17/7/12

Jacques Derrida se ha constituido en un referente insoslayable en la producción académica contemporánea

Jacques Derrida Rensoni
Rosa  Nidia Buenfil

En los peores casos para aplaudirlo incondicionalmente (Norris, 1983) o para condenarlo sin remedio (Habermas, 1989), o en casos más afortunados, apropiándose de sus herramientas para hacerlas jugar en otros campos: discusiones sobre la ética (Critchley, 1988), la política (Laclau, 1990; Norval, 1993; Beardsworth, 1996), entre otras. En el campo educativo, con cierta timidez comienzan a incorporarse o al menos a discutirse lógicas y conceptos derridianos en Giroiur (1989), McLaren (1986), Frigerio (1995), Puiggrós (1996), J. Granja Castro (1996), De Miguel (1996), López Rainírez (1998).

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En mi caso, no fue sino hasta la segunda mitad de los años ochenta cuando Jacques Derrida comenzó a representar una fuente de finas herramientas de intelección en el ámbito de la filosofía política, en el que había incursionado siguiendo las huellas de Ernesto Laclau en las lejanas islas británicas. Si bien esta entrada al pensamiento derridiano no fue directa en ese momento, sí ha marcado un sello en la perspectiva de investigación en que me inscribo, el análisis político del discurso, y en relación con la cual haré a continuación algunas consideraciones.