13/6/12

Sobre la dignidad (y el terror) humanos / Los Cuadernos de Hiroshima

Kenzaburo Oé  Maluko
Reseña de Kenzaburo Oé, Cuadernos de Hiroshima. Anagrama, Barcelona, 2011 (traducción Yoko Ogihara y Fernando Cordobés)
Especial para Gramscimanía


Salvador López Arnal

Agosto de 1963, Kenzaburo Oé [KO] tenía 28 años. Fue entonces cuando el joven y prometedor escritor visitó Hiroshima para escribir un reportaje sobre el desarrollo de la IX Conferencia Mundial contra las bombas atómicas y de hidrógeno: “En el primero de los cuadernos que forman este libro, describo la atmósfera enrarecida de la Conferencia, plagada de amarguras y dificultades” (p. 14) [1]. 

Fueron varios más los viajes realizados por KO entre 1963 y 1965. Sus artículos se recogen en estos Cuadernos de Hiroshima que fueron editados por primera vez en 1965 por Iwanami Shoten y que habían sido publicados en la revista Sekai (Mundo). Para el escritor nipón la gran lección que debemos extraer del drama de Hiroshima:
“es la dignidad del hombre, tanto de los hombres y mujeres que murieron en aquel instante como de los supervivientes que sufrieron el impacto de la radiación en la piel y que durante años padecieron un sufrimiento extremo… Los japoneses, que vivieron la experiencia de la bomba atómica en sus propias carnes, no pueden considerar la energía nuclear en términos de productividad industrial, es decir, no deben intentar extraer de la experiencia trágica de Hiroshima una “receta” de crecimiento” (pp. 216-217).
KO señala en nota a pie de página (n. 6, capítulo II, p. 206) una circunstancia no siempre recordada: durante los diez años que mediaron entre el bombardeo atómico de 1945 hasta el año de celebración de la Primera Conferencia Mundial en 1955, las fuerzas de ocupación norteamericanas “obligaron a las víctimas a guardar silencio. Tan pronto como acabó la ocupación comenzaron los trabajos de investigación sobre lo que había ocurrido”. 

Hasta 1954, momento en el que se realizó el ensayo nuclear en el atolón de Bikini, el Bikini Day [2], en las islas Marshall (Pacifico Sur), hubo poca discusión pública. El “ensayo” nuclear imperial -la radiactividad afectó a los 239 pobladores de tres atolones: además de 28 observadores meteorológicos americanos y 23 tripulantes del pesquero Dragón de la Suerte V que faenaba en la zona, 49 de ellos murieron en los doce años siguientes- fue causa de un interés renovado que concluyo en la Primera Conferencia Mundial al año siguiente, en 1955.

Conmueve las circunstancias en que fueron escritos estos Cuadernos. Todos los ensayos recogidos tienen una íntima conexión con Oé y Ryôsude Yasue, el editor con quien el escritor japonés trabajó en la realización de la obra. “Por eso empezaré por hablar de la situación en la que nos encontrábamos cuando en el verano de 1963 emprendimos nuestro primer viaje a Hiroshima. Mi primer hijo agonizaba sin esperanza en una incubadora. Ryôsude acababa de perder a su hija mayor. Un amigo común, al que le atormentaba la idea del fin del mundo por culpa de las armas nucleares, se acababa de suicidar en París” (p. 13). El editor y KO estaban profundamente abatidos. A pesar de ello, partieron en pleno verano hacia Hiroshima. “Nunca había hecho un viaje tan extenuante, triste y cargado de prolongados silencios como aquél”.

Unos cuarenta años después, en 2007, los Cuadernos se tradujeron al italiano. KO explica en el prefacio que escribió para esta edición las características del libro. En los Cuadernos se recoge el testimonio de un “periodista sobre la tragedia humana provocada por las armas nucleares, sin detenerse ni un momento en los detalles de su poder destructivo” (p. 9). Es un libro, añade el que ha sido –y sigue siendo- uno de los grandes escritores de los siglo XX y XXI, que habla de los supervivientes del primer bombardeo atómico de la historia de la Humanidad (de los hibakusha), “del modo concreto en que perdieron la vida o sobrevivieron a costa de padecer sufrimientos atroces”. Durante los veranos, KO se dirigía al Hospital de la Bomba Atómica de Hiroshima para entrevistar a los pacientes y con frecuencia, señala, “transcurrido un año, me daba cuenta de que no encontraba vivo ni siquiera a uno de los que había entrevistado el año anterior”. Esta es una de las historias sobre la dignidad humana que cuenta el escritor nipón en estos Cuadernos.

“En una ocasión entrevisté a dos chicos jóvenes que se había mudado a Tokio después del bombardeo. Uno de ellos era de baja estatura y tenía una discapacidad en un pie. Con otros amigos, victimas también, confeccionaba en un centro que pertenecía a una escuela misionera vestidos que se exportaban a América. Era un chico callado, sereno. Por la serenidad que reflejaban sus ojos se podía decir que habría logrado mantener su angustia bajo control. Hablaba con naturalidad y sinceridad de los problemas derivados de la leucemia, así como de las dificultades para contraer matrimonio que tenían él y sus compañeros”. El otro muchacho era un obrero con aire brusco. Había estado comprometido con una chica de Kioto. Cuando tuvo que hacerse el análisis de sangre, entonces obligatorio, para poder casarse, se enteró de que sus glóbulos blancos había aumentado de golpe. Abandonó a su prometida sin darle explicaciones y se marchó a Tokio.

Cuando Oé le conoció tiempo después, su trabajo consistía en montar y clavetear cajas de embalaje en un almacén situado cerca del puerto de la capital nipona.
“Fue en pleno verano, después de tres días de intenso trabajo a pleno sol, cuando tuvo que pasar el cuarto en cama atiborrándose de vitaminas e inyectándose hematínicos para la anemia hasta que los brazos se le endurecieron y perdieron todo su color. En realidad, sabía que un día postrado en cama, flotando como si estuviera muerto en un mar de medicinas, no podía anular el efecto de tres días de exceso de trabajo. Pero el descanso le proporcionó cierto alivio psíquico y cierta estabilidad. Con ese fin trabajaba durante varios días hasta la extenuación y no le podemos llamar estúpido por ello. Se enfrentaba a su preocupación engañándose a sí mismo. Después supe que había dejado el trabajo en el almacén y se hizo camionero de larga distancia. Es probable que siga castigando su cuerpo como si fuera un fanático para alcanzar ese “cuarto día” en el que escapar de la inquietud”.
El contraste entre las vidas de esos dos jóvenes, prosigue KO, es crudo: uno vive de forma estable, el otro de forma precaria; el primero se siente seguro entre amigos, el otro actúa como un lobo estepario. A menudo, concluye, “me arrepiento de no haberle pedido al primero que invitase al segundo a unirse a su grupo. Pero el lobo solitario y yo sabíamos que el otro ya estaba demasiado ocupado con los problemas de su propio grupo”.

Uno de los grandes protagonistas de estos imprescindibles Cuadernos son los médicos, los trabajadores de la sanidad que se vieron implicados en aquella tragedia inconmensurable. Sin comprender la verdadera naturaleza de la bomba que devastó la ciudad (¿cómo podían comprenderla?) y sin estar en posesión de conocimientos científicos específicos sobre la radiactividad, dieron socorro y ayuda médica a los hibakusha con total desprendimiento, con absoluta abnegación. KO señala con admiración: “Aquellos médicos que, en muchos casos, estaban condenados a sufrir idéntico destino que gran parte de sus pacientes y cuya labor, basada por necesidad en el atroz método de prueba y error, ha permitido establecer los fundamentos de la medicina relativa a las enfermedades derivadas de la radiación” (p. 9). El encuentro fue decisivo para el autor de El grito silencioso: 
“Mi encuentro con los hibakusha y con los médicos que los han tratado con una entrega sin reservas proporcionó además a mi existencia un rumbo bien preciso, por lo que, pensando sobre todo en las generaciones futuras, desearía despedirme con un mensaje de esperanza” (p. 10).
Uno de estos héroes, uno de los más representativos fue Yoshitaka Matsusaka, que resultó herido con la explosión de la bomba (KO habla de él en el quinto capítulo de la obra). El médico nipón acudió en auxilio de las víctimas montado a la espalda de su hijo, dispensando un incansable atención médica con escasísimos médicos. Su hijo, en aquellos momentos estudiante de medicina, médico años después, “acarreó a su padre por las calles de la ciudad devastada, justo después de la explosión de la bomba atómica, hasta el puesto de socorro” (p. 15) (Un escrito imprescindible y conmovedor de YM, hijo, puede verse en las páginas 17-20 de estos Cuadernos).

El autor de Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura , tras señalar en el prefacio de noviembre de 2007 que nunca se ha dejado de ocupar del movimiento popular a favor de la abolición de las armas nucleares, recuerda que “lamentablemente, la actividad de los japoneses en este ámbito está sujeta a severas estricciones, en cuanto nuestro país permanece bajo la sombra del paraguas nuclear de los Estados Unidos de América, que, entre otras cosas, mantienen aún una imponente base militar en Okinawa” (p. 10). KO apunta con sentida amargura que “una profunda desesperación me invade cada vez que pienso que moriré sin haber alcanzado uno de los principales objetivos del trabajo de toda mi vida”.

Pero el combate continúa y la esperanza no es vana. Ni que decir tiene que personas como Kenzaburo Oé y como la obra que comentamos alimentan y cuidan un movimiento humanista internacionalista que sigue siendo tan necesario como el primer día, un movimiento que transita por el mismo sendero de tenacidad y amor que aquel por el que se desplazó el pescador de las islas Bikini del que el autor nos habla con tanto respeto y admiración en estos Cuadernos.

La edición castellana de Cuadernos de Hiroshima –KO tuvo en mente otros títulos: “Reflexiones sobre el pueblo de Hiroshima”, “Hiroshima en nosotros”, “Cómo sobrevivir a Hiroshima”- incluye, además, una entrevista del autor con Philippe Pons para Le Monde de 2011. Afirma aquí el autor de las Cartas a los años de nostalgia: “Podemos esperar que el accidente de la central de Fukushima permita que los japoneses se reconcilien con los sentimientos de las víctimas de Hiroshima y Nagasaki, reconozcan el peligro nuclear –del que tenemos ante los ojos como ejemplo trágico- y pongan fin a la ilusión de la eficacia de la disuasión preconizada por las potencias poseedoras de la bomba atómica” (p. 220). ¡Que la Humanidad, que todos nosotros, sepamos oír la veracidad y justicia que acompañan a estas palabras del gran escritor nipón!

Notas

[1] Se produjo una ruptura política tras ella.
[2] Véase Amir D. Aczel, Las guerras del uranio. Una rivalidad científica que dio origen a la era atómica. RBA Libros, Madrid, 2012 (Traducción de Ferran Meler, ed original 2009). El ensayo fue escrito antes del desastre nuclear de Fukushima.