6/6/12

Bolívar Echeverría |. Apuntes de una generación

Luis Hernández Navarro  |  El pensamiento es la materia prima que guía el diálogo del pensador con su mundo, de una biografía con la historia de su tiempo. El Bolívar Echeverría que confrontamos en el momento actual, el que nos habla, el que inspira homenajes y debates, es tanto el Bolívar formado en su historia, como el Bolívar que comienza a ser después de su muerte. Estos apuntes son recuerdos de una generación a la que formó y desde la que se formó, con la que dialogó intensamente y a la que legó una herencia teórica excepcional.

Walter Benjamin escribió en su cuaderno de notas que la memoria es la clave de nuestra vida. Mientras que la vida diaria no es sino una sucesión de relámpagos, la memoria transcurre hacia atrás, como cuando retrasamos las páginas de una novela y regresamos al principio. Cuando la vida se nos convierte en un texto, como decían los antiguos, hay que leerla hacia atrás. Sólo así nos encontraremos con nosotros mismos, y sólo así –huyendo del presente– podremos entenderla. Hoy es hora de recordar y de celebrar la
memoria.

Bolívar Echeverría llegó a Freiburg, Alemania Occidental, en noviembre de 1961. No sabía alemán y sus recursos económicos eran precarios. Deseaba convertirse en alumno de Martin Heidegger, a quien consideraba el autor más importante del siglo XX. Estaba a punto de cumplir 20 años de edad.

Lo acompañaba en la aventura su amigo Luis Corral. La vocación filosófica le nació a Bolívar Echeverría a los 17 años, cuando su padre, un administrador de fincas de ideas liberales y amigos de izquierda, le regaló la obra de Miguel Unamuno. Nacido el 31 de enero de 1941, en Riobamba, Ecuador, tuvo en su niñez una estricta formación religiosa en la que se desempeñó como monaguillo, en mucho como resultado de la influencia de su madre, un ama de casa proveniente de una familia acomodada. Realizó sus primeros estudios en el Colegio La Salle, una institución católica y conservadora a la que enviaban a sus hijos las familias pudientes. Los continuó en el Colegio Nacional Mejía, una escuela laica y estatal. Sin militar en partido político alguno, allí participó por vez primera en actividades políticas asociadas al movimiento estudiantil. Aunque leyó textos marxistas, su primera opción filosófica fue con el existencialismo. Leyó, junto con algunos amigos, a Jean Paul Sartre y a Albert Camus, y fue atrapado por el deslumbrante discurso de Heidegger. Devoró libros como Introducción a la metafísica y El Ser y el Tiempo, y encontró en su obra al pensador más profundo y radical de su tiempo. Fascinado, se lanzó a Alemania tras sus huellas. Cuando Bolívar Echeverría llegó a Alemania tuvo un desencuentro total con el pensador de la Selva Negra. El filósofo ya no impartía clases. Atendía exclusivamente un seminario al que sólo tenía acceso un selecto y reducido grupo de estudiantes. Debió contentarse con escucharlo de lejos en una conferencia, con enormes dificultades para comprender lo que decía, y, para colmo de males, sin poderlo ver bien, porque era miope. Sin tener nada que hacer en Freiburg, se trasladó con su amigo Luis Corral a Berlín. Había en esa ciudad una atmósfera conspirativa, antiintelectual y anticomunista descrita en detalle por Norman Mailer en El fantasma de Harlot. En agosto de 1961 acababa de construirse el Muro de Protección Antifascista, punto climático de la Guerra Fría.