24/6/12

Alain Badiou sigue batallando por la Democracia

Iñaki Urdanibia Sarasola

El último libro de Alain Badiou desenmascara la "democracia" como expresión del capital-parlamentarismo.

¿Qué democracia?

Cualquiera que siga mis intervenciones se habrá dado cuenta de que soy lector constante, entre otros, del filósofo francés Alain Badiou; desde sus años althusserianos le he seguido la pista y como lo he hecho saber, no hace mucho en esta misma red por partida doble o triple, hay algunos aspectos de su obra y de sus referencias que la verdad me crujen de cara a sostener una apuesta por la emancipación que trate de evitar, y como primer paso comience por denunciarlas, algunas desviaciones que condujeron al terror y a la violencia indiscriminada precisamente aplicados por la nomenklatura sobre quienes se proclamaba que eran los que detentaban el poder: el pueblo, el proletariado, etc. El poder de las masas, usurpado por un auto-proclamado partido de vanguardia, que a su vez era monopolizado-vía “centralismo democrático”- por el comité central, y dentro de éste por el peso aplastante del secretario general. Este proceso del que hablo es similar, o paralelo, al que denuncia, con absoluta clarividencia el filósofo francés, en su última obra,  refiriéndose a la “democracia” en su forma capital-parlamentaria. Si la definición etimológica nos dice que la democracia es el poder del pueblo, en la realidad en los regímenes denominados democráticos el pueblo no pinta nada más que cada cuatro años para depositar sus votos y delegar en los blancos o los colorados-es una manera de señalar- la gestión de los intereses del capital.

Ya hace un tiempo que se publicó un interesante libro (Démocratie, dans quel état?), La fabrique, 2009. Hay traducción: “Democracia en suspenso”, Casus Belli, 2010.)  en el que el mismo Badiou junto a Giorgio Agamben, Slavoj Zizek, Daniel Bensaïd, Wendy Brown, Jean-Luc Nancy, Jacques Rancière y Kristin Ross se interrogaban precisamente sobre el sentido y la realidad del término “democracia”; concepto vago que es usado al modo de la plastilina(ya hablaba August Blanqui de “palabra-caucho”), de pantalla que con su grandilocuencia oculta un estado de cosas absolutamente en las antípodas de su significado originario al estilo de los mots-valisse de que hablaba Roland Barthes, los cuales guardaban en sí un amplio abanico semántico además de una extensa pluralidad de usos.

Ahora Alain Badiou retoma (¿ha dejado alguna vez de preocuparse por este eje de la política desde los tiempos de Platón?) el tema en su séptima entrega de sus textos de intervención, Circonstances, publicando su libro en vísperas de las elecciones legislativas hexagonales, concluyendo, tras el repaso realizado, en la exactitud del lema sesentayochesco éléctions piège á cons.

El libro se lee en un suspiro y en su sencillez plantea verdades como puños. Es seguro que quienes viven del tinglado parlamentario o aquellos que dan tal sistema como el mejor de los mundos posibles o al menos se agarran al clavo ardiendo dando por buena la afirmación de Churchill de que era lo menos malo, pondrán el grito en el cielo clamando: simplificador, leninista puro y duro( era Vladimir Illich Ulianov quien interrogaba. ¿democracia, para qué?), comunista trasnochado, autoritario, anti-demócrata, etc.

La brevedad de las páginas resultan suficientes para meter, con innegable puntería, el dedo en la llaga, en las diferentes llagas por las que sangra el sistema imperante. Comienza aclarando que él no ha evitado participar en el juego parlamentario siempre, pues en los tiempos anteriores a 1968 se había implicado en tales tareas.

La fecha nombrada, no obstante, fue la que le despertó del “sueño parlamentario” al ver como las elecciones eran el mecanismo utilizado para frenar cualquier movimiento de masas, como mostraron los hechos del mayo del año señalado, anteriormente las jugadas gaullistas en los tiempos de la guerra de Argelia, o más tarde las recientes movilizaciones de los países árabes que han sido disueltas en sus pretensiones por los mecanismos electorales que siempre reconducen las ansias populares en una vuelta al orden de los dueños del cotarro y sus servidores y epígonos.

Subraya el nefasto papel colaboracionista que ha jugado alguna “izquierda”-especial énfasis el que le hace centrarse en la socialdemocracia- en la reconducción y sofocamiento de las revoluciones: 1848, la Comuna de París, el asesinato por orden de Nolte y sus matones de los espartaquistas Rosa Luxemburgo y Karl Liebneckt, su patriotismo colonialista puesto en escena en el caso argelino (Guy Mollet y François Mitterrand) y en otros,  amén de las bajadas de pantalones securitarias y ordenancistas, económicas aparte de Lionel Jospin et compagnie, etc., etc., etc. 

Desentraña posteriormente los mecanismos pactados / impuestos con el permiso, y la dirección de los poderes mercantiles y financieros, en las formas de gobernar. El quid de la cuestión reside en que nunca se desborde el marco organizado, y que no se toque para nada los aspectos relacionados con la propiedad. Esta supremacía del  “totalitarismo parlamentario” , “oxímoron que tiene la ventaja de subvertir la oposición consagrada entre totalitarismo y democracia”, hace que se presente como absolutamente necesario el votar, y una vez conocidos los resultados, si éstos no resultan del agrado de los filoparlamentaristas,  dudar de si se debían haber propiciado las elecciones, como demostró el caso argelino o ahora confirma el caso egipcio.

Algo paralelo al elitismo de los propagandistas del la democracia que luego sólo cuentan con el pueblo acomodado (las llamadas clases medias), marginando a los indomesticables, como subrayaba con acierto Jacques Rancière en su La haine de la démocratie (La Fabrique, 2005. Hay traducción en Amorrortu, 2006); no estamos lejos de la distinción entre patricios y plebeyos, quedando los segundos fuera del juego electoral.

Así pues, siguiendo el hilo argumental del libro dentro del juego establecido sólo pueden llegar a las labores del gobierno quienes “no hagan cosas muy diferentes de lo que había antes”, haciendo bueno aquel lampedusiano “que todo cambie para que todo siga igual”; todo ha de permanecer dentro de los límites del consenso entre derecha extrema y derecha de la izquierda o izquierda de la derecha.

En el caso de las elecciones de su país Badiou enjuicia la labor realizada por Sarkozy, “peor que lo previsto”, con sus tendencias restrictivas de derechos laborales y de salarios, sus proclamas contra los extranjeros y la cuadrillalización policial del país y, en especial, de los barrios potencialmente conflictivos ; si la derecha pura y dura queda desnudada, la oposición, ahora en el gobierno, de los Hollande y compañía no augura un porvenir más prometedor, y basta con ver la historia de la socialdemocracia y su labor gestora de los intereses del capital y sus complicidades con todo tipo de ajustes, recortes, reconversiones…sin escapar para nada del espíritu obediente.

Concluye Badiou con unos puntos en los que resume las posturas expuestas a lo largo del libro y en los que afirma que en la actual situación cualquier votación no hace sino confirmar el poder consensual del entramado del capitalismo liberal, al otorgar los votos a las una de las dos fracciones que se encadenan para mantener el statu quo, amén de sus propios puestos y prebendas.  Así-según él- “no hay razón alguna para votar, ni habiendo o sin haber un movimiento de masas en marcha, ni a favor de la derecha, ni contra ella; ni a favor de la izquierda ni contra ella, ni a favor de lo que no será ni la izquierda ni la derecha, ni a favor de la unidad nacional de los dos, ni a favor de quienes quisieran suprimir el voto y reinar por la fuerza”.

Sólo podría votarse pues en caso de darse un movimiento de masas victorioso que organizase las elecciones fuera del control de quienes mueven los hilos de la economía y sus fieles servidores, los componentes de la casta política.

Que usted lo vea… y que lo veamos todos, si bien aquí ya juega un papel fundamental la fe que se tenga en el porvenir,   en un futuro luminoso que, a no ser que uno sea un optimista irredento y compulsivo, se antoja no ya problemático sino lejano, como de otro mundo…quizá en este orden de cosas se dé una coincidencia, al menos, temporal con la postura propia de los anarquistas en lo que hace a las urnas, que no a otros menesteres; mas todo esto ya es otro asunto que nos llevaría mucho más lejos, casi tanto como el escenario que imagina Alain Badiou. Al menos al que esto escribe así se lo parece. Y la pregunta que se plantease Chernichevski en su utópica novela y se replanteara Lenin años después sigue planeando: ¿qué hacer?

P.S.: Surge inevitablemente un torrente de dudas acerca de estas cuestiones cuando se observa que el mismo Jacques Rancière en vísperas de los comicios mantenía no esperar nada del Front de Gauche de Jean-Luc Mélenchon, y elogiaba en cierto sentido al NPA, al mantener que el juego electoral al menos en estos momentos no es  propicio para participar en él , llamando en cierto sentido a mantenerse al margen; postura coincidente en bastantes aspectos con la postura expuesta, la de Badiou.

 Mientras tanto, quizá haciendo gala de un posibilismo utilitarista, hay sectores de la “izquierda de la izquierda” que en la segunda vuelta llamaron a votar a Hollande más que nada para frenar los desmanes del fogoso marido de la cantante Carla Bruni…guiados tal vez de que es mejor lo malo que lo peor…No sé. Lo que sí creo saber es que no son buenos tiempos para las posturas de izquierda coherente, rebelde y…anti-capitalista.