24/7/12

Gramsci y la vía no jacobina de la revolución burguesa

Antonio Gramsci ✆ Mucchi
Osvaldo Calello

En uno de los pasajes de los Cuadernos de la Cárcel, al examinar el fenómeno del cesa­rismo, Antonio Gramsci señaló que el tipo de lucha política se había modificado sus­tancialmente después de los acontecimientos revolucionarios en 1848. Señalaba, en ese sentido, el apreciable cambio que habían experimentado las condiciones políti­cas y estatales sobre las que se desarrollaba esa lucha, y enumeraba como transfor­maciones sustanciales la expansión del parlamentarismo, el desenvolvimiento de las organizaciones sindicales y de los partidos políticos, la formación de consistentes burocracias estatales y privadas; y junto con ellas, las modificaciones experimenta­das en la organización policial, considerada en su sentido más amplio, sumando al aparato represivo el conjunto de fuerzas estatales y privadas con funciones de poli­cía política de carácter preventivo y de investigación.

Gramsci volvió sobre el asunto en otro pasaje en el que opuso a la teoría de la revolu­ción permanente, “nacida antes de 1848 como expresión científicamente elaborada las experiencias jacobinas desde 1789 al Termidor”, la noción de hegemonía civil. Además de destacar la irrupción de las grandes organizaciones de masas (partida­rias y sindicales), llamó la atención sobre el hecho de que en el período histórico que consideraba superado, “la sociedad estaba aún bajo muchos aspectos, en un estado de fluidez: mayor retraso en el campo y monopolio casi completo de la eficiencia polí­tica-estatal en pocas ciudades o directamente en una sola (París para Francia); apa­rato estatal relativamente poco desarrollado y mayor autonomía para la sociedad civil respecto de la actividad estatal; sistema determinado de las fuerzas militares y del armamento nacional; mayor autonomía de las economías nacionales frente a las relaciones económicas del mercado mundial, etc.”.[1] Sin embargo, subrayó que luego de 1870, con la expansión colonial europea, esta situación se transformó, y las relaciones internas de organización del Estado y así como las internacionales, se vol­vieron más complejas y sólidas, convirtiendo en anacrónica la fórmula de revolución permanente, concebida como concentración revolucionaria inmediata de la fuerza popular en disputa por el poder.

La política que Gramsci consideraba agotada era la línea estratégica que Marx y En­gels habían formulado en marzo de 1850, al redactar el texto de la Circular del Comi­té Central a la Liga Comunista, y que medio siglo más tarde retomaría, en otras condi­ciones históricas, León Trotsky al examinar la Revolución de 1905 en la Rusia zarista y anticipar el curso de los acontecimiento que desembocarían en Octubre de 1917.

El texto de la Circular, escrito en el exilio londinense, se enmarcaba en el esfuerzo por reconstruir la Liga, luego de las crueles derrotas del proletariado en junio de 1848 en París y de las traiciones a la revolución triunfante por parte de la burguesía liberal durante ese mismo año, en Viena y en Berlín. Para los autores del documento un nuevo estallido revolucionario en Alemania era inminente, pero esta vez pre­veían que el papel que habían jugado los liberales contra los trabajadores en marzo de 1848, lo desempeñaría el partido de la pequeña burguesía democrática, cuya in­fluencia se había extendido notoriamente, no sólo entre la mayoría de la población de las ciudades (artesanos y comerciantes), sino incluso entre las clases sociales del campo.

La Circular estaba escrita apuntando a la necesidad de quebrar esa influencia, te­niendo en cuenta que el interés de la pequeña burguesía en la próxima revolución no iba más allá de aquellas conquistas que satisfacían su condición de clase; objetivo que exigía dotar al proletariado de un programa independiente y revolucionario. Sobre este propósito el documento no dejaba dudas. En uno de sus párrafos adver­tía: “… nuestro interés y nuestro deber es hacer la revolución permanente, mantenerla hasta que todas las clases poseedoras y dominantes sean desprovistas de su poder, hasta que la maquinaria gubernamental sea ocupada por el proletariado y la organización de la clase trabajadora de todos los países esté tan adelantada que toda rivalidad y competencia entre ella misma haya cesado y hasta que las más im­portantes fuerzas de producción estén en manos del proletariado”. Para los comu­nistas no se trataba de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; ni de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; tampoco se trataba de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva.[2]

El texto redactado por Marx y Engels señalaba que frente a un ataque del adversa­rio común (la nobleza terrateniente, reinante en Prusia) no era necesaria una unión especial entre la clase media demócrata y el partido de la clase trabajadora, sino que el combate debería ser librado por las dos partes mediante una “inteligencia temporal”. Dada la correlación existente entre las fuerzas sociales emergentes, la victoria de la pequeña burguesía democrática era considerada inevitable. En conse­cuencia, los trabajadores no podrían imponer su propio programa (“no podrán pro­poner sus propias medidas comunistas”); pero sí estarían en condiciones de presio­nar a los demócratas en el gobierno para atacar al viejo orden social hasta donde fuera posible; comprometerlos a concentrar en poder del Estado, en la medida alcan­zable, las fuerzas productivas, los medios de transporte, las fábricas, los ferrocarri­les… En este orden deberían reclamar la nacionalización de las tierras feudales con­fiscadas y su transformación en explotaciones administradas por grupos de trabaja­dores agrarios, en lugar de convertirlas en propiedad privada de los campesinos como ocurrió en la Francia revolucionaria de 1789.

La Liga insistía especialmente sobre la necesidad de destruir la influencia de la de­mocracia burguesa, y advertía que desde la primera hora de la victoria la pequeña burguesía se dispondría a traicionar a los trabajadores, por lo cual reclamaba su or­ganización independiente y a la vez armada: “es necesario organizar y armar al pro­letariado”, y prevenir el resurgimiento de la vieja milicia burguesa”.

Para Marx y Engels el desenvolvimiento de la crisis revolucionaria que habría de ele­var al gobierno a la pequeña burguesía democrática, contendría en sí los gérmenes de una situación de doble poder. Señalaban que más allá del gobierno oficial, los tra­bajadores deberían de constituir un gobierno revolucionario en forma de consejos ejecutivos locales o comunales, clubs o comités obreros, cuya función sería vigilar y controlar a la administración oficial.

Por fin, el último párrafo de la Circular destaca claramente la tendencia ininterrum­pida que los obreros habrían de imprimir a los futuros acontecimientos revoluciona­rios: los trabajadores “no deben ser apartados de su línea de independencia proleta­ria por la hipocresía de la pequeña burguesía democrática. Su grito de guerra debe ser: ‘La Revolución permanente”.

Oriente y Occidente

Gramsci pensaba que en Occidente las condiciones históricas bajo las cuales los fun­dadores del socialismo revolucionario trazaron la política del proletariado a media­dos del siglo XIX habían quedado superadas. Señaló que en los Estados más avanza­dos, la sociedad civil se había convertido en una estructura “muy compleja y resis­tente ante las irrupciones de acontecimientos catastróficos de índole económica como las crisis, las depresiones, etc. Comparando esta transformación con las leyes de la guerra moderna, decía que las superestructuras de la sociedad civil eran el equivalente del sistema de trincheras, y del mismo modo que el ataque de la artille­ría no destruía sino la superficie externa de ese sistema, la irrupción de las crisis económicas no abriría la brecha en la estructura estatal por la cual la clase emergen­te avanzaría hacia la conquista del poder. Precisamente la guerra de maniobra se en­focaba en esta perspectiva. Al impacto de la artillería pesada se le asignaba un tri­ple efecto: destruir parte de la defensa enemiga, sumir en la confusión y desmorali­zar a los defensores; organizar con rapidez fulminante a las tropas atacantes, crear sus cuadros o, al menos, ubicar los existentes en capacidad de encuadrar las tropas diseminadas; elaborar “en forma instantánea la concentración ideológica de los fines a alcanzar”. Gramsci juzgaba esta hipótesis como “una forma de férreo deter­minismo economicista”. Había traído a colación los fundamentos de la guerra de ma­niobra para criticar la teoría de la revolución que Rosa Luxemburgo formulase en Huelga de masas, partido y sindicatos, libro escrito para examinar los acontecimientos insurreccionales de 1905 en la Rusia zarista. Consideraba la obra y otros escritos de la revolucionaria polaca, como “uno de los documentos más significativos de la teori­zación de la guerra de maniobra aplicada al arte político”. Entendía, asimismo, que la teoría de la revolución permanente, que Trotsky sostenía a partir de 1905, obede­cía al mismo enfoque teórico. Según su interpretación, los últimos acontecimientos que siguieron un curso comparable con el desenvolvimiento de la guerra de manio­bra, habían sido los de la Revolución Rusa de 1917.[3]

Sin embargo ese curso de acción ya no era posible en los países desarrollados de Eu­ropa Occidental.[4] Gramsci señalaba que mientras que en Oriente el Estado consti­tuía una presencia dominante y, por el contrario, la sociedad civil era “primitiva y gelatinosa”, en Occidente la relación resulta muy diferente: el Estado sólo consistía en una posición avanzada, apuntalado por la estructura de la sociedad civil, “una ro­busta cadena de fortalezas y casamatas”. Bajo estas condiciones no era la guerra de maniobra (la concentración insurreccional más o menos inmediata), sino la guerra de posición, equivalente en términos de lucha política a la noción de hegemonía civil, la que habría de imponerse allí donde el capitalismo había alcanzado cierto grado de desarrollo. Gramsci creía que Lenin, al sostener la fórmula del frente único, había comprendido el cambio de situación. Sin embargo, advertía que este giro se planteaba en los Estados modernos, y no en los países atrasados ni en las colo­nias, donde la fórmula que resultaba anacrónica en las metrópolis, aún tenía vigen­cia en la periferia.

Las revoluciones tardías

Entre las consideraciones importantes, que a juicio de Gramsci explicaban la emer­gencia de experiencias político-sociales encuadradas en los lineamientos de revolu­ción pasiva, subyace un interrogante: ¿Por qué no hubo jacobinismo revolucionario en las experiencias político-sociales de alcance masivo, posteriores a 1789?

Al estudiar el proceso de la revolución nacional en la Italia del siglo XIX, Gramsci destacó que los conceptos de revolución pasiva y de guerra de posición se formaron luego de la Revolución Francesa y de las posiciones sostenidas por Proudhon en Francia y Gioberti en Italia, y se preguntó si esos conceptos podían ser explicados por el período del terror que se desenvolvió en 1793, del mismo modo que la apari­ción del sorellismo sería mejor entendida a la luz del pánico que sucedió tras la de­rrota de la Comuna de París en 1871. En otro pasaje del mismo texto declara que la historiografía de Benedetto Crocce –la figura más destacada de la cultura y del libe­ralismo peninsular en la primera mitad del siglo XX– no era otra cosa que un hege­lianismo degenerado y mutilado, debido a que su preocupación fundamental giraba en torno al pánico que le provocaban tanto los movimientos jacobinos, así como la ac­ción de masas obrando como factor de progreso histórico. Gramsci consideró que la fórmula de revolución pasiva, planteada por Vicente Cuocco tras la tragedia de la Re­pública Napolitana en 1799, tenía el valor de una advertencia destinada a crear una moral nacional y una iniciativa revolucionaria, pero que se convirtió, a través del pá­nico social de los neogüelfos moderados (católicos liberales), en una concepción, un programa y una moral cuyo significado encerraba el temor del “aprendiz de hechice­ro”, así como la intención de capitular ante “la primera amenaza seria de una revolu­ción nacional profundamente popular, esto es, radicalmente nacional”.[5]

De forma tal, luego de 1789 la burguesía liberal consideró una imperdonable temeri­dad dar paso al jacobinismo para remover los obstáculos que se oponían al progreso histórico. Temía el terror de la revolución y sobre todo la acción de las masas. Igual­mente, veía con aprehensión el terror de la contrarrevolución (recuerdo de la feroz represión contra la República Napolitana en 1799).

Sin embargo, el jacobinismo había sido un factor de importancia capital para que la revolución avanzara de modo radical en la destrucción del viejo régimen, y las ta­reas burguesas alcanzaran un desenvolvimiento que estaba más allá de la decisión política de la burguesía. Al decir de Gramsci:
“los jacobinos conquistaron en una lucha sin cuartel su función de partido dirigente; se ‘impusieron’ en realidad a la burguesía francesa, conduciéndola a una posición mucho más avanzada de la que es­pontáneamente hubieran adoptado los núcleos burgueses primitivamente más fuer­tes, y también mucho más avanzada de lo que permitían las premisas históricas, y por eso los golpes de retroceso y la función de Napoleón I”.[6]
Pero si la burguesía, tras los acontecimientos del período jacobino, observaba con desconfianza y aprehensión el curso revolucionario, el proletariado, a su vez, no había logrado alcanzar aún el grado suficiente de fuerza y de madurez de clase para hacerse cargo de la situación. Esta comprobación se hizo evidente en el transcurso de las revoluciones que estallaron en París, Berlín y Viena durante 1848. Marx y En­gels, dándole todo su apoyo al movimiento, no se engañaban, sin embargo sobre su verdadero alcance. Sobre la revolución que en febrero de ese año estalló en la capi­tal francesa, Marx señaló la ilusión que significaba la república social que creían haber conquistado los obreros “con las armas en la mano”, dado que su contenido “se hallaba en la contradicción más peregrina con todo lo que por el momento podía ponerse en práctica directamente, con el material disponible, bajo las circunstan­cias y relaciones dadas y el grado de desarrollo alcanzado por la masa”.[7] Esto quedó demostrado durante la insurrección de junio de ese año, “el acontecimiento más gigantesco en la historia de las guerras civiles europeas”, cuando el proletaria­do se levantó en armas y cayó derrotado ante la república burguesa sostenida por la aristocracia financiera, la burguesía industrial, la clase media y el campesinado. La tragedia de junio de 1848 se repitió con la caída de la Comuna de París en 1871. Años más tarde Engels señaló al respecto que, luego de que el poder hubiese caído por completo en manos de los trabajadores, “una vez más volvía a ponerse de manifies­to cuán imposible era también, por entonces, veinte años después de la época que se relata en nuestra obra, ese Poder de la clase obrera." [8] (Prólogo de Engels a Las lu­chas de clases de Francia, de Marx, pág. 16)

Il Risorgimento

Al referirse al concepto de revolución pasiva Gramsci advierte que dicho concepto “debe deducirse rigurosamente de los principios fundamentales de la ciencia políti­ca: 1) que ninguna formación social desaparece en tanto que las fuerzas productivas que se han desarrollado en ella encuentren todavía posibilidad de un ulterior ensan­che progresivo, y 2) que la sociedad no se propone objetivos, para cuyo alcance no estén dadas aún las condiciones necesarias, etc.” Gramsci cita de memoria las dos premisas que anuncian el inicio de una época revolucionaria, indicadas por Marx al escribir en 1859 el prefacio a la Contribución a la crítica de la economía política. Esas pre­misas no estuvieron presentes ni en 1848 ni en 1871. Por lo tanto, la burguesía, que se había vuelto una clase conservadora y alerta, ante la amenaza del incipiente pro­letariado, habría de contar con un cierto margen histórico para desarrollar tareas to­davía pendientes en los países en que las relaciones características de la civilización capitalista estaban trabadas por los resabios institucionales del viejo orden social. Sin embargo, descartado el camino que en 1789 habían emprendido los jacobinos en Francia, o el que en los años 40’ del siglo XVII habían seguido Cromwell y los “cabe­zas redondas” en Gran Bretaña, el curso que encontró la burguesía fue el que Vicen­te Cuoco en Italia denominó revolución pasiva y Edgar Quinet en Francia, revolu­ción-restauración.

Gramsci examina el tipo de revolución burguesa tardía a la luz del período del Risor­gimento italiano durante el siglo XIX, y observa que los elementos esenciales para al­canzar la unidad nacional se unifican y transforman en una fuerza concreta, recién a partir de 1848. Hay que tener presente que en Italia, alcanzar ese objetivo signifi­caba, en primer término, liberar el norte (Venecia y Lombardía) de la ocupación aus­tríaca, respaldada por el papado, opuesto por sus propias razones a la unidad nacio­nal. Al mismo tiempo, se debían desarrollar las tareas de una revolución burguesa, liquidando los resabios del viejo orden precapitalista, de modo de abrir un cauce a nuevas relaciones sociales, acordes con las transformaciones que experimentaban los países rectores de la Europa del siglo XIX. Es comprensible, entonces, que sobre las fuerzas progresistas del proceso peninsular influyeran especialmente la expe­riencia de la Revolución Francesa de 1789 y la Constitución española de 1812. 

Pero en condiciones de muy bajo nivel de las fuerzas productivas, Italia carecía de una burguesía fuerte y extendida. Este vacío creó una situación de contingencia, en cuyo transcurso el papel que teóricamente le hubiera correspondido a la burguesía liberal en un curso de una revolución nacional, terminó por desempeñarlo el Estado piamontés, “motor real de la unidad después de 1748”. Al subrayar esta particulari­dad, Gramsci apunta que “la función de Piamonte en el Risorgimento italiano es la una ‘clase dirigente”.[9]

Para el autor de los Cuadernos de la Cárcel, tiene especial importancia profundizar el significado que encierra una función de tipo Piamonte, en el desenvolvimiento de las revoluciones pasivas; vale decir, examinar el papel que asume el Estado al susti­tuir a los grupos sociales en la dirección de la lucha por imponer las tareas naciona­les. Lo primero que se destaca en ese examen es la ausencia de una fuerza política dispuesta a sostener un programa de transformaciones revolucionarias, como el lle­vado adelante por los jacobinos en Francia durante el período dramático de la Gran Revolución. La corriente moderada, cuyo principal dirigente era el conde Camilo Benso Cavour, no estaba dispuesta a avanzar en esa dirección. Era la expresión de una burguesía en formación, que obraba de común acuerdo con la nobleza aburgue­sada, y cuya línea política no iba más allá de “un conservadorismo reformista atem­perado”.

La otra fuerza del Risorgimento, el Partido de Acción guiado por Giuseppe Mazzini y Giuseppe Garibaldi, se presentaba como el componente democrático-popular del campo nacional. Gramsci señala que de acuerdo con el contenido de sus posiciones representa una “democracia liberal de izquierda burguesa nacional”, carente de programa de gobierno y cuyos objetivos estan por debajo de las tareas pendientes de una revolución burguesa. 

Entre estas fuerzas existía una diferencia sustancial sobre el grado de conciencia al­canzado respecto de la lucha emprendida y acerca del papel que les correspondía desempeñar. Gramsci considera a Cavour como la expresión de la revolución pasiva-guerra de posición, y a Mazzini como el exponente de la iniciativa popular-guerra maniobrada; se pregunta si no son necesarias ambas en la misma precisa medida, pero advierte que “mientras Cavour era consciente de su objetivo (por lo menos en cierta medida) por cuanto comprendía el objetivo de Mazzini, éste –al parecer– no era consciente ni del suyo propio”. De haberlo sido, si “hubiera sido un político rea­lista y no un apóstol iluminado” el equilibrio resultante entre las dos fuerzas hubie­ra sido más equilibrado y el Estado italiano se hubiera erigido sobre bases menos atrasadas.[10] Pero para esto el Partido de Acción debería haberse elevado por sobre su horizonte político-ideológico; haber comprendido la necesidad de una ac­ción enérgica, tendiente a disolver la alianza de las diversas clases rurales, cimenta­da en un bloque reaccionario del que eran expresión sectores intelectuales legitimis­tas-clericales, de modo de dar lugar a una formación liberal-nacional. Éste era un ataque que debía ser dirigido en dos direcciones: siguiendo las reivindicaciones de los campesinos de base, vale decir, enarbolando un programa de reforma agraria, y desarrollando una acción política sobre los intelectuales de los estratos medios e in­feriores, influyentes sobre esas capas campesinas.[11] Sin embargo esos objetivos caían fuera de la perspectiva que se había trazado el Partido de Acción. Mazzini y sus compañeros consideraban como “nacionales” a la aristocracia y a los propieta­rios rurales, y estaban dispuestos a suprimir toda expresión de lucha de clases den­tro de lo que consideraban un bloque unido contra el invasor austríaco y la reacción. Esta falsa perspectiva sobre el carácter del frente de clases nacionales alcanzó uno de sus momentos trágicos en 1860, cuando las fuerzas de la campaña de Garibaldi en Sicilia reprimieron violentamente la insurrección campesina contra la aristocra­cia terrateniente.

¿Qué era lo que determinaba semejante conducta? Gramsci señala que sobre el Par­tido de Acción pesaba la atmósfera de intimidación que evocaba el pánico vivido en 1793, y en el período 1848-1849 en Francia. Bajo esta presión la fuerza dirigida por Mazzini suprimió reivindicaciones que necesariamente habrían de radicalizar el conflicto y abrir un cauce de lucha de clases, con la consiguiente profundización de­mocrático-popular de la revolución nacional. Descartado el camino de la revolución basado en la movilización de las capas más profundas de la sociedad italiana y, por consiguiente, desechada la posibilidad de responder con una acción contra-hegemó­nica a la influencia de los moderados, Mazzini se deslizó hacia un insurreccionalis­mo abstracto, enmarcado en los límites de una política conspirativa. Alternativa per­fectamente asimilable por el desenvolvimiento en que las fuerzas moderadas ha­bían fijado el proceso de unificación nacional.[12]

Pero esa renuncia a la movilización revolucionaria de las masas populares no habría de resultar indiferente en el resultado de la lucha. Gramsci subraya este hecho y se­ñala que bajo la consigna independencia y unidad, “históricamente el Partido de Ac­ción fue guiado por los moderados (…) fue dirigido ‘indirectamente’ por Cavour y el rey”.[13] Pero va más allá y destaca la capacidad hegemonizante que habían desple­gado los moderados. En un pasaje de especial significación sobre su interpretación de la revolución nacional en la península escribe lo siguiente: “Se puede así decir que toda la vida estatal italiana de 1848 en adelante está caracterizada por el trans­formismo, esto es, la formación de una clase dirigente cada vez más amplia en los cuadros fijos por los moderados después de 1848 y de la caída de las utopías neogüelfas y federalistas, con la absorción gradual pero continua –obtenida con mé­todos diversos en cuanto a eficacia– de los elementos activos salidos de los grupos aliados y también adversarios que parecían enemigos irreconciliables”. De forma tal, “el llamado ‘transformismo’ no ha sido sino la expresión parlamentaria de esta acción hegemónica intelectual, moral y política”.[14] Desde este enfoque el Risorgi­mento es visto como un proceso de modificación molecular, determinado desde me­diados del siglo XIX por el pasaje a las filas del cavourismo de cuadros y militantes del Partido de Acción, en cuyo transcurso fue cambiando progresivamente la compo­sición de las fuerzas presentes.[15]

Dos de los rasgos que para Gramsci caracterizan a la revolución pasiva –la impoten­cia de la burguesía liberal ante las tareas de la revolución nacional (su rechazo a la solución jacobina), y su reemplazo por el Estado, bajo la dirección una corriente con­servadora vinculada al antiguo orden– se presentaron también en la segunda mitad del siglo XIX en Alemania. La revolución de febrero de 1848, en cuyo transcurso el proletariado de Berlín jugó un papel decisivo, dejó el poder en manos de la burgue­sía cuyo objetivo era llegar a un acuerdo con el viejo orden que tenía en la nobleza prusiana su centro de gravedad. Se trataba –al decir de Engels– de una burguesía “relativamente joven y notablemente cobarde”, que no estaba dispuesta a ejercer di­rectamente el poder político. Su fuerza material residía en el firme desarrollo indus­trial producido en el Oeste, en la región de Renania-Westfalia. A la vez este desarro­llo capitalista había dado lugar a la organización de un movimiento obrero en rápi­do desenvolvimiento. Engels observó, a propósito de estas presencias de clase que, además del equilibrio existente entre la nobleza terrateniente y la burguesía, carac­terística de los antiguos regímenes de monarquía absoluta, existía un segundo equi­librio establecido entre la burguesía y el proletariado, rasgo típico del bonapartis­mo moderno. La correlación entre estas clases estaba basada en el hecho de que la burguesía liberal no estaba dispuesta a fundar una democracia capitalista, destru­yendo los privilegios de la nobleza terrateniente, mientras que por su parte, el movi­miento de los trabajadores no había alcanzado un nivel de desenvolvimiento que lo elevase al papel de clase dirigente de la nación. En cambio, la clase terrateniente de los junkers del Este, a partir de su control del Estado prusiano, habría de realizar a su modo –manteniendo resabios de su pasado feudal– las transformaciones que alla­narían el camino al desenvolvimiento del capital. El resultado fue una revolución burguesa sin revolución, experiencia que guarda correspondencia con el particular proceso de revolución nacional que estudió Gramsci en la península itálica. 

Teoría y práctica de la revolución pasiva

Al insistir sobre el hecho de que mientras Cavour era consciente de su objetivo “en tanto era críticamente consciente del objetivo de Mazzini”, y éste al no comprender el objetivo de Cavour era escasamente consciente del suyo propio, Gramsci enfoca la relación existente entre ambos a la luz del movimiento dialéctico de los opuestos. Recuerda el pasaje en que Marx examinó en Miseria de la Filosofía el desenvolvimien­to de la contradicción entre la tesis y la antítesis y la superación a través de la sínte­sis, y señala que “todo miembro de la oposición dialéctica debe tratar de desarrollar­se íntegramente como identidad propia, volcar a la lucha todos los ‘recursos’ políti­cos y morales propios, y sólo así logrará una superación real”.[16] En este sentido afirma que esta premisa no era entendida ni por Proudhon ni por Mazzini. Tampoco era entendida por los moderados ni por los teóricos de la revolución pasiva, pero en estos la “incomprensión” teórica era la expresión práctica de la decisión de impul­sar el desarrollo de la tesis hasta incorporar a una parte de la antítesis para no dejar­se “superar”. Vale decir que esta oposición dialéctica sólo los representantes de la tesis desenvolvieron todas sus posibilidades de lucha hasta asimilar a una parte de los integrantes de la antítesis. “Justamente en eso consiste la revolución pasiva o re­volución-restauración”, escribe Gramsci.[17]

Desde su perspectiva, esta concepción gira en torno al error filosófico “(¡de origen práctico!)” de presuponer mecánicamente que la tesis debe ser conservada por la an­títesis de modo de evitar que el proceso fuera destruido. Sin embargo, “en la histo­ria real la antítesis tiende a destruir la tesis, la síntesis será una superación, pero sin que se pueda a priori establecer qué se conservará de la tesis en la antítesis”.[18]

Se señaló anteriormente que Gramsci asocia la guerra de movimiento a la noción de hegemonía civil y, en consecuencia, al concepto de reforma intelectual y moral, vale decir a la afirmación de una nueva concepción del mundo con su correspondiente norma de conducta, una suerte de religión entendida en sentido laico, no confesio­nal. Desde este enfoque la construcción de una nueva hegemonía ha de consistir en un proceso de rearticulación de los componentes ideológicos existentes en torno a un nuevo eje, y no en la simple sustitución de un cuerpo de ideas por otro. Al respec­to Gramsci escribe:
“Lo que importa es la crítica que los nuevos representantes de la nueva fase histórica dirigen a dicho complejo ideológico; a través de esta crítica se da un proceso de distinción y de cambio en la importancia relativa que poseían los elementos de las viejas ideologías. Aquello que era secundario, subordinado o aun accesorio, pasa a ser principal, se transforma en el núcleo de un nuevo complejo ideológico y doctrinario y la vieja voluntad colectiva se disgrega en sus elementos contradictorios puesto que se desarrollan socialmente aquellos elementos subordi­nados”.[19]
Sin embargo, al mismo tiempo que apunta a la reforma intelectual y moral como el principio rector de una nueva hegemonía, Gramsci alerta respecto de los límites que encuentran las clases subalternas para ejercer influencia política e ideológica sobre un campo de fuerzas afines. Sostiene que “la unidad histórica de las clases dirigen­tes se produce en el estado”. De esto se desprende que las clases subalternas, por de­finición, son clases que “no se han unificado y no pueden unificarse mientras no pue­dan convertirse en ‘estado’: su historia, por tanto, está entrelazada con la sociedad civil, es una función ‘disgregada’ y discontinua de la sociedad civil y, a través de ella, de la historia de los estados o grupos de estados”.[20] De ahí que no puede pro­ducirse una reforma cultural, una elevación civil de las capas subordinadas de la so­ciedad, sin una transformación económica y un cambio en la correlación entre las distintas clases sociales. “Una reforma intelectual y moral no puede dejar de estar li­gada a un programa de reforma económica, o mejor, el programa de reforma econó­mica es precisamente la manera concreta de presentarse de toda reforma intelec­tual y moral”.[21]

Pero entonces, ¿hasta qué punto es esperable que surja de clases subalternas, inca­paces de unificarse y de producir una reforma intelectual y moral antes de convertir­se en Estado, una posición hegemónica? Hay que tener presente que para Gramsci la supremacía de una clase social se manifiesta como dominio y a la vez, como direc­ción intelectual y moral. En el primer caso el grupo dominante tiende a liquidar o a someter a los grupos adversarios incluso con el empleo de la fuerza armada, mien­tras que ejerce su ascendencia intelectual y moral respecto de los grupos afines o aliados. Pero la función de dominio sólo puede ejercerse una vez alcanzado el poder gubernamental y controlado el aparato de Estado. En consecuencia, hasta entonces esa posibilidad estará fuera del alcance de la fuerza política emergente, mientras que la dirección intelectual y moral, destinada a transformar en voluntad colectiva la irrupción de las clases subalternas, es una condición sine qua non antes y aun des­pués de la conquista revolucionaria.

Nuevamente, ¿qué es lo que producirá una elevación semejante en las capas subor­dinadas de la sociedad? Gramsci asigna tal tarea al partido político (el moderno Prín­cipe), “un organismo, un elemento de la sociedad complejo en el cual comience a concretarse una voluntad colectiva reconocida y afirmada parcialmente en la ac­ción”. Señala que “el moderno Príncipe debe ser, y no puede dejar de ser, el abande­rado y organizador de una reforma intelectual y moral, lo cual significa crear el te­rreno para un desarrollo ulterior de la voluntad colectiva nacional-popular hacia el cumplimiento de una forma superior y total de civilización moderna”. Un papel se­mejante lo desempeñaron durante la Revolución de 1789 los jacobinos que fueron una “encarnación categórica” de El Príncipe de Maquiavelo, “ejemplificación de cómo se formó y operó en concreto una voluntad colectiva que al menos en algunos aspectos fue creación ex novo, original”.[22]

Por lo tanto, en Gramsci la hegemonía emergente alcanza a ejercer influencia sobre un determinado bloque de clases populares, y sólo consigue irradiar sobre el conjun­to de la sociedad al transformarse en Estado y realizar la reforma intelectual y moral, cuyo fundamento está en una transformación profunda de las relaciones so­ciales de producción y en las relaciones de clase, a la que en los Cuadernos de la Cár­cel se alude como “reforma económica”. Hasta el momento en que se produzca tal transformación, la estrategia que han de seguir los grupos subalternos se habrá ase­mejado a lo que en términos militares se conoce como guerra de posición, afirman­do un nuevo principio hegemónico en desafío a la hegemonía dominante.

Gramsci está lejos de la creencia socialdemócrata que imagina un crecimiento indefi­nido y una socialización general de las ideas y la política de los grupos portadores de progresividad histórica, hasta inclinar sin mayores sobresaltos el balance del poder, de modo que lo nuevo, lo emergente, se transforme en Estado. No es así. En los tex­tos de la cárcel existen pasajes ilustrativos, que presentan la guerra de posición como fase preparatoria de la guerra de movimiento, vale decir del momento insu­rreccional. Escribiendo sobre las limitaciones del Partido de Acción durante el proce­so de revolución nacional en Italia, Gramsci señala que “la intervención popular, que no fue posible en la forma concentrada y simultánea de la insurrección popular, no tuvo lugar tampoco en la forma ‘difusa’ y capilar de la presión indirecta, lo que era en cambio posible y tal vez hubiera sido la premisa indispensable de la primera forma. La forma concentrada o simultánea se tornaba imposible por la técnica mili­tar de la época, pero sólo en parte; o sea, la imposibilidad existía, en cuanto la forma concentrada y simultánea no fue precedida por una preparación político-ideo­lógica de largo aliento, orgánicamente prevista para despertar las pasiones popula­res y hacer posible la concentración y el estallido simultáneos”. Unas líneas más arri­ba Gramsci se había preguntado si existe una identidad absoluta entre guerra de po­sición y guerra de maniobra, o al menos si puede concebirse un período histórico en el que los dos conceptos puedan identificarse “hasta el punto que la guerra de posi­ción se transforme en guerra maniobrada”.[23]

Precisamente, por considerar tan importantes las dos premisas que Marx estableció en el Prefacio de 1859 para medir la madurez de una situación histórica, Gramsci tiene presente, en todo momento, el hecho de que cuando una determinada forma social ha alcanzado el límite de su desenvolvimiento, sin posibilidad ulterior de desa­rrollo de sus fuerzas productivas y, simultáneamente, se han formado las condicio­nes materiales para su superación a través de nuevas y más altas relaciones sociales de producción, se ha abierto una época de revolución social. Las clases sociales en­tran en un período de crisis orgánica, y de los tres niveles de las relaciones de fuer­zas –grado de desarrollo de las clases sociales, estrechamente ligado a la estructura; correlación de las fuerzas políticas, especialmente el momento que marca la supera­ción de la fase corporativa en fase hegemónica; estado de las fuerzas militares– el úl­timo, el político-militar, “es el inmediatamente decisivo en cada caso”.  En este punto su perspectiva política no admite agiornamiento alguno, ni traducción a térmi­nos socialdemócratas o postmarxistas. Aquí es necesario reiterar su crítica a los teó­ricos de la revolución pasiva. Se trata del pasaje ya mencionado, en el que Gramsci afirma que en la confrontación entre las fuerzas del antiguo orden social y las clases emergentes, lo nuevo (antítesis) tiende a destruir lo viejo (tesis), sin que pueda de­terminarse de antemano cuanto de lo que ha sido derrotado será conservado en el proceso de superación.

Notas

1. El príncipe moderno, incluido en La política y el Estado modernos. Pág. 76. Premià editora de libros. Sexta edición 1990.
2. Marx y Engels. Circular del Comité Central a la Liga Comunista. Marxists Internet Archive
3. Escritos políticos (1917-1933), pags 336, 338. Siglo XXI Editores. Cuarta edición, 1990.
4. En marzo de 1895, al redactar la Introducción a la obra de Marx Las luchas de clases en Francia, de 1848 a 1850, Engels hizo referencia a los cambios de las condiciones en que se desarrolló la lucha política en la segunda mitad del siglo XIX en el oeste de Europa. Así, por ejemplo, escribió: “La rebelión al viejo estilo, la lucha de calles con barricadas, que hasta 1848 había sido la decisiva en todas partes, estaba considerablemente anticuada. No hay que hacerse ilusiones: una victoria efectiva de la insurrección sobre las tropas en la lucha de calles, una victoria como en el combate entre dos ejércitos, es una de las mayores rarezas”.
(…) “Si han cambiado las condiciones de la guerra entre naciones, no menos han cambiado las de la lucha de clases. La época de los ataques por sorpresa, de las revoluciones hechas por pequeñas minorías conscientes a la cabeza de las masas inconscientes, han pasado. Allí donde se trata de una transformación completa de la organización social, tienen que intervenir directamente las masas, tienen que haber comprendido ya por sí mismas de qué se trata, por qué dan su sangre y su vida. Esto nos lo ha enseñado la historia de los últimos cincuenta años. Y para que las masas comprendan lo que hay que hacer hace falta una labor larga y perseverante”. La lucha de clases en Francia, de 1848 a 1850. Obras Escogidas de Marx y Engels, Tomo I. Págs. 125, 129. Editorial Fundamentos, 1975.
5. El Risorgimento. Págs. 141, 149. Gránica Editor. Primera edición, 1974.
6. El Risorgimento. Pág. 112.
7. Carlos Marx. El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Obras Escogidas de Marx y Engels, Tomo I. Pág. 257. Editorial Fundamentos, 1975.
8. La lucha de clases en Francia, de 1848 a 1850. Obras Escogidas de Marx y Engels, Tomo I. Pág. 122. Editorial Fundamentos, 1975.
9. El Risorgimento. Págs. 69, 139.
10. El Risorgimento. Pág. 141.
11. El Risorgimento. Pág. 109.
12. Al examinar los textos de Marx y Engels sobre la cuestión nacional, Jorge E. Spilimbergo subrayó estas contradicciones: 
“Si había que acudir a la violencia para destrozar el aparato represivo de Austria y los príncipes, pero no podía recurrirse al poder incontenible de movimiento de masas ¿qué otra opción quedaba fuera del complot, en que un sigiloso núcleo de conspiradores se lanzara de sorpresa y a la hora señalada contra el temible aunque desprevenido adversario.”
“Como puede verse, la actitud conspirativa, el aventurerismo insurreccional, es la antípoda de la actitud revolucionaria. Toda estrategia revolucionaria culmina en la insurrección armada; pero su punto de partida es político, no militar. La revolución nutre sus fuerzas del desarrollo del movimiento de masas y sólo en el apogeo de aquél pone a la orden del día el problema técnico de la insurrección armada”. Jorge E. Spilimbergo, La revolución nacional en Marx, pág. 53. Ediciones Coyoacán, 1961.

13. El Risorgimento. Págs. 95,96.
14. El Risorgimento. Pág. 96.
15. El Risorgimento. Pág. 142.
16. El Risorgimento. Pág. 142.
17. El Risorgimento. Págs. 142, 143.
18. El Risorgimento. Pág. 150.
19. El príncipe moderno. Pág. 75.
20. Escritos Políticos. Pág. 359.
21. El príncipe moderno. Pág. 11.
22. El príncipe moderno. Págs. 8,9.
23. El Risorgimento. Págs. 141, 143.
24. Escritos políticos. Pág. 348