27/6/12

La democracia como emancipación en Jacques Rancière

La sombra de Jacques Rancière 
 Maurice Matieu
Especial para Gramscimanía
Luis Roca Jusmet

“Proletarios” significa, ante todo, aquel que no tiene parte, aquellos que viven sin más, y políticamente define aquellos que no son tal solo seres vivos que producen sino sujetos capaces de discutir y de decidir acerca de los asuntos de la comunidad. Así, representar la “parte de los sin parte” quiere decir precisamente vincular la cuestión del estatuto de una u otra categoría a la cuestión más general del poder de cualquiera. El corazón de la subjetividad histórica proletaria fue precisamente la capacidad, no de representar la potencia colectiva, productiva, obrera, sino la de representar la capacidad de cualquiera, la capacidad justamente, en tanto que excluido.”: Jacques Rancière

Introducción

Entrevista con Jacques Rancière
Jacques Rancière es un pensador francés nacido en 1940 y que actualmente es profesor de la Universidad de París XII y ha publicado libros muy interesantes dedicados a la estética, al cine y a la política. Forma parte ( con Alain Badiou i Etiénne Balibar ) de la troika de los que fueron discípulos de Althusser, ajustaron cuentas con su maestro y acabaron superándolo con un elaborado trabajo crítico en la tradición de la izquierda radical. Rancière llega a la conclusión, después de mayo del 68, que Althusser, con su dicotomía ciencia/ideología y su teoría del partido como vanguardia del movimiento obrero lo que está haciendo es formular una nueva ideología del orden.



Lo que Jacques Rancière defiende básicamente es la emancipación intelectual de los trabajadores en base a su capacidad política. En su libro El maestro ignorante, se inspira en un curioso profesor del S.XVIII llamado Joseph Jacotot, que después de una experiencia inesperada llega a la conclusión que cualquier ser humano tiene la capacidad suficiente para entender y aprender una explicación clara. El Maestro tiene la función de dominar con su voluntad la inteligencia del alumno y esto no es otra cosa que animarlo a desarrollar su propia inteligencia para aplicarla a lo que quiere conocer. No es entonces el dominio de una inteligencia sobre otra, ya que esto sería manipular, como sucede en el diálogo socrático, donde el Maestro siempre lleva al interlocutor al lugar que le interesa. Lo que reivindica Rancière es la igualdad de las inteligencias, que lo único que necesitan es voluntad y atención. Y no como resultado de unas prácticas pedagógicas sino como punto de partida. La emancipación de la inteligencia es la única que puede garantizar que la población trabajadora, ilustrada o no, sea capaz de emanciparse políticamente.

Sobre la base de un análisis científico de carácter multidisciplinar sobre lo que es la sociedad capitalista A partir de aquí Marx opina políticamente sobre lo que debe hacer la población trabajadora para emanciparse y crear una sociedad más justa y más libre. Y es una verdadera opinión política que puede entender cualquiera que piense con la razón común. Y porque el pueblo tienen suficiente capacidad como para entender que está explotado sin recurrir a las ciencias sociales.

Rancière no cuestiona el valor de la ciencia pero sí que pretenda concluir en una dictadura de los expertos o un dirigismo de las supuestas vanguardias que conducen al silencio del pueblo. Porque al lado de la ciencia está la opinión, que es la que debe considerarse en política.
La teoría política de Rancière, que es lo mismo que su teoria de la democracia como emancipación se establece en el libro El desacuerdo. Posteriormente se completa con El odio a la democracia, las entrevistas de Tiempo de Igualdad y la recopilación de artículos en Momentos políticos. 

Lógica política contra lógica policial

La democracia, para Rancière, tiene un significado revolucionario claro y preciso que remite a la acción de los excluidos, a la lucha de los “sin parte”. Esta idea, que es muy radical, implica que política y democracia son lo mismo, ya que constituyen el único espacio posible de lo común, de lo público. Es la lógica de la igualdad, la manifestación de la emancipación de todos los humanos. Por esto la democracia es siempre un escándalo para las diversas élites, ya que lo que propone es que puede gobernar cualquiera.

Históricamente la democracia nace en Grecia como la ley de la suerte, la del azar, que es la que funcionaba en Atenas para elegir a los gobernantes. Fue la lucha de los pobres contra los ricos, la defensa del principio igualitario contra la desigualdad existente. Es el desacuerdo, que no es ni ignorancia ni malentendido sino un litigio por la palabra “sociedad “en la medida que los excluidos no están de acuerdo con aceptar una noción que les niega su parte. Es el desacuerdo con una parte ( los grupos sociales que tienen una posición de poder) que hablan como el Todo ( la sociedad).

La comunidad política es el nombre de este movimiento democrático, antagónico con cualquier orden social, ya éste no es otra cosa que la ley de la distribución de los espacios y de los cuerpos. Implica la ruptura de este orden y la aparición de un sujeto político diferente, que no se identifica ni con una clase ni con una etnia y que llamaremos “el pueblo”. Es un suplemento porque está fuera siempre de la contabilidad de las instituciones. La política no es una relación de poder sino una modalidad específica de acción colectiva que topa necesariamente con el poder establecido y crea un nuevo espacio, abre otro mundo, otra realidad.( Demos ateniense, Revolución francesa...)

En la sociedad moderna es la palabra proletario la que designa a los “sin parte”. Esta es la respuesta que da Rancière a la ambigüedad del término tal como lo fórmula Marx, que por una parte significa los excluidos y por otra se identifica con una clase específica que es la clase obrera.

La lógica del Estado y de las instituciones es denominada por Rancière la lógica policial porque es el de la normalización que garantiza la permanencia y reproducción de un orden jerárquico. Damos a esta palabra un sentido muy amplio, en buena parte inspirado en la sociedad disciplinaria de Foucault

El Estado impone siempre la lógica de la despolitización y la democracia es la lucha, contra la tendencia a la privatización, por parte de las instituciones, de lo público.

La lógica policial, reconoce Rancière, aunque nunca puede dejar de ser lo que es, pero presenta matices importantes. Puede ser mejor o peor en relación con la manera como distribuye los bienes, con las maneras amables o violentas.

 Las sociedades autoproclamadas democráticas son en realidad oligarquías con forma representativa

Las sociedades que hoy se autoproclaman democracias son en realidad un sistema representativo de carácter oligárquico. Porque un gobierno representativo democrático supone mandatos electorales cortos, que no sean ni acumulables, ni renovables, siempre incompatibles con otros cargos públicos o con intereses privados. La práctica actual lleva a un gobierno elegido, representativo pero oligárquico, que acapara la cosa pública a través de una alianza con la oligarquía económica .

Esta oligarquía estatal considera que el axioma básico e incuestionable es que el movimiento capitalista globalizador responde a la necesidad histórica de la modernización y que cualquier duda al respecto es una postura arcaica. Lo que este sistema implica es que la sociedad no es democrática y por tanto el pueblo queda excluida la política, lo cual produce un malestar que tiene diferentes síntomas que van desde el apoyo a los grupos populistas de extrema derecha hasta los integrismos religiosos, pasando por los movimientos nacionalistas..Ahora bien, Rancière tampoco está de acuerdo en caracterizar estas supuestas democracias como un estado de excepción, como un campo de concentración encubierto, en el sentido formulado por Giorgio Agamben. Hay que reconocer que este gobierno representativo al ser elegido y renovable marca unos límites a las élites dominantes y a la corrupción administrativo. También la existencia de libertades individuales y políticas, son una ventaja para la democracia.

Pero sí podemos llamar a estos gobiernos postdemocráticos en el sentido que quieren eliminar la política ( y por lo tanto la democracia) del escenario público. La postdemocracia se basa en el consenso y supone la desaparición de la política por la vía de identificarlo con lo gubernamental a través de lo jurídico. La práctica gubernamental y los dispositivos institucionales, que responden a la lógica policial, se atribuyen lo político, Todo se ve, todos tienen su lugar y cualquier desacuerdo se convierte en un problema con solución jurídica. No hay restos ni fisuras, todos es lo Uno, todo es lo Mismo en una comunidad idéntica a sí misma.

Otro aspecto básico de esta postdemocracia es que surge de la mezcla entre lo científico y lo mediático. Lo científico se opone a tavés del dominio de los expertos y de sus evaluaciones y lo mediático a través de las encuestas. Pueblo y población se identifican y se manifiestan a través de la llamada opinión pública.

Pero paradójicamente la política en sentido fuerte se postula por otro lado como imposible. Porque el Estado y lo jurídico están subordinados a lo económico, son sus agentes y solo pueden gestionar lo que ésta establece como real.

Paralelamente a esta postdemocracia Rancière constata la aparición de lo que él llama el odio a la democracia, cuyos portavoces son precisamente antiguos izquierdas conversos al neoliberalismo. Este odio a la democracia es muy antiguo en nuestra tradición: nace con la filosofía política de Platón, pero adquiere hoy nuevas formas. Las formas modernas tradicionales de este odio venían de la derecha, al considerar que solo una élite puede gobernar, fuera esta minoría determinada por la propiedad, la filiación o la competencia. Pero también venían de la izquierda comunista, que cuestionaba la democracia al considerarla una forma de gobierno burguesa. Ahora le toca el turno a la derecha liberal, que por una parte denuncia los excesos democráticos y al mismo tiempo utiliza la democracia como justificación de sus ataques imperialistas ( Irak). Es decir, que la democracia se presenta al mismo tiempo como una defensa contra los peligros externos para la civilización y al mismo tiempo como un peligro interno para la misma. ¿ Como resuelven esta contradicción ? Pues defendiendo las instituciones y criticando las costumbres democráticos. La democracia, dicen, ha creado un reino de individuos consumidores sin límites que no tienen sentido del bien común y solo defiende sus intereses particulares. Lo que olvidan estos ideólogos, formados en el marxismo y resentidos contra sus expectativas pasadas, es que la causa de lo que critican es el capitalismo y no la democracia. Y que la democracia ni el reino de los individuos ni el de las masas, es simplemente el reino de la igualdad donde se les reconoce a todos su capacidad política.

Rancière no nos plantea una alternativa global, sino un conjunto de reflexiones teóricas y prácticas para la renovación de la izquierda.

Una propuesta de Rancière es invertir los términos de lo que se ha hecho desde Marx, que es criticar los derechos humanos como una ideología que oculta las profundas desigualdades del sistema. No se trata de denunciar esta mentira, dice Rancière, sino de defender la apariencia de igualdad como un arma para aumentar el poder de estos derechos, para hacerlos efectivos. Se trata de dar cuerpo a esta apariencia de igualdad, de darle una consistencia en lo real.

La democracia no es una forma de gobierno y aunque la república sería la forma más favorable, la relación entre ambas es paradójica, ya que toda institución lucha por suprimir este exceso democrático que es dar la palabra, el poder a cualquiera. Democracia no es lo mismo que gobierno representativo aunque éste la pueda favorecer.

El odio a la democracia adquiere hoy nuevas formas. Las formas tradicionales de este odio venían o bien de la derecha ( que solo un grupo puede gobernar, esté determinado, la propiedad, la filiación o la competencia) o bien de la izquierda ( la democracia es una forma de gobierno burguesa). Ahora es la derecha liberal la que por una parte denuncia los excesos democráticos y al mismo tiempo utiliza la democracia como justificación de sus ataques imperialistas (Irak). Es decir, que la democracia es al mismo tiempo una defensa contra los peligros externos para la civilización y al mismo tiempo un peligro interno para la misma. ¿ Como resuelve esta contradicción ? Pues defendiendo las instituciones y criticando las costumbres democráticos. La democracia, dicen, ha creado un reino de individuos consumidores sin límites que no tienen sentido del bien común y solo defiende sus intereses particulares. Lo que olvidan estos ideólogos, formados en el marxismo y resentidos contra sus expectativas pasadas, es que la causa de lo que critican es el capitalismo y no la democracia. Todos los movimientos reivindicativos son tachados de corporativos y egoístas porque defiende intereses particulares contra el interés general.

Por otra parte, nos dice, hay que apuntalar los movimientos de resistencia a la lógica policial. Los movimientos reivindicativos son tachados de corporativos y egoístas tanto por la postdemocracia como por estas nuevas corrientes de odio a la democracia porque se supone que defienden intereses particulares contra el interés general. A estos movimientos defensivos, de resistencia frente al Estado y el Capital hay que darles un carácter universal, continua Rancière, a partir de sus demandas específicas. Solo así serán política, es decir, el suplemento que confronta el pueblo con lo institucional, que no es otra cosa que lo policial.

Lo que también plantea Rancière es la necesidad de una organización política que de alguna manera sea la memoria de estas luchas y les de una perspectiva global, aunque él mismo reconoce que no es capaz de dar una orientación de cómo debe ser y actuar.

Las reflexiones de Rancière son por supuesto bienvenidas porque el gran problema de la izquierda es su oscilación entre el dogmatismo y el oportunismo en un marco de desorientación global. Son por lo tanto necesarias nuevas ideas y propuestas que sean capaces de orientar y renovar la izquierda real. Volver sobre el sentido de la palabra “democracia” cuando ha perdido todo su potencial transformador es, por ejemplo, fundamental. Y también lo es reivindicar una política que no sea la de los políticos y las instituciones. Pero es importante que seamos capaces de una lectura crítica y reposada de lo que va apareciendo como interesante y no nos dejemos llevar por la fascinación de lo nuevo, de la moda. Por esto es también imprescindible que después de cada lectura seamos capaces de situar cada nueva propuesta en su justo lugar, sin dejarnos encandilar por retóricas sugerentes. También vale la pena contrastar y cruzar diferentes propuestas para ser capaces de generar ideas interesantes

Jacques Rancière plantea una polarización muy radical entre la lógica igualitaria y la lógica policíaca. Pero esto reduce la política a un movimiento reivindicativo y no a una posible acción de gobierno.

Posteriormente el mismo Zizek, en A propósito de Lenin formula una crítica que vale la pena retomar.

Pienso que esta es la cuestión fundamental, que aún siendo extraordinariamente compleja y difícil no puede obviarse. La izquierda ha de asumir responsabilidades y desde ella ha de ir transformando las instituciones. No puede quedarse solo en el ámbito de la crítica y la movilización. Como articular la movilización y el gobierno es, por supuesto el problema pero no puede obviarse. Y digo gobierno y no gestión porque lo primero supone hacerlo en función de ideas políticas y no simplemente en función de lo que se decide en la esfera económica. No aceptar lo imposible de la política en las instituciones supone cuestionar el axioma de Rancière de que la democracia siempre está fuera de ellas.

Creo que lo que sí es importante recoger de Rancière son otras dos ideas, Una que no se trata solo de denunciar el falso igualitarismo del discurso políticamente correcta de los derechos humanos y la democracia sino recoger estos conceptos en lo que tienen de real, para cuestionar lo real de las desigualdades. La otra es entender la igualdad no como un objetivo sino como un punto de partida: hay que potenciar las posibilidades de cualquiera, de todos desarrollando el potencial de acción que hay en las personas y en los grupos de la sociedad civil.

Si hablamos de una igualdad política como la que defiende Rancière ¿a que nos conduce a la práctica en cuanto a sistema de gobierno y no de elección? ¿Implica esto también una igualdad económica? Y si es así ¿En qué términos?

El debate por supuesto sigue abierto y como decía anteriormente es fundamental que sigamos opinando y que nadie se atribuya el estatuto de lo científico en esta discusión. La razón común y crítica es suficiente para participar.
 Acabo con esta sintética y densa definición de Rancière sobre la emancipación: 

Digamos, en primer lugar, que para mí el concepto esencial es el de emancipación. He intentado repensar las nociones de política y de democracia a partir del mismo, pero es sobre todo este concepto el que ha sido decisivo para mí, porque implicaba un cuestionamiento de algunas oposiciones que delimitan habitualmente el lugar de la política (lo político contra lo social, o lo privado contra lo público). Ha determinado mi distancia en relación con cierta visión arendtiana que contrapone la excelencia del ejercicio político y la libertad a las formas de superposición de la necesidad social. Sabemos cuál es el papel que los pensadores de derecha le han hecho jugar entre nosotros para estigmatizar a los movimientos sociales.

La emancipación es la refutación en acto de este reparto a priori de las formas de vida. Es el movimiento por el cual los y las que se situaban en el mundo privado se afirman capaces de una mirada, de una palabra y de un pensamiento públicos. Lo cual puede comenzar con aquellos nueve honestos trabajadores evocados por E.P. Thompson, que una tarde de marzo de 1792 se reunieron en una taberna londinense y fundaron allí una sociedad con un número ilimitado de miembros para afirmar el derecho de todos a elegir a los miembros del Parlamento. Lo cual comienza también cuando los obreros que están en conflicto con sus patrones, en el París de los años 1830, utilizan su huelga no sólo como medio de presión de un grupo de individuos sobre un individuo particular sino como acción pública de obreros en tanto tales obreros; o cuando Rosa Parks, en Montgomery en 1955, convirtió un acto privado -sentarse en una plaza libre [de autobús, N. del T.]- en una manifestación pública -suprimir por su cuenta el reparto de asientos en función del color de la piel. El corazón de la emancipación consiste en declararse capaz de aquello por lo que una determinada distribución de sitios te niega la capacidad, de declararse capaz como representante cualquiera de todos aquellos cuya capacidad es negada de manera similar. La emancipación funda una idea del universal político no ya como aplicación de la ley común a los individuos sino como proceso de desidentificación, es decir, de salida por fractura de un determinado estatus sensible, de un lugar concreto en el orden de lo visible y de lo decible, en la distribución de los lugares y de los tiempos. Es a partir de esta desidentificación que he repensado la democracia como el poder de los sin-parte, es decir, de aquellos que no representan a ningún grupo, función o competencia particulares.»