21/6/12

Cuando Noam Chomsky lloró

Noam Chomsky ✆ Gatoechado
Fred Branfman

Hace cuarenta y dos años tuve una experiencia poco usual. Me hice amigo de un hombre llamado Noam Chomsky. Llegué a conocerlo como ser humano antes de darme cuenta completamente de su fama y del impacto de su obra. Desde entonces he pensado a menudo en esa experiencia, por la visión que me dio de su personalidad y, lo que es más importante, por los profundos problemas que afligen actualmente a nuestra nación y al mundo. En mi caso, su principal contribución ha sido su enfoque sobre cómo tratan los dirigentes de EE.UU. a una gran parte de la población del mundo como “no-gente” explotándola económicamente o iniciando guerras que han asesinado, han mutilado y han dejado sin techo a más de 20 millones de personas desde el final de la Segunda Guerra Mundial (más de 5 millones en Iraq y 16 millones en Indochina, según estadísticas oficiales del gobierno de EE.UU.).

Nuestra amistad se forjó por nuestra preocupación por la “no-gente” cuando visitó Laos en febrero de 1970. Yo había estado viviendo en una aldea laosiana en las afueras de la capital, Vientiane, durante tres años y hablaba laosiano. Pero cinco meses antes me había conmocionado hasta la médula cuando entrevisté a los primeros refugiados laosianos llevados a Vientiane desde la Llanura de los Jarros en el norte de Laos, que había sido controlada por el Pathet Lao comunista desde 1964. Descubrí horrorizado que los dirigentes del poder ejecutivo de EE.UU. habían estado bombardeando clandestinamente a esos pacíficos aldeanos durante cinco años y medio, forzando a decenas de miles a refugiarse bajo tierra y en cavernas, donde se vieron obligados a vivir como animales.

Me habían hablado de innumerables abuelas abrasadas vivas por el napalm, innumerables niños enterrados vivos por bombas de 250 kilos, padres despedazados por bombas antipersonas. Percibí la metralla de aquellas bombas que aún quedaba en los cuerpos de los refugiados que tuvieron la suerte escapar, entrevisté a personas cegadas por las bombas, vi heridas de napalm en los cuerpos de los niños. También me contaron que los bombardeos estadounidenses de la Llanura de los Jarros había convertido en un páramo una civilización de unos 700 años de 200.000 personas, y que sus principales víctimas fueron ancianos, padres y niños que tuvieron que permanecer cerca de las aldeas, no los soldados comunistas que podían moverse por los densos bosques y eran difícilmente detectables desde las alturas. Y también descubrí enseguida que los dirigentes del poder ejecutivo de EE.UU. habían perpetrado esos bombardeos unilateralmente sin informar siquiera, por no hablar de obtener el consenso, al Congreso o al pueblo estadounidense. Y me di cuenta de que esos refugiados devastados de la Llanura de los Jarros eran los afortunados. Habían sobrevivido a los bombardeos estadounidenses –que no solo continuaban sino aumentaban– al contrario de otros cientos de miles de laosianos inocentes. Crecí creyendo en los valores estadounidenses, pero ese bombardeo de civiles inocentes violaba cada uno de ellos. Al mirar a los dirigentes del poder ejecutivo de EE.UU. desde la perspectiva de un campo de refugiados laosianos, aprendí en pocas semanas que eran enemigos de la decencia humana, de la democracia, de los derechos humanos y del derecho internacional en el exterior, y que en este mundo real el poder daba derechos y el crimen rendía frutos. Por mucho que uno creyera que EE.UU. era una “nación de leyes, no de hombres”, era evidentemente una nación de hombres crueles, brutales y desaforados en Laos.

Sin ninguna decisión consciente por mi parte, me comprometí inmediatamente a hacer todo lo posible por detener ese inimaginable horror. Como judío inmerso en el Holocausto, me sentí como si hubiera descubierto la verdad de Auschwitz y Buchenwald mientras la matanza continuaba. Pronto me vi trabajando sin descanso para llevar a todas las personas que pude -incluidos periodistas como Bernard Kalb de CBS, Ted Koppel de ABC, Flora Lewis del New York Times– a los campamentos con la esperanza de que informaran de los bombardeos para denunciarlos ante el mundo.

Un día oí que tres activistas contra la guerra –Doug Dowd, Richard Fernandez y Noam Chomsky– pasaban una noches en el Hotel Lane Xang, en Vientiane, antes de tomar el avión de la Comisión Internacional de Control (ICC) para una visita de una semana a Hanoi. (La única manera de ir a Hanoi entonces era a través de Phnom Penh.) Llamé a una de sus habitaciones, me presenté, y Noam fue a cenar el día siguiente a la aldea en la yo vivía, con la intención de partir a Hanoi el día siguiente.

Pasé la mayor parte de los años sesenta en Medio Oriente, Tanzania y Laos y sabía relativamente poco de Doug, Dick o Noam, aunque sabía que Noam era un lingüista famoso y había escrito bastante sobre la guerra de Indochina. Mi idea en ese momento era informarlos de la gravedad de los bombardeos, con la esperanza de que pudieran hacer algo al respecto.

Personalmente, Noam me gustó de inmediato. Era cortés pero apasionado –compartíamos esta última característica– y evidentemente compasivo. Uno de los motivos por los que los bombardeos me habían horrorizado tanto era que llegué a conocer a los laosianos como personas al vivir en la aldea durante los tres años anteriores, en particular a un anciano de 70 años llamado Paw Thou Douang, a quien llegué a querer como a un segundo padre. Era amable, sabio, apacible, y lo respetaba tanto como a cualquiera que hubiera conocido. Me impresionó sobre todo la calidez con la que Noam se relacionó con Paw Thou durante la cena con él y su familia. Claramente sintió de inmediato una afinidad con ellos que no había visto en muchos otros visitantes que había llevado a la aldea. También mostró una curiosidad concentrada en los detalles de lo que estaba sucediendo en Laos, a la cual me encantó responder.

Al día siguiente los tres visitantes descubrieron novedades inquietantes: el vuelo de la ICC a Hanoi se había anulado y el vuelo siguiente tardaría una semana. Los tres tenían sus agendas llenas y comenzaron a hacer planes para volver a casa en esa semana. Sin embargo sugerí a Noam que tal vez le gustaría quedarse. Dije que podía organizar entrevistas con los refugiados de los bombardeos, con funcionarios de la embajada de EE.UU. y del gabinete laosiano, con el primer ministro Souvanna Phouma, con el representante del Pathet Lao y con un antiguo guerrillero, como hice con los medios de comunicación. Desde su perspectiva era una oportunidad especial de informarse sobre la guerra secreta de EE.UU. en Laos; desde la mía, parte de mi esfuerzo por hacer que los bombardeos fueran conocidos por el mundo con la esperanza de que terminaran.

Noam estuvo de acuerdo, y creo que ambos tuvimos una de las experiencias más singulares de nuestras vidas –él, en el asiento trasero de mi motocicleta, yo, llevándolo por las calles de Vientiane, mientras él trataba de averiguar lo más posible sobre la guerra de EE.UU. en Laos, que hasta ese momento apenes se conocía en el mundo exterior. Richard Nixon un mes más en admitir por fin que EE.UU. había estado bombardeando Laos durante los seis años anteriores, aunque él y Henry Kissinger siguieron mintiendo al afirmar que los bombardeos solo afectaban a objetivos militares.

Tengo una serie de recuerdos particularmente vívidos de Noam de la semana que pasamos juntos. Uno es de cuando lo observé leyendo un periódico. Miraba una página, parecía memorizarla, y un segundo después la daba vuelta y miraba la página siguiente. En una ocasión le di a leer un libro de 500 páginas sobre la guerra de Laos cuando eran casi las 10 de la noche, a la mañana siguiente me reuní con él para desayunar antes de nuestra visita al funcionario de asuntos políticos Jim Murphy en la embajada de EE.UU. Durante la entrevista se mencionó el asunto de la cantidad de tropas norvietnamitas en Laos. La embajada afirmó que habían llegado 50.000, en circunstancias en que la evidencia mostraba claramente que no habría más de algunos miles. Casi me caigo de la silla cuando Noam citó una nota al pie que aclaraba ese punto, a varios cientos de páginas del comienzo del libro que le había dado la noche antes. Había oído antes el término “memoria fotográfica”, pero nunca la había visto en acción de manera semejante, o que fuera utilizada de un modo tan útil. (Curiosamente, Jim mostró a Noam documentos internos de la embajada que también confirmaban la cifra inferior, lo que Noam citó posteriormente en su largo capítulo sobre Laos en La Guerra de Asia.)

También me impresionó su modestia. Casi tenía aversión a hablar de sí mismo, al contrario de la mayoría de las “celebridades” periodísticas que había conocido. Tenía poco interés en charlas intrascendentes, rumores o discusiones de personalidades, y se concentraba casi enteramente en los temas en cuestión. Restaba importancia a su trabajo lingüístico, diciendo que carecía de importancia en comparación con la oposición a los asesinatos masivos que ocurrían en Indochina. No tenía ningún interés en conocer la tristemente célebre vida nocturna de Vientiane, los puntos de interés turístico o el descanso junto a la piscina. Estaba claramente motivado, un hombre con una misión. Me impresionó como un auténtico intelectual, un individuo utilizaba la cabeza. Y podía unirme a él. Yo también utilizaba la cabeza y tenía una misión.

Pero lo que más me impresionó fue lo que ocurrió cuando viajamos a un campamento que albergaba refugiados de la Llanura de los Jarros. Yo había llevado a docenas de periodistas y otras personas a los campamentos y descubrí que casi todos estaban emocionalmente distanciados de los sufrimientos de los refugiados. Fueran Bernard Kalb de CBS, Welles Hangen de NBC o Sidney Schanberg del New York Times, los periodistas escuchaban cortésmente, hacían preguntas, tomaban notas y luego volvían a sus hoteles para enviar sus artículos. Mostraban poca emoción o interés en lo que habían sufrido los aldeanos fuera de lo que necesitaban para escribir sus artículos. Nuestras conversaciones en el coche al volver a sus hoteles usualmente tenían que ver con la cena de esa noche o los asuntos del día siguiente.

Por lo tanto me sorprendió cuando, mientras traducía las preguntas de Noam y las respuestas de los refugiados, de repente le vi perder y control y empezar a llorar. No solo me impresionó que casi todas las personas a las que llevé a los campamentos estuvieran tan resguardadas de la que era, después de todo, la reacción más natural de mundo, sino el propio Noam, que me había parecido tan intelectual, tan absorto en el mundo de las ideas, palabras y conceptos y que pocas veces expresaba sus sentimientos sobre las cosas. En aquel momento de di cuenta de que estaba viendo su alma. La imagen de su llanto en ese campamento no me ha abandonado jamás.

Uno de los motivos por los que me impresionó su reacción fue que no conocía a esos laosianos. Para mí, que había vivido con ellos y amé mucho a gente como Paw Thou, era relativamente fácil comprometerme en el intento de detener los bombardeos. Pero he sentido respeto no solo ante Noam, sino ante los muchos miles de estadounidenses que pasaron tantos años tratando de detener la matanza de indochinos que no conocían en una guerra que nunca vieron.

Mientras conducíamos de vuelta del campamento ese día, se mantuvo silencioso, todavía conmovido por lo que le habían contado. Había escrito extensamente sobre la guerra de EE.UU. en su país. Pero era la primera vez que veía a sus víctimas cara a cara. Y en el silencio se forjó un lazo silencioso entre ambos que nunca hemos discutido.

Cuando pienso en mi vida siento que fui mejor persona durante aquel período de lo que he sido antes o después. Y me di cuenta de que en esos días ambos veníamos del mismo lugar: En comparación con el Calvario desmesurado de esa gente inocente, amable, bondadosa –y de tantos otros– todo lo demás parecía trivial. Una vez que uno sabía que estaba muriendo gente inocente, ¿cómo podía justificar ante sí mismo hacer otra cosa que tratar de salvar sus vidas?

Y me di cuenta en el silencio de ese viaje en auto de que fuera de la persona pública de Noam, como el intelectual de los intelectuales, que se basaba en los hechos y la razón para demostrar sus argumentos, había un ser humano con profundos sentimientos. Para Noam esos campesinos laosianos eran seres humanos con nombres, caras, sueños y con tanto derecho a sus vidas como los que los aniquilaban con indiferencia. Pero para muchos de esos periodistas visitantes, por no hablar de los estadounidenses en su país, esos aldeanos eran “no-gente” anónima cuyas vidas no tenían ningún significado.

Cuando volví a EE.UU., Noam y yo nos mantuvimos en contacto regular mientras duró la guerra. Noam me impresionó más cuando comencé a leer su obra y me di cuenta de que nadie escribía con tanto detalle, con tanta lógica y con tan profundo entendimiento, tanto sobre los horrores de la guerra como sobre el sistema que los produce. Pero lo que me impresionó todavía más respecto a él –y respecto a su amigo Howard Zinn, de la Universidad Boston– fue que iban más allá de lo escrito y de lo que decían y que realmente se arriesgaban al oponerse a ese sistema.

Noam y Howard formaban parte de mi “grupo de afinidad” durante las manifestaciones del Día del Trabajo en las que miles de personas fueron arrestadas y estuvimos en celdas contiguas en la prisión durante la acción de desobediencia civil Redress en Washington. También supe que Noam era un dirigente de Resist, un grupo que promovía la resistencia al servicio militar y al pago de impuestos para la guerra, y que habría sido procesado si no hubiera tenido lugar la Ofensiva del Tet. Había estado hablando contra la guerra desde 1963, antes de que la mayoría de nosotros hubiésemos oído hablar de ella. Y había soportado numerosas amenazas de muerte y una amplia variedad de dificultades hasta el punto de que su esposa, Carol, volvió a estudiar para desarrollar una profesión en caso que a Noam le pasara algo que le impidiera seguir manteniendo a sus tres hijos.

Cuando terminó la guerra tomé una decisión nefasta. En lugar de seguirme oponiendo al próximo conjunto de horrores que causaban los dirigentes de EE.UU., me decidí a trabajar en el interior para reemplazarlos por una nueva generación de dirigentes que se opusieran a la guerra y promovieran la justicia social. Pasé los 15 años siguientes en política interior, con Tom Hayden y la Campaña por la Democracia Económica, como funcionario a nivel de gabinete con el gobernador Jerry Brown, en el think tank del senador Gary Hart, y reorientando Rebuild America, con la asesoría de muchos de los mejores economistas y dirigentes empresariales de EE.UU.

Solo tuve contactos esporádicos con Noam durante ese período. En parte porque ahora nuestros intereses divergían. Él siguió produciendo artículos, libros y discursos denunciando y oponiéndose a la política asesina de EE.UU. en Timor Oriental, las guerras terroristas de Reagan en Centroamérica, las desastrosas políticas económicas de Clinton en Haití y otras naciones del Tercer Mundo y el bombardeo de Kosovo; y el asunto que parecía apasionarlo al máximo: el patrocinio de EE.UU. para el maltrato de los palestinos por parte de Israel. Esas preocupaciones estaban alejadas de mi enfoque en la política electoral y en temas interiores como la energía solar y el desarrollo de una estrategia económica nacional.

En retrospectiva, sin embargo, me doy cuenta de que jugaba un factor bastante inconsciente: Tendía a evitar a Noam porque me sentía inmoral por haber abandonado la tarea de intentar salvar vidas y por entrar a un sistema político comprometido y corrupto. A menudo me vi manteniendo diálogos defensivos con él en mi cerebro, tratando de justificarme, que se endurecían a medida que fracasaban los esfuerzos electorales con los que estaba asociado, y me encontraba mucho más orientado hacia mi ego que durante la guerra.

Después de más de una década estuve en Boston y llamé a Noam. Me invitó calurosamente a su casa y conversamos un rato. Finalmente le pregunté cómo se sentía respecto a mi participación en la política electoral. También mencioné que estaba en la casa de un antiguo amigo progresista que trabajaba para un banco importante y me había dicho por la mañana que no quería vera Noam porque suponía que este lo pondría por el suelo. Noam se mostró genuinamente impresionado por la historia. “¡Vaya!, estamos todos comprometidos”, dijo. “Míreme a mí. Trabajo en el MIT, que ha recibido millones del Departamento de Defensa”. Pareció verdaderamente intrigado y dolido porque mi amigo o yo pudiésemos pensar que nos denigraría por lo que estábamos haciendo.

En los últimos años me he mantenido en contacto regular con Noam, sobre todo por correo electrónico, pero también cuando estuve en su casa durante 10 días antes de asistir al servicio conmemorativo de Howard Zinn el 3 de abril de 2010. Fue un período profundamente emocional para ambos, particularmente para Noam, que tenía profundos lazos con Howard, y la visita me impresionó profundamente.

Encontré esencialmente al mismo Noam que conocí hacía 40 años. Ningún interés en charlas intranscendentes. Modestia. Indignación ante la continua negativa de los intelectuales y periodistas estadounidense a tomar posición ante los crímenes de guerra de los dirigentes de EE.UU. Grandes temas morales de nuestra época. Un tipo agradable que me ofreció recogerme de una reunión en Cambridge, o para ir a buscar algunos comestibles en el supermercado para una de nuestras comidas.

Pregunté a Noam cómo se sentía al ser rutinariamente criticado por su concentración en crímenes de los dirigentes de EE.UU. y no en los de otras naciones. Dijo que pensaba que era apropiado que lo hiciera porque era ciudadano estadounidense, y los dirigentes de EE.UU. han cometido de lejos más crímenes de guerra en el extranjero que cualesquiera otros desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Estuve de acuerdo, señalando que hay tantos destacados intelectuales públicos y periodistas que critican a dirigentes extranjeros, y tan pocos que se atreven a señalar los crímenes de guerra cometidos por los de su propio país.

Y, como 40 años antes, me impresionó sobre todo su incansable trabajo. Pasaba casi todo su tiempo leyendo, escribiendo, siendo entrevistado en persona o por teléfono, hablando y, en un acto de generosidad por el cual es particularmente conocido, respondiendo continuamente un torrente interminable de mensajes, a menudo hasta cinco o seis horas diarias.

Y, descubrí que sigue dando conferencias por todo el país y en todo el mundo, hasta el punto que su agenda está usualmente repleta durante años. Con 82 años mantiene un programa que abrumaría a alguien con 40 años menos.

También me impresionó su ascetismo. Cuando lo llamé por teléfono me di cuenta que tenía el mismo número de teléfono y vivía en la misma modesta casa de hacía 40 años. Usa jeans, y no tiene virtualmente interés alguno por los alimentos o posesiones materiales. Periódicamente le visitan sus amigos y familiares, pero no realiza otras actividades en su tiempo libre.

Me emocioné particularmente una noche mientras estaba sentado frente a él en la cena, impresionado como siempre por la enorme distancia entre lo que sabe Noam de la matanza de inocentes en todo el mundo por los dirigentes de EE.UU. y lo que sabe el público. Repentinamente pensé en el personaje Winston Smith del libro 1984 de Orwell, que ve poca esperanza de cambiar la sociedad y se concentra únicamente en el intento de mantenerse sano y escribir la verdad con la esperanza de que las futuras generaciones lo recuerden. Dije a Noam que para mí, en ese momento, él era Winston Smith.

Siempre recordaré su reacción.

Me miró.

Solo me miró.

Y sonrió tristemente.

Noam puede ser duro con los que apoyan el belicismo de EE.UU., pero todavía es más duro consigo mismo. En una ocasión mencioné que había preguntado a un activista político de toda la vida del que ambos habíamos sido amigos si, considerando su vida, sentía algún remordimiento. Nuestro amigo había respondido que querría haber pasado más tiempo con su familia y haber seguido algunos de sus intereses no políticos. “¿Siente algún remordimiento?” pregunté a Noam. Su respuesta me chocó. Más para sí mismo que para mí, respondió: “No hice lo suficiente”.

En otra ocasión pregunté a Noam cuánta satisfacción le causa haber escrito tantos libros, haber creado un nuevo campo lingüístico, ser tan influyente en todo el mundo. “Ninguna”, respondió sombríamente, y explicó que piensa que no había sido realmente capaz de convencer a suficiente gente para que comprendiera el verdadero trato salvaje y brutal que dan a la no-gente de todo el mundo los dirigentes de EE.UU. Se sentía frustrado, por ejemplo, porque mucha gente no comprende cómo los dirigentes de EE.UU. al matar a cientos de miles de inocentes y al destruir la base misma de la sociedad sudvietnamita, habían realmente ganado en Indochina al destruir la posibilidad de que emergiera un modelo económico y social alternativo al de EE.UU.

Una noche, cuando subía a mi dormitorio, miré al despacho de Noam. Esos días pasaba el tiempo en su casa sentado en una gran silla de escritorio frente a su ordenador y su posición me recordó sobre todo la de un monje budista meditando.

Y entonces me impactó.

Repentinamente me di cuenta: “Noam ha estado viviendo durante los últimos 40 años, como yo lo dice brevemente durante la guerra. Ha estado trabajando todo el tiempo, leyendo, escribiendo, hablando, sin desperdiciar un minuto, concentrado en el intento de detener la matanza de EE.UU., para obligar al mundo a comprender los sufrimientos de la ‘no-gente’”

Y, no me avergüenza decirlo, sentí un gran amor por él en ese momento. Y un entendimiento profundo. Hasta donde me da la memoria, desde que leí sobre “Mahatma” Gandhi, me había preguntado cuál era el verdadero significado del término “Gran Alma”. Y en ese momento terminé por comprenderlo. Si parte de ser un “Gran Alma” es reaccionar ante el sufrimiento humano de los que no tienen voz, y entregar toda su mente, su cuerpo y su alma a intentar reducirlo, finalmente había encontrado una. La tradición judía lo dice de otra manera, en la leyenda de los 36 “Hombres Justos” quienes –sin saberlo– mantienen en algún momento la vida de la humanidad. Si Noam no es uno de esos 36, me pregunté, ¿quién lo es? También me recordó a los muchos que han comparado a Noam con honrados profetas del Antiguo Testamento como Amos o Jeremías, quienes también criticaron con gran enfado a los gobernantes corruptos de sus tiempos, cuyos nombres ni siquiera recordamos.

Aunque hay gente decente que puede no estar de acuerdo con algunas de las posiciones que Noam ha adoptado en los últimos 40 años, sentí que en ese momento, en la escalera de su casa, semejantes controversias parecían irrelevantes para apreciar quién es y lo que representa. Me di cuenta de que mientras yo, como la mayoría de la gente que conozco, hemos oído los gritos de las víctimas de las guerras de EE.UU. durante las últimas décadas, Noam no ha podido olvidarlos.

Durante mi estadía con Noam lo visitó la famosa escritora india Arundhati Roy quien, como tantos no estadounidenses de todo el mundo, evidentemente sentía un inmenso respeto, admiración y amor hacia su persona. Solo comprendí lo que significaba para ella, sin embargo, cuando leí estas palabras de su capítulo “La soledad de Noam Chomsky”: “Chomsky (revela) el corazón despiadado de la maquinaria de guerra estadounidense… dispuesta a aniquilar a millones de seres humanos, civiles, soldados, mujeres, niños, aldeas, ecosistemas completos con métodos científicamente perfeccionados de brutalidad… Cuando el sol se ponga en el imperio estadounidense, como lo hará, como debe hacerlo, la obra de Noam Chomsky sobrevivirá… Como una posible ‘gook’ [nombre despectivo utilizado por los estadounidenses para los asiáticos, N. del T.] y, quién sabe, tal vez una gook en potencia, apenas pasa un día en el que no piense –por uno u otro motivo– ‘Chomsky Zindabad.’ (‘Viva Chomsky’)”.

Y descubrí que me preguntaba por qué, por qué el sufrimiento de las víctimas de los dirigentes de EE.UU. afecta tanto a Noam.

Durante la última década me he sumergido en la rama de la psicología que sostiene que la clave de gran parte de nuestra conducta es cómo ejecutamos inconscientemente traumas de nuestra temprana infancia en nuestras vidas adultas, en particular al saber que moriremos. Y descubrí que estaba tratando de comprender a Noam desde ese punto de vista.

He aprendido que nuestras vidas están impulsadas en gran parte por las defensas inconscientes que desarrollamos temprano contra el dolor emocional. Y me ha quedado claro que una clave para comprender a Noam es que, por la razón que se sea, tiene menos defensas que el resto de nosotros contra el dolor del mundo. No tiene “piel”. Está eternamente atormentado, como yo lo estaba en Laos, por el sufrimiento de la “no-gente” y trabaja todo el tiempo para tratar de reducirlo.

Y, a la inversa, cuando está con ellos se siente más vivo y el sentimiento interno estalla con más claridad a través de su persona intelectual.

Durante mi estadía con él pregunté a Noam a quién admira más en el mundo. Respondió describiendo varias visitas recientes a campesinos en áreas rurales de Colombia, que luchan por proteger las selvas húmedas contra la explotación. Noam pasó varios días escuchando y grabando sus historias de mucho dolor y mucho valor. En su visita más reciente subieron a un cerro y, dirigidos por los chamanes, realizaron una compleja ceremonia para dedicar un bosque a Carol. No lo había visto tan conmovido, vivo y emocionado desde hacía 40 años en Laos.

Recientemente recordé a Noam llorando en el campo de refugiados de Laos y de nuevo me pregunté por qué es de esa manera. ¿Qué, en su infancia o en su vida, puede haber sido la causa? Sin embargo, me fue imposible lograr mucho progreso en esa área. Porque Noam no solo protege su privacidad, sino que además no se interesa particularmente por explicaciones psicológicas o espirituales de la conducta humana. Aunque reconoce que la terapia ha sido útil para gente que conoce, considera que los intentos de explicar la conducta humana constituyen esencialmente “historias”. Cree que hay demasiadas variables involucradas en la comprensión de los seres humanos como para que el cerebro humano pueda compenetrarse realmente, por no hablar de la imposibilidad de realizar el tipo de experimentos controlados que puedan producir respuestas científicamente creíbles.

Y, uno sospecha, que Noam considera que dedicar demasiado tiempo a semejantes “historias” está fuera de lugar cuando tantos seres humanos reales sufren y la organización de movimientos masivos es la única esperanza de salvarlos.

Si suficientes de nosotros hubiéramos trabajado como Noam para tratar de forzar a los dirigentes estadounidenses a que dejaran de matar y explotar a los inocentes durante los últimos 40 años, después de todo, innumerables personas podrían haber sido salvadas, y EE.UU. y el mundo serían no solo mucho más ricos, sino más pacíficos y más justos. No se dirigirían actualmente hacia el colapso de la civilización como la conocemos por el cambio climático. Noam cree que la mayor responsabilidad de esto yace en un sistema corporativo impulsado a corto plazo que considera el cambio climático como una “externalidad”, es decir, un problema para que se preocupen otros. Pero también es obvio que el que ese hecho no sea suficiente para que el resto de nosotros, ciertamente incluyéndome a mí, reaccionemos adecuadamente ante la amenaza de la muerte de la civilización, también es una parte importante del problema.

Fred Branfman
Y así terminé por comprender que la pregunta importante no es por qué Noam reacciona de la forma en que lo hace ante los sufrimientos de los inocentes de todo el planeta.

Es por qué no lo hacemos los demás.

Los escritos de Fred Branfman se han publicado en New York Times, Washington Post, New Republic y otras publicaciones. Es autor de varios libros sobre la Guerra de Indochina.
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Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens