15/5/12

El gambito iraní en las conversaciones nucleares

El gambito es una jugada de ajedrez en la cual se sacrifica una pieza para obtener una posición ventajosa en la partida.

Alberto Cruz

El ajedrez es un juego fascinante y, además, se deriva del viejo shatranj persa. El gran poeta Hakim Abul-Qasim Firdusi (935-1020/1025, se desconoce la fecha exacta de su muerte pero fue entre esos años) en su obra Shahnama (“El libro de los reyes”) se hace eco del origen indio de este juego, el chaturanga, y explica que fue debido a una polémica sobre el enfrentamiento entre dos hermanos al trono que fue resuelta por un grupo de sabios al reproducir sobre el suelo una batalla entre ellos. Los sabios ordenaron la construcción de estatuillas de madera oscura y marfil representando al rey, su general, dos elefantes (“fil”, en farsi), dos carruajes y dos caballeros junto con sus respectivos soldados. Reprodujeron la batalla y sus variantes, en términos reducidos, y así llegó el juego a Persia, hoy Irán, de la mano de Firdusi.

Firdusi es el gran poeta persa por excelencia. Escribió el Shahnama enteramente en farsi, un hecho crucial para el mantenimiento del idioma ante el empuje del árabe que iba en paralelo con la expansión del islam. Firdusi se islamizó, pero mantuvo su lengua. El Shahnama es una gran epopeya, la gran obra nacional iraní, y le llevó 30 años completarla.

Casi 10 años es lo que lleva el llamado “contencioso nuclear” con Irán. La historia parte de los inicios de 2003, cuando el entonces presidente iraní, Muhammad Jatami, ofreció suspender su programa nuclear a cambio de una normalización plena con los Estados Unidos y, por supuesto, el fin de las sanciones que este país mantiene contra la República Islámica desde el triunfo de la revolución islámica en 1979. Hay quien dice que Jatami no hizo su propuesta en el momento idóneo, que se produjo cuando se gestaba la invasión y ocupación neocolonial de Irak y que lo que menos quería el entonces presidente de EEU, George W. Bush, era un acuerdo con su archienemigo. De hecho, dado que EEUU no tiene relaciones diplomáticas con Irán, es Suiza quien representa los intereses estadounidenses en Teherán. Pues bien, Bush llegó al extremo de “reprender” a Suiza por haber, simplemente, dado curso a la oferta de Jatami. A pesar de la negativa de Bush, Irán hizo un gesto de buena voluntad en noviembre de ese mismo año al suspender voluntariamente todas las fases de ejecución del proyecto de enriquecimiento de uranio de Natanz a raíz de un acuerdo suscrito con Alemania, Gran Bretaña y Francia.

La suspensión estuvo vigente hasta el año 2005, al no cumplir los europeos los compromisos suscritos en 2003, y sólo fue parcialmente levantada al reiniciarse el proceso en Isfahan. La reanudación del proyecto nuclear iraní era un aviso de que la situación no se podía postergar en el tiempo, que los europeos tenían que cumplir lo firmado y para no romper la baraja y demostrar que seguía teniendo buena voluntad en el tema nuclear en septiembre de 2005, en la Asamblea General de la ONU, el nuevo presidente de Irán, Mahmoud Ajamadineyad, dio un paso más allá: en un gesto sin precedentes, invitó a empresas extranjeras tanto privadas como estatales a participar en las actividades nucleares de Natanz cuando ésta central fuese reabierta, suponiendo que ello sería el golpe de gracia al temor de los occidentales sobre los fines pacíficos del programa civil atómico de Teherán. Más tarde se concretó que esta participación extranjera en el programa nuclear podía realizarse hasta en un 35%. Los países occidentales hicieron caso omiso de ese anuncio y desoyendo la protesta iraní por los incumplimientos –básicamente consistentes en entregar a Irán el combustible necesario para la investigación médica- exigieron “más transparencia” en el programa nuclear para seguir adelante con el acuerdo.

En consecuencia, Irán decidió que había sido víctima de un engaño y dio por finalizada la suspensión, lo que dio pie al incremento de las sanciones ahora bajo el paraguas de la ONU, en 2006. La historia, desde entonces, es más o menos conocida.

Occidente tiene una larga lista de promesas incumplidas con Irán respecto al tema nuclear. El último, cuando en 2010 Irán llegó a un acuerdo con Turquía y Brasil para intercambiar combustible y tanto Rusia como Francia, este país en menor medida, se mostraron partidarios de aceptar dicho acuerdo pero las presiones de EEUU hicieron inviable cualquier movimiento en ese sentido. Y eso, pese a que el acuerdo partía de los presupuestos pedidos por EEUU. Por eso Irán ha hecho bien en no fiarse de Occidente, en no someterse a las presiones y en continuar desarrollando su capacidad nuclear hasta el punto de conseguir enriquecer el uranio hasta el 20%, límite para los reactores de investigación pero insuficiente para ser utilizado para fabricar bombas atómicas, que precisan un uranio enriquecido al 90%.

Cese del enriquecimiento de uranio

Este es el movimiento que está jugando ahora Irán en la partida de ajedrez de las reiniciadas conversaciones nucleares el pasado mes en Estambul (13-14 de abril) y que tendrán su continuidad en Bagdad el 23 de mayo. Irán ha iniciado la partida con un gambito, un sacrificio de material para tomar una pequeña ventaja. Aunque es un movimiento que se puede contrarrestar, cuando se acepta el gambito se pierde un cierto tiempo en reorganizar las piezas. Esa es la baza iraní. Su gambito es cesar de enriquecer uranio al 20%, el punto donde fracasaron las anteriores conversaciones. Ahora lo ofrece porque ha demostrado que tiene capacidad para hacerlo y tras haber perfeccionado su tecnología para producirlo pese a los sabotajes (como el gusano informático Stuxnet, con el que se trató de impedirlo) y los asesinatos de científicos nucleares.

Al contrario que en otras ocasiones, ahora Irán está mejor preparado para jugar la partida. Puede ofrecer una concesión porque ya ha demostrado que tiene capacidad para ir más allá y ha enrocado al rey: la central de Fordo, escavada en una montaña, es difícil de bombardear y, por lo tanto, prácticamente indestructible. Esta es la razón por la que Occidente insiste en que Irán debe parar, y desmantelar, dicha central. De nada sirve bombardear otras centrales si se deja una en funcionamiento, puesto que lo más que se hará será retrasar un proceso que es ya irreversible. Esa es la razón por la que se ha vuelto a la mesa de conversaciones.

Todos tienen algo de lo que felicitarse. Occidente, porque considera que las sanciones a que viene sometiendo al país persa le han obligado a sentarse a negociar. Los iraníes, porque han demostrado que no se les puede doblegar. En este sentido, es muy aleccionador el editorial del diario Kayhan, el diario más influyente y directamente dependiente de la oficina del líder supremo religioso, Alí Jamanei: “Hasta ahora, siempre que los americanos hablaban de fomento de la confianza por parte de Irán sólo significaba una cosa, que Irán debe detener cualquier tipo de enriquecimiento; pero hoy en día ya reconocen explícitamente que se puede aceptar un nivel del 3’5-5%. Por lo tanto, la era de la negación del derecho de Irán a participar en el enriquecimiento de uranio ha terminado” (1).

Unos y otros cuentan con elementos para tener razón. Pero lo cierto es que se ha llegado a esta situación en situaciones muy diferentes. Occidente ya no está en disposición de dictar condiciones por mucho que sus propagandistas mediáticos así lo presenten. El hecho de haber tenido que aceptar que la segunda ronda de conversaciones se celebre en Bagdad es, en sí, una victoria para Irán. Tras la postura de Irak en la reciente cumbre de la Liga Árabe, donde se opuso a las pretensiones injerencistas de los países del Golfo en Siria, es un golpe sutil a Occidente y a sus aliados árabes. Incluso es un golpe a Turquía, que había despreciado Bagdad como lugar para la continuación de las conversaciones, por su papel en la crisis siria.

Por si fuese poco, el sexteto (EEUU, Francia, Gran Bretaña, Rusia, China y Alemania) está dividido. Rusia y China han pedido a ambas partes “flexibilidad” y han afirmado con vehemencia su condena a un hipotético ataque contra Irán. Las diferencias entre ellos y los occidentales son cada vez más grandes y ambos países han expresado la legitimidad de Irán para usar la energía nuclear dentro de los parámetros del Tratado de No Proliferación y su derecho a enriquecer uranio para los reactores comerciales y de investigación. Ya lo pusieron de manifiesto cuando el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó las últimas sanciones, en 2010 (2) y esta es la razón por la que ahora Occidente acepta el desarrollo nuclear de Irán –antes pedía el abandono total- con fines civiles, incluyendo el enriquecimiento de uranio al 3’5-5%. Una muestra de hasta qué punto Rusia y China defienden a Irán es el anuncio del contratista ruso de la central de Bushehr referente a que la planta nuclear comenzará a funcionar a pleno rendimiento “a partir del 23 de mayo” (3). Es decir, el mismo día del reinicio de las conversaciones nucleares en Bagdad. La compañía contratista, Atomstroyexport, no podría haber hecho semejante anuncio sin el visto bueno del gobierno ruso.

Este es un asunto irrenunciable para Irán, puesto que su gran temor es que sin energía nuclear pueda consumir todo su petróleo a nivel nacional, como por ejemplo ha ocurrido en Indonesia, dejando al gobierno sin un excedente de ingresos con los que mantener su libertad de acción frente a las presiones internacionales. Es decir, de ello depende su independencia como país. Como dicen los iraníes, Francia obtiene casi el 80% de la electricidad que consume de las centrales nucleares, por lo que ellos tienen el mismo derecho. Además, las sanciones occidentales, que han sido diseñadas para lograr un cambio de régimen y no para influir en la cuestión nuclear, están afectando a la clase media iraní que, en las elecciones legislativas de marzo, se ha volcado casi masivamente con los candidatos más conservadores y ha hecho de la cuestión nuclear un tema de orgullo nacional. Sorprendentemente, la participación en ellas ha sido del 65% -casi el doble que en las de EEUU para el Congreso, por dar un dato-. Esto pone de manifiesto que hay que olvidarse, al menos por el momento, del famoso “Movimiento Verde” que protestó en las elecciones presidenciales de 2009 argumentando que habían sido fraudulentas y que la sociedad iraní ha girado hacia una posición más conservadora y nacionalista.

La nueva composición del Majlis (Parlamento) ha provocado un realineamiento de las facciones y camarillas, los denominados “principalistas”, alrededor de la figura del líder supremo religioso, Jamenei, y un cierto declive de los más aperturistas, entre ellos el presidente Ahmadineyad. Esto ha hecho que la estructura de poder en Irán sea ahora mucho más homogénea que hace un año. Por eso cobran más valor las declaraciones de Jamenei afirmando que nunca van a fabricar la bomba porque desde un punto de vista religioso las armas nucleares son “ilegales”.

Es evidente que pese al triunfalismo iraní sobre que las sanciones son ineficaces, en especial el corte de compra de petróleo a partir de julio decidido por la UE, plegándose a las exigencias estadounidenses, sí les están haciendo daño. Irán dice que su exportación es incluso mayor que antes de esta decisión -2’26 millones de barriles diarios, como corrobora el portal económico Bloomberg (4)-, pero la dificultad que tiene Irán tras haber sido relegado de la Sociedad para las Telecomunicaciones Financieras Interbancarias Mundiales (SWIFT) hace que tenga problemas para comprar alimentos básicos, como el trigo, ya que no puede utilizar el sistema bancario internacional para el pago. Esta inmoralidad de Occidente, muy similar a lo ocurrido con Irak durante el gobierno de Saddam Hussein, puede provocar si no una hambruna sí un aumento de la mortalidad en los niños. El embajador iraní en Rusia, Reza Sajjadi, hizo no hace mucho tiempo una alusión implícita a ello (5) al afirmar que tratarían de evitar que el embargo de petróleo sea efectivo al cien por cien a partir del mes de julio. En la referencia de Sajjadi no hay que fijarse en el petróleo, sino en el SWIFT. Arabia Saudita ha aumentado la cantidad de petróleo que bombea para permitir a los países europeos sustituir las compras de petróleo iraní, pero los expertos dudan de la capacidad saudita de mantenerlo en el tiempo. Irán tiene poca preocupación respecto a este factor puesto que sus principales clientes son los países asiáticos (64% del total de sus ventas), a quienes hay que sumar bastantes países de América Latina y África. Por lo tanto, la preocupación es otra, el SWIFT.

¿Cuál es la ganancia iraní?

El gambito es un movimiento ajedrecístico que proporciona una cierta ganancia. En este caso, y dado que la mayoría de las sanciones impuestas no se han apoyado en la cuestión nuclear sino en el “apoyo al terrorismo” y en las “violaciones de los derechos humanos”, la ganancia iraní será modesta, por lo que la partida continuará desarrollándose. EEUU ha convertido en ley muchas de esas sanciones y eso, con una mayoría republicana tanto en el Congreso como en el Senado, hace difícil que se reviertan. Y menos en un año electoral como éste. Por lo tanto, Irán no puede –y lo sabe- exigir el levantamiento de las sanciones sino el “decaimiento” de ellas. Es decir, que vayan decayendo por sí mismas en una especie de “relajación gradual”. Lo que sí va a exigir es el retorno inmediato al SWIFT.

EEUU, en una etapa marcada por las elecciones presidenciales de noviembre, no va a abandonar la “diplomacia coercitiva” y cuenta con el seguidismo irracional de la UE, incapaz de contar con una política exterior propia. Por lo tanto, y en el mejor de los casos, se mostrarán dispuestos reconocer el derecho de Irán a enriquecer uranio en suelo iraní pero exigiendo límites estrictos sobre el número de centrifugadoras y el porcentaje de enriquecimiento, que puede quedarse en el 3’5%, la fase más baja. Que EEUU está incómodo con la reanudación de las conversaciones y que es consciente que el gambito iraní le coloca en una situación defensiva se escenifica en que el secretario adjunto del Tesoro para el Financiamiento Terrorista (sic), Daniel Glaser, ha efectuado una gira entre los días 3 y 15 de mayo –junto antes de iniciarse la segunda ronda en Bagdad- por Arabia Saudita, Kuwait, Catar, Israel y Emiratos Árabes Unidos para buscar apoyo a la promulgación de nuevas sanciones comerciales y financieras contra Siria e Irán (6). Si uno de los jugadores juega sucio, la partida no llegará a buen puerto, pero sí se desarrollará hasta esas elecciones presidenciales estadounidenses. De ahí que ahora todos los actores –incluyendo a Israel- mencionen la fecha del 2013 como el año clave en la cuestión nuclear iraní.

Con el gambito iraní la partida cambia de casillas y los movimientos se centrarán en el cierre de Fordo, que es la gran exigencia israelí, por lo que son los iraníes quienes, indirectamente, tienen en sus manos el resultado de las elecciones estadounidenses y la relección de Obama. En las anteriores elecciones presidenciales, el 78% del voto judío fue al Partido Demócrata y, hoy por hoy, son mayoría los judíos que dentro y fuera de Israel se oponen a cualquier ataque a Irán. El reciente anuncio de Netanyahu sobre la posibilidad de un adelanto electoral en Israel al mes de septiembre, justo antes de las presidenciales estadounidenses, -aparcado momentáneamente tras un acuerdo de última hora con el Kadima-va en la dirección de intentar reforzar su mayoría de gobierno y presionar así tanto a Obama como a la comunidad judía de EEUU. Este acuerdo de última hora israelí también tiene como finalidad mostrar a EEUU la “unidad nacional” del estado sionista contra el país persa. Irán se ha cansado de las críticas occidentales, se ha negado hasta ahora a hacer concesiones y ha respondido a las amenazas con más amenazas, como el cierre del estrecho de Ormuz. En contra de las versiones occidentales sobre la imposibilidad de dicho cierre por la acumulación de navíos occidentales en el Golfo Pérsico, hay un factor con el que no se cuenta y que, a la postre, será definitivo para equilibrar la balanza: los submarinos. En una partida de ajedrez no se puede ir de farol.

Informes estadounidenses consideran que Irán tiene una veintena de submarinos de todo tipo, especialmente de la clase Qaaem o Fateh, considerados “semi pesados”. Es decir, son algo menores que los tradicionales, con capacidad reducida para llevar torpedos o misiles pero con una mayor movilidad. Son una evolución de los “mini submarinos” de que dispone Corea del Norte. Si se tiene en cuenta que el Golfo Pérsico no es muy profundo, que está lleno de restos de naufragios a lo largo de los tiempos y que los grandes submarinos occidentales difícilmente pueden maniobrar allí, los iraníes cuentan con una ventaja que puede llevar a las tablas en la partida. Irán está aplicando la misma táctica que Corea del Norte cuando dice que convertirá Seúl en “un mar de fuego” si es atacado. En este caso, el Seúl iraní son las monarquías del Golfo.

El nerviosismo en ellas es cada vez más evidente. Han perdido la apuesta siria, han visto cómo la siempre ineficaz Liga Árabe, que habían tomado al asalto y con la que habían arropado su estrategia injerencista y sectaria en Libia y Siria, se está desmoronando y a punto de desaparecer –de ahí que cada vez hablen menos de ella y más del Consejo de Cooperación del Golfo- y ahora ven con estupor cómo la “calle árabe” se resiste a entrar en su juego sectario. Es significativo que el 82% de los egipcios manifieste que prefiere la ayuda económica de Irán a la de EEUU, según una encuesta de la estadounidense Gallup (7). No es casual que unos pocos días después de hacerse pública dicha encuesta Arabia Saudita haya ofrecido 500 millones de dólares a Egipto “para cubrir el déficit presupuestario” (8) y ello en unos momentos en los que las relaciones entre los dos países no atraviesan sus mejores momentos tras el cierre temporal de la embajada saudita en El Cairo por las protestas ciudadanas ante el encarcelamiento de un abogado egipcio que había demandado a los saudíes por el maltrato de los presos egipcios en el reino árabe, estimados en unos 400. El Arabia Saudita hay un millón de trabajadores egipcios. Es muy probable que en el momento de publicarse este artículo la embajada saudita se haya abierto de nuevo porque el clima enrarecido de Egipto perjudica claramente a Arabia Saudita, y eso no puede permitírselo la monarquía wahabita.

Los saudíes están rápidamente posicionándose ante lo que puede ser el golpe definitivo a su estrategia sectaria si hay algún tipo de acuerdo con Irán. Pretenden reforzar los niveles de cooperación entre los países del Golfo y llegar a “la unión política” (9), para lo que plantean la federación con Bahrein (10) como “primer paso”. Si se concretan estos planes, la Liga Árabe habrá muerto formalmente y el mundo árabe comenzará a andar por otros caminos. Y no será sólo por las luchas de sus pueblos, con mayor o menor acierto, sino también por la resistencia de Irán convertido ya en la potencia incuestionable de la zona.

Notas

(1) Kayhan, 15 de abril de 2012.
(2) Alberto Cruz, “China, Rusia y las sanciones a Irán” http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article885
(3) Prensa Latina, 5 de mayo de 2012
(4) Bloomberg, 19 de marzo de 2012.
(5) Asia Times, 26 de abril de 2012.
(6) Prensa Latina, 3 de mayo de 2012.
(7) Prensa Latina, 3 de abril de 2012
(8) Ria Novosti, 4 de mayo de 2012.
(9) Al Quds Al Arabi, 2 de mayo de 2012.
(10) Financial Times, 2 de mayo de 2012.

Alberto Cruz es periodista, politólogo y escritor. Su último libro es “La violencia política en la India. Más allá del mito de Gandhi”, editado por La Caída con la colaboración del CEPRID. Los pedidos se pueden hacer a libros@lacaida.info o bien a ceprid@nodo50.org