14/5/12

Una vez más sobre José María Aricó y sus “Nueve Lecciones” en El Colegio de México

Leon Trotsky @ David Levine
Demian Paredes

El libro de José Aricó da verdaderamente mucho para discutir (generalmente en contra). El camarada Juan Dal Maso siguió haciendo sus posts sobre cada lección que contiene […] y yo, probablemente, haga un par más, considerando la cantidad de ¿errores?, malinterpretaciones y/o tergiversaciones que hay, en este caso, respecto a Trotsky, y a las diferencias entre éste y Lenin. (En un anterior post discutía contra la ausencia de Trotsky. Ahora… tengo que discutir en contra de lo que postula Aricó sobre él.)

Dice Aricó en su “Lección Sexta”:
“... el análisis de Trotsky presuponía una sobrevaloración de la capacidad revolucionaria del proletariado europeo. Subordinar la posibilidad de triunfo del movimiento socialista a la capacidad de extensión del movimiento revolucionario ruso a la socialdemocracia europea, al proletariado europeo, era no comprender el nivel, el grado de conciencia, de organización, de consistencia de este proletariado. Si se analizan con detenimiento los escritos de Trotsky anteriores a su obra Resultados y perspectivas, que es posterior a la revolución de 1905, se encontrará la ausencia del examen de la situación particular de Europa, del estallido del movimiento europeo, del estado de la clase obrera europea, del grado de fuerza de la socialdemocracia europea y, del carácter de su lucha porque este análisis desde el punto de vista del mercado mundial, esta ausencia de recortes nacionales, esta obsesión por las contradicciones generales del conjunto de un sistema capitalista en el mercado mundial, le impedía analizar qué posibilidades existían de lograr la expansión de la revolución en el plano internacional.
 Es este elemento –que luego se constituye en el eje interpretativo de todo el proceso revolucionario en el mundo y del proceso de burocratización en la Unión Soviética– entendido como el resultado del repliegue de la revolución en el mundo, es esta consideración y en cierto modo correcta, la que dejaba sin solución el problema de cuál era el futuro de un país donde el proletariado tenía una consistencia tal que debía llegar indefectiblemente al poder, como en Rusia, aunque la revolución no se extendiera a Europa. De este modo, el hecho de no plantear como un problema sino de establecer sin discusión la dependencia de la revolución con respecto a la situación internacional, estableció un límite fundamental en la medida en que el resultado futuro de la revolución se convertía en una interrogante” (pp. 200-201).
Primero. Aricó (ya lo plantea Juan en su post) confunde mercado mundial con economía mundial. Y más: Trotsky nunca tuvo “obsesión” alguna por “las contradicciones generales” del capitalismo… y pensar “las contradicciones del conjunto” –si pensamos que hay alguna relación entre la estrategia y las tácticas– permite precisar luego la acción particular (“nacional”) en tal o cual país. Todo muy lejos de la caricatura “obsesiva” de Aricó.

Otra cosa que no menciona Aricó es que Trotsky sí fue un gran conocedor de las particularidades nacionales –aunque todavía no en 1904–, no sólo de las rusas. Cubrió como periodista las guerras balcánicas de 1912, fue un gran colaborador de los grupos socialistas y revolucionarios europeos (como los de Francia) y luego, en la década de 1920 y 1930, analizó profundamente no sólo cada situación política donde hubiera lucha de clases aguda y posibilidades revolucionarias, sino la historia de muchos de los principales países de Europa (en palabras de Perry Anderson, en sus conocidas Consideraciones sobre el marxismo occidental, Trotsky:
“escribió desde lejos una serie de textos sobre el surgimiento del nazismo en Alemania, cuya calidad como estudios concretos de una coyuntura política no tiene parangón en los anales del materialismo histórico.[…] Exiliado y expulsado de un país tras otro, […] siguió elaborando análisis políticos de primer orden sobre Europa occidental. Francia, Inglaterra y España fueron examinadas por él con un dominio de la especificidad nacional de sus formaciones sociales que Lenin, totalmente concentrado en Rusia, nunca alcanzó”. 
Y a esto, se podrían sumar sus conocimientos sobre China, y sobre América Latina a fines de la década del ’30.). Entonces, Trotsky sí hizo “recortes nacionales” –sin por ello caer en algún “exclusivismo nacional”– y también pensó y actuó en pos de la “expansión de la revolución en el plano internacional”. Así lo planteaba en un artículo de 1924: “Consideramos la historia desde el punto de vista de la revolución social. Este punto de vista es teórico y práctico a la vez. Analizamos las condiciones de la evolución tal y como se forman sin nosotros e independientemente de nuestra voluntad, con el fin de comprender y actuar sobre ellas mediante nuestra voluntad activa, es decir, por la voluntad de la clase organizada. Estos dos aspectos en nuestra manera marxista de abordar la historia están indisolublemente ligados.

Todo el arte de la política consiste en saber aliar la constatación objetiva y la reacción subjetiva. Y solo en eso consiste la esencia de la doctrina leninista”. Entonces, Trotsky no sólo analiza las contradicciones de la economía –no sólo el mercado– mundial, sino la relación entre los factores objetivos y subjetivos; esto es, la relaciones de recíproca interdependencia que hay entre la marcha de la economía (si hay crecimiento o crisis), las relaciones entre los Estados (si hay potencia hegemónica imperialista o no, y qué políticas despliegan) y la lucha de clases (si el proletariado o la burguesía está a la ofensiva).

Tercera (y última, en este post) cuestión: Trotsky sí pensó, desde la perspectiva de la revolución internacional, vital para la Rusia soviética –y en este libro se pueden encontrar decenas de citas donde Lenin plantea la misma perspectiva internacionalista para el primer Estado obrero de la historia–, cómo hacer avanzar la revolución en el plano interno ruso (y acá un brevísima digresión: la “consistencia del proletariado ruso” no lo llevaba “indefectiblemente”, como propone Aricó, a su llegada al poder. En una especie de sobrestimación sociológica no contempla, justamente, las intervenciones de los partidos al interior de las clases y sus luchas, y a los factores internacionales, para pensar el destino de Rusia. La revolución de 1917 podría haber fracasado –así como, en otras condiciones, fracasó la de 1905–, y la historia hubiera dado otros fenómenos políticos y combinaciones, en ese país, con consecuencias internacionales distintas…). Que Trotsky “lo pensó” lo demuestra su labor en el gobierno soviético en innumerables tareas prácticas: desde la creación –¡nada menos!– del Ejército Rojo, pasando por la reorganización los ferrocarriles y el transporte, la ciencia, la literatura y el arte, los “problemas de la vida cotidiana” y, por supuesto, los problemas económicos de la “economía de transición”… sólo pensando en lo que escribió e hizo respecto al interior de Rusia. Incluso la acusación de Aricó de que “Lenin consideró que la propuesta trotskista de gobierno obrero era un absoluto salto al vacío” (p. 201) es completamente infundada (o con más precisión: una tradicional mentira stalinista: respecto al problema del campesinado, Lenin y Trotsky terminaron teniendo acuerdo en lo fundamental: en que sólo la hegemonía del proletariado podía hacer triunfar a la revolución, realizar las tareas democrático-burguesas inconclusas (arrastrando o hegemonizando al campesinado y a las clases medias) y abrir la perspectiva socialista en el plano nacional e internacional.

(Otra cosa que no menciona nunca Aricó es la labor destacada de Trotsky junto a Lenin en los primeros cuatro congresos de la Internacional Comunista, proceso –el de generar una nueva dirección revolucionaria internacional– comenzado varios años antes, cuando el proletariado europeo “estalló” por la traición de sus direcciones reformistas –la socialdemocracia alemana es paradigmática– ante el advenimiento de la Primera Guerra Mundial.)

En síntesis, Aricó subestima el papel del proletariado europeo, subestima (o falsea) a Trotsky, y no reconoce que éste, junto a Lenin, tenían razón: no había ninguna posibilidad de que el Estado obrero ruso subsistiera aislado, sólo con sus propias fuerzas, cercado por el capitalismo (en este sentido efectivamente toda lucha es una interrogante). El proceso de burocratización, el ascenso del stalinismo, fue el resultado de la no-extensión de la revolución mundial y de las contradicciones internas de Rusia, que Aricó es renuente a mencionar –y mucho menos a explicar–.