4/6/12

Colombia & Venezuela / Identidad, Historia y Geopolítica: Similitud en la diversidad

Julio Rafael Silva Sánchez

“Los sueños son la actividad estética más antigua”: Jorge Luis Borges, Prosa, 1975

Especial para Gramscimanía
Nuestros procesos de maduración como naciones, en los albores del Tercer Milenio, operan como un complejo de relaciones, de cualidades circulares y mutuos reforzamientos, los cuales, en el contexto de la “aldea global”, deben expresarse en un compromiso profundo por parte de ambos países para renovar los esquemas políticos, los programas de acción y las concepciones dominantes en nuestros pueblos, para acceder, sin demasiados traumas, a nuevas formas de organización de la convivencia social y del poder político. Para ello, necesitamos conocer, cada vez más perfectamente, cuáles son nuestras comunes características, nuestros puntos coincidentes de partida, y la situación de nuestros específicos modos de inserción en el proceso cultural, histórico, político y económico del orbe.

Debemos subrayar, en primer lugar que no somos (al menos en principio) el producto de un proyecto histórico anclado sobre culturas nacionales específicas, sino-por el contrario-, somos pueblos, en el extremo norte de América del Sur, entre los cuales se esfumó, al final de su decadencia, el Imperio Español. Inmediatamente después, advino la dispersión, impulsada por las pugnas menores y los celos tribales entre los caudillos vencedores de las guerras de independencia. Tal dispersión fue cultivada con insidia y embeleso por las potencias anglosajonas emergentes, en prosecución de sus intereses, aún cuando ella sigue manteniendo, en lo más hondo de nuestra conciencia popular, los rasgos esenciales de una poderosa cultura, el llamado inequívoco a formidables realidades nacionales y a la conquista de la unidad lamentablemente perdida.

Por otra parte, provenimos de rebeliones, pero no de verdaderas revoluciones, y no nos referimos necesariamente a la violencia armada y a la guerra: la ruptura fue real y sangrienta, pero no fue el producto de una edad crítica, sino, más bien, una simple discontinuidad de los nexos políticos con la corona española. Mantuvimos los hábitos profundos de sociedades premodernas (el patrimonialismo, por ejemplo) en su versión criolla, y adoptábamos una institucionalidad política aparente, ausente de nuestras propias realidades históricas y sociales, con la mirada puesta en Europa y en los Estados Unidos, “repúblicas áreas”, en la concepción de Simón Bolívar. Tomamos, así, las formas-se acata, pero no se cumple, aprendimos a decir desde hace cinco siglos-, unas formas que no son la causa, sino el resultado de la modernización europea y norteamericana. Todo esto, sin someter a críticas nuestra cultura real y nuestra institucionalidad premodernas, sin una ascesis verdaderamente democrática y republicana: sin pasión y, por tanto, sin verdadera resurrección.

Otra circunstancia a tomar en cuenta es la vecindad misma de un gigante lanzado al futuro a partir de raíces mucho más orgánicas y con un proyecto más realista: la inmensa y aplastante realidad norteamericana, circunstancia que aumenta la precariedad de nuestras vidas nacionales y la incertidumbre de nuestras pequeñas repúblicas, convertidas en el archipiélago de pequeñas inviabilidades que somos.

Somos, en cierta medida, pueblos que no han logrado integrar los valores y costumbres que hacen viable una vigorosa existencia sociohistórica. Es la pregunta por la capacidad de los pueblos para afirmarse en forma espontánea, frente a la competencia y a las afirmaciones de otras sociedades, no sólo en el ámbito político-militar, sino, sobre todo, en el área cultural y en la actividad económica, y su capacidad para entrever y perseguir metas socialmente aceptadas. Es, también, la pregunta por la vigencia de proyectos compartidos por las mayorías que se pretenden nacionales, que den sentido histórico a los esfuerzos y sacrificios-a veces muy altos-que son necesarios para mantener una existencia como naciones, más allá de la esperanza inmediata de algún provecho individual. 

Sabemos que no hay nación sin propósito nacional, por difuso e inconsciente que éste sea: circunstancia tanto más necesaria cuanto más  pobre y más pequeña es una sociedad. Sabemos también que existen importantes grupos colombianos y venezolanos en busca de ese proyecto. La incoherencia no está en la ausencia de monolitismos nacionales, siempre utópicos y, en todo, demasiado peligrosos, en la resistencia a plantear abierta y claramente el debate necesario, en la cortedad cronológica y estratégica de las  miras y en la escasa generosidad, observable en importantes sectores, para llegar a un consenso mínimo que trascienda las banderías políticas y los mezquinos intereses económicos.

Descubrimos, por otra parte, una cierta incoherencia de los valores y costumbres que hacen posible un proceso económico, histórico y social eficiente. Hace tiempo las ciencias sociales han llamado la atención sobre la importancia de la cultura en relación con el desarrollo económico, pero sorprende que algunos estrategas de la gran política y la planificación del desarrollo olviden, con tanta frecuencia, las consecuencias de estos supuestos.

Descubrimos, también, una especie de bloqueo sistemático de la estructura cultural al desarrollo de una sociedad compleja, de gran escala, industrializada y económicamente fuerte. Debe apuntarse, entonces, la ausencia (o la escasa presencia) de una ética del trabajo y de la productividad, cualquiera que sea el sistema de valores que la respalden. En algunos sectores es posible detectar ya el abandono de toda referencia moral; en otros, sobreviene una ética refractaria de tales características que el desarrollo se enfrenta a ella sin la suficiente cantidad y calidad de elementos favorables para contrarrestarla.

En nuestros países hermanos, la tradición patrimonialista y centralista, profunda, aunque secretamente arraigada, encuentra una coartada aceptable y justificadora. Reviste apariencia de modernidad y se legitima, así, un oneroso atavismo de nuestra premodernidad, con todas sus secuelas: discrecionalidad de los funcionarios, permanente estado de excepción bajo la apariencia de un precario estado de derecho, debilitamiento de las garantías económicas, inseguridad jurídica, corruptelas, venalidad de funcionarios. El perro se muerde la cola y, más temprano que tarde, el Estado es colonizado, en una atmósfera pesada, procaz y semidelictiva, cargada de secretos y complicidades, por los intereses de la actividad económica privada, al alimón con la ideología del derecho de conquista y botín, funesta herencia hispanoárabe. Se instala, así, la desconfianza y la inseguridad económica, y muere el clima propicio para un ejercicio abierto, transparente, realmente competitivo y relativamente previsible de las actividades lucrativas. Pero, en cambio, menudean los negocios fabulosos: el lujo y la ostentación atizan la envidia o la justa ira frente a las desigualdades. En la pequeña escala de los pasillos ministeriales, y en las oficinas de departamentales o municipales, las apariencias son menos grandiosas, para dar paso al clientelismo, a la ideología del botín, las corruptelas de los funcionarios, la discrecionalidad y la liquidación del estado de derecho, con citas de la constitución y de los códigos.

El Estado patrimonial y el centralismo constituyen, así, males crónicos de nuestra institucionalidad política, fardos a todo progreso, negación de la modernidad. Extirparlos de nuestros corazones y nuestras mentes es tarea urgente y primordial para la educación, para los medios de comunicación social, para los formadores de la opinión pública y para los conductores de las repúblicas.

Pertenece también al acervo de nuestra herencia cultural un poderoso individualismo, cuyos variados efectos no es necesario pormenorizar aquí totalmente: el empleado-hombre de partido en uso de su turno, o sobreviviente gubernamental de la “pseudoburocracia” estatal-no es frecuente que se conciba a sí mismo como un apóstol o un fiel servidor del pueblo, representante de los intereses de la sociedad o, al menos, funcionario neutral y eficiente, con arreglo a una racionalidad administrativa; sino el ocupante de un puesto de conquista, hombre de la mesnada ganadora, postulante inconsciente y secular a gentilhombre, con derecho al botín, sea éste en especie, en efectivo, o en privilegios estrictamente personales y, por tanto, extensibles a toda la “casa”. Escasean, por lo demás, los funcionarios hechos en la disciplina individual y de grupo, la previsión, el trabajo sistemático, el sentido de la productividad, la habilidad para procesar la información y la apertura de mente, necesarios para lograr el funcionamiento satisfactorio de una economía estatizada.

Coexisten en nuestros países demasiados contrastes, demasiado agudos y demasiado incompatibles, conjunción repentina y acelerada de grupos modernizantes, en la textura de la vieja sociedad industrial, junto con no pocos elementos del naciente mundo postindustrial, y una sociedad premoderna, pastoril, nómada y transeúnte. La lista de los rasgos podría alargarse mucho más allá del objetivo de estos acercamientos; baste mencionar alguno más: la estrecha visión espacio-temporal, anclada en “el aquí y el ahora”, y expresada, por ejemplo, en el rechazo casi sistemático a la previsión-especialmente a la de largo y muy largo plazo- y al ahorro; o en el traslado al congestionado espacio de la gran urbe, de hábitos de higiene y convivencia social propios de la vida en el bosque, en la sabana abierta o en la campiña despoblada. Se entienden, así, los hábitos en el tratamiento de la basura, de las aguas negras y de otros desperdicios, la insensibilidad a la contaminación sónica y el desperdicio del agua potable.

Existe otro elemento común de importancia al cual se le ha denominado crisis de pueblo, entendida como carencia de sustratos sociohistóricos, como dislocamiento y pérdida de referencias valorativas, tan necesarias para la configuración y el despliegue de la personalidad colectiva. Pero también crisis de pueblo como posibilidad de ese colectivo fragmentado, para dar salida a los imperativos y exigencias de los procesos sociohistóricos. De ahí, y como respuesta a la metástasis espiritual-cultural de dicho colectivo, la necesidad de asumir la patria.

La esta circunstancia trágica de unos pueblos inducidos a la desmemoria y al olvido y, en consecuencia, carentes de una conciencia de sí, el ensayista e historiador venezolano Mario Briceño-Iragorry (1990), propone la construcción de una teoría de pueblo, la cual debería partir de un sumergirse en el “hondón de la historia”, ya que para este autor “...el ser latinoamericano implica un rango histórico de calidad irrenunciable.”  Esta idea de la teoría de pueblo está sinterizada en los términos siguientes:
...la misión de un pueblo será tanto más clara cuanto más preciso sea el conocimiento que se tenga de sus peculiaridades y del fin que le está atribuido dentro de la contingencia circunstancial en que obran los elementos dinámicos intrínsecos que definen su situación en el orden de la vida pública. Al examen de estos datos, en forma metódica y constructiva, llamo yo teoría de un pueblo.
Duras realidades e inmensas posibilidades de nuestros países hermanos. Autocrítica obligada y dolorosa a la cual no nos negamos y desde donde es preciso lanzar el proyecto del futuro, particularizando el problema de nuestro desajuste  con el ámbito espacial que nos circunda, y la consiguiente búsqueda de centros ordenadores para una identidad todavía no aprehendida.  Esa es nuestra búsqueda permanente, desde las “maravilladas” Cartas de Cristóbal Colón sobre el “descubrimiento” de América, hasta-por ejemplo-el deambular existencial de los personajes de Alvaro Mutis, de Gabriel García Márquez o de Carlos Noguera, a través de los cuales colombianos y venezolanos no hemos hecho sino intentar encontrarnos a nosotros mismos, en los sucesivos reflejos de una Utopía que se ha objetivado de muy diferentes maneras, pero que ha sido siempre eso: una Utopía. Una Utopía que se ha asimilado a un territorio donde es posible encontrar o construir un Paraíso, en procura del cual hemos generado un desplazamiento dialéctico que ha sido andar permanente y aspiración de encuentros de nuestra identidad. Pero también es el territorio donde, en la mejor tradición fenomenológica de la poética del espacio, hemos fundado pueblos y hemos soñado liberaciones individuales y colectivas, desde el vacío de una naturaleza inédita y no bautizada.

Porque, en el fondo, lo que habrá de salvarnos, lo que nos identifica, lo que nos alejará de la manipulación y el olvido, lo que habrá de legitimarnos será la perduración de nuestras costumbres, de nuestras instituciones y de nuestra memoria existencial.

Referencias bibliográficas

Ainsa, F. (1987). Los buscadores de la utopía. Caracas: Monte Ávila Editores.

Adorno, Th. W. (1989). Reacción y progreso y otros ensayos musicales. Barcelona: Tusquets Editores.

Briceño-Iragorry, M. (1990). Obras completas. Vol. III. Caracas: Ediciones del Congreso de la República.

De la Campa, R. (1999). América Latina y sus afinidades discursivas. Caracas: Ediciones de la Fundación Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos.

Foucault, M. (1987). Las palabras y las cosas. México: Siglo XXI Editores.

Heller, A. (1997). Una teoría de la modernidad. Caracas: Ediciones del Centro de Investigaciones Postdoctorales de la Universidad Central de Venezuela.

Kosil, K. (1993). Dialéctica de lo concreto. México: Grijalbo.

Lanz, R. (1998). Temas posmodernos. Crítica de la razón formal. Caracas: Fondo Editorial Tropykos.

Ramos, J. (1990). Desencuentros de la modernidad en América Latina: literatura y política en el siglo XXI. México: Fondo de Cultura Económica.

Requena, I. (1996). La voz antigua de la tierra. Caracas: Ediciones de La Casa de Bello.

Rodríguez Legendre, F. (2001). “Briceño-Iragorry o la biblioteca en llamas”, en Investigaciones literarias. Caracas: Anuario del Instituto del Instituto de Investigaciones Literarias, Facultad de Humanidades y Educación, Universidad Central de Venezuela.

El presente trabajo es una ponencia presentada en el panel “Historia e Identidad:entre la manipulación y el olvido”, en el marco del VIII Simposio Internacional de Historia de los Llanos colombo-venezolanos Auditorio “La Vorágine”-Villavicencio, Colombia