6/6/12

Bolívar Echeverría, gran pensador y científico radical

Guillermo Almeyra

Bolívar Echeverría fue un gran maestro que se destacó entre la pléyade de profesores venidos a México de otras latitudes y que enriquecieron las Universidades mexicanas y, en especial, la UNAM. Pero fue sobre todo y, a escala mundial, uno de los pocos, poquísimos, científicos sociales que aplicaron, enriquecieron y desarrollaron el discurso crítico de Marx en una época en la que éste había sido congelado en un dogmatismo insoportable y enterrado en el campo de lo político.

En efecto, el stalinismo pretendía que, por ejemplo, en la Unión Soviética no exístia la alienación pues todo era claro, luminoso porque se marchaba ya hacia el comunismo e incluso un importante pensador crítico, como Henri Lefevbre, había sostenido ya esa idea en los años cincuenta. El resultado lógico de tal posición era que los sacerdotes-burócratas del dogmatismo “marxista-leninista” cuando no actuaban como nuevos inquisidores contra los herejes y los mataban, los enviaban a los manicomios-cárceles porque, quien se opusiera a una sociedad supuestamente socialista que había eliminado la alienación sólo podía hacerlo por razones patológicas y tenía, por fuerza, que ser un pobre enfermo, un demente, un enajenado.

En esos tiempos de falsificación masiva de un Marx jibarizado, reducido a la medida de las necesidades de los usurpadores y enterradores de la revolución, Bolívar, actuando a contracorriente, recuperó para sus alumnos y sus lectores el discurso marxiano fundamentándolo en una lectura revolucionaria de El Capital y oponiéndolo al marxismo teleológico, escolástico, embalsamado y dogmático, lleno de certezas y seguridades que imperaba en los años ochenta en los medios académicos (los cuales muy pronto pasarían a ser, en su inmensa mayoría y sin problema alguno, neoliberales).


Porque, para Bolívar Echeverría, como para Marx mismo, la radicalidad comunista es la condición de existencia y de eficacia no sólo del movimiento revolucionario sino también del movimiento obrero sin más. Y dicha radicalidad se basa en la comprensión del doble carácter de la mercancía fuerza de trabajo y de los conceptos marxianos de fetichismo y de alienación.

Recuerdo que a fines de los setenta -comienzo de los ochenta, cuando vine a México y fundamos la revista Coyoacán, la impresión que me causaban los artículos de Bolívar en Pensamiento Crítico. Yo felizmente había escapado ya casi por completo de la experiencia esterilizante de la pertenencia a una secta dogmática que decía ser trotskista sin conocer nada del marxismo ni de Trotsky, había intentado hacer un balance crítico de esa militancia de veinticinco años y estaba ya un poco más pulido y desbastado por haber trabajado en Italia en el Tribunal Russell II con Lelio Basso, biógrafo y seguidor de Rosa Luxemburgo, y por haber leído vorazmente los Grundrisse, que aparecieron en Europa recién en esos años, y todo lo que sobre el marxismo y la discusión entre marxistas me caía entre las manos en el tan rico laboratorio político italiano de los años setenta. Sin embargo, me asombraba cada artículo de Bolívar por su sólido sustento teórico en un Marx revisitado en clave revolucionaria que le permitía construir sin esfuerzo alguno y con toda naturalidad verdaderas rocas básicas de un pensamiento teórico de gran coherencia y fertilidad.
En el campo de los que se decían marxistas, de todas las tendencias, los métodos y posiciones chocaban estridentemente con el fin socialista proclamado, el cual sólo puede alcanzarse con la autoorganización de los trabajadores, su independencia política, su protagonismo directo y en primera persona, su educación en la solidaridad, en el internacionalismo, en un espíritu colectivo y comunitario, en la autogestión, para cambiar, a la vez, sui subjetividad y su capacidad de administración y control de una sociedad cada vez más compleja.

Bolívar, en cambio, filósofo y profundo conocedor de El Capital, recordaba con Marx el carácter “histórico-mundial” de la revolución comunista, su carácter internacional aunque los procesos revolucionarios comenzasen sobre base locales o nacionales y se oponía así a la idea del Kremlin de la mera suma de fuerzas e intereses nacionales en el enfrentamiento al capital internacional y libraba, además, esa lucha teórica en tiempos del aplastamiento de los consejos obreros húngaros y de la invasión de Checoeslovaquia por la Unión Soviética y del conflicto chino-soviético y del nacionalismo de todos los partidos obreros tradicionales, comunistas o socialdemócratas. Para mí, que llegaba a México poco después de haber participado en la revolución sudyemenita y con una historia de militancia en el movimiento obrero y revolucionario de Argentina, Brasil, Perú, Francia e Italia, y de haber organizad en mi país o el envío de cuadros a combatir por la revolución argelina, esas posiciones internacionalistas que se apoyaban teóricamente en las posiciones de Marx,me resultaban sumamente atrayentes.

. El primer Marx había ya afirmado jubiloso que la prueba de la capacidad teórica de los obreros alemanes estaba a la vista en el hecho de que uno de ellos, independientemente, hubiese llegado por su cuenta a las mismas conclusionesteóricas fundamentales que él.

Kautsky, y Lenin con él, sostenían en cambio que el pensamiento revolucionario de Marx debía ser introducido desde el exterior por intelectuales en el movimiento obrero que, por sí mismo, era capaz sólo de tradeunionismo y de rebeliones anticapitalistas esporádicas y primitivas sin perspectivas, como en las ciudades de Flandes o de Italia en el pasado del sistema capitalista. Por lo tanto, para ellos existía una exterioridad entre el partido y la clase en que éste se apoyaba y no una interrelación en constante modificación entre la clase, que se transformaba, y sus organizaciones del momento, lo cual excluía la idea de un partido siempre de vanguardia, maestro permanente y guía de la clase obrera.

El mal llamado espontaneísmo de Rosa Luxemburgo, en cambio, se basaba en realidad en la idea de que los trabajadores acumulan colectivamente experiencias, de las cuales aprenden teóricamente y son, por consiguiente, capaces de inventar nuevas formas organizativas, tal como inventaron los soviets o consejos obreros rusos de 1905, a los que los leninistas se habían opuesto en un principio porque creían que desviaban a los trabajadores de las organizaciones de su partido, o pueden también generalizar experiencias de sus hermanos de otros países, como hicieron los obreros italianos que llamaban a “hacer como en Danzig”, es decir, a organizar la autogestión obrera de las empresas tal como hacían los polacos.
Rosa, junto con León Trotsky, había combatido en 1905 la idea de un partido férreamente centralizado, vertical, que proponía Lenin en el Qué Hacer para combatir a la tiranía zarista y por eso ambos habían sido acusados de antipartidarios. Por supuesto, ella, que fue militante de cuatro partidos (polaco, ruso, socialdemócrata alemán y del partido comunista alemán que contribuyó a fundar) no estaba contra la necesidad de un partido que socializase las experiencias de la clase y ayudase a organizarla sino que veía a su partido sólo como un instrumento transitorio de la misma, no como un líder fuera de ella. Esa fue la idea que mantuvo hasta su asesinato por sus ex compañeros traidores del PSD alemán.

Trotsky, en cambio, obligado por los ataques de Stalin y de los ex compañeros de Lenin Zinoviev y Kamenev, a defenderse de la acusación de antileninista, adoptó en los años 20 al pie de la letra la concepción leninista del partido que unos lustros antes había criticado como peligrosa y proclamó hasta su asesinato que “con el partido somos todo, sin el partido no somos nada”. Quería con eso quitarles armas políticas al trío Zinoviev-Kamenev-Stalin, pero lo hacía olvidando que Marx y las luchas obreras eran anteriores a la creación de los partidos socialistas y que el mismo Lenin había amenazado varias veces con crear otro partido o que el propio partido bolchevique había sido rehecho por la revolución de 1917, entre otras cosas gracias a la confluencia entre Lenin y Trotsky y sus compañeros que venían de otro partido y estaban libres de las tradiciones y ataduras de los bolcheviques pues fueron ellos los que, inyectando en el partido ideas y capacidades nuevas, permitieron al partido bolchevique éstos, no sin resistencia, que entre febrero y octubre de 1917 pudiera convertirse a la vez en instrumento de los sectores más avanzados de los trabajadores y en su dirección.

Pero estas son cosas que forman parte de un estudio serio de la Revolución Rusa, que aún está por hacerse porque sin explicarse el pasado es imposible comprender el presente, que es su consecuencia, y preparar por lo tanto el futuro. Ese estudio deberá restablecer a Rosa en su verdadera dimensión teórica y en su importancia como revolucionaria, menospreciada durante décadas por el stalinismo, y deberá incluir también el análisis de las muchas ocasiones en las que Lenin y Trotsky, lanzados al asalto del cielo, chocaron con las intuiciones de Marx.

De lo que hoy se trata, en cambio, es de tratar de ver cuáles son las bases para la transformación en revolución socialista de la revolución nacional- democrática que conmueve a muchas regiones del planeta en las que casi no hay socialistas y cuando el socialismo ha sido desprestigiado por los gobiernos del “socialismo real” de Europa oriental y Asia y el mismo Marx ha sido arrojado al desván por la mayoría de los intelectuales…

El capitalismo, por sus propias necesidades, está obligado a elevar el nivel de educación y tecnificación de los trabajadores y a subsumir la agricultura y modificar y destruir el ambiente, lo cual provoca un vaciamiento poblacional de los campos. Al mismo tiempo, impone una mayor explotación y ofrece trabajos cada vez más precarios y entra en crisis cada vez más graves, con terribles consecuencias sociales.

La combinación de una mayor cultura con una mayor explotación y precariedad favorece la recuperación de la memoria profunda de los trabajadores y por eso una entera clase obrera, como en Polonia en 1980, resucita los comités de fábrica, generaliza la autogestión obrera, intenta democratizar el país sacándose de encima la dictadura militar.-burocrática. O, en los cincuenta resurgen consejos obreros en Hungría y en Polonia, o en 1969 los consejos en Italia, no sólo sin dirección partidaria previa sino también contra su dirección oficial reconocida y creando nuevas direcciones ad hoc. Por eso confluyen también los obreros sindicalizados de la Unión General del Trabajo de Túnez y los sindicatos democráticos egipcios con los jóvenes educados pero con trabajos precarios, en un proceso en el cual, interinfluenciándose, están formando los núcleos de una nueva dirección masiva y los elementos programáticos para una lucha conjunta. En la llamada “espontaneidad” figura pues en primer plano la acción continua del capitalismo, que seca la pólvora, y el aprendizaje mundial de los trabajadores, los cuales no dependen sólo de sus partidos locales.

Bolívar recuperaba también a Rosa Luxemburgo que, en su opinión, con sus trabajos ponía en el orden del día la necesidad de estudiar cuáles son los límites del fetichismo y de la lucha contra éste así como las posibilidades de su superación parcial mediante la lucha revolucionaria. El fetichismo y la alienación son propios del sistema capitalista de producción en el que el trabajador aparece como pequeño propietario que vende libremente su mercancía fuerza de trabajo a otros propietarios que la compran y la pagan a un precio aparentemente determinado por el mercado. Ni los sistemas precapitalistas o no capitalistas, con relaciones sociales claras y directas, se sostienen sobre la base de una complicidad virtual entre trabajadores y capitalistas que es creada por la aceptación de un pacto en supuesta libertad de compra-venta a un precio “justo” de la mercancía fuerza de trabajo para poder comprar otras mercancías.

Aunque el capitalismo, en su expansión mundial, ha subsumido las regiones rurales y hasta las comunidades en los rincones más recónditos del planeta, la inmensa mayoría de la humanidad, en las regiones rurales de Asia, Africa y América Latina, vive en un capitalismo fuertemente marcado por la subsistencia en mayor o menor grado de relaciones tribales, de solidaridad de clan, comunitarias heredadas de un pasado que no terminó de pasar ni terminará tan fácilmente. Además, su situación actual, ante la terrible ofensiva capitalista para eliminar todas las solidaridades, incluso las familiares, y dejar a los seres humanos solos frente al monstruo voraz del Mercado, lleva a esos amplísimos sectores a pelear por su supervivencia misma. Pues ésta está amenazada por primera vez en la historia porque, hasta ahora, la expansión del capitalismo estuvo acompañada siempre por un aumento de la producción y de la productividad en la agricultura y , por consiguiente, por una caída del precio de los alimentos, mientras que en la actualidad ese precio aumenta sin cesar y, con el derrumbe de las producciones rurales tradicionales, la seguridad alimentaria está además en serio riesgo.

Esa es la base del estallido social en los países árabes de las inmensas masas de pobres y desocupados no integrados totalmente en el sistema pero sí educados lo suficientemente como para comenzar a entender los mecanismos de su opresión, y que tienen detrás de sí los restos de la solidaridad comunitaria de un mundo campesino no capitalista destruido por el imperialismo.

Esa es la base también del estallido de los pueblos indígenas bolivianos que se apoyan hoy a la vez sobre la vieja solidaridad en crisis de los ayllus y las comunidades en descomposición y sobre la nueva solidaridad de los sindicatos y organizaciones campesinas, o sea, en lo que queda de su pasado no capitalista y en las formas de organización anticapitalistas modernas.

Es cierto, como dice Michel Foucault, que todos tenemos en nuestras cabezas un pequeño fascista. O sea que, como integrantes desde nuestro nacimiento de una sociedad capitalista no podemos escapar por completo a la enajenación, el fetichisismo y la cultura imperante, con sus todos sus valores opresivos. Pero no por ello estamos condenados a la inmovilidad ante la cultura capitalista en la que estamos sumergidos. Lo político, insiste Echeverría retomando a Marx, es la esencia de la vida social y es el carácter fundamental de la infraestructura del proceso de reproducción de la riqueza social y la política administra la enajenación de lo político. Abrir una brecha, por lo tanto, en la comprensión de lo político, de esa esencia de la vida social, permite comenzar a superar la enajenación.

El NO de la rebelión, que es indispensable y que para John Holloway es fundante, no es pues un grito desesperado y de animal herido o exhausto sino que es la expresión de un grado elemental de conciencia teórica sobre el sistema, adquirido mediante las experiencias y en los golpes y afrentas que los explotados y oprimidos sufrieron en el pasado. Por eso, lejos de repudiar la política, es necesario comprender políticamente el mundo que queremos transformar, actuando políticamente sobre él a la vez en el plano teórico y en el de la acción, que es básico para la comprensión teórica.

Ahora bien, Marx formuló líneas de estudio sobre la realidad capitalista pero, aunque pueda tener páginas positivistas, en su obra no proclama certidumbres sino posibilidades. Su trabajo inmenso está incompleto y es abierto; no puede ser tomado como el Talmud o la Biblia para encontrar la cita correcta que dé la clave de una situación sino que es una obra que debe ser completada. Por eso Bolívar Echeverría incitaba correctamente a co-escribir a Marx y esto es válido sobre todo en el terreno de los efectos de la alienación sobre la visión del Estado y en la construcción de los nacionalismos que hacen tan tortuoso el proceso mundial de la revolución anticapitalista.

Sobre esto me gustaría hacer unas reflexiones teniendo en cuenta la rebelión masiva de los países árabes contra los dictadores y los reyes, que son el sostén del imperialismo y de Israel en la región y, al mismo tiempo, la confusión que hay al respecto en los medios de la izquierda y entre los intelectuales que se toman en serio su papel.

Por esos azares de la vida, estuve en los momentos iniciales de la creación de tres Estados, uno asiático, como la República Socialista de Yemen del Sur, otros dos africanos, como Mozambique y Guinea Bissau, dos de los cuales –los primeros- combatían aún armas en mano contra fuerzas mucho más poderosas que ellos, como Egipto y Yemen del Norte, Arabia Saudita y el Shah de Irán, más los antiguos sultanes, además del imperialismo, en el caso de Yemen del Sud, o la Sudáfrica donde imperaba el apartheid más las guerrillas organizadas por los ex colonialistas portugueses…

En los tres países los líderes de la independencia eran socialistas y querían transformar la lucha de liberación nacional en un proceso de construcción de una sociedad no capitalista, apoyándose en las relaciones comunitarias que aún subsistían. El PAIGC del caboverdiano Amílcar Cabral que dirigió la revolución en Guinea Bissau, era además un partido que abarcaba los procesos revolucionarios en Cabo Verde, Guinea Bissau y Angola, países a los que veía como un todo único, y la descolonización estaba, para sus cuadros, estrechamente unida a la revolución colonial, a la lucha anticapitalista y antiimperialista mundial y a la modernización y democratización de sociedades marcadas desde siempre por los conflictos tribales e interétnicos y por la miseria material y el analfabetismo.

Sin embargo, con un 90-95 por ciento de analfabetismo, según las regiones, los pocos alfabetizados estaban verdaderamente condenados a dirigir el Estado en formación y, al mismo tiempo, la existencia de decenas de etnias, con lenguas diferentes, obligaba a imponer una lengua oficial y a construir mediante el aparato estatal la unidad de una nación que no se reconocía como tal pues la identidad era tribal. Los militantes y rebeldes de antaño, que habían hecho la independencia, se transformaron por lo tanto por fuerza en funcionarios, en burócratas, y el aparato estatal, utilizado al principio para favorecer a una etnia o un grupo político contra otro y después usado con sentido prebendarlo, dio la base a la corrupción generalizada y a la formación, por el Estado, de un tenue clase neoburguesa, neocolonialista, aferrada al poder del cual depende.

El Estado no nació por consiguiente en esos países, como en Europa Occidental, de la alienación de una sociedad constituida históricamente por un pasado común, un rudimento de mercado, una lengua y objetivos comunes, una sociedad unificada previamente y a lo largo de siglos por las monarquías que se aburguesaban, sino de la importación directa, “llave en mano” por los gobernantes no capitalistas de relaciones y formas organizativas resultantes del entorno mundial capitalista. Los árabes militantes revolucionarios marxistas que tuvieron que hacerse ministros para construir el Estado en Yemen del Sur fueron tragados por un aparato estatal heredado de los ingleses al que apenas dieron un barniz ideológico socialista modificándolo algo en sentido democrático.

La autogestión y la vida comunitaria- que forman políticamente al sujeto- no pudieron hacerlo en esos países porque las comunidades tribales estaban encerradas en sí mismas desde hacía siglos y se oponían unas a otras y porque la autogestión requería previamente un grado de desarrollo material y económico que la hiciera posible.

Por eso, el Estado, que nació de la acción de un grupo armado y organizado con vocación anticapitalista, no sólo “inventó“ la nación a partir de múltiples tribus sino que también desarrolló relaciones y clases modernas de tipo capitalista a pesar de las intenciones de sus fundadores. Y así hoy, casi medio siglo después, esos países, con sus semi Estados y su economía desarrollada y brutalmente deformada por el mercado mundial dirigido por el capital financiero y con un mundo rural en crisis y profundamente transformado, pero arrancado al aislamiento aldeano, se ven ante la necesidad de destruir el Estado Moloch y también ante la posibilidad de recurrir para ello a las solidaridades comunitarias y la autogestión.

Ya existe en ellos una intellighentsia, ya la emigración ha formado obreros y técnicos en el extranjero y la alfabetización en una lengua occidental ha ampliado los conocimientos de la población. En estas cinco décadas se ha ampliado la visión sobre el resto del mundo y el nivel de las informaciones, gracias a los contactos y los nuevos medios electrónicos, y con ellos el tipo de aspiraciones, irrealizables bajo gobiernos neocoloniales y en las condiciones de dependencia del imperialismo. El ansia y la tarea de liberación nacional se unen con el deseo de liberación social, sólo posible a través de la autoorganización, la autonomía política de los oprimidos y de los trabajadores, la autogestión de las empresas modernas y de la extracción de petróleo o maderera para reconstruir el territorio, junto con la economía, a partir de la prioridad que consiste en satisfacer las necesidades colectivas.

Los semiEstados carecen de consenso y sus gobiernos, por lo tanto, son frágiles, se basan en la corrupción y dependen de la violencia, lo cual pone en el orden del día la violencia legítima de otros grupos de hombres armados, los revolucionarios. La inmensa mayoría de los sectores populares, formada por desempleados o con empleos precarios porque no ha habido una industrialización que absorbiera el excedente de mano de obra rural o debido al tipo de industrialización extractiva, como la petrolera y petroquímica, que emplea muy poco personal, tiene un pie y más de media cabeza en la vida comunitaria en desaparición. La alienación del obrero, propietario de su mano de obra y que por lo tanto puede creerse asociado a los capitalistas, propietarios de los medios de producción no afecta pues a esos sectores explotados directa o indirectamente por el capital del mismo modo y en lqa misma intensidad que al proletariado de otros países o a las clases urbanas del propio. y tampoco les afecta en la misma manera la alienación que lleva a creer en el Estado-nación como expresión de la unidad nacional,

Su propia desposesión favorece el NO, la rebelión y hace posible que la misma sea democrática, no capitalista y, por lo tanto, incompatible con las reglas que fija almundo el capital financiero. De acuerdo con la ley del desarrollo desigual y combinado esos pueblos pueden pasar así del precapitalismo rural al anticapitalismo moderno y a la construcción democrática y autogestionaria de relaciones poscapitalistas en las que las funciones del Estado controladas por los productores posibiliten el debilitamiento creciente del Estado mismo como aparato de opresión sobre el cuerpo social y, con el aprendizaje de esos productores, hagan aumentar la eficacia de sus medidas administrativas disminuyendo además los costos de su gestión, es decir, la parte de plusvalía que debe destinarse a la reproducción económica.

A diferencia de lo que sucedió en América Latina, donde hasta las pequeñas entidades estatales inventadas han formado burguesías locales y creado patriotismos, en los países coloniales hasta hace poco no sólo el imperialismo trazó arbitrariamente los límites de esas entidades, dividiendo etnias y tribus o prescindiendo de la historia sino que también subsisten grandes bolsones de relaciones tradicionales, comunitarias, precapitalistas.

La nación árabe, por ejemplo, está fragmentada y tiende permanentemente a unirse como lo muestra la experiencia de la República Arabe Unida, que reunió a Yemen del Norte, Egipto y Siria, o los intentos de unión igualmente efímeros entre Libia, Sudán, Egipto y Túnez o Libia, Argelia o con Siria. La base de ese sentimiento unitario es el repudio al imperialismo, que fragmentó y dominó a esos países y la identificación entre el concepto de unidad de los creyentes (umm’a) y unidad nacional.

Pero la unidad nacional no puede hacerse sobre bases religiosas, dadas las diferentes tendencias del Islam presentes en cada país y, además, la existencia de importantes minorías cristianas o incluso ateas. Y tampoco puede hacerse sobre la base de las burguesías nacionales, sumamente débiles y, en los países más ligados al imperialismo, integradas en el capital financiero internacional, como los trusts egipcios, el gran capital comercial tunecino, la oligarquía gaddafista. La revolución democrática actual en todo el mundo árabe saca su fuerza de la interdependencia e interinfluencia entre sus diversos focos, se ve sobrepasando los límites artificiales impuestos en el pasado por el colonialismo que trazó los confines a medida que se dividía el Medio Oriente y choca, por fuerza, con los planes del imperialismo en su deseo de democratización. Los pueblos árabes no ven al Estado como fetiche e ilusorio representante de la sociedad precisamente porque esa sociedad está desgarrada y vive el intento de plasmar, de organizarse sobre nuevas bases, recurriendo a veces a las viejas solidaridades de clan y de tribu y otras a las nuevas, del sindicalismo obrero combativo. De ahí que lo que Bolívar planteó en abstracto y desde el punto de vista teórico sobre el Estado capitalista en la versión marciana se presente de modo deformado en formaciones sociales concretas, que son capitalistas, pero donde pesan aún mucho las relaciones precapitalistas y tienden a aparecer, al mismo tiempo, tendencias anticapitalistas.

Guillermo Almeyra
El libro de Bolívar Echeverría, cuyos últimos capítulos me toca comentar hoy, como la obra de Marx, no es un libro de respuestas sobre cada cuestión actual sino uno que nos obliga a mirar la realidad de frente y escribir lo que el autor no pudo escribir hace casi 30 años dándose al mismo tiempo los instrumentos para juzgar y analizar las complejidades.

Conferencia de Guillermo Almeyra, pronunciada el 7 de abril del 2011 en la Facultad de Economía de la UNAM, sobre el pensamiento de Bolívar Echeverría con relación al discurso de Marx, Rosa Luxemburgo y el Estado