3/5/12

La independencia de América Latina / La gran ocasión perdida para el mundo indígena

El antiguo Mundo Indígena @ Diego Rivera
Esteban Mira Caballos

“A 500 años de una dolorosa relación, el mundo occidental tiene una deuda con los pueblos de nuestra América…: el reconocimiento y respeto a nuestra diversidad cultural, en lo jurídico, en lo educativo, en lo económico, en lo social y en lo político; en suma, a nuestra existencia”: Marcos Sandoval

1. Introducción

Especial para Gramscimanía
[Sobre] la Independencia de América Latina [siempre es] oportuno recordar este acontecimiento histórico de una gran trascendencia, pero que obviamente sólo satisfizo a la élite criolla. Inicialmente los indios trataron fugazmente de controlar la guerra pero fracasaron. Al final, triunfó la revolución criolla en detrimento de la indígena para quienes la Guerra de Independencia no fue más que una nueva ocasión perdida.

En el siglo XVI perdieron en su lucha contra los españoles, y en el siglo XIX volvieron a perder, en esta ocasión frente a los criollos. Estos se aprovecharon de la masa indígena en su propio beneficio, igual que en las revoluciones de finales del siglo XVIII los burgueses utilizaron al pueblo en su propio beneficio. En eso guardan similitudes las guerras independentistas y las revoluciones burguesas. Unas y otras fueron realizadas y rentabilizadas por el mismo grupo de poder, es decir, por la élite burguesa.

En Latinoamérica la imagen del buen salvaje se retomó con gran fuerza a finales del siglo XVIII cuando muchos criollos independentistas contrapusieron el idílico mundo indígena a lo español. A los líderes de la emancipación les interesó presentarse como los grandes garantes de los derechos de los aborígenes, supuestamente eliminados a raíz de su Conquista. Por ello, desde finales del siglo XVIII la idealización de lo indígena y del desaparecido mundo prehispánico alcanzó sus máximas cotas. Pura y simple hipocresía porque precisamente esos criollos, que los habían explotado durante la época colonial, se convirtieron desde la Independencia en los responsables directos del etnocidio y del genocidio contemporáneo. Una cosa era lo que decían y otra muy distinta lo que hacían. 

Los amerindios habían esperado varios siglos para librarse del yugo occidental. Sus esperanzas quedaron truncadas. De hecho, en la praxis, los criollos no hicieron otra cosa que perpetuarse en el poder. Para los indios fue más de lo mismo; antes de la Independencia estaban en lo más bajo de la pirámide social lugar en el que permanecieron tras la Emancipación.

2. Del genocidio europeo al criollo

Una vez conseguida la Independencia, en la que colaboraron activamente muchos grupos indígenas, la situación en la que quedaron los indios fue aún peor que la que habían sufrido durante la colonización. Los indios también perdieron su guerra. Inicialmente, los criollos, plantearon falsas promesas a los aborígenes, prometiéndoles tierras y redención. Pero no tardaron en cambiar de opinión. La vitola igualitaria estaba muy bien, pero la aristocracia latifundista era criolla. Una cosa era predicar y otra bien distinta actuar. La equiparación de las ideas de redención con la de integración se abrió paso rápidamente. En el fondo los criollos estaban convencidos de que estos representaban un lastre para el desarrollo. Una idea muy generalizada a lo largo de toda la Edad Contemporánea en Latinoamérica. Por ello estaban decididos a sacarlos del pasado y a incorporarlos a su nueva sociedad. Ya no habría ni República de indios, ni nación india, ni comunidades indígenas, esa categoría desaparecería por las buenas o por las malas. Etnocidio puro y duro, nuevamente con la coartada de la civilización.   

En México la Ley Lerdo, del 25 de julio de 1856 desamortizó todos los bienes de las corporaciones civiles y eclesiásticas (Carbó, 2006: 3). Los ayuntamientos indígenas, perdieron definitivamente las tierras que habían mantenido en su poder durante el período colonial. El daño para ellos fue absolutamente irreparable. Las ansias de modernidad de la élite criolla volvía a dejarlos en la cuneta.
Un caso muy significativo fue el de los charrúas de Uruguay que fueron sometidos entre 1830 y 1835, cuando el presidente de ese país, José Fructuoso Rivera, dispuso su particular solución final. Y es que, pese al discurso político, perduró entre una buena parte de los criollos la vieja contraposición de civilización y barbarie.

Esta ideología criolla, triunfante en la Guerra de la Independencia se mantuvo durante todo el siglo XIX y buena parte del XX. De hecho, en 1894 escribió el insigne historiador Joaquín García Icazbalceta unas palabras que nos resultan muy significativas; explicando la necesidad que hubo de empujar hacia el desierto tanto a los indios norteamericanos como a los chichimecas del norte de México, escribió lo siguiente:
Y ahí están todavía, causando mil estragos, los restos de sus descendientes, que en tantos años no han tomado de la civilización sino el uso de las nuevas armas, y que al fin será preciso exterminar por completo.
Pero lo que es peor, en la primera mitad del siglo XX muchos pensadores, políticos e ideólogos continuaron manteniendo oficialmente posiciones similares. Por poner un ejemplo concreto, en 1931, Alejandro O. Deustua se lamentaba de la existencia en el Perú de indígenas, al tiempo que elogiaba a Argentina por haberlos exterminado (López Alfonso, 15).



3. La larga lucha por su libertad

En la segundad mitad del siglo XX la mayor parte de los pueblos indígenas fueron por fin oficialmente reconocidos como ciudadanos de pleno derecho en sus respectivos países. Muchos Estados se identificaron como multiculturales, reconociendo a sus comunidades indígenas y garantizándoles –al menos en teoría- la protección y el respeto por parte del estado (Stavenhaguen, 2009: 20). Así, por ejemplo, en 1995 el gobierno guatemalteco asumió su condición de país multiétnico, multicultural y multilingüe, incluyendo por supuesto a los grupos indígenas –mayas, xincas y garifunas- que representan en ese país casi la mitad de la población. Todo parecía indicar que se iba a salir de la tradicional invisibilidad indígena. Sin embargo, una cosa era la teoría y otra bien distinta la práctica. La discriminación, las vejaciones y los robos que se iniciaron en la Colonia y se prolongaron tras la Independencia está fuertemente arraigada en la sociedad contemporánea. En la praxis no han sido suficientes para protegerlos ni la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ni la inclusión de capítulos específicos de respeto en las distintas constituciones de los estados americanos. Ello ha provocado protestas sistemáticas por parte de grupos indígenas en distintos países como Brasil, Chile, Ecuador, Colombia, Honduras o Panamá. 

Las migraciones indígenas han continuado a lo largo del siglo XX. Muchos jóvenes indios se han visto obligados a dejar sus comunidades rurales y emigrar a la ciudad. En la Republica de México se estima que 2,4 millones de indios viven en grandes núcleos urbanos, lo que representa el 40 % del total de nativos que todavía sobreviven en este país (Arteaga, 2008: 679). Del total de indios, el 76,7 % de los hombres y el 56 % de las mujeres son alfabetos, es decir, saben leer y escribir. Por tanto, ya sea por motivos de estudios o por búsqueda de un trabajo, poco menos de la mitad de la población indígena de México, vive más o menos desarraigada de sus comunidades indígenas. En pleno siglo XX todo parece indicar que se va a culminar el etnocidio. En otros países de América, se les quita a los niños a las familias indígenas para educarlos en los valores occidentales. Intencionadamente se sigue aislando a las comunidades indígenas para así convencerlas de la inutilidad de su empeño. Y conviene recordar que no hay nada que el hombre tema más que el aislamiento, porque esto provoca una sensación de total desamparo que coartan su libertad (Fromm, 1986: 246).
Los grupos indígenas, allí donde han tenido todavía fuerza suficiente han intentado hacer su revolución en pleno siglo XX. Movimientos armados al margen del Estado, como Sendero Luminoso en Perú, o el zapatismo en México. En 1994 el Ejército Zapatista de Liberación Nacional se alzó en el Estado de Chiapas, dirigido por el subcomandante Marcos. Este movimiento aglutinó a los descontentos, sobre todo indios y mestizos, hartos de la política estatal de liberalización de las propiedades comunales que estaba llevando a cabo el gobierno del entonces presidente Salinas de Gortari (Poloni-Simard, 2005: 245). Revoluciones, como la bolivariana, llevada a cabo por un mestizo, o los cambios habidos en Bolivia con el primer presidente indígena, Evo Morales, de ascendencia aymara, evidencia el último intento de los amerindios de recuperar aquel poder que perdieron allá por el siglo XVI. Algunas élites económicas de este último país se lo han tomado tan mal que han intentado incluso la secesión.  Efectivamente en abril de 2008 montaron un referéndum de autodeterminación del Departamento de Santa Cruz, de mayoría mestiza. Y es que una cosa es reconocerle los derechos a los indígenas y otra que estos manden sobre la élite criolla y ostenten el poder central.

Sin embargo, ha sido a principios del siglo XXI cuando se ha alcanzado un verdadero hito en la lucha por la defensa de los pueblos indígenas. La instauración de un Foro permanente sobre Cuestiones Indígenas y sobre todo la promulgación por la Asamblea General de la ONU, el 13 de septiembre de 2007,  de la Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas han constituido un salto adelante sin precedentes (Publicada en Álvarez Molinero, 2009: 369-383). La aprobación de este último documento no fue fácil, pues, lograr un acuerdo costó varias décadas de trabajo y de debates. Y ello porque muchos lo veían como una amenaza a la integridad de sus respectivos Estados nacionales. Por ello, nada tiene de particular que el artículo más polémico fuese el 3º que establecía el derecho de los pueblos indígenas a su libre determinación. Finalmente, gracias al esfuerzo de todos se logró el acuerdo, por una mayoría aplastante, 144 Estados a favor frente a cuatro en contra, concretamente Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda.

En realidad, no es más que la misma Declaración de los Derechos Humanos adaptada y concretada para los pueblos indígenas. Por ello hay muchos que piensan que es innecesaria, porque esos mismos derechos los deben garantizar en teoría la Declaración Universal (Anaya, 2009: 37-49). Sin embargo, su promulgación ha sido necesaria por la falta de implementación de la legislación vigente, nacional e internacional. Ni se ha respetado la protección establecida en las Constituciones de los distintos países americanos ni tan siquiera la de los Derechos Humanos. Es más, la promulgación de esta carta específica para los indios denota las violaciones reiteradas que continuaron sufriendo en la praxis. Por ello, todo lo que sea asegurar más la protección legal de las comunidades indígenas siempre debe ser bien recibida. En ella se establece su derecho a la libertad (art 2º), a la libre determinación (art. 3º), a mantener y conservar sus propias instituciones y tradiciones (art. 5º y 11º), a gozar de unas condiciones de vida adecuadas (art. 21º) y a la reparación por los despojos pasados (art. 28º). 

Otra cuestión diferente es su implementación. Incluso, los países que la firmaron se encuentran ahora en la tesitura de su incumplimiento si sus intereses económicos o políticos están en juego. Así, por ejemplo, recientemente Bartolomé Clavero  ha denunciado la falta de sensibilidad del gobierno peruano con los pueblos awajún y wampis por la existencia de riquezas mineras en su territorio y las actuaciones de las poderosas compañías extractivas. Por desgracia, no es el único caso.

4. Conclusiones
Como escribió José Carlos Mariátegui, a las nacientes naciones criollas les correspondía redimir al indio pero, muy al contrario de lo que debían hacer, pauperizaron al indio, agravando su depresión y exasperando su miseria (Marchena, 1988: 81).  La situación no ha mejorado sustancialmente a lo largo de toda la Edad Contemporánea. Algunos movimientos revolucionarios, como el de Chiapas en México, sirven para recordarnos que el problema indígena sigue pendiente de solución, cinco siglos después de la Conquista.
En un mundo donde impera el neoliberalismo capitalista no hay demasiados motivos para ser optimista. Pese a ello, huelga decir que la Declaración de los Derechos de los Pueblos Indígenas de 2007 ha supuesto un paso adelante. Al menos disponemos de un instrumento legal para denunciar los crímenes, abusos y vejaciones que todavía hoy, en pleno siglo XXI, siguen sufriendo muchas comunidades indígenas. 

Sirva este bicentenario para recordar algunas de las consecuencias negativas de lo que no fue más que una revolución burguesa. Para los indígenas no significó más que el cambio de dueños y la perpetuación de una situación de desigualdad heredada de la Colonia. Los grandes olvidados por unos gobiernos criollos que mimetizaron los comportamientos de occidente. Las consecuencias todavía se sufren en la actualidad.


Bibliografía

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MARCHENA, Juan (Ed.): José Carlos Mariátegui. Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1988.
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STAVENHAGEN, Rodolfo: “Los pueblos indígenas como nuevos ciudadanos del mundo”, en Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. Hacia un mundo intercultural y sostenible. Madrid, Catarata, 2009.
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