27/5/12

En la república de Alain Badiou

@ Tim Robinson
El triunfo socialista en las elecciones presidenciales francesas, las enseñanzas de Platón para la política actual y las razones por las cuales “el comunismo nunca fue una utopía” protagonizan esta entrevista con el autor de “El concepto de modelo”.

José Fernández Vega

Alain Badiou es considerado como el último representante de la gran tradición teórica francesa que brilló durante la segunda mitad del siglo XX. Seguidor de Sartre en su juventud, y de Althusser y Lacan después, sus escritos teóricos trabajan lo que denominó las cuatro condiciones de la filosofía: matemática, política, amor y arte. La inmensa obra de Badiou abarca también la novela y la dramaturgia. Si en el plano especulativo intenta formalizar una teoría del sujeto y desarrollar una metafísica, en el político es un ardiente militante de “la hipótesis comunista” y un detractor del ex presidente francés Nicolas Sarkozy, a quien, en un exitoso líbelo (¿Qué representa el nombre de Sarkozy?), comparó con Pétain, colaboracionista bajo la ocupación nazi. Ambos, escribió, hablaban de la regeneración moral del país, pero fundaron su poder sobre el miedo y el servilismo a los vencedores (Hitler en un caso; el gran capital financiero, en el otro). Distinguido recientemente con un doctorado honoris causa por la Universidad Nacional de San Martín, Badiou brindó allí varias charlas. Habló de su último libro, una versión libre y personalísima de un clásico absoluto de la filosofía, la República de Platón (el Fondo de Cultura Económica lo publicará en español en 2013).
-Tras sus invectivas sobre Sarkozy, ¿cómo interpretar su abstención en las dos vueltas de los que algunos analistas consideraron los comicios más importantes de Francia desde la posguerra? ¿Daba lo mismo cualquier victoria?
-Como dije en mi libro, no es que Sarkozy y Hollande sean la misma cosa. Existen situaciones en la vida, que conocemos bien, donde hay dos posibilidades diferentes y ninguna nos conviene. A veces dos mujeres nos hacen la corte, no elegimos a ninguna y no por eso pensamos que sean iguales. Es el mismo caso. Tengo una larga experiencia con la política socialista en Francia. Fui miembro del PS, en los peores años de la Guerra de Argelia y mi padre fue alcalde de una ciudad de Toulouse. Es mi cultura de origen. Sé de qué son capaces los socialistas. Tuvimos a Mitterrand, que fue presidente durante los años 80, época de una importante regresión reaccionaria en Francia y en el mundo entero. Pienso que, en lo esencial, y para los temas importantes, Hollande tomará las mismas medidas que Sarkozy. Lo dice claramente cuando afirma que su objetivo principal es levantar cabeza, que su política sobre los extranjeros no será muy distinta de la de Sarkozy y que, en tercer lugar, mantendrá el mismo rumbo en política nuclear. Todo el mundo se alegra de que haya ganado, pero por la negativa: la mayoría de los franceses ya no soportaban a Sarkozy.
-Se le podría reprochar un principismo que no abre opciones tácticas, un rechazo a elegir sin abrir el juego a la política concreta.
-La cuestión es saber qué se abre. En mi libro sobre Sarkozy describí muy claramente el papel de las candidaturas socialistas. Hay gente según la cual estamos obligados a estar encerrados, y no queda otra. Y están los socialistas, para quienes hay una salida. Actúan como si hubiera una puerta. Pero uno sale, camina por un pasillo circular y vuelve al mismo lugar. El gobierno de Mitterrand hizo reformas importantes durante dos años y luego dijo que había que volver a la situación anterior. Será lo mismo, lo sé. Entonces, no es negación a elegir, es que no hay opción. Los dos candidatos representan, no lo mismo en los detalles, pero no son políticos distintos. Lo mío es más que una abstención; es la idea de que el voto es una falsa opción. Si hubiera una verdadera elección entre dos políticas diferentes, vería lo que puedo hacer.
-Días atrás, Ud. escribió en Le Monde que el clima racista en Francia se originó en algunos intelectuales, secundados luego por políticas de gobierno, y con complicidades socialistas.
-La industria francesa hizo venir en masa a obreros del Magreb y de los antiguos países colonizados. Iban a buscarlos en avión. Conocí esa época. Lo hacía Renault y otras empresas. Vinieron y trabajaron por diez, veinticinco años. Hicieron venir a sus mujeres y a sus hijos. Y resulta que ahora hay un “peligro islámico”. Es una operación completamente ideológica y ridícula. No es nada nuevo. En la Francia de los años 30 se decía exactamente lo mismo sobre los italianos o los polacos. No hay peligro islámico, sino ciertos terroristas islámicos y hechos policiales. Acuso totalmente al gobierno, y a los intelectuales que apoyaron esa política, de llevar a cabo un procedimiento de extrema derecha que consiste en señalar chivos expiatorios en la sociedad, dividiéndola, y de hacer como si los responsables de la crisis económica fueran finalmente los más pobres, los más desvalidos de la sociedad. Es un horror que constato en todas las fuerzas políticas, sin excepción. Tomemos un ejemplo. Hubo un problema con el pañuelo árabe. Mi abuela se cubría la cabeza con un pañuelo y era cristiana. ¿Es la gente del pueblo la que no soporta ver mujeres con pañuelo? Para nada, son los intelectuales quienes lanzaron esa campaña y desencadenaron contradicciones que no tenían razón de ser.
-En su remake de la “República” sostiene la necesidad de vincular la política con la verdad, con lo universal. ¿Es esa la potencia contemporánea de Platón?
-La política moderna sostiene que la política es opinión y depende del juicio personal. Filosóficamente, esa tesis viene de lejos y le viene muy bien a la política parlamentaria: usted tiene a dos hombres, entonces va a juzgar a uno como bueno y al otro como no bueno. Pero esa es una visión muy limitada, porque su juicio no toma posición sobre lo que deben ser las acciones. Sólo supone un estado de cosas y, luego, yo juzgo esto o lo otro. Pienso que la verdad política implica, sin duda, juzgar el orden social y colectivo existente. Hay situaciones en las que uno quiere transformar lo que se juzga en función de una idea. Es inevitable. Si no, ¿de dónde saldría el deseo de transformar la situación? Uno quiere que sea diferente de la que es. Cuando digo que la idea está en el origen de la acción, es una evidencia; no es que lo haya sacado de Platón. Si alguien no tiene ideas, no buscará el cambio. Platón nos recuerda que las opiniones, los juicios que no están fundados, circulan. Uno se liga a algo en la sociedad a través de la comunicación. Todo se comunica, todo circula. Filosóficamente, debemos desechar a quienes no son conscientes de que criticar la simple circulación de las opiniones es una necesidad, y de que “verdad” es el nombre que se le ha dado desde siempre a algo más que la circulación de opinión: algo que se puede justificar, argumentar, eventualmente probar, y desde ese punto de vista, sería un freno a la simple circulación de la información. Es preciso decir la verdad sobre las razones por las cuales, en Francia, tenemos varios millones de personas de origen africano. Ellos lo evitan. Cuando nos cuentan que fue una invasión, y que hay demasiados, no dicen la verdad.
-Cierta tradición liberal cree que cuando se afirman verdades, se arriesga la guerra civil y que, en las experiencias revolucionarias, después de las ideas vino el terror. Por otro lado, intérpretes liberales vieron en la República un remoto antecedente del fascismo. ¿Sería mejor olvidar las ideas en política?
-La política que defiendo tiene objetivos muy claros, muy antiguos: poner fin a la dominación del cuerpo social por parte de una oligarquía, porque ésta controla, en lo esencial, la circulación del capital. Aun los liberales están obligados a reconocerlo. En el liberalismo se confía el destino de millones de personas al cálculo y a los intereses de la circulación del capital. De esta verdad, se puede concluir que no hay un auténtico estado de justicia. Es completamente injusto que un día nos ocurra súbitamente una catástrofe en la vida. Catástrofes, ligadas al beneficio, que se imponen como errores de cálculo sobre las necesidades de los otros. Hay gente aquí, en China, en Africa, que sufre consecuencias desastrosas en su propia existencia. Y el liberalismo dice que no se puede evitar ese tipo de cosas. Es su doctrina. No se puede evitar porque, de lo contrario, necesariamente adviene el terror. Todas las experiencias históricas habrían desembocado, en efecto, en el terrorismo. Es un problema de los otros, no mío. Es un poco como si detuviéramos la historia en la Edad Media y el cristianismo fuese la Inquisición que mataba, quemaba herejes, torturaba. El cristianismo fue eso, pero nadie piensa que es su esencia; también pudo producir un San Francisco de Asís. Es exactamente lo mismo para la política de emancipación, que conoce, y ha conocido, episodios de desviación violenta.
-En el pensamiento contemporáneo, es difícil encontrar vinculaciones entre política y verdad. Una excepción es quizás el actual Papa, Ratzinger, que ataca a los mismos enemigos que usted identifica en su libro: el cinismo, el escepticismo y el relativismo. ¿Existe una relación?
-No tiene nada que ver. Creo que el gran fenómeno que se produce en el siglo XX, en la modernidad, es que Dios ha muerto. Es un cadáver que continúa en el Papa. Dios murió e inmediatamente se abrieron las grandes batallas de pensamiento, muy confusas, que conmovieron al siglo XX y continúan hoy. ¿Qué podemos hacer, cuál es nuestro porvenir? Dostoievski dijo que si Dios ha muerto, todo está permitido. Según el pensamiento dominante, el relativismo, el cinismo, el escepticismo, es eso. Los pretendidos cristianos o los pretendidos musulmanes no lo saben. Piensan que todo está permitido, pero ya no saben por qué lo piensan. Esa es una primera reacción posible. La segunda es que debemos reconstruir un pensamiento verdaderamente terrestre y secular. En el arte y las políticas emancipatorias se pueden encontrar experiencias que merecen ser calificadas de verdaderas, por oposición a las opiniones intercambiables del cinismo o del relativismo. En el espacio de la religión están quienes se aferran al cadáver, para tratar de mantener el fetiche de la verdad absoluta. Y aquellos que, puesto que ya no hay trascendencia, dicen “hago lo que quiero y sólo importan los intereses que dirigen mi vida, mis apetitos, mis deseos”. Pequeñas ambiciones personales. Y luego aquellos otros, entre los que me cuento, que asumen absolutamente que Dios ha muerto, pero piensan que no es necesario que la humanidad quede desprovista de una orientación. La humanidad tiene el don de darse una orientación creadora verdadera, en la cual encontrará algo superior a la sociedad mercantil. Esta orientación es la que conviene buscar y sacar a la luz. Desde ese punto de vista, diré que sólo el capital se cree por encima del cinismo, del relativismo. En realidad, esta es la consecuencia de la muerte de Dios, y forma parte de la sociedad contemporánea. Y yo formo parte de ella, pero en otro sentido: soy completamente laico, defiendo el derecho de la humanidad a considerarse capaz de crear y de acceder a la auténtica verdad, y de proponer un sentido no religioso.
-Usted hace una original defensa de la metafísica en un contexto teórico posmetafísico. ¿Pero no hay en ella una esperanza casi religiosa en el renacimiento de algo aparentemente muerto como el legado comunista?
-No veo nada de religioso en mi posición. Quizá no nos entendemos. Religioso quiere decir que una experiencia humana sólo tiene sentido si está supeditada a una trascendencia. Es una definición posible. Si uno no tiene la idea de que su vida está supeditada a algo que la supera, no es religioso. Los que están en el relativismo y en el escepticismo están mucho más en la religión que yo, porque la negatividad que eso conlleva es lo que dice Dostoievski. Piensan así: si Dios ha muerto, todo vale. Están convencidos de que si no se cree en Dios, todo pierde sentido. Pondría incluso del mismo lado al Papa y al relativismo moderno. La contradicción entre ellos es la que define la época. Por el contrario, el procedimiento de reconstrucción de lo que llamo las verdades inmanentes, no necesita recurrir a una trascendencia. Se abre ahora, es la nueva posibilidad real: el futuro en que la humanidad arbitrará la situación de que Dios haya muerto. Una posibilidad positiva. Hay gente que vive la muerte de Dios de modo nihilista, cínico, relativista. Una obsesión por la finitud, como animales que buscan satisfacer sus necesidades elementales. Son religiosos negativos, la contracara de los religiosos. Si queremos crear algo diferente de la religión, debemos hacerlo en una actitud que reconstruya la posibilidad de un sentido de la existencia. Por eso creo que soy yo el verdadero ateo.
-¿Por qué recurrir a un utopista de la antigüedad, Platón, cuyas iniciativas políticas naufragaron para defender la memoria y el futuro de una utopía moderna, la comunista, que colapsó? ¿No superpone dos fracasos?
-El comunismo nunca fue una utopía. Además, se lo acusa tanto de utopía como de realidad bárbara y sangrienta. ¡Hay que elegir! En realidad, el comunismo es una idea, yo lo propongo como hipótesis. Que la Tierra es redonda es algo que hay que demostrar en la experiencia. Si se formula una hipótesis sobre un teorema matemático o sobre una teoría física, puede tomar tiempo, un siglo o dos, para demostrarla o desecharla. No es una utopía. Por razones precisas, el mundo social tal como está organizado nos parece irracional, y pensamos que es posible racionalizarlo un poco, volverlo más justo y, para hacerlo, hay que experimentar esto o lo otro. Tendremos experiencias que fracasarán, otras que tendrán poco éxito, y luego, quizá, se encontrará una vía para que resulte. Ciertas experiencias hechas sobre un factor tan radical como la organización de la sociedad fracasan. Pero sabemos que la historia de las ciencias está llena de experiencias no exitosas y rectificaciones. Y la historia del comunismo es esa a lo largo del siglo XX. No porque sea una utopía, sino porque es un problema difícil.
Traducción de Estela Consigli