Mike Davis
En las grandes convulsiones, las analogías vuelan como
metralla. Las electrizantes protestas de 2011 –la aún activa primavera árabe,
el «cálido» verano ibérico y heleno, el «ocupado» otoño en Estados Unidos– han sido
comparadas inevitablemente con los anni
mirabiles de 1848, 1905, 1968 y 1989. Ciertamente, algunas cosas
fundamentales siguen siendo aplicables y los patrones clásicos se repiten. Los
tiranos tiemblan, las cadenas se rompen y los palacios son asaltados. Las
calles se convierten en laboratorios mágicos en los que se crean ciudadanos y
camaradas, y las ideas radicales adquieren un repentino poder telúrico. Iskra se
convierte en Facebook. ¿Más persistirá este nuevo cometa de protesta en el cielo
invernal, o es solo una breve y deslumbrante lluvia de meteoritos? Como nos
advierte el destino de anteriores journées
révolutionnaires, la primavera es la más corta de las estaciones, en
especial cuando los communards luchan
en nombre de un «mundo diferente» del que no tienen un verdadero proyecto, ni
siquiera una imagen idealizada.
Pero quizá eso venga después. Por el momento, la
supervivencia de los nuevos movimientos sociales –los ocupas, los indignados, los
pequeños partidos anticapitalistas en Europa y la nueva izquierda árabe– exige
que hundan sus raíces en la resistencia masiva a la catástrofe económica
planetaria, lo que a su vez presupone –seamos sinceros– que el actual talante de
«horizontalidad» pueda finalmente acomodar suficiente «verticalidad» como para
debatir y aplicar estrategias de organización. Hay un camino aterradoramente
largo solamente para llegar a los puntos de partida de anteriores intentos de
construir un mundo nuevo. Pero al menos una nueva generación ha iniciado con
valentía el camino.
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NLR: N° 72 / Continuar la lectura, PDF
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