2/5/12

Prosperidad sin crecimiento / Economía para un planeta finito

Luis Roca Jusmet

Reseña del libro “Prosperidad sin crecimiento. Economía para un planeta finito” / Autor: Tim Jackson / Traducción de Ángel Ponziano / Barcelona, Icaria, 2011

Especial para Gramscimanía
Con sus pros y sus contras, el libro que nos ocupa es imprescindible para cualquier ciudadano que quiera reflexionar sobre el mundo que vivimos y sus alternativas. Tiene la virtud de poner sobre el tablero, sin demagogia, las preguntas esenciales y los escenarios posibles para el futuro.

Video: Entrevista con Tim Jackson
¿Qué mundo queremos? ¿Qué criticamos del mundo presente? ¿ Qué proponemos? ¿ Cómo lo conseguiremos? Tim  Jackson no es revolucionario, no forma parte del movimiento antisistema. Es una académico serio, honesto y lúcido al que el gobierno laborista británico encargó un informe sobre Estilos de Vida, Valores y Medio Ambiente. La orientación del libro pone de manifiesto este origen. Jackson parece dirigirse a la vez a los gobernantes y a los ciudadanos para que cambien respectivamente sus políticas y sus hábitos.

Quizás esta sea la parte más cuestionable del libro, la de considerar que será la buena voluntad de los gobernantes y de los ciudadanos las que transformaran las cosas. Transformación que para Jackson no debe ser producto de una revolución, que fácilmente llevaría al caos, sino de reformas ordenadas pero radicales. El problema es que me parece evidente que los poderes establecidos, tanto económicos como burocráticos, tienen demasiados intereses y poca voluntad de cambio real. Difícilmente serán los sujetos voluntarios de esta propuesta de Jackson.

Pero, al margen de lo anteriormente planteado, el libro tiene una gran consistencia, una lógica rigurosa e impecable y una claridad expositiva ejemplar. Empieza por una definición de prosperidad muy interesante, que considera el punto de partida esencial. La define como el desarrollo de las capacidades florecientes de los seres humanos con recursos limitados en un planeta finito. Estas capacidades son los potenciales humanos que nos permiten sobrevivir en un mundo en el que nos sentimos seguros y confiados, en el que nos sentimos pertenecientes a una comunidad y cooperamos para conseguirlo. Se trata de recoger la libertad de los antiguos ( la de participar en los asuntos comunes) y la de los modernos ( la de las elecciones personales). Equilibrar el bien común y los intereses individuales. Un contrato social bien entendido siendo conscientes de nuestros límites, que vienen marcados por la ecología. La prosperidad, esta es la hipótesis del libro, no implica crecimiento. Por el contrario el crecimiento sin límites conduce a un consumismo sin sentido que no conduce a la felicidad, a una distribución totalmente desigual de los bienes y recursos y es, además insostenible. La felicidad colectiva, es decir, la prosperidad, es responsabilidad social y nos incumbe a todos. Debe ser justa y duradera. Es imprescindible vincular la economía con la sociedad y con el medio ambiente. Hay que introducir elementos éticos y morales en la economía. ¿Estamos tan cegados por la ideología neo liberal que no nos atrevemos a hacer previsiones por miedo a la verdad ? ¿ tan irresponsables somos ? Las preguntas van dirigidos a todos pero, sobre todo, a los que nos gobiernan.

Estamos en un círculo vicioso, consecuencia de la irresponsabilidad social, básicamente de nuestros dirigentes económicos y políticos. Y de sus ideólogos, los neoliberales que nos han hecho comulgar con ruedas de molino, presentando como ciencia lo que no es más ideología. La gran trampa de los economistas convencionales falsamente científicos es el mito del P.I.B. La gran trampa del P.I.B. Es que no contabiliza muchas actividades que son trabajo no lucrativo ( el trabajo doméstico, de voluntarios...) ni tampoco los daños ecológicos ni el endeudamiento. Otro de los fetiches es el del aumento de la productividad laboral, que en realidad lo que hace es destruir puestos de trabajos, comunidades y al medio ambiente.

El crecimiento no ha conducido a un mundo mejor, sino a una máquina de consumo en la que lo único que importa es tener más. El crecimiento-consumo sin límites  genera una profunda desigualdad por un lado e infelicidad y frustración por otro. El capitalismo es un sistema cada vez más parasitario que se alimenta del endeudamiento, tanto privado como público. Todo ello sin contar lo que podríamos llamar la deuda ecológica, es decir al impacto ecológico del crecimiento-consumo. Se está empeñando la prosperidad del futuro.

¿Cuáles son las propuestas de Tim Jackson ? La primera que analiza y que considera insuficiente es la del New Deal Verde Mundial. Está claro que decir que es insuficiente quiere decir que hay que ir más allá, porque ni tan solo esta propuesta es considerada seriamente por los centros de poder económicos y políticos globales. Se trataría de una inversión pública en seguridad energética, en infraestructuras que reduzcan las emisiones de carbono y en protección ecológica. Debería estar orientada a liberar recursos energéticos mediante la reducción de gastos energéticos y de materiales.  De reducir la dependencia a los productos energéticos que implican alianzas geopolíticas conflictivas. También de favorecer puestos de trabajo en industrias ambientales que protejan los activos ecológicos valiosos y que reduzcan las emisiones de carbono. Potenciar las infraestructuras naturales : agricultura sostenible y producción de ecosistemas. Impulsar el desarrollo de las energías renovables y de tecnologías reductoras de emisiones. Proyectos, por ejemplo, de aislamiento térmico de edificios, de red eléctrica inteligente, de energía solar y eólica. Paralelamente impulsar medidas fiscales contra las industrias contaminantes. Esta propuesta no le parece insuficiente por el cuestionamiento de la idea de crecimiento sostenible.

Jackson no utiliza el término decrecimiento. No lo hace porque la complejidad del mundo plantea que en algunos países sí puede ser necesario un crecimiento: crecer en unos y decrecer en otros. Deberíamos cambiar la idea de crecimiento, que no estuviera ligada a la producción y al consumo. Podemos crecer sumamente, socialmente con trabajos inmateriales, como la ayuda a las personas dependientes, por ejemplo. La propuesta de Jackson es la de una Macroeconomía ecológica que mantuviera los límites ecológicos según los criterios del bien común.  Buscar una estabilidad sin crecimiento donde repartamos el trabajo, lo cual implica una transformación radical difícil pero imposible. Serían necesarios cambios en la estructura económica  y en los valores, en las actitudes y en los estilos de vida. Es necesario volver a vincular la economía, la sociedad y el medio ambiente y no considerar a la primera como independientes de las anteriores. Ir hacia un modelo de simplicidad voluntaria en la forma de vivir. Políticamente hay que volver a la idea de contrato social y no depender de suprapoderes, como el económico: el poder político democrático ha de ser soberano. Esto implicaría un cambio tecnológico masivo, una voluntad política determinante y unos cambios sistemáticos en los patrones de demanda de consumo y una campaña internacional a favor de la transferencia de tecnologías para alcanzar reducciones substanciales en la utilización de los recursos globales. Las cosas van, en realidad, en sentido contrario. Esta es la cuestión. La pregunta que planteaba al inicio vuelve a aparecer ¿Quién será el sujeto del cambio? Estoy de acuerdo con Jackson que no hemos de pensar en revoluciones violentas sino en reformas progresivas y radicales.

Pero los gobiernos oligárquicos liberales no los harán. Ni el sistema capitalista lo permitirá desde su lógica y desde sus centros de poder. La transformación no será suave ni tranquila, por mucho que lo queramos.

Jackson es consciente de que hay que cambiar, como él dice, las estructuras de las economías de mercado. Pero su concepción del capitalismo no es demasiado consistente. Le falta la visión de un Wallernstein para entendelo como un sistema mundial. Jackson habla de diferentes capitalismos, como si fueran sistemas nacionales. La diferencia que finalmente acepta entre capitalismo y socialismo, que sería la propiedad privada o estatal de los medios de producción me parece menos convincente que la que plantea Wallernstein, que ve en el capitalismo una lógica económica global determinada por el aumento ilimitado del capital. Un sistema que tiende al monopolio y al oligopolio, por mucho que tienda a mercantilizarlo todo. En este sentido capitalismo quiere decir crecimiento y luchar contra el crecimiento quiere decir ser anticapitalista. Hay también una actitud demasiado conciliadora con los poderes políticos reales.

En todo caso me parece un libro excelente, un instrumento muy útil para entender que otro mundo es posible y es necesario.