21/7/12

Lo político en el camino de Louis Althusser a Ernesto Laclau

Louis Althusser  Vasco
Aldo N. Avellaneda

Esta presentación parte del siguiente presupuesto, que es a la vez la condición de existencia del momento político: no existe redistribución de la riqueza sin una regeneración del poder1.

Efectivamente, lo primero sin lo segundo nos remite a los momentos más «equitativos» de la democracia de occidente, gobiernos «populares» con un imaginario de apertura, que apostaron al mejoramiento en la calidad de vida de los sectores más marginados, aunque sumamente autocráticos y centralizados en lo que respecta a la diagramación de espacios en donde se configuran los momentos de decisión – acción, contribuyendo en el mejor de los casos a políticas de tipo clientelares y, en el peor, a escaladas de totalitarismo.

Ahora bien, el desplazamiento del interés intelectual de la cuestión de la riqueza (definida aquí en términos sociológicos amplios, como conjunto de capitales de diferentes especies) a la problemática del poder, pudo haber llevado a cierta parte de los debates contemporáneos en la izquierda a priorizar de tal forma lo político, dotándolo de una autonomía tal, que da la sensación de que se ha circunscrito el debate por la democratización de las sociedades al trabajoso y conflictivo momento de la lucha por los derechos políticos, entendidos estos como la posibilidad efectiva de incidir –desde posiciones de sujeto de lo más diversas: ecologistas, feministas, indigenistas, etc.– en las formas de institucionalización de lo social, es decir, de la política. Con lo cual, y amparándonos en la ya clásica distinción, lo político no tendría margen de supervivencia por fuera de la política.

Precisamente, en orden a bucear en los meandros que nos arriman a tal estado de la cuestión, me propongo partir de una característica más o menos común y compartida: lo político siempre es visto teniendo como horizonte un determinado patrón de visión sobre la homogeneidad de lo social, sobre aquello que lo constituye en su unidad, lo que nos permite, en definitiva, hablar de tal «pueblo» (pueblo feudal) o cual «sociedad» (sociedad capitalista). Pues bien, partiendo del análisis de la delimitación de la «totalidad social» que hacen Althusser y Laclau intentaré un acercamiento al espacio que ambos autores le destinan a lo político y su relación con el tema de esta presentación: el poder y su regeneración.

Por lo general, la construcción de un patrón de visión que permita homogeneizar lo social, posibilitando a la teoría proponer marcos interpretativos para los fenómenos históricos se ha constituido sobre ciertas recurrencias: «Dado un conjunto de posiciones en la estructura social, procedemos simplemente a adjudicar ‘intereses’ de acuerdo a nuestros criterios de racionalidad, y luego juzgamos el grado de racionalidad de los agentes sociales según que se ajusten a ellos o no» (Laclau, 2000: 31)

Tanto más allá de Althusser (campo en el cual entran los dos polos de los debates teóricos en la izquierda occidental hasta la mitad del siglo XX, es decir, la Segunda Internacional, Plejanov, Kautsky, etc. así como quienes surgieron, en parte, como respuesta, Lukacs, Korch, Gramsci) como más acá (sus deudores directos en la materia que tratamos, en diálogos más discutidos Balibar y fundamentalmente Rancière, por su parte Godelier y Poulantzas más influenciados) e inclusive el mismo Althusser, hacen o hicieron en su momento del concepto de «modo de producción» el índice general de la taxonomía de los intereses existentes así como de las posiciones que ocupan los sujetos en el todo social. Es así que, dependiendo de la fuerza productiva de que se trate, así como de su lugar en las relaciones de producción, se ha supuesto el tipo de intereses que persiguen los individuos.

Sin embargo, es sabido que Althusser complejizará la cuestión al punto de hacer intervenir los elementos propios de la llamada «superestructura» de lo social, como co-determinantes en la reproducción de las relaciones de producción. Precisamente, el acento en el Estado y en lo superestructural era una deriva necesaria del cambio de eje en la disquisición, que desplazó sus miras de la forma de producción capitalista al modo en que ésta se reproduce. Pasados los efectos del shock que supuso el conocimiento de la forma-capital, era necesario saber algo de su perdurabilidad y constancia.

Partiendo de separar fuertemente las posiciones teóricas de Marx y Hegel, Althusser afirma que hablar de la totalidad social desde un enfoque estrictamente marxista no puede sino implicar un «todo estructurado complejo». Se trata de la tesis epistemológica fundante del «todo ya» dado en palabras de Badiou, es decir, del hecho de que en todo momento nos topamos con relaciones y sistemas de relaciones, no damos jamás con el elemento último y originario del cual podríamos comenzar a deducir todo lo demás.

Esto, para lo que nos importa en este trabajo, tiene importantes consecuencias, pues admite la existencia de contradicciones (por nombrar directamente la relación fundante en el marxismo) que se condicionan mutuamente y que están condicionadas a su vez por las circunstancias histórico–concretas en las que se manifiestan. Esto resulta de pensar no un proceso binario de contradicciones simples, sino de su sobredeterminación2. Es aquí donde se redefine el horizonte teórico.

Con Althusser y por primera vez en el centro de un entramado teórico, las luchas del proletariado contra el capital estarán a su vez condicionadas por las contradicciones que existan (o no) al interior mismo del proletariado, contradicciones que se ejercen sobre otros puntos nodales, el feminismo o las posiciones ecologistas por citar ejemplos.

Lo político cobra aquí una relevancia inusitada, ya que al existir una contradicción sobredeterminada se hace necesario rediseñar constantemente la práctica política marxista y de pensar, a su vez, en torno al sujeto capaz de llevarla a cabo.

Respecto del primer punto, definitivamente ya no se trata, estrictamente hablando, del Capital, entendido como un conjunto de relaciones económicas cuyas leyes son endógenas y, por ende, auto justificantes, sino de sus condiciones reales, históricas, de existencia, las cuales no se presentan precisamente como leyes, ya que «la explotación no se reduce a [la] retención de un excedente de valor, únicamente puede ser comprendida si se considera el conjunto de sus formas y condiciones concretas como determinantes» (Althusser, 2003: 60).

Por otra parte, como lo explicó Harnecker, el concepto de «modo de producción» funciona en Althusser (y en el marxismo en general, agregaríamos nosotros) de manera abstracta y, por ende, supra-histórica, cuando no definitivamente ahistórica. Debemos remitirnos al concepto de «formación social» para dar con un todo–concreto– complejo–estructurado, es decir, el pueblo o la sociedad de la que hablábamos al comienzo3.

Desde este lugar de observación, toda práctica política se encuentra en relación a dos movimientos que Althusser considerará como fundamentales: «1) el paso, en condiciones determinadas, de un contrario, en lugar de otro, el cambio de papeles entre las contradicciones y sus aspectos (llamaremos a este fenómeno de sustitución, desplazamiento) 2) ‘la identidad’ de los contrarios en una unidad real (llamaremos a este fenómeno de ‘fusión’ condensación)» (Althusser, 2004: 175)
Una práctica política así pensada, junto a su carta de presentación como revolucionaria vía el linaje que se quiere mostrar y avalada por la terminología, supone un sistema de relaciones en el cual el tejido del poder se elabora como «fusión» o «condensación» de contrarios pensados en su determinación real, es decir, en la estructura de relaciones que refleja la coyuntura.

Ahora bien, estos movimientos parecen quedar supeditados a lo que ocurre en aquella estructura regional de toda formación social que funciona como dominante en un momento dado. Si tenemos en cuenta que es «dominante» aquella estructura regional que «asegura la reproducción del modo de producción» y que en el modo de producción capitalista es –siguiendo nuevamente a Althusser– la estructura económica quien, con sus leyes endógenas, posibilita este reaseguro, tenemos que toda intervención política se agota delante del inexorable momento económico4. Es este momento el que aparece «en última instancia». Sin embargo, y creo que es en este punto en donde reside una inusitada y pocas veces vista productividad política en el constructo teórico althusseriano, la definición de este dilema no llegará. «Ni en el primer instante ni en el último, suena jamás la hora solitaria de la última instancia» (Althusser, 2004: 93). No hay orígenes, pero también sabemos que no hay fines predeterminados, hay procesos (…) sin fines. Y en ellos hay tendencias y estructuras dominantes.

Lo que nos queda entonces es un todo actual determinado de manera múltiple en cualquiera de sus puntos (Althusser insiste en este punto en la diferenciación de contradicciones «principales» y «secundarias»). Si la sobredeterminación nos indica, en la contradicción, sus condiciones reales de existencia (Althusser, 2004: 173), ello nos muestra además que la identificación de un modo específico de producción material de una sociedad no agota a priori el pensamiento sobre las formas que adoptan las relaciones de poder. Por otra parte, a nivel del sujeto, la sobredeterminación está designando a la vez: a) la confluencia de múltiples vectores de subjetivación, el individuo deviene sujeto trabajador, pero también sujeto educativo, sujeto ciudadano, madre-mujer, esposo, etc., en una estructura de dominación compleja, y b) la condición misma de toda práctica política (Althusser, 2004: 174).

Precisamente, resulta interesante leer sobre este marco la situación del sujeto en el famoso ensayo del ’69 sobre la ideología (Althusser, 2008: b).

Si, y como teníamos hasta ahora, la reproducción de unas determinadas formas de vida se da en múltiples espacios y tiempos ello no se relaciona, sin embargo, en Althusser con un pensamiento en torno al sujeto, sino respecto de la subjetividad. La ideología no remite a la percepción particular que de sus relaciones con el mundo puedan hacerse los sujetos, sino más bien señala aquello en virtud de lo cual estos se representan las relaciones que hay entre sí y sus condiciones de existencia de una determinada manera. Es la estructura psicológica del ser humano la que permite que el individuo sea interpelado como sujeto, es decir, que se reconozca como «llamado» por la ideología a ocupar ciertos lugares en la vida social (este es el carácter «antropomórfico» que Eagleton le asigna a lo ideológico en Althusser, ya que gracias a este mecanismo podemos individualizarnos como «seres de valor único»). La forma-sujeto se impone así al individuo desde el exterior de su conciencia. La necesaria coherencia con que el sujeto debe representarse sus relaciones vividas en pos de pasar a ser un agente social práctico otorga el fundamento a la existencia de lo ideológico. Ahora bien, no pocos han visto en esto la diagramación del sujeto althusseriano como una tabula rasa que no tiene historia/memoria, que no es heterogéneo respecto de la estructura, ergo, unas chances definitivamente reducidas del ejercicio de lo político y el poder. Habría que aclarar que, en tanto que lógica psicoanalítica, esto es así para Althusser. Recordemos que la ideología, al igual que el inconsciente, es eterna. Sin embargo, de ello no se debe deducir el sometimiento eterno a cualquiera de las ideologías sociales en danza. La manta ilusoria para la conciencia práctica puede adquirir variados colores.

Las ideologías (conjunto relativamente confuso de representaciones de relaciones), a diferencia de la Ideología (mecanismo psicoanalítico vital), son históricas, orientadas a la acción de todas maneras posibledebido a la dominancia sin determinación última, una dominación sin invariancias (Balibar, 2004). El mismo Althusser se ha visto interpelado hacia una práctica política que lo supone como su sujeto sin por ello reproducir los esquemas de dominación5.

Quizá más que ningún otro marxista de su tiempo, Althusser se debate en la fundamental ambigüedad de cómo hacer frente a las desigualdades reinantes, si haciendo hincapié en la necesaria reformulación de la propiedad de los capitales (y de la manera en la que toman forma, la forma-capital), lo que significa un cambio en el modo de producción y, por ende, otras leyes endógenas que redistribuirán todo lo demás, y que en el dominio de la práctica política supone su subordinación a la forma-partido como medio esencial para lograrlo, o de regenerar el poder, que puede aprovechar el carácter complejo [contradictorio] de la estructura, además de interpelaciones «exitosas» que promuevan la constitución de subjetividades vinculadas de manera antagónica a la forma-capital aunque sin garantía alguna de cohesión. A pesar de hacer entrar a la «arena de la lucha de clases» los elementos de la «superestructura», la redistribución de la riqueza no parece ser posible desde «afuera», aunque, por otra parte, también allí la sociedad se juegue sus condiciones de reproducción.

En síntesis, en Althusser, la riqueza y el poder suspenden su duelo en el último acto. Si por un lado sigue siendo sumamente acotado el espacio de poder al margen de la estructura dominante, por el otro, comienza a pensarse la intervención de lo político como esas «unidades de ruptura» que no necesariamente representansíntesis alguna y sobre las que podrá darse lo que al último Althusser le gustaba llamar «el vacío de un comienzo» (Althusser, 2002).

Tal desarrollo en la teoría marxista abriría puertas inesperadas. Este quiebre del monismo marxista6 tuvo repercusiones en la forma en que se encaró desde posiciones cercanas y/o posteriores a Althusser, la cuestión de lo «superestructural».

Aunque se debe aclarar que el diferendo de Laclau con respecto a la propuesta althusseriana parte de una concepción epistemológica diferente.

Separándose de lo que denominó enfoques totalizantes, Laclau discute la «ambición» de fijar el sentido de los procesos sociales fuera de sí mismos (Laclau, 2000). Tanto la «conciencia de clase» de Lukacs como la «última instancia económica» de Althusser tienen la función de donar un sentido de estabilidad a unas prácticas que se constituyen para este autor de manera mucho más contingente de lo que se había sostenido.

Las condiciones de posibilidad de la conformación de identidades contingentes se encuentran también ellas mismas presas de una contingencia radical (Laclau, 2000: 75), es decir, y también aquí, a un régimen de variancias sin invariante alguno. Aunque, y como se habrá notado, no por ello se debe abandonar la idea de un «régimen» o –en términos de Laclau– lógicas sociales que suponen procesos de identificación.

Al carácter sobredeterminado de lo social, Laclau lo entiende –por vía de una homología con el concepto foucaultiano de formación discursiva– en tanto gobernado por un principio de unidad que es el de la regularidad en la dispersión de unas posiciones meramente diferenciales, es decir, que no gozan de una positividad que pueda expresarse en forma independiente a estas regularidades.

Resulta de esto el concepto de discurso. Todo discurso es una totalidad estructurada, resultante de unas prácticas específicas que son las prácticas articulatorias. Así, de las discusiones topográficas del marxismo anterior pasamos al estudio de las formas de articulación y de las lógicas discursivas que las sostienen.

La afirmación de que todo objeto se constituye como objeto de discurso implica que no hay objeto que esté por fuera de las prácticas articulatorias, no existe identidad que se dé a sí misma al margen de las relaciones sociales, ya que no existe principio exterior al dominio en el que se dan las prácticas que la constituyen. La unidad de la sociedad es mítica en tanto su fundamento último, su horizonte de inteligibilidad, aquello de lo que se nutrió el pensamiento político pre-moderno y moderno, se encuentra en el mismo plano de aquello que instituyen. El postulado «la sociedad no existe» es un dimanante de esto a la vez que está profundamente ligado a la distancia que Laclau toma de los conceptos de «contradicción» y «formación social», sustituyéndolos por los de «antagonismo» y «formación hegemónica».

Con respecto al primero de los términos, Laclau indica que hay contradicción en el orden de los conceptos, no en el de los fenómenos históricos, en donde lo que realmente existe son antagonismos, entendidos comolímites a toda objetividad, como la imposibilidad de situar al otro en un mismo espacio de representación. La contradicción A – no A no tiene equivalente fuera del orden lógico, ya que si así fuera, las contradicciones «realmente existentes» se encontrarían más allá de la historia, se reproducirían, siguiendo a Kripke, en «todos los mundos posibles», sin importar sus condiciones de existencia (con lo cual volveríamos a ser pre-althusserianos, es decir la contradicción contendría un principio invariante, como en el pensamiento hegeliano). En segundo lugar, la noción de «formación social», que Laclau entiende como «un conjunto de agentes empíricamente dados» supone para este autor un metarrelato, es decir, una posición teórica desde la cual lo real, lo existente, puede ser aprehendido por el concepto, una visión, no solamente objetiva, sino objetivante de lo social.

En definitiva, en la crítica a ambos conceptos no se nos muestra sino una misma posición epistemológica: la imposibilidad de reducir lo real al concepto.

Por otra parte, el concepto de «antagonismo» permite, para ponerlo en términos gráficos, no ver a la historia desde arriba, sino desde sus lados. Para ver a los antagonismos que estructuran lo social (que impiden que la sociedad se constituya como un hecho objetivo) se debe indagar en los posicionamientos que los actores realizan estando inmersos en los conflictos sociales, entendidos estos también como regímenes de discursividad específicos. Dado que estos posicionamientos no están relacionados a tópica alguna sino más bien a la constitución aleatoria de la subjetividad, resulta de esto que el carácter estructurante de todo régimen social lleva sobre sí su mismo vacío, su punto no determinado en ningún tipo de «última instancia»: el sujeto. Es éste el que impide a la estructura constituirse «en última instancia» como tal. Él es el nombre de la distancia existente entre la estructura y la decisión (Laclau, 2000: 47).

De manera diametralmente opuesta a lo pensado por Althusser, aquí el devenir sujeto es la hiancia del sistema. La centralidad de los procesos de subjetivación en relación a los cambios en las lógicas del poder es notoria. Todo acto de identificación es visto como un acto de poder a la vez que la objetividad con la normalmente se lo representa supone el borramiento de sus huellas (Laclau, 2000: 76).

Este desplazamiento del enfoque privilegia de manera indubitable el momento político llegando inclusive a postularlo como momento de «fundación de lo social» (es el movimiento tropológico-político el que permite que la sociedad exista, ej. el enunciado ¡viva la patria! como constituyendo al objeto del que habla). Lo político es la ontología de lo social, respecto de este último, su primaria posibilidad de ser se dirime en el dominio de lo político. Es informado por movimientos antagónicos y contradictorios (es decir, opuestos en el reino de la lógica y de la empiria), denominados por Laclau como «Lógica de la diferencia» y «Lógica de la equivalencia». La idea de una «formación hegemónica», entendida como «un conjunto articulado de diferencias» intentará dar cuenta del carácter provisoriamente dominante de un régimen equivalencial dispuesto sobre un nuevo parámetro de diferencias.

Es por ello que un concepto como el de articulación, que hace referencia al modo en que se tejen las relaciones sociales (al modo en que se construye lo político) será un concepto fundamental en la teoría laclauniana7 además de tener, claro está, una importancia capital en las cuestiones de la subjetividad y el poder.

La categoría sujeto fue entendida en un primer momento por Laclau (Laclau, 2004) como posición de sujeto. El proceso de subjetivación era leído en torno a la asunción de estas posiciones. Separándose de las resonancias estructuralistas de esta concepción es que a partir de finales de los ochenta comienza un acercamiento progresivo hacia las posiciones lacanianas, terminando por elaborar una noción de sujeto como «falta en la estructura» (Critchley y Marchant, 2008: 22). Sea Lacan o Foucault, el punto es que en ambos casos la subjetividad parece desplazarse plena en el sentido, suspendiéndose su tratamiento por otras vías (regulación histórico-social, cuestiones de normatividad o inclusive el muy foucaultiano acercamiento a los cuerpos).

El problema está en que, al ser este el horizonte irrebasable, las lógicas de dominio son también ellas rápidamente expuestas como «dominio en el sentido». Así, el imaginario político moderno se entiende aquí por la vía de su cierre sobre significantes clave que organizaron lo social en una multiplicidad de planos, Estado y Hombre. Al estar en cuestionamiento estos significantes, es el imaginario mismo el que parece derrumbarse, confirmando una vez más el carácter siempre parcial de las fijaciones de sentido a la vez que la imposibilidad de una fijación plena.

Que la fijación plena del sentido sea imposible nos dispone ante una serie de consideraciones: a) que tanto la estructura así como el sujeto son «indecidibles», sus fluctuaciones son inevitables e impredecibles b) a consecuencia de lo anterior, la lucha por el poder y aquella que se da en torno a la distribución de los capitales y su relación con los procesos de subjetivación se juegan en un mismo plano, condicionándose mutuamente ya que las identidades nunca son previas a las luchas.

El inconveniente radica en que el marcador de las luchas sociales nunca está, como al comienzo de un partido de fútbol, 0 a 0. En todo momento nos topamos con fijaciones más o menos sedimentadas, más o menos resistidas por distintos sectores sociales. De aquí que nuestro interés radique no en el acento contingente de las prácticas sino de sus condiciones de estabilidad en las circunstancias actuales. En este sentido, ¿qué elementos brinda la teoría de Laclau para distinguir los distintos procesos de subjetivación –es decir, de suturación parcial del sujeto a una estructura– preponderantes, sea a nivel mundial, regional o nacional? Resulta claro que si partimos de las relaciones de poder tal como efectivamente se ejercen en la actualidad, las articulaciones pierden necesariamente buena parte de su contingencia. Si las condiciones de toda articulación son inmanentes al campo en el cual éstas se producen y si el sujeto se constituye como tal en un marco enunciativo particular (que permite manifestaciones de cierta índole y no otras), parece ser imprescindible el tener entre las manos elementos que nos permitan pensar lógicas que ya no nombren solamente contingencias, sino estabilizaciones o, en todo caso, niveles de fluctuación de los procesos de subjetivación en relación a los ejes de dominio y control propios de las sociedades actuales8.

El recurso a la teoría psicoanalítica nos da nuevamente la forma en que dichos procesos se hacen efectivos a nivel del sujeto aunque la prescindencia de Laclau de marcos de comprensión socio-económicos a escalas macro parece contribuir a un exacerbado acento del carácter volátil de los procesos político-identificatorios (junto a una fuerte devaluación de sus análisis). Los procesos de subjetivación son pensados así en relación a un poder en el cual las luchas por la defensa o las imposturas de lo que generalmente se ha conocido como elstatu quo (y que aquí se tematiza como la redistribución de los distintos capitales) no encuentran su lugar. El elemento de lo discursivo parece sublimar en lo político la lucha y la violencia presentes en las relaciones de poder así como lleva a entender por «posicionamiento» algo así como «construcciones de sentidos de sí»9.

Volviendo a la estructuración interna de lo discursivo, resulta que la lógica de la equivalencia, lógica que permite la constitución de la «sociedad» o del «pueblo» –lo que supone además que, ante un antagonismoprimero, un conjunto de posiciones de sujeto se encuentran homologadas en el hecho de depositar en un Otro su deseo de, por ej., justicia social– esta lógica, decíamos, necesita para poder canalizar los intereses que lleva consigo, lograr tener su correlato en los dispositivos democráticos clásicos, lograr manifestarse en las políticas de gobierno.

Quizá deberíamos preguntarnos ante esto si constituye la propuesta de Laclau una vía a la regeneración del poder. Sea cual fuere la respuesta, la posición afirmativa parece estar comprometida en tanto se necesita conceptualmente del momento de condensación, lo que en términos de coyuntura política linda con los efectos de la institucionalización. Pero el problema no es la institucionalización per se. Existe ciertamente un espacio entre esa institucionalidad que suele adoptar –en términos de Repossi y Mosquera– la forma-partido (que toma como referencia inmediata al Estado) y la pseudo transparencia de la no-institución que otorga una pseudo creencia de mayor libertad. El problema se presenta cuando la institucionalización como concentración de la equivalencia es construida en términos normativos desde el centro a la vez que reagregada en él (Estado). De ser así, se podría aplicar a Laclau lo que Althusser decía de Ingrao, para ambos el Estado y su esfera política son constitutivos de toda política. Los procesos de subjetivación se juegan, en todas sus partes, sobre estas esferas. No parece sorprendente entonces, así entendidas las cosas, que el rasgo fundamental del sujeto en el último libro de Laclau sea el de poder configurar un sujeto demandante10que no es otra cosa que la definición empírico-operativa de su concepto de sujeto en falta.

Si no hay redistribución de la riqueza sin regeneración del poder y si pensar esto es pensar, en parte, en la relación Estado-Capitales, y en parte, en el terreno de la conformación de lo sujeto al sujeto, ¿qué brechas existen para pensar en torno al dominio y el control si el horizonte de toda práctica política se reduce a ser «democrática» o «popular», siendo ambas, variaciones posibles del juego de relaciones sobre las que se da un pedido al Estado?

Bibliografía

Althusser, L. (2004) La Revolución teórica de Marx, Bs. As.: Siglo xxi
(2002) Para un materialismo aleatorio, Madrid: Arena Libros.
(2003) Marx dentro de sus límites, Madrid: Akal.
(2004) Maquiavelo y Nosotros, Madrid: Akal.
(2008) La soledad de Maquiavelo, Madrid: Akal.
(2008) Ideología y aparatos ideológicos del Estado en «La filosofía como arma de la revolución», México: Siglo XXI.
Balibar, E. (2004) Escritos por Althusser, Bs. As.: Nueva Visión.
Critchley, S., y Marchart, O. (2008) Laclau. Aproximaciones críticas a su obra, Bs. As.: FCE.
Eagleton, T. (2005) Ideología. Una introducción, Barcelona: Paidós.
Laclau, E. (2000) Nuevas reflexiones sobre la Revolución de nuestro tiempo, Bs. As.: Nueva Visión.
(2004) Hegemonía y Estrategia Socialista, Bs. As.: FCE.
(2005) La razón populista, Bs. As.: FCE.
(2008) Debates y Combates, Bs. As.: FCE.

Notas

1 Desde ya que este enunciado no es un simple criterio ordenador del texto, es además tentativa y prueba, clave de interpretación y posición política. Aunque no es el lugar para dar cuenta de él, se hace necesario al menos una indicación. Una regeneración del poder parece indicar todo lo contrario a un imaginario distributivo por más consensuado que se presente. Y se entronca directamente con las temáticas del sujeto, más precisamente - y como se verá por su injerencia en el escrito - con los procesos de subjetivación.
2 ¿Por qué esta separación entre Hegel y Marx, el rechazo al humanismo, etc.? Proponemos lo siguiente: el afán de Althusser por «corregir» las interpretaciones de los textos de Marx viene encabalgado a un pensamiento en torno a las condiciones de toda práctica teórico-política. Y a su alcance tenía un análisis político particular, el de Maquiavelo. Existen elementos en común que redirigen la mirada hacia la «disposición actualizada de las fuerzas» y a su peso respecto del devenir de una lógica trascendente a las coyunturas (Cf. la concepción inmanente de la historia en los Discursos así como la «visión de estratega» a partir del cap. xii en ElPríncipe). Recordemos además que el artículo «Contradicción y Sobredeterminación» fue escrito en el mes de diciembre de 1962, año en que Althusser dio su primer curso sobre el florentino. De ser esto así, el psicoanálisis no estaría sino en un segundo momento, aportando el concepto (sobredeterminación) que permitiera pensar la fisura abierta en la dialéctica hegeliana por Maquiavelo. Lo que queda por ver son los efectos de la utilización de la sobredeterminación y el nuevo terreno que queda configurado, ya que la lógica con la que opera en Freud es lo suficientemente aleatoria y sui generis como para no provocar dudas sobre su relación con un pensamiento históricamente racionalizante acerca del devenir como el de la dialéctica hegeliano-marxista.
3 «Todo» porque a través suyo se homogeniza lo real existente; «concreto» ya que, teniendo como insumo las relaciones dadas en el reino de la empiria, se eleva de allí, de lo abstracto, hacia el plano del sistema de relaciones; «complejo» ya que incluye posiciones (tendencias) contradictorias en cada una de sus instancias (económica, política, ideológica, etc.); y «estructurado» porque que se encuentra en régimen de «dominancia». En realidad, acentuado así nos queda el Althusser del segundo lustro de la década del ‘60. En el esbozo de la teoría del Estado que despliega a finales de la década siguiente se afirma como presupuesto precisamente la cuestión de la reproducción, con lo cual, si es el Estado el que asegura la reproducción de las relaciones de producción (convirtiendo violencia en poder legal y legítimo), es él quien asume el papel central.
4 En realidad, acentuado así nos queda el Althusser del segundo lustro de la década del ’60. En el esbozo de la teoría del Estado que despliega a finales de la década siguiente se afirma como presupuesto precisamente la cuestión de la reproducción, con lo cual, si es el Estado el que asegura la reproducción de las relaciones de producción (convirtiendo violencia en poder legal y legítimo), es él quien asume el papel central.
5 En torno a El Príncipe, Althusser manifiesta, «Es sorprendente, porque tanto como un texto puede hacerlo, nos cuestiona y nos sitúa políticamente. Nos interpela a partir de un lugar que nos llama a ocupar como ‘sujetos’ (agentes) posibles de una práctica política posible» (M. N., 67).
6 Seguimos en este punto a Goldman y Stuart Hall.
7 El hecho sorprendente aquí es que si en Laclau es este concepto el que lo distancia de Althusser, justificando epistemológicamente su uso al considerar el carácter relacional de todo lo existente, Althusser lo utiliza por vez primera (Althusser, 2004: 167) al momento de distanciarse de la concepción hegeliana de «totalidad», totalidad monista, que no tiene en cuenta las relaciones que se estructuran en un todo dominado. En el hecho de que la distancia del monismo en particular no implique una distancia de los enfoques totalizantes puede hallarse la razón por la cual, y a pesar del anti-hegelianismo explícito de Althusser, Laclau lo considere aun demasiado hegeliano.
8 Sería un ejemplo el intento de Fredric Jameson, para quien el posmodernismo es un modo de producción en el cual la esfera cultural ha sido llevada a su más alto nivel de funcionalidad respecto de una fase histórica.
9 Así, en Nuevas Reflexiones sobre la Revolución en nuestro tiempo, Laclau supone que sólo si el trabajador resiste a la explotación podemos hablar de antagonismo y que no hay nada en la noción de «relaciones capitalistas de producción» que lo presuponga (al concepto). Queda claro que Laclau no se cuestiona aquí la «producción de los que producen» y que por ello mismo no ve dominación en dónde en realidad ella puede estar presente en sus niveles más altos. De esta manera, si no hay resistencia «evidente» en una práctica pareciera no haber lugar para pensar las relaciones de poder en ella.
10 Nos referimos a La Razón Populista (2005). Es de destacar que el centro de la lucha y aquello por lo que se lucha es el Estado y que las demandas en todo momento son pensadas como dirigidas hacia él, con lo cual se le reconoce la función de satisfacerlas.