad entre kirchnerismo y moyanismo no pasa por llamar al secretario general de la CGT a la cordura que exige el progresismo bien pensante, sino por reconocer una bifurcación inexpugnable, al menos por ahora, para el kirchnerismo: o profundizar el modelo en el sentido invocado durante el 2010, retomando un sendero interrumpido durante el golpe cívico militar del ‘76 y proyectado en el antiimperialismo popular que reivindica Moyano, o sintonizando fino a caballito de las corporaciones empresariales, rediseñando el modelo de acuerdo a la crisis global, y cargando los costos en los hombros del inmenso universo de vulnerables, marginados, hiperexplotados, sindicalizados y burócratas que constituyen a la clase obrera argentina.