6/6/12

La perspectiva socialista de Bolívar Echeverría

Oswaldo Guayasamín / Grito
Oswaldo Páez Barrera

Primer acercamiento: 1989

El jueves 9 de noviembre de aquel año el Muro de Berlín fue derribado por la gente. De inmediato la acción se convirtió en el acto simbólico que marcó el derrumbe del “socialismo real” y el fin del siglo XX. Así lo sugirieron múltiples autores, entre ellos el mismo Echeverría en el escrito que comento, o Antonio Negri en su libro Fin de siglo. Curioso el título del ensayo de Echeverría, pues al recordarnos el de George Orwell, quizás insinúa cierto paralelismo temático entre los mundos despóticos a los cuales sus narrativas aluden.

Para Echeverría, tan apegado a conferir a los hechos simbolismos y desde allí simbolizaciones en los imaginarios sociales, 1989 tiene cierta similitud con el la toma y destrucción de la Bastilla por parte del pueblo de París, en 1789. Los escombros de las dos construcciones aberrantes, la del muro y los de la odiada cárcel de Luís XV, eran, en efecto, la constancia de que se había producido el derrumbe de un mundo y, en cada caso, el paso de un siglo a otro.

La significación del derrumbe del muro, para Echeverría, era doble, así que por una parte se preguntó si acaso bajo los montones de ladrillos se enterraba el socialismo, ese “atributo de Europa” como lo califica, o si Europa, luego de esta catártica medida, revivía para aprovechar la experiencia y reasumir su función rectora en el pensamiento universal. Por otra parte se preguntaba también si acaso no sería el socialismo quien desechaba su versión caricaturesca y recomponía su verdadera figura, para impulsar la totalidad civilizatoria europea, coronada por su tradición ilustrada en la cual el socialismo y el pensamiento libertario, constituyen las perlas de su corona. El enigma estaba planteado y el filosofar de Echeverría estaba cumplido, en tanto, sus preguntas, como siempre, eran más ricas que las respuestas.

En el ensayo 1989, Echeverría derivó hacia digresiones inquietantes: aquella sobre la huida hacia el capitalismo de las poblaciones que creyeron en aquel momento pasar a un mundo mejor que no tardó en desengañarlas, y reflexionaba también sobre la tragedia de las otras poblaciones, las del mundo capitalista, que frente a una situación que la sufrían, se quedaron sin tener a donde huir ni literal ni figuradamente. O esas otras digresiones que dan cuenta de su pensamiento totalizador cuya mirada traspasaba la línea del horizonte al decir que, el derrumbe del mundo soviético era un síntoma de que tanto el capitalismo como el socialismo reales, le habían fallado a la humanidad, aunque, aclaraba que la diferencia entre uno y otro fracaso, no dejaba de inclinarse a favor del socialismo como intento más dramático que radical.
1989 es un texto importante que deja en alto la posición ética de Echeverría, ya que, a pesar de la orgía mediática que en “occidente” se armó con motivo del derrumbe soviético, él, con toda la criticidad que le permitía su formación académica, su inteligencia y su posición política, dijo, o predijo allí, que la imposibilidad del capitalismo no era igual a la de la experiencia soviética, pues, mientras el primero no soportaba las andanadas de la crítica, el segundo, a pesar de sus equivocaciones, muchas de ellas garrafales, no podía ser expulsado de la conciencia cotidiana, de tal modo que, concluía afirmando que la actualidad de la perspectiva socialista no se había desvanecido sino más bien renovado.

Pensar el devenir, en el caso de Echeverría tiene un poderoso efecto práctico. Dentro de sus reflexiones críticas del capitalismo y de la versión “socialista real”, le permitió en ese momento comprender que el productivismo de ambos sistemas había llegado a un punto insostenible en su relación con la naturaleza, la misma que para los dos, no significaba otra cosa sino una fuente de recursos, con lo cual, el desastre ecológico resultante no podía ser criticado sino desde la perspectiva socialista.

Cuando colapsó el “socialismo real”, Echeverría no estuvo entre quienes se sumaron al festejo. Por el contrario, pensó que nada bueno traería la consolidación relativa y momentánea del capitalismo, ni en la ex Unión Soviética, ni en Europa Oriental, ni en ningún otro lado. Señaló entonces que la polarización entre ricos y pobres se agudizaría. Comprendió que la vieja estructura de los estados-nación capitalistas eran formas arcaicas y que había surgido un capitalismo transnacional mucho más tecnificado y de espantosas dimensiones planetarias, lo cual, no había modificado radicalmente y peor eliminado, la base de las contradicciones entre el capital y el trabajo y la inevitable lucha entre explotados y explotadores.

Denunció en ese momento la falsa democracia del capital que no es otra cosa sino la manera de dulcificar su dictadura. Es así que, para Echeverría, en los momentos de la acometida ideológica y política de las derechas, cuando muchos intelectuales “de izquierda” se arrepentían de su filiación y abjuraban de sus convicciones, él, levantó la pertinencia de la perspectiva socialista como algo plenamente actual, que además y en su fundamentada opinión, se ampliaba y profundizaba.

Percibió entonces que detrás la política pura y dura del “socialismo real”, así como detrás de la del capitalismo posterior a 1945, existía un nexo sospechosamente simétrico en la medida que los dos sistemas se debían al unitario acontecimiento histórico de la modernización y desarrollo capitalistas.

Sin embargo, no profundizó en dicha percepción y no teorizó sobre el hecho de que tal acontecimiento había llegado a un límite en el cual, había mutado. Por esta razón terminó su ensayo planteándose preguntas sobre las posibilidades del socialismo, dejando abierto el pensamiento a las respuestas que la lucha de clases darían casi de inmediato.

Al mismo tiempo que Echeverría escribió su ensayo, Antonio Negri escribía Fin de siglo. Lo cito aquí porque sus interpretaciones contribuyeron desde otros ángulos teóricos marxistas a la imparable carrera de la perspectiva socialista. Negri, analizó aquellos sucesos desde posiciones igualmente renovadoras, entendiendo que sobre los escombros del muro de Berlín, un nuevo sujeto histórico miraba el porvenir, otro porvenir, más allá de 1984, y mucho más allá de 1989. Dicho panorama, para Negri, no solo que se desplegaba sobre el “socialismo real” aplastado bajo aquellos escombros, sino también sobre su hermano siamés, el capitalismo real, que si bien había sobrevivido al derrumbe y quedaba de heredero universal, no podría escapar a su propia catástrofe.

Segundo acercamiento: “A La izquierda”

Contemporáneo al anterior, en este ensayo Echeverría expresaba su extrañeza de que, a pesar de los cambios políticos insospechados de aquellos días, sumados a otros no menos asombrosos en el terreno de la ciencia y la técnica, la idea de la revolución había caído en un desprestigio creciente.

Eran los días en los que dentro del mundillo académico se hablaba del cambio de los paradigmas en las ciencias sociales, como la característica del conveniente acomodo que en el discurso de los teóricos de lo social, se había producido cuando hablaban de las transformaciones históricas. Decían entonces que las revoluciones como tema de estudio, ya sea la francesa o la cubana, cedían el paso al estudio de las transformaciones reformadoras como la llamada revolución norteamericana. Echeverría llegó a citar a Octavio Paz para quien, el mito de la revolución agonizaba, salvo en las periferias y entre las sectas enloquecidas, como él calificó a Sendero Luminoso, por ejemplo. Para reforzar ciertas coincidencias con Paz, citó también a Habermas, inclinándose hacia esa apreciación según la cual, en esos días aciagos la única revolución posible era la reforma.

Para las izquierdas, esta mutación en el espíritu de la época, dijo Echeverría que les habría servido para desilusionarse de sus convicciones más religiosas que políticas y, después del desencanto, pensar con cabeza despejada y abandonar la idea arcaica de la revolución absolutista como paso previo para decidirse a actuar de manera reformista.

Pero en medio de esta duda momentánea, Echeverría analizó y diferenció el mito de la revolución de la idea de la revolución, cuestionados uno y otra cuando la orgía neoliberal celebraba el triunfo y la mafia tomaba el control de Rusia y de Europa Oriental. Esta reflexión le llevó a establecer que a diferencia del mito, la idea de la revolución seguía fuerte como instrumento conceptual de la perspectiva socialista. Es así que comprendió lúcidamente que los cambios de paradigmas que se propugnaban y festejaban, sucedían fuera del discurso teórico de la revolución y no dentro del mismo, el cual, continuaría desarrollándose con autonomía relativa.

Invocó a su favor el hecho revolucionario como el acontecimiento fundamental en la historia contemporánea y concluyó que, por encima de las simplezas erísticas, era una necesidad instrumental para el pensar, el pensar revolucionariamente como la única forma de ser creativo en esta actividad.

Pensar la revolución como el paso desde una situación insostenible a otra diferente, le llevó, en este segundo ensayo, a recurrir a las categorías de forma y substancia y, plantearse desde dicho marco teórico, cuatro posibilidades: la reforma y la reacción por una parte, y la revolución y la barbarie por otra.

En aras de la rigurosidad analítica Echeverría indagaba la relación entre cada una de ellas y las fuerzas políticas actuantes en esos momentos. En aquellas circunstancias tener claras cuáles eran las opciones de juego que reformistas y reaccionarios tenían, era básico para la perspectiva socialista, pues, de esa manera el conocimiento teórico permitía una vez más, armar la crítica y ordenar los planes de sus batallas. La conclusión a la que llegó luego del riguroso análisis formal de cada una de ellas, fue demostrar la pertinencia –“lugar necesario”, la llamó– de la revolución como única salida al insostenible estado de cosas.

Siempre dispuesto a seguir el imparable curso del razonamiento crítico y cediendo a la curiosidad científica de ver a dónde podía conducir el ejercicio del pensar, su principal preocupación fue preguntarse sobre el discurso político de la izquierda y su uso de la idea de la revolución en la encrucijada del final de siglo. Llegó entonces a una interesante y valiente conclusión si se consideran las circunstancias políticas de hace veintiún años, cuál era, la de reivindicar el nombre del socialismo.
“Renunciar a él implica aceptar que, en la actualidad, las únicas opciones históricas realistas son la reacción o la barbarie;  que una transformación del estado de las cosas no está en el orden del día y que quien debe alinearse, contenerse y reprimirse dentro de la forma capitalista dada, es la substancia social moderna y su inconformidad.”
Y si bien –recordando a Rosa Luxemburgo– dijo que la revolución no es un cúmulo acelerado de reformas, ni la reforma una revolución dosificada, creyó entonces que las perspectivas reformista y revolucionaria se necesitaban mutuamente desde una izquierda actuante y realista.

Una vez que hemos llegado a este punto, nuestro autor se quedó corto ante el alcance y la profundidad de los cambios con los cuales se cerraba el siglo XX. Otra vez Negri saltaba a la escena de ese fin de siglo debido a que su comprensión radicalmente materialista de la esencia o del curso principal de los acontecimientos, le llevó a plantear la imposibilidad del reformismo –única posibilidad de ser del capitalismo, decía–, porque y sencillamente, lo que había sucedido era una mutación histórica: “La vida ha subsumido lo abstracto después de que lo abstracto subsumiera la vida –explicaba Negri–. El capitalismo –continuaba– nos había arrebatado lo concreto de la vida; hoy, lo concreto, lo singular se hacen con la abstracción, la mercancía, el valor. Se los arrebatan al capital y lo hacen a través de la ingenuidad de cuerpos potentes.”

No pasaría mucho tiempo cuando los cuerpos potentes de los indios ecuatorianos llevaron a cabo un levantamiento de repercusiones continentales, cuando la insurrección de los zapatistas mexicanos propuso otras formas de crítica y participación revolucionarias, cuando los movimientos antiglobalización se extendieron por el mundo y, las movilizaciones contra las guerras imperiales en Iraq y Afganistán les quitaron toda legitimidad a los agresores. Los años noventas conocieron ya las luchas antineoliberales que pusieron en jaque a sus políticas y representantes en América Latina, antes de que el rechazo a dichas políticas se levantaran en Grecia, Portugal, Islandia, hasta llegar a nuestros días cuando, las rebeliones árabes están echando a los regímenes pro sionistas y pronorteamericanos, y las acampadas de indignados e indignadas en España, están descubriendo insólitas maneras para despedir a un mundo que se derrumba.

Tercer acercamiento: “¿Ser de izquierda, hoy?”

Habían pasado dieciséis años entre los dos ensayos comentados y éste último, en el cual, Echeverría abordó el tema de la izquierda preguntando algo que en mis tiempos de estudiante universitario hubiera sido, cuando menos, una impertinencia.

Bajo el título y a manera de pórtico, colocó la cita de J. P. Sartre para recordar al lector que quisiera traspasarlo, que: “Hoy en día la experiencia social e histórica cae fuera del saber”.

Y a continuación vino su texto, desplegado en tres partes. La primera para preguntar qué es o qué significa ser de izquierda hoy; la segunda para reflexionar sobre la situación actual de la izquierda; y, la tercera, para analizar la situación particular de la izquierda en América Latina. Sigamos entonces en su orden.

Empezó señalando que el dogma de fe de la modernidad capitalista presenta a su sistema como el mejor y el único posible. Dijo que los datos y las crónicas se acumulaban para demostrar lo contrario, es decir, que el mantenimiento y desarrollo de la relación capital era una caída que nos llevaba a la barbarie. No obstante, dijo también que esta era una caída en la cual los grupos que dominan la producción de la opinión pública, no solo se protegen y se rescatan de dicha caída, sino que la aprovechan gestionándola y administrando sus efectos devastadores en lo social y ambiental.

El genocidio sistémico, unas veces imperceptible, otras brusco contra los más débiles, era en opinión de Echeverría la muestra más profunda de esa caída, comparable solo con el desastre ecológico que la caracteriza. Aunque los hechos desbordan y desmienten a los medios, agregaba, éstos se esfuerzan por decir que no pasa nada o de que se trata de una catástrofe controlada. Y lo peor de todo, señalaba que en el mapa de la política formal, no existía una fuerza capaz de cambiar este rumbo.

A pesar de ello, reconocía que los comportamientos afectivos, las voluntades de forma estéticas, las propuestas y reflexiones que impugnan el dogma de fe imperante, configuraban un frente de resistencias que iban desde lo íntimo de los cuerpos hasta la plaza pública, en una rebeldía creciente que “fuera del saber” –como diría Sartre, a quien Echeverría cita– se levantan contra esa reproducción automática del dogma político dominante. Desde aquí, desde este abanico de resistencias contra la enajenación, la cosificación y la explotación, Echeverría veía la posibilidad y la necesidad de refundar la izquierda revolucionaria, pues, en su base, demostraba que seguía intacta esa actitud ética de resistencia y rebeldía contra el capital, en lo que no era otra cosa sino la reivindicación del valor de uso contra el valor de cambio y la enajenación. De esta manera, el tomar partido por el mundo de la vida es, en su visión lo que distingue hoy el ser de izquierda, por encima inclusive de la eficacia política y organizativa de dicha actitud. En este rumbo, su formación ilustrada y europea, le llevaba a proponer que la izquierda hoy, quizás sigue buscando completar la Revolución Francesa mediante la resolución del problema de la propiedad capitalista que ya entonces se planteó como el principal estorbo que impide alcanzar una fraternidad básica sin la cual, tanto la libertad como la igualdad se vuelven puras quimeras.

Pasa entonces a la segunda parte de su ensayo reconociendo que el desconcierto y la inactividad actuales de la izquierda, expresan también la descomposición del medio en el cual ésta solía actuar: los Estados nacionales modernos.

El Estado actual se ha fundido con el capital, o son lo mismo, como diría ese viejo sabio que se llama Agustín García Calvo en las recientes acampadas de Madrid.

El valor, que antes tenía su medida en el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir, hoy, dice Echeverría, es pura subjetividad económica y es el capital mismo el que se autovaloriza. Y no solo eso, sino que además concibe el poder, como el imponer a todos y todas la obediencia a sus designios.

En líneas que expresan su comprensión del paso del fordismo al postfordismo, Echeverría da cuenta de un hecho aún no  comprendido lo suficiente en nuestro medio, esto es, que: “El desconcierto y la inactividad de la izquierda, se deben a su fidelidad al mundo de la política del Estado nacional moderno, a su incapacidad de reconocer y asumir el hecho de la descomposición de ese mundo.”

En otras palabras, diecisiete años después del derrumbe del muro de Berlín, Echeverría llegaba también a la conclusión de que el capital había mutado en gran medida gracias a las nuevas tecnologías y los nuevos horizontes abiertos por la ciencia. Que esta mutación, había roto los viejos estados nacionales y las viejas formas del internacionalismo proletario, entre otras representaciones. Que este cambio, no ha significado una superación de las contradicciones básicas del capitalismo, pero sí, y esto es lo fundamental, había cambiado las condiciones y las características del sujeto revolucionario, aunque todavía no a una izquierda nostálgica de sus tradiciones admirables. Todo esto llevó a pensar a Echeverría que ya no se puede reconstruir o refundar la izquierda en la forma de los viejos y heroicos partidos de matriz bolchevique y que, era necesario imaginar otras formas acordes a las presencias anticapitalistas que convulsionan la actual sociedad mundializada.

Así llegamos a la tercera y última parte de su reflexión. A un punto en el cual, quizás pueda ser considerado como su testamento político, en tanto y como una muestra de amor a los suyos, pensó en la situación de nuestras izquierdas latinoamericanas al inicio del siglo XXI.

Dijo que nos hemos destacado por rebasar los límites de la política establecida y, a partir de esa libertad que nos habríamos tomado, reclamó la necesidad de denunciar en el poder que hemos combatido y seguimos combatiendo, sus pretensiones no solo de dominio, sino racistas, en el sentido de que los Estados de la región han propuesto además del dogma capitalista, una blanquitud identitaria y civilizatoria del desarrollo. Dijo, por tanto, que era necesario denunciar esa relación en lo que tiene de etnocida y de norteamericanizante, a fin de descubrir las cualidades otras de los pueblos no blancos, no en el sentido racial, sino en el cultural capitalista que tiene lo blanco como paradigma del ethos capitalista en su modalidad realista o protestantecalvinista.

En tal sentido, Echeverría denunció que los Estados capitalistas nacionales de América Latina aún contemplan como meta implícita la “solución final de la cuestión indígena”, o “negra” o “mestiza”, que, como se podrá entender, conlleva la propuesta del exterminio de los “grupos problema”. La lucha contra este racismo sería, según nuestro autor, parte del programa de reconstitución de nuestras izquierdas, en sus esfuerzos por hacer estallar no solo la blanquitud del dominio sino el dominio mismo.

Como ya lo vimos en los comentarios a sus anteriores ensayos sobre la izquierda, Echeverría llega también aquí a un punto del análisis más allá del cual, la sombra del tiempo al cual perteneció y la sombra de esa izquierda que históricamente le condicionó, limitan su visión por esa inexorable ley de la vida.

Antonio Negri, a quien he citado aquí para crear cierto contrapunto que nos permita comprender la articulación de nuestro pensador con la problemática de este tiempo, y a la vez comprender dicho límite, no solamente que ha explicado lo esencial de los cambios en el orden capitalista sino que propuso la audaz hipótesis de que un nuevo sujeto histórico estaba en curso:

Negri nos habló del obrero social, o multitud, que en las condiciones del capitalismo cognitivo trae en sí el poder constituyente encargado de inventar el comunismo y disolver, por lo que se ve, revolucionariamente, las contradicciones del capital.

Negri, al encontrarse en España el mes pasado, pudo ver y participar en las acampadas de Madrid, y constatar que la nueva izquierda no solo que surge potente sino diferente, proponiendo nuevos programas y trayendo consigo nuevas formas organizativas y de comunicación. Por ejemplo, él dijo:
“Que, en una democracia real el poder sea interacción –lo que implica la disolución de toda autonomía de lo político– constituye la clave del lenguaje del movimiento. A esto se añade la crítica de la constitución democrática y los tres poderes (legislativo, ejecutivo, judicial), porque ya no se corresponden con las funciones para las que fueron constituidos. La dimensión pública del Estado, cuando no es atravesada por la participación de los ciudadanos, ya no puede ser considerada legítima. En las formas en las que existe, lo público es simplemente una superestructura del sector privado. Por lo tanto, se requiere un nuevo poder constituyente para la construcción del común. ¿Se puede decir más claramente que el movimiento de los indignados es un movimiento radicalmente constituyente?”
De todos modos, los ensayos políticos de Bolívar Echeverría también nos han conducido a estas nuevas circunstancias en las cuales se desarrollan hoy las luchas anticapitalistas. Él fue un teórico que luego de pensar rigurosamente todas las implicaciones y consecuencias de lo que analizaba, llegó a la conclusión de que la idea de la revolución y la perspectiva socialista siguen siendo lo más avanzado de la modernidad y, quizás, la única puerta para no despeñarnos hacia la barbarie y el desastre ecológico.

Sus análisis políticos muestran su incesante pensar la totalidad del mundo y su deseo por crear una visión de conjunto humanista y ética radicales, que llaman a vivir y resistir, y a seguir buscando un mundo libertario, igualitario y solidario, mediante la insistencia del pensamiento y la acción socialistas revolucionarias.

Dicho de otro modo: a ser de izquierda, hoy y siempre.

El presente texto corresponde a la intervención de Oswaldo Páez Barrera en la presentación del libro: Bolívar Echeverría. Ensayos políticos (Ed. Ministerio de Coordinación de la Política y Gobiernos Autónomos Descentralizados. Quito, 2011.) Museo de Arte Moderno de Cuenca, 17 de junio de 2011.

Oswaldo Páez Barrera. Escribe, realiza crítica de arte independiente, pinta, dibuja y, ejerce la arquitectura y la docencia universitaria. Doctor (PhD) –Sobresaliente Cum Laude– por la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC)  2010. Obtuvo también su título de Màster en Història. Art, Arquitectura, Ciutat en la misma universidad. Su tesis doctoral está publicada por la UPC. Ha publicado varios libros, ensayos y artículos.