27/5/12

Ezequiel Zamora / Nota prescindible sobre su periplo vital y muerte insólita

Julio Rafael Silva Sánchez

“Volvemos el rostro hacia el pasado no para escuchar la música de los recuerdos, ni para hacer en actitud forzada vanos y vistosos alardes de devoción a los Padres de la República, sino para recalentar los ánimos en la fragua donde los viejos vulcanos batieron el metal resistente.”: Mario Briceño-Iragorry, Por la ciudad hacia el mundo, 1957

Especial para Gramscimanía
Aquella calurosa e inolvidable tarde estival, el 10 de Enero de 1860, una bala asesina detuvo el corazón del General del Pueblo Soberano en la hermosa villa de San Carlos de Austria, capital del estado Cojedes, llenando de luto y consternación a toda Venezuela, estremecida en aquel tiempo  por el cruento fragor de la Guerra Federal.

¿Quién era, entonces y para siempre, Ezequiel Zamora?

Fue en Cúa, en tierras de lo que es hoy el estado Miranda, el 1º. de febrero de 1817, en plena gesta independentista, donde don Alejandro Zamora, soldado de Bolívar en esa guerra fratricida, y doña Paula Correa vieron nacer su segundo hijo, Ezequiel. Allí recibió una instrucción rudimentaria, como la mayoría de los niños de su época, y tuvo su mentor en el Doctor José Manuel García, abogado prominente de ideas liberales, quien le orientó en sus lecturas, le inculcó su amor al pueblo y le enseñó a ser hombre, en sus continuos viajes por el llano venezolano. “Era alto y delgado de cuerpo, de nariz prominente, ojos azules y pelo castaño pasudo…”, como lo describe el ilustre intelectual cojedeño Laureano Villanueva (en 1954).

Menos de treinta años tenía Zamora cuando, en 1845, comenzaron las luchas entre los liberales arruinados y los oligarcas, dueños del poder político y económico. Vivía en Villa de Cura, como pequeño comerciante, cuando empezó a hacerse eco de “El Venezolano” y otros periódicos con los cuales el Partido Liberal trataba de soliviantar a las masas, como única forma de defender sus intereses los criadores y agricultores quebrados por la carencia de circulante y por la puesta en vigencia de la Ley del 10 de Abril de 1834 (llamada, con propiedad, la “Ley de Usura”), la cual ponía en manos de los banqueros y comerciantes a los agricultores que no podían pagar sus deudas, permitiendo la prisión y el embargo, con medidas perentorias apoyadas por el Partido Conservador, conformado y fortalecido por  los antiguos realistas que quedaban en el país y quienes habían regresado, después de la Guerra de la Independencia, para invertir y recuperar sus capitales confiscados y repartidos por El Libertador entre sus soldados, como haberes militares.

Estos dos sectores: los miles de soldados patriotas en desbandada desesperada, quienes nada tenían  y tanto se les había ofrecido, y los pequeños y medianos productores, acorralados por el agio y la usura, fueron el substrato del formidable movimiento insurreccional, cuyo símbolo fue la figura apasionada de Ezequiel Zamora.

Por el desconocimiento de las elecciones de 1846, la represión permanente al movimiento popular, después de la fracasada entrevista entre Antonio Leocadio Guzmán, líder y demagogo liberal, y el General José Antonio Páez, líder conservador después de tantas glorias populares, Zamora insurge en armas y, por la Sierra de Carabobo, deja su primera estela de victorias, al lado del Indio Rangel, Rafael Flores “El Calvareño”, y muchos otros. El 8 de Septiembre del mismo año  es reconocido Zamora, en la citada Sierra de Carabobo, como General del Pueblo Soberano y Jefe Superior de la Revolución Federal.

Al final, ocho meses más tarde, en Mayo de 1847, después de quedar montones de cadáveres tendidos en los campos y serranías del Centro del país, Zamora, quien para entonces ya era un hombre temible por su constancia, su valor y su prestigio como soldado, fue derrotado, hecho prisionero y salvado del fusilamiento por ocultar su nombre. Fue condenado posteriormente a muerte y perdonado por la recia personalidad de José Tadeo Monagas, quien, por un error de táctica del Partido Conservador, suplantó a Soublette en la Presidencia de la República. No así el Indio Rangel, cuya cabeza dentro de un saco, fue enviada, como trofeo macabro a Caracas, en donde la recibió Páez, horrorizado ante tanto salvajismo.

Este movimiento armado ocurrido entre 1846 y 1847 fue una justa rebelión, con raigambre colectiva, contra el orden oligárquico. Fue una guerra o insurrección campesina, como bien la define el historiador Anatoli Shulgovsky, citado por Brito Figueroa (1981): 
“...Esta guerra, así como los movimientos sociales  que la precedieron, fue provocada por el deterioro de la situación de las masas trabajadoras del campo, al crearse condiciones que incrementaban su explotación por la clase oligárquica (...) Los sublevados reivindicaban el reparto de la tierra, la abolición de los impuestos y otros derechos conculcados. Precisamente, durante el período de esta sublevación empezó a configurarse con más precisión, la orientación antioligárquica de las opiniones del Héroe Nacional de Venezuela, Ezequiel Zamora, quien era en aquellos años uno de los dirigentes de la lucha popular.”
Así, pues, esta insurrección campesina no fue una rebelión contra un terrateniente o grupo de terratenientes de una región determinada, sino una guerra de esclavos y campesinos contra la clase oligárquica en su totalidad, y contra el Estado, identificado con los intereses de las clases dominantes. Esta insurrección campesina no fue una simple sedición provocada por la difusión de la propaganda democrático-liberal, sino la expresión violenta y armada de la lucha de clases entre explotados y explotadores.

Debemos subrayar que, en el contexto de la insurrección campesina de 1846, Ezequiel Zamora se transforma en un  héroe popular, en la figura más destacada de la revolución democrática antiesclavista y antifeudal. No es un simple guerrillero, cuyas acciones de protesta se circunscribían exclusivamente a la Sierra, los Valles y los Llanos Centrales, sino el hombre que simboliza y sintetiza la voluntad de las clases sociales explotadas para hacer la revolución. En este proceso insurreccional, Zamora se destaca no solamente como un jefe militar, estratégicamente hablando, sino como un revolucionario convencido y consciente de su elevada responsabilidad política.

Luego de la derrota, a lo largo de diez tumultuosos años, la vida militar  de Zamora atraviesa por algunos hechos trascendentales como éstos:

Sirve en el ejército del General José Tadeo Monagas como Primer Comandante de Milicias, en 1848.
Es Jefe Militar de Barinas, en el mismo año 1848. Entonces fue cuando Zamora divisó por vez primera aquellas inmensas llanuras, cruzadas por tantos ríos caudalosos y ribeteados de bosques frondosos, formando posiciones militares admirables.

Es Primer Comandante de los Ejércitos de la República, en 1849. Durante este lapso ocurre la Capitulación de Macapo, en Campo Monagas (Cojedes), en donde el General Páez, levantado en armas, fue derrotado por el bravo general tinaquero, José Laurencio Silva, Paradigma de Lealtad. El Gobierno Nacional desaprobó el convenio celebrado por Silva con Páez, y se declaró a éste prisionero de guerra, tocando a Zamora conducirlo preso a Caracas. Después, al enviar a Páez preso al Castillo de San Antonio en Cumaná, Zamora no aceptó el puesto de Jefe de las Armas para custodiar a aquél y se retiró a la vida privada, dedicándose al ramo mercantil, al cual siempre tuvo afición desde su juventud.

En 1851, asciende al poder el General José Gregorio Monagas, como 6º. Presidente Constitucional de la República, y llama al servicio al Comandante Ezequiel Zamora, creando la Compañía de Armas de la Provincia de Coro, la cual confía a aquél.

En 1852, se le asciende a  Coronel, por sus importantes servicios a la Nación.

En 1853, se le nombra Comandante de Armas de la Provincia de Maracaibo.
En el mismo año 1853, se le nombra Gobernador de la Provincia de Barinas, cargo que no aceptó por estar desempeñando la citada Comandancia de Armas de la Provincia de Maracaibo.

En 1854, se le asciende a General de Brigada de los Ejércitos de la República.
En ese mismo año 1854, se le confía la Comandancia de Armas de la Provincia de Guayana.

En 1855, fue nombrado Comandante de Armas de la Provincia de Barcelona.

En 1856, fue nombrado Comandante de Armas de la Provincia de Cumaná, cargo que ejerció hasta Mayo de 1857, cuando se retiró a la vida privada, para atender sus trabajos agrícolas que tenía en la Sierra de San Luis, en Coro.

A principios de Enero de 1858 fue llamado al servicio como Comandante Militar de la Península de Paraguaná. Allí estuvo hasta mediados de Marzo, cuando el General José Tadeo Monagas abdicó al mando de Presidente de la República.

En este largo tiempo (entre 1848 y 1858), durante el cual Zamora desempeñó tantos cargos militares de confianza, el General del Pueblo Soberano no sólo fue un fiel apoyo para los suyos, sino una garantía para todos, por su carácter austero, amigo de la igualdad, del orden y de la justicia.

En Marzo de 1858 se da el grito de rebelión en Valencia, por medio del cual el General Julián Castro abre  para Venezuela un largo período de guerra, en el que se devoran varias generaciones de sus hijos y desaparece la riqueza pública.

Este año es expulsado Zamora del país y se residencia en Curazao, desde donde se embarca hacia Venezuela, cuyas playas pisa  el 22 de Febrero de 1859. Se ocupa, entonces, de instalar en Coro el Primer Gobierno Federal de aquella Provincia, que se declaró Estado Soberano. Se inicia así la insurrección campesina de 1859. Como bien lo indica Lisandro Alvarado (1959):
“...Eran los primeros días de 1859. La insurrección, como un inmenso cáncer, extendía sus raíces en todas direcciones. Sobre el Apure hacíase sentir en Santo Domingo; sobre el Acarigua, en La Florida y en Sabaneta. En efecto, Natividad Petir, nativo del Aguasal de Cojedes se concentró en Las Raíces, lugar de la selva de Turén, con Pedro Archila y ambos allí se sublevaron. Mandado de Araure el Comandante Pedro Aranguren, Archila se retiró y Petit huyó hacia El Baúl.”
La insurrección campesina se extiende como una lengua de fuego que se propaga por todo el territorio de la República. Comienzan a multiplicarse los grupos armados en los Valles Centrales, los Llanos Centrales y Orientales, en la Sierra de Carabobo, en los montes de Cojedes y en los Valles de Aragua. El plan revolucionario (tratando de combinar todos los elementos adversos al régimen oligárquico) lo había estado preparando pacientemente Ezequiel Zamora, con la seguridad de que nada podrá evitar la revolución, hecho aceptado hasta por sus más enérgicos enemigos políticos. En los primeros días de enero de 1859, dos partidas insurrectas provenientes de la “facción de los Indios de Guanarito”, al mando de Regino Sulbarán, invaden la Provincia de Cojedes y llegan hasta Tinaquillo, sin dejar hueso sano por los puntos que pasaron. Esta “facción de los Indios de Guanarito”, estaba formada por conuqueros, vegueros, jornaleros campestres, empobrecidos y endeudados, quienes, desesperados por la  miseria y frustrados en sus aspiraciones habían huido hacia los Llanos para escapar a las acciones legalistas incoadas contra ellos por la burguesía comercial y usurera de los centros urbanos más importantes del país. Este cáncer atroz irradia sus raíces en todas direcciones, como lo registra el doctor Asdrúbal González, historiador y Cronista de Puerto Cabello, en su documentada obra Noticias de la Guerra Larga (2005): 
…la destrucción de la riqueza agraria fue sistemática. Se arrasan sementeras, se queman casas de haciendas, se asesinan caporales, se destruyen papeles y documentos que puedan garantizar obligaciones de campesinos endeudados. Uno de los argumentos para hacer tan destructora guerra fue el de que las propiedades pertenecían a los godos, identificando a los hacendados (fundadores en buena parte del Partido Liberal), como miembros de la godarria conservadora. Palabras puestas en boca de Zamora, señalaban la necesidad de destruir tales propiedades, “…porque con ellas los godos se imponen y oprimen al pueblo”.
Se organizó, entonces, el Gobierno Federal en Coro y, poniéndose Zamora de acuerdo con los hombres más importantes de la causa liberal en toda la República, sale a apoyar a los movimientos insurreccionales y a entablar la llamada Primera Campaña Federal, la cual se extenderá hasta tierra de Portuguesa, Carabobo, Yaracuy, Barquisimeto, Las Piedras, en Mérida, en una ascendente ruta hacia el poder. De estas fechas es preciso recordar la Proclama de Coro, según la cual el Gobierno Federal se proponía:

>> Defender con todos sus recursos y con su sangre la independencia administrativa.
>> Respetar y conservar la integridad y la unidad de la Nación en forma federal.
>> Abolición de la pena de muerte.
>> Libertad absoluta de prensa.
>> Libertad de tránsito, de asociación, de representación y de industria.
>> Prohibición perpetua de la esclavitud.
>> Inviolabilidad de la propiedad.
>> Creación de la Milicia Nacional Armada.
>> Elección universal, directa y secreta, del Presidente de la República, del Vicepresidente, de todos los legisladores, de todos los magistrados y de todos los jueces.

Concluía esta Proclama con un exordio del General Ezequiel Zamora, el cual pareciera tener vigencia en nuestros días: 
“…¡Corianos! Habéis levantado el pabellón de la libertad, de entre ese polvo de pasiones inmundas, del abismo de la ignominia. Grande es vuestra gloria. La gratitud de la Nación será, no lo dudéis, inmensa, como su cooperación, como la unidad de su querer, como la explosión de si valor para sacudir todo género de servidumbre.”
Así nos encontramos a Zamora planificando y dirigiendo la Batalla de Santa Inés, cuya primera fase se inició a las ocho y treinta de la mañana del 9 de Diciembre de 1859. Esta batalla, que constituyó un verdadero desastre para las fuerzas del gobierno, fue magistralmente descrita por Laureano Villanueva (en su obra ya citada) de la siguiente manera: 
“...El choque fue como debía ser entre gente heroica, estupendo y horrible (...) No era posible a los centralistas adelantar un paso, porque las descargas de los federales eran tan apretadas y certeras por el frente y por los flancos, que las compañías casi en su totalidad caían destrozadas unas sobre otras, apilándose los heridos y los muertos en el lomo del perro y en los pantanos laterales del campo.”
Después de esta batalla, Zamora se prepara para invadir el centro del país. El 31 de Diciembre de 1859, a la cabeza de un ejército de más de seis mil soldados, salió de Barinas. Marchaba hacia Caracas, haciendo escala en Guanare y en San Carlos, Nuestra ciudad capital estaba en poder de los oligarcas, pero su ocupación era indispensable, porque en ella estaba depositado, como lo afirma Francisco Iriarte, en su Informe sobre la Batalla de Santa Inés, del 28 de Diciembre de 1859, citado por Brito Figueroa en su obra antes mencionada: “...Un gran parque enviado con anterioridad por el Gobierno antes de la batalla de Santa Inés.”

Zamora no podía eludir su paso por San Carlos, utilizando las vías que conducían a la Provincia del Guárico, porque, en aquel momento preciso, la posesión de armas de fuego era una cuestión vital para las tropas federales.

Así encontramos a Zamora  frente a San Carlos, el 9 de Enero de 1860, un mes después de la Batalla de Santa Inés, donde tronó el cañón y los acompañó la victoria, contemplando la ciudad desde su campamento a la entrada del pueblo, en las playas del río Tirgua, siempre mirando fijamente las casas distantes, como si presintiera algo en el hálito de aquella población, como si el paisaje lo obligara a meditar en silencio, al juntarse el silencio con la oscuridad.

Al amanecer del día siguiente, el 10 de Enero de 1860, Ezequiel Zamora, el General del Pueblo Soberano se dispone a tomar a San Carlos.  Y así lo describe la egregia pluma del compatriota barinés José León Tapia, en su magnífica obra Ezequiel Zamora a la espera del amanecer (1993):
...Y se levantó como un  sonámbulo bajo el solecito del amanecer, en busca de su caballo que ya le tenía ensillado el sargento Palacios, quien lo miraba asombrado y sin comprender.
Era un día esplendoroso, pintado en las aguas que lo separaban de la calle larga de la ciudad.
Las tropas, distribuidas estratégicamente desde la noche anterior, tenían tendido el cerco impenetrable por los cuatro costados de la población.
Comenzaron a escucharse disparos aislados que después se reunían en descargas, cada vez más cerradas, al avanzar las primeras compañías por los solares de las casas, esas casas blancas, de grandes aleros e inmensas paredes de San Carlos de Austria.
Se puso la guerrera apresuradamente. Montó a caballo de un salto y cruzó el río, seguido por sus compañeros. Con el agua en los ijares. Falcón tomó hacia el camino de Valencia para evitar la llegada de refuerzos y él, junto con los suyos y Antonio Guzmán Blanco, corrió calle arriba hasta llegar a la torre de la Iglesia. La iglesia de San Juan Bautista, de gran portón abierto y altozano de ladrillos rojizos,
Justamente ahí los detuvo la barrera de balazos que partían de la trinchera de la Cruz Verde, defendida por los colorados maldicientes.
Al pasar frente a La Blanquera, donde se había planeado la Batalla de Carabobo, la miró de soslayo, recordando el suceso y sintiéndose parte de esos héroes.
El recuerdo lo inspiró para enfrentar a pecho limpio el rocío de los balazos, hasta que vió la iglesia abierta y en ella entró a caballo con  un tronido de cascos.
Se apeó y subió a la torre junto con su Estado Mayor y desde allí divisó a sus pies la ciudad asediada con coto su azoro y la majestad de sus grandes casas de alto.
Fue un momento crucial al mirar hacia la derecha donde vió que lo llamaban, al enfocar hacia allá su anteojo de campaña.
Bajó apresuradamente y le ordenó a Guzmán que cruzara la calle y entrara a la casa de enfrente. Detrás fue él y por la calle transversal penetró en la casa del Doctor Acuña, cirujano del ejército.
Desayunaba con su familia el médico, quien lo invitó a sentarse a su mesa entre la música de los disparos. __Ya regreso, Doctor, tengo una llamada urgente le dijo, y continuó corriendo.
Iba ciego de pasión, enardecido, desafiante. Corría a grandes trancos por al patio, con la angustia en la boca y un raro presentimiento en el pecho.
__¿Qué pasa? Vamos, avancen que ya esta plaza es nuestra…__Cuando, al entrar al boquerón de la pared divisoria, a la cuenca de su ojo derecho le llegó el balazo.
Cayó de espaldas, en los brazos de Guzmán, quien venía siguiéndole los pasos.
Allí mismo lo sepultaron, después de esconderlo todo el día para no desmoralizar al ejército. Esperaron la noche, para que lo hicieran cuatro soldados de Nutrias que licenciaron inmediatamente.
Después, todo quedó en el destino del balazo, en la incógnita de su muerte, entre la duda y la realidad que envuelven siempre los grandes sucesos.  
En el viento permaneció la esperanza reflejada en los ojos llorosos del sargento Palacios.
La cruda realidad venció al sueño de los recuerdos y al futuro de un destino todavía incierto.
En el campo de Santa Inés, lo han visto en su mula alazana por las veredas del monte.
Había muerto Ezequiel Zamora, el General del Pueblo Soberano, el General en Jefe de los Ejércitos Federales de la República de Venezuela. Más correcto: lo habían asesinado en beneficio de la oligarquía venezolana. Con profundo dolor escribía Emilio Navarro en su Diario de Campaña (1963): “...vi el cadáver de Zamora, el fiel soldado de la Federación (...) el mejor amigo del pueblo (...) el punto único donde estaban vinculadas las legítimas esperanzas del pueblo venezolano.”
Así también lo recuerda Domingo Alberto Rangel (1964): 
“...Para que Ezequiel Zamora fuera grande…y lo fue con proporción de guerrero y de apóstol, la tierra venezolana le parió soldados. Ese hombre no tenía un ejército, sino un pueblo atormentado por su huella. Hubiera tenido cien mil hombres si el balazo de San Carlos no pone una raya de sangre en su carrera de saeta.”
En recuerdo de este célebre caudillo, parece también oportuna la opinión del historiador Adolfo Rodríguez, quien, en su obra La llamada del fuego. Vida, pasión y mito de Ezequiel Zamora (2005), aduce:
“No hay que desechar, a pesar de la candidez de Zamora y un margen de coincidencia con desposeídos y marginados, que, en su ánimo, estuviese prendiendo un fueguito redentor, por su impacto en los planes que más visceralmente le importunaban: aplastar el poder político que menospreciaba y su base social y económica si fuese inevitable para el logro de tan caro deseo. Pero jamás lo manifestó de manera rotunda.”
 Nos gustaría concluir con la acertada opinión de Mariányela González Clark (1999), según la cual: 
“...Zamora, atrapado en las intrigas de los que se suponían eran sus más cercanos colaboradores, se siente derrotado, baja la guardia y después de esa interminable noche fantasmal, es cuando se precipita el ocaso del Caudillo que morirá en San Carlos (...) en aquel trágico final que lo dejó en San Carlos, como Quijote clavado en las aspas mortales de los molinos de viento.
Referencias bibliográficas

>> Alvarado, L. (1959). Historia de la Revolución Federal en Venezuela. Caracas: Litografía del Comercio.
>> Arcaya. P. M. (1969). Estudios sobre personajes y hechos de la Historia  de Venezuela.  Caracas: Ediciones de la Academia Nacional de la Historia.
>> Briceño I., M. (1957). Por la ciudad hacia el mundo. Madrid : Edime.
>> Brito Figueroa, F. (1981). Tiempo de Ezequiel Zamora. Caracas: Ediciones De la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela.
>> González, A. (2005). Noticias de la Guerra Larga. Barinas: Fondo Editorial UNELLEZ.
>> González Clark, M. (1999). José León Tapia: el hombre y sus sueños.  Barinas/Venezuela: El Centauro Editores.
>> Landaeta Rosales, M. (1975). Biografía del Valiente Ciudadano,  General Ezequiel Zamora. Caracas: Ediciones de la Oficina Central de Información.
>> Navarro, E. (1963).  La Revolución Federal (1859.1863). Caracas: Ediciones del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes.
>> Rangel. D.A. (1964). Los andinos en el poder. Valencia/Venezuela: Vadell Hermanos Editores.
>> Rodríguez, A. (2005). La llamada del fuego. Vida, pasión y mito de Ezequiel Zamora. Caracas: Ediciones de la Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia.
>> Tapia, J .L. (1993). Ezequiel Zamora a la espera del amanecer. Caracas: Ediciones Centauro.
>> Tapia, J. L  (1995). En el país de la memoria. Caracas: Ediciones Centauro.
>> Tapia, J. L.  (1990). Obras (Vol. II). Caracas: Ediciones de la Presidencia   de la República.
>> Villanueva, L. (1954). Ezequiel Zamora. Barquisimeto / Venezuela:Editorial Nueva Segovia.

Finalizamos recordando al poeta Pablo Neruda y su inspiración por Ezequiel Zamora

Zamora, Capitán, se divisa tu rostro.
Otra vez entre pólvora y humo tu espada está naciendo.
Otra vez tu bandera con sangre se ha bordado.
Los malvados atacan tu semilla de nuevo:
Clavado en otra cruz está el hijo del hombre.
Pero hacia la esperanza nos conduce tu sombra.
El laurel y la luz de tu ejército rojo
A través de la noche de América, tu voz nace de nuevo;
Tu ejército defiende las banderas sagradas;
La libertad sacude las campanas sangrientas.
General: un mundo de paz nació en tus brazos.
La paz, el pan, el  trigo de tu sangre nacieron:
De nuestra sangre joven venida de tu sangre
Saldrá paz, pan y trigo, para el mundo que haremos!