26/6/12

La enseñanza de la catástrofe y la iluminación infantil / Los guiones de Walter Benjamin para la radio alemana: 'Aufklärung für Kinder'

Helena Okón

Desde temprana edad me quedó claro que la historia se compone de desastres consecutivos. Las anécdotas felices son material pobre para la historia de la humanidad. Los cumpleaños y las comidas familiares se olvidan con facilidad; la evidencia de esas interacciones cotidianas, encapsuladas en fotos anodinas, aburre. En cambio, los desastres se quedan fijos en la memoria: las muertes, los suicidios, las largas enfermedades, esas nadie las olvida. Más allá de la catástrofe privada, invaden los desastres públicos a nuestra historia personal: a mi abuela le tocó la Gran Depresión, a mis tíos la Segunda Guerra Mundial, mi madre protestó la Guerra de Vietnam, a mi padre el 68. ¿A nosotros qué nos tocó?

Cuando al desastre público se une la ventaja del testimonio—“yo lo vi”, “mi abuelo lo miró suceder” —entonces el recuerdo se convierte en signo de identidad. La catástrofe marca así, a las generaciones. Yo pertenezco a la generación de la gran crisis económica mexicana. Nací en una de ellas (con cuidado mi madre apuntó en su diario el escalofriante tipo de cambio del día en que nací), y crecí a la par de ellas. Suponiendo que las catástrofes de la época marcan nuestra identidad, resultaría entonces fundamental proporcionar a los miembros de la sociedad, desde niños, una educación sobre la catástrofe.

Hace falta un aleccionamiento a la infancia para que aprenda a no temer a los micro-fines del mundo que son los desastres, y al contrario, aprendan a hacerlos suyos y convertirse en testigos. Eso me imagino que intentaba Walter Benjamin cuando entre 1929 y 1932 escribió y presentó unos treinta guiones para la radio alemana. La temática principal era explicar a la juventud alemana la historia de varias catástrofes clásicas, desde temblores e inundaciones devastadoras, hasta catástrofes de naturaleza más animal, como fraudes y engaños. Cada programa duraba veinte minutos, y su público eran niños de entre 7 y 14 años de edad. Depositados en París por su autor mientras huía de los nazis, luego perdidos, después recuperados, estos guiones de radio se conocen como Aufklärung für Kinder, lo que significa “Educación para Niños”.

Oiga los guiones leídos en alemán por Harald Wiesner 
Hören Sie sich die Skripte in deutscher Sprache von Harald Wiesner lesen
En ese aleccionamiento imaginario de la catástrofe, tendría que resaltarse que uno de los aspectos más sorprendentes del desastre es su capacidad para congelar en la memoria los detalles más ínfimos. Todos sabemos exactamente qué estábamos haciendo en el instante en que un par de aviones se incrustaron en dos célebres edificios de Manhattan en 2001. Una mujer de ochenta años podría fácilmente recordar la lista del mercado que escribió el día en que mataron a Madero. Un señor de sesenta podría asegurar, que la corbata que usaba el hombre que lo ayudó a desenterrar víctimas en el temblor de 85, era roja. La catástrofe detiene, súbitamente, el escurrir del tiempo. Una función paralela de la adrenalina es la de inyectar nitidez a los recuerdos.

Pocos desastres han quedado congelados tan perfectamente como la destrucción de Pompeya el 24 de agosto del año 79. Benjamin narra este cataclismo natural describiendo cómo “las cenizas se anidaron en los dobleces de la ropa, las curvas de las orejas, entre los dedos, trozos de cabello y labios”, para recrear las figuras inauditas que se han rescatado de entre la ceniza del Vesubio. Estos cuerpos humanos congelados en el instante preciso de la muerte, “improntas fieles de los individuos, algunos de ellos caídos mientras corrían o luchaban contra la muerte, otros esperando tranquilamente su fin”, fueron descubiertos en lo hondo de la misma ceniza que preservó sus trágicas siluetas por siglos. Entre 10,000 y 25,000 personas murieron en Pompeya. Sus siluetas recuperadas son testimonio clave del instante mismo de la catástrofe: un hombre se protege con las manos la cara, otro cae contra unas escaleras, una familia se reúne para morir, dos mujeres se abrazan, un perro guardián se contorsiona. El instante mismo del fin del mundo se lee en sus poses. Siglos después, exhibidos en las vitrinas de un museo, los cuerpos de los pompeyanos parecen nadar en peceras gigantes.

Los dos temas principales explorados en los guiones de radio de Benjamin, el desastre natural y el humano, se relacionan mucho más de lo que en principio imaginamos. Toda catástrofe natural se convierte rápidamente en desastre humano; basta pensar en las escalofriantes historias de vandalismo y violencia que surgieron de Nueva Orleans después del huracán Katrina. La relación entre el desastre natural y el humano queda expuesta por Benjamin al describir un graffiti encontrado en Pompeya: “entre los cientos de inscripciones, hay una que tenemos razones para creer que pudo ser la última, escrito con la mano de un judío o un cristiano versado en el tema, quien escribió en la pared al ver el fuego amenazando a la ciudad: Sodoma y Gomorra. Tal es la última y desconcertante inscripción mural de Pompeya”. Ante la incomprensión de la catástrofe, ante la carencia de una educación en torno a ella, los humanos tendemos siempre a creerla acto divino de escarmiento.

La educación para la catástrofe que Benjamin llevó a cabo, explicó el sufrimiento y el cataclismo del desastre a una población infantil, que en diez años estarían viviendo su propio fin del mundo. Más de un niño que escuchó la voz en la radio hablar sobre la destrucción de Pompeya, se volvió torturador o víctima durante la guerra que estaba por llegar. La importancia de explicar al sector más “inocente” de la humanidad los más grandes episodios de crueldad y destrucción me parece fundamental. Se trata de un entrenamiento básico para la vida. Uno debe entender, desde temprana edad, que el fin del mundo está siempre cerca, tanto que a veces no nos damos cuenta que estamos viviéndolo diario, lentamente. Uno debe aprender a mirarlo.
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