29/5/12

El futuro de Costa Rica está en juego y se avecinan cambios más dramáticos aún

Alfonso J. Palacios Echeverría

Sabemos sobradamente, por las cosas que han sucedido en los últimos decenios, que los cambios en política global crean consecuencias económicas y sociales a todos los niveles y en todos los países del planeta, de una forma o de otra, de la misma forma que ejercen influencia sobre mercados geográficos nacionales o locales, aunque muchos de estos cambios son específicos para economías nacionales o regionales. Y el reto de los gobiernos, sobre todo de países minúsculos como el nuestro, es saber manejar el cambio, afrontarlo, y tomar las medidas necesarias para que  beneficie o proteja la situación nacional. No debemos asustarnos, el cambio es un fenómeno natural, es continuo y progresivo, debe ayudar a la supervivencia y el crecimiento aunque dependen de la adaptación que tengamos a ellos, y estamos aprendiendo continuamente ya que la experiencia es esencial para la adaptación y el éxito.

Unas ideas tan elementales como las expuestas anteriormente, de forma asombrosa e incomprensible son ignoradas por gobernantes, políticos, empresarios, legisladores y jueces, y sin embargo piden a las poblaciones de los países que acepten sus “ocurrencias”, muchas de ellas basadas en conceptualizaciones superadas, en situaciones ya inexistentes por la evolución de las mismas, por ignorancia e incapacidad para percibir la magnitud, profundidad y velocidad de los cambios, o porque quieren mantener un status quo imposible de sostener en las nuevas circunstancias presentes.

Costa Rica ha experimentado en los últimos sesenta años cambios profundos en algunos elementos de su realidad como país, como sociedad, como economía, en sus creencias, en sus relaciones internacionales, en su manejo de la cosa pública, y en los últimos años, con la implantación de las políticas neoliberales por parte de los gobiernos que se han sucedido al menos en los períodos más recientes, cambios en la ética y la moral de comportamiento ciudadano, de políticos, gobernantes, empresarios, representantes de iglesias, legisladores y jueces. Por algo la corrupción es la compañera inseparable del neoliberalismo, que se basa en el egoísmo, la codicia y la ausencia absoluta de miras sociales de corto, mediano y largo plazo.

Este ha sido quizá el cambio más dramático que ha experimentado este país, por encima del avance tecnológico, de la diversificación de las exportaciones, y cosas similares. Y junto a este cambio ético y moral, la descomposición de la educación en todos sus niveles, primario, secundario y superior, que es también consecuencia inseparable del manipuleo de las masas por parte de quienes se montan en los gobiernos con el dinero de empresarios y transnacionales corruptos, que buscan crear una masa ignorante susceptible de conducir a través de las más rudimentarias tácticas demagógicas. La mediocridad es compañera recurrente, pero inducida de forma perversa desde los más altos niveles.

Y no estoy hablando de teorías de conspiración. Lo advierto porque se me han acusado en los comentarios de aportes anteriores, que creo en estas teorías a pies juntillas. Estos hablando de estrategias y tácticas aplicadas por el pensamiento neoliberal de forma sistemática, como se puede comprobar en muchos países.

El neoliberalismo impuesto desde la década del 70 y el neoestructuralismo que se erige como su alternativa desde los 80, para corregir los desajustes sociales producidos por el ajuste económico propiciado en el decenio anterior, han reducido las diferencias que les distinguían en períodos anteriores, alcanzando niveles de consenso que gradualmente dejan la sensación que son lo mismo. Por ello sus políticas sociales a nivel de los hechos se contradicen con los discursos, lo que a veces se resuelve con esmirriados logros en aspectos materiales, relativa promoción de la participación social y con iniciativas ideológicas, especialmente a través de campañas publicitarias masivas o de elites sociopolíticas.

Las limitadas capacidades de los dos enfoques del desarrollo predominantes desde el decenio del 70, han desvirtuado los alcances de sus prácticas en el sentido de las expectativas de la población, determinando que ambos modelos hayan recurrido a concepciones provenientes del posmodernismo para acercar los niveles de la formulación, la aplicación y la recepción de las políticas sociales. Esta opción ha conducido a que en América Latina se hayan estructurado liderazgos de corte populista, tanto de izquierda como de derecha, donde las corrientes liberales tienen favorables condiciones para adecuarlas y transmitir de manera más atractiva para la ciudadanía. Sin embargo este fenómeno conlleva un riesgo para el ejercicio de la democracia.

La primera versión del neoliberalismo, sustentado en expresiones políticas autoritarias, a la manera de Thatcher en Inglaterra y Reagan en Estados Unidos, tuvo manifestaciones más cruentas en América Latina y se sostuvo en regímenes dictatoriales que encontraron en las Fuerzas Armadas su pilar decisivo para imponer las políticas regresivas en materia de participación y distribución del ingreso. El caso más paradigmático de ello fue la dictadura Chilena.

La segunda versión del neoliberalismo, que muestra una cara progresista y de modalidad estética posmoderna, se apoya en las ideas del cambio y la libertad. Esta versión más favorecida en lo estético por la ideas posmodernistas, viene a disputar la adhesión de los ciudadanos en la respuesta a necesidades y demandas a la propuesta neoestructural conocida como tercera vía, la que limitada por un orden económico estricto no puede separarse drásticamente de las políticas sociales impuestas por el neoliberalismo ortodoxo.

Los grandes cambios que han sobrevenido en los últimos treinta años, que han derivado en transformaciones estructurales, se han intentado resolver en el marco del patrón de acumulación capitalista instaurado como consecuencia del colapso del keynesianismo y socialdemocracia que rigió desde la década del 50 hasta fines del 70 en nuestro país.

Después de un relativamente breve dominio de fórmulas neoliberales ortodoxas, vigentes en los países desarrollados desde la década del 70 e instauradas en América Latina desde los 80, se ha iniciado en algunos países el tránsito hacia un orden dominado por fórmulas socialdemócratas renovadas, que en esencia administran de manera socialmente menos cruenta el modelo neoliberal.

Si bien es cierto la socialdemocracia de los 90, en su versión conservadora como es la conocida Tercera Vía, admite un papel más decisivo del Estado a fin de atenuar las perversiones sociales del mercado, en materia de políticas sociales sus variaciones no son tan decisivas ni profundas, lo que se advierte especialmente en que la definición de pobreza y las maneras de enfrentarla no sufre mayores cambios.

Quizás la discusión a fondo de la cuestión social, es decir las necesidades y demandas producidas en el mundo del trabajo, tal como ha ocurrido en todo punto de inflexión de la sociedad capitalista en sus grandes momentos de modernización, no se ha producido por la incapacidad intrínseca del sistema capitalista para producir modelos alternativos intrasistémicos. A la vez, por la inexistencia de opciones extrasistémicas como fue el caso del socialismo que existió en Europa Oriental.

De inmensa relevancia en la definición y práctica de la política social es la orientación del gasto social, que marca un carácter central de la acción pública de los gobiernos. En este sentido es notoria la diferencia entre las teorías y prácticas existentes hasta la década del 70 y las que se imponen desde los 80 hasta la actualidad.

Así en Costa Rica, un tema importante, que a la vez define en importante medida el carácter de la política social implementada durante muchos años, fue la focalización del gasto social, congruente con la política subsidiaria del Estado, promovida por el Partido Liberación nacional (hoy neoliberal totalmente), y acorde a sus inspiraciones teóricas y prácticas socialdemócratas originales.

Este cambio de enfoque, hacia el neoliberalismo,  terminó con la política social de corte universalista, la que se inspiraba en tradiciones teóricas y filosóficas firmemente arraigadas en la sensibilidad del pensamiento moderno. Sin embargo estas daban cuenta de un tipo de sociedad homogénea, compacta, de menor intensidad y velocidad del cambio, escenario en el cual resultaban plausibles dichas acciones públicas.

El carácter de la sociedad actual, los desajustes económicos y sociales producidos por el neoliberalismo, la emergencia de la propuesta neoestructural, y el consenso en materia de política económica, limitan las posibilidades de la acción pública transformadora, originando contradicciones y paradojas entre el discurso y la práctica pública. Estas condiciones objetivas y subjetivas se imponen a las propuestas sociales y transforman, funcionalizándolas, a las necesidades y potencias del orden social.

El carácter del Estado, la política internacional, el origen y valorización del capital, hacen que la política pública no pueda sufrir grandes transformaciones, constituyéndose tanto en trabas institucionales como prácticas de las relaciones sociales, determinado una nueva sensibilidad social, un nuevo sentido común. Esto se expresa claramente en que una de las mayores paradojas y contradicciones sea que la alternativa transformadora, sobre la cual existían grandes expectativas para superar los rigores del ajuste neoliberal, no redefina el concepto de pobreza, manteniendo la política de focalización y justificándola en la diferenciación social creciente acorde al nuevo carácter de la sociedad.

Las nuevas características de la sociedad costarricense, junto a los desajustes sociales producidos por las políticas de ajuste económico realizados por el neoliberalismo, han producido un cuadro social que se confronta con los dos enfoques del desarrollo predominantes en el mundo: el de focalización y el de universalización, el primero por enfatizar la atención hacia los grupos extremadamente débiles y el segundo por tender a soluciones totalizantes, que chocan con la naturaleza mas particularizada de la realidad social.

Frente a las perversiones sociales del neoliberalismo y a las limitaciones de política posibles de implementar por el neoestructuralismo, ambos enfoques han comenzado a adoptar algunas ideas provenientes de corrientes posmodernas, haciendo que sus discursos tengan una estética más favorable y faciliten la adhesión a sus propuestas.

En la inserción de las ideas posmodernas es la concepción neoliberal la que tiene mejores condiciones para su asimilación en el discurso, pues el sentido común existente sintoniza mejor con las ideas de la libertad que de la igualdad. De esta manera las propuestas elaboradas en los últimos diez años han revitalizado a quienes insisten en los principios de la economía neoclásica, por sobre los que tratan de adecuar el keynesianismo a un orden económico no favorable.

Así pues, si analizamos el discurso de los principales representantes de los partidos políticos nacionales, encontraríamos una gama bastante fácil de catalogar en relación con sus postulados. Unos más neoliberales, otros más neosocialistas, en la modalidad de la tercera vía.

Estas reflexiones tienen el propósito de que los lectores miren con un poco más de detenimiento e inteligencia el discurso de los partidos políticos, cuando ya nos estamos acercando al año electoral, pues de otra forma no entenderíamos de qué nos hablan los políticos.

La crisis social suscitada por la profunda transformación de la sociedad, las dificultades para elaborar modelos alternativos al enfoque económico dominante, la insuficiente discusión acerca del carácter actual de la cuestión social y por ende la continuidad de las principales definiciones teóricas en que se basan las políticas sociales, han llevado a que los modelos de desarrollo social existentes hayan recurrido a ideas provenientes del posmodernismo para presentarse con una estética más atractiva y cercana al imaginario actual.

En este marco las posturas neoliberales resultan favorecidas en este esfuerzo e interés por asimilar las concepciones progresistas, más aún cuando el enfoque alternativo se enfrenta a contradicciones en sus políticas, dadas por la tradición teórica y las consecuencias prácticas que trae consigo dicha concepción al implementar políticas en una sociedad altamente transformada, particularmente por la emergencia de actores sociales nuevos o potenciamiento de otros ya existentes.

Para que los lectores tengan un asidero mayor para identificar lo que está sucediendo en este momento, vamos a resumir a continuación alginas ideas.

Las políticas macroeconómicas recomendadas por teóricos e ideólogos neoliberales (en principio tantas recomendaciones a países tanto industrializados como en desarrollo) incluyen: Políticas monetarias restrictivas (aumentar tasas de interés o reducir la oferta de dinero). Con ello disminuye la inflación y se reduce el riesgo de una devaluación. No obstante con ello se inhibe el crecimiento económico y se perpetúa el nivel de deuda interna y externa denominada en monedas extranjeras. Así mismo, se evitan los llamados ciclos del mercado. Políticas fiscales restrictivas (aumentar los impuestos sobre el consumo y reducir los impuestos sobre la producción y la renta; eliminar regímenes especiales; disminuir el gasto público). Con ello se supone que se incentiva la inversión, se sanean las finanzas públicas y se fortalece la efectividad del Estado.

No obstante no se distingue entre los niveles de ingreso de los contribuyentes, donde unos pueden pagar más impuestos que otros, y se grava a las mayorías mientras que se exime a las minorías, deprimiéndose así la demanda, si bien se busque apoyar la oferta, buscando el bienestar de toda la sociedad.

Tampoco se reconoce que el gasto público es necesario, tanto para el crecimiento como para el desarrollo (comparar históricamente ejemplos de países industrializados); para la protección de sectores vulnerables de la economía y la población; y para la estabilidad social y económica en general. Por otra parte, estas políticas no son aprobadas por muchos neoliberales, ya que el ideal liberal es que no haya estado, y por tanto, tampoco impuestos.

Liberalización. Tanto la liberalización para el comercio como para las inversiones se supone que incentivan tanto el crecimiento como la distribución de la riqueza, al permitir: 1.- una participación más amplia de agentes en el mercado (sin monopolios u oligopolios), 2.- la generación de economías de escala (mayor productividad), 3.- el aprovechamiento de ventajas competitivas relativas (mano de obra barata, por ejemplo), 4.- el abaratamiento de bienes y servicios (al reducirse costos de transportación y del proteccionismo), y 5.- el aumento en los niveles de consumo y el bienestar derivado de ello (en general aumento de la oferta y la demanda en un contexto de “libre” mercado, con situaciones de equilibrio e utilidades marginales).

Privatización. Se considera que los agentes privados tienden a ser más productivos y eficientes que los públicos y que el Estado debe adelgazarse para ser más eficiente y permitir que el sector privado sea el encargado de la generación de riqueza, hecho que ha quedado ampliamente demostrado.

Desregulación. Se considera que demasiadas reglas y leyes inhiben la actividad económica y que su reducción a un mínimo necesario (sobre todo el garantizar el régimen de propiedad y de la seguridad) propicia un mayor dinamismo de los agentes económicos.

En todos los casos, los teóricos neoliberales afirman que la mejor manera de alcanzar la distribución de la riqueza y el bienestar de los individuos es mediante un crecimiento total del producto, que por su propia dinámica permea al total de los integrantes de la sociedad (la llamada trickle down policy); los liberales promueven "mediante el beneficio individual, alcanzar el beneficio de toda la sociedad".

Tenemos, pues, algunas ideas para reflexionar, y sobre todo para entender cuál es la orientación de los futuros mensajes de los partidos políticos, en la próxima campaña. Olvidémonos de los pleitos de patio que tanto gusta a la plebe, y que la prensa pseudo amarillista que tenemos exacerba diariamente, relatándonos uno que otro incidente. Reflexionemos profundamente, el futuro de Costa Rica está en juego, y se avecinan cambios más dramáticos aún.