19/4/12

Simón Bolívar y el 19 de abril de 1810 / Enfoque impresionista con disolvencia al presente

Julio Rafael Silva Sánchez

“Aquellos jóvenes se creían escogidos por Dios, que podían  alcanzar  el  éxtasis  mediante  el sufrimiento y la sublimación mediante el sacrificio, que podían identificarse con Dios.” Denzil Romero, La tragedia del Generalísimo, 1987

Especial para Gramscimanía
En el ocaso de la primera década del siglo XIX, el 19 de Abril de 1810, en una fresca mañana de verano, Caracas despertaba silenciosa y llena de presagios. Despuntaba el sol y, animados por estos primeros rayos luminosos, los patricios caraqueños decidían forjarse una Patria libre y soberana. Reunieron con tan alto fin en este día inmarcesible lo que posteriormente sería la Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII y acometieron con vigor y coraje la homérica empresa. Eran ya las nueve de la mañana y el aire de cristal fulgente y límpido, como sus conciencias de patriotas indetenibles, convertía en espejo de plata las palabras y en corrientes de topacio las ideas de aquellos hombres predestinados por la Historia.

Este altivo gesto de los hidalgos caraqueños era un reto al destino, un empujón a la montaña de tres siglos de dominio, una sacrílega rebeldía contra el milenario concepto del origen divino de los Reyes. Como diría El Libertador dos años después: los venezolanos estaban dispuestos a combatir a la Naturaleza y a dominarla, si se oponía a sus designios de Independencia.

Aquellos mantuanos y patricios, aquellos patriotas convencidos, poseídos del ideal sublime de la Libertad, usurpan el puesto privilegiado del Capitán General Emparan, y le sustituyen de hecho en todas sus prerrogativas gubernamentales.

Todos lucen sus trajes y uniformes de gala, y en el brazo derecho un lazo con los colores rojo, amarillo y negro, emblemáticos de su nueva posición y jerarquía política. En sus rostros austeros y acerados se patentiza su fe y su decisión inquebrantables; en el relámpago de sus miradas la interna combustión de sus almas de caballeros; en sus palabras, en sus gestos aplomados, el destello romántico que fulmina y paraliza.

Cae ahora perpendicularmente el sol, y descienden graciosamente de Catedral las doce campanadas meridianas, y aquel cónclave patriótico es como una inmensa campana de cristal, en donde el meridiano sentir y pensar de aquellos varones insignes comienza a modelar, con fulgores de epopeya, los contornos sagrados de una Patria desde hacía tanto tiempo soñada y presentida.

Los conjurados: los hermanos Juan Vicente y Simón Bolívar (quienes estaban confinados en sus haciendas); el Alcalde Criollo Martín Tovar Ponte, el Alférez Real Feliciano Palacios y Blanco, el Síndico Procurador Lino de Clemente y los Regidores Valentín de Ribas, Nicolás Anzola, Isidoro Antonio López Méndez, Dionisio Palacios, quienes estaban de acuerdo en plantear la necesidad de formar la Junta. Otros, como el Alcalde Español José de las Llamozas y el Regidor José Hilario Mora, no se oponían abiertamente, pero se mostraban reacios; sin embargo, aquellos lograron convencerlos. El Marqués del Toro apoyaba el movimiento, para el cual estaba ganada buena parte de la oficialidad criolla y española de los cuerpos regulares y de las milicias, de Capitán hacia abajo.

No estaba comprometida la jerarquía eclesiástica que regía el Arzobispado (el cual se hallaba vacante desde la muerte del Arzobispo Francisco de Ibarra, y cuyo sucesor, Narciso Coll y Prat, aún no había llegado a Caracas). Pero no pocos sacerdotes eran partidarios del movimiento, como el canónigo de la Catedral, José Cortés de Madariaga y el presbítero Francisco José Ribas, hermano de uno de los más destacados promotores de la revolución desde la calle, José Félix Ribas.

Aquel Cabildo Extraordinario que Emparan no había convocado y que había sido suspendido por éste, aludiendo que era hora de asistir a los oficios del Jueves Santo en Catedral, habría de continuarse abruptamente, al ser obligado Emparan a regresar a la Casa Consistorial, empujado enérgicamente por el joven Francisco Salias.

Entretanto, se había congregado más y más gente en la Plaza Mayor, a las puertas del Cabildo. Entre ella: Juan Germán Roscio, Francisco Javier Yanes, Tomás Montilla, José Félix Blanco y los agitadores populares Juan Trimiño y J. J. Mujica, a quien apodaban “El Pueblo”.

Reunido de nuevo el Cabildo, se reanudó el debate, que duró varias horas. Finalmente, el canónigo Cortés de Madariaga plantea con toda crudeza la cuestión fundamental. Escribe Caracciolo Parra Pérez (1959) que: ...El impetuoso chileno ataca violentamente los procedimientos de Emparan, atribuyéndole dolosas intenciones. Increpa la debilidad de los cabildantes. Arregla a su manera las noticias provenientes de España, y concluye pidiendo la deposición pura y simple del Capitán General.

Con la esperanza de restablecer la situación y recuperar el poder que sentía perdido, Emparan se asoma al balcón y, dirigiéndose al pueblo, le pregunta si está contento con él y si quiere que siga en el mando. Hay un momento de indecisión, el cual es roto cuando un enérgico gesto negativo del canónigo, a quien secundan también detrás de Emparan, los regidores Anzola y Palacios, hace que estalle un ¡NO! Rotundo. Entonces, el mandatario español exclama: “Pues yo tampoco quiero mando”. 
Así pues, son ya las cuatro de la tarde. El sol declina, y una brisilla, aunque cálida como la de los Médanos, va atenuando, sin embargo, el calor sofocante del aquel Jueves Santo. Los cabildantes han terminado su tarea de Hércules. Han estrangulado la boa del coloniaje. Se han echado a cuestas la República. Han realizado el acto más trascendental de su existencia: ascender de súbditos a ciudadanos. Han cumplido su deber como mortales.

El movimiento revolucionario había triunfado. El mismo día fue redactada el Acta en la cual estaba consignado el establecimiento de un nuevo gobierno. La revolución se llevó a cabo sin derramamiento de sangre. Los funcionarios depuestos fueron conducidos luego a La Guaira y encerrados en las fortalezas o confinados a bordo de buques anclados en el puerto, hasta que se les expulsó. Uno de estos funcionarios coloniales, el Intendente Basadre, citado por Guillermo Morón (1971), escribió más tarde en un informe que,  en los días siguientes, mientras él estaba preso: ...los revolucionarios compusieron e imprimieron canciones alegóricas de su Independencia, en las cuales convidaban a toda Hispanoamérica a hacer causa común y a tomar a los caraqueños por modelo para dirigir revoluciones, entonando una extraña canción que dice: Unida por lazos/ que el cielo forjó/ la América toda/ existe en Nación/ y si el Despotismo/ levanta la voz/ seguid el ejemplo/ que Caracas dio.

Hasta aquí la Historia por todos conocida, y que yo me he atrevido a invocar en estas cortas notas, regidas por el afecto, aproximándome a la historiografía,  a pesar de ser lego en la materia. He de confesar humildemente que estoy lejos de la Academia y de los infolios esclerosados. Muy distante del método, de la rigurosidad y de la férrea disciplina de historiadores y cronistas.  Me he atrevido a asumir el riesgo de reelaborar, con pasión y subjetividad manifiesta, los hechos que cronistas, investigadores e intelectuales han tejido con acierto, con claridad y precisión, hilvanando los hilos inconmensurables de la historia regional y nacional.

Por eso significó un reto inquietante escribir todo esto, aproximándome a la sabiduría popular de nuestras gentes, a la cálida solidaridad de los amigos, a la poesía, al abrazo afectuoso y envolvente, a la magia de la palabra, que nos salva o nos condena, irremediablemente.

Por eso me encomiendo al Hijo del Carpintero, recordando aquel Jueves Santo, víspera de su elevación al Infinito: disuélvase la seriedad de la Academia en amable acogedor regazo. Suavice el duro rostro riguroso la altiva doctoral indagación. Democratice el grave gesto pretencioso el togado iracundo, sabihondo. Y permítame jugar el “gárgaro malojo” de una actualidad indisoluble, para intentar establecer las inevitables conexiones entre aquel pasado ya distante, aquel violento tambor de la sabana que aún redobla en nuestros corazones, con su lección de constancia, de esfuerzos, sacrificios, abnegación y gloria...Y nuestro presente, hoy, en los prolegómenos del Tercer Milenio, cuando los venezolanos de ahora, igual que los de entonces, comprometidos en la construcción de un mundo mejor para todos los hombres, irrenunciablemente insertados en nuestra Historia, estamos en búsqueda de la reconstrucción de la Patria, de la refundación de la democracia y de la conformación de una sociedad más justa, digna, solidaria y auténticamente revolucionaria, convencidos de que la tarea y el compromiso son inmensos y trascendentes y de que nuestra lucha por lograr ser protagonistas de nuestro propio destino es el imperativo y la obligación existencial.

Hoy, en los albores de la Nueva República, como ayer, en el amanecer republicano e independentista, las fuerzas del cambio, los patriotas, no esperamos resignadamente que un milagro convirtiera nuestra inferioridad en superioridad. Los cambios no se han operado espontáneamente, sino han sido el fruto de un gigantesco esfuerzo moral y material. Aguardar pasivamente hubiera sido condenar la insurgencia a la muerte.  Bien lo dijo, en su momento, el Hombre de las Dificultades: ¿Es que trescientos años de calma no bastan?

En aquellos días aurorales, como hoy, en el inicio del nuevo amanecer revolucionario, era de necesidad insoslayable la presencia del líder transformacional, defensor de los nuevos paradigmas y de la última cosmovisión. Era preciso un hombre como Bolívar, para meterle a los venezolanos el diablo en el cuerpo, para encenderles la sangre y elevarles la autoestima: con las fulguraciones de su estilo, pleno de sonoridades sorprendentes, con el imperio de sus ojos y de su ademán, con la certidumbre del éxito final defendida con fe, con amor y con pasión, con frases anhelantes de angustia, de fiebre, de inexorable razonamiento o de iracundia rabiosa y despiadada.

Pero no nos engañemos. Entonces, como ahora, en aquellos primeros años del siglo XIX eran muchos los venezolanos que preferían la conservación del antiguo régimen al riesgo e inseguridad de los tiempos nuevos y a los inciertos avatares de la lucha por la emancipación. Como los describiera el Barón de Humboldt, citado por Puiggros (1957): ...la lucha por la Independencia tiene muchos enemigos. Algunos, por pertenecer a ese pequeño núcleo de familias que en cada población, ya sea por una opulencia heredada o por antiguo arraigo, integran una verdadera aristocracia municipal; otros, por no arriesgar en la aventura sus títulos y sus oropeles, adquiridos con trabajo y sacrificio, y que integran su dicha doméstica; éstos, porque prefieren la reducida lista de sus derechos exclusivos a la más amplia que tendrían que compartir con todos sus vecinos; aquellos, porque temen que el desajuste social, que es compañero de todo trance revolucionario, amengüe el prestigio o la influencia de un clero que les bendice hasta sus privilegios más injustos; los de aquí, porque presumen que cualquier nuevo orden ha de perseguir la abolición de los monopolios comerciales, a cuyo amparo han engordado sus espléndidas fortunas; los de allá, los que viven en la soledad apacible de sus haciendas, porque ya gozan de las ventajas de esa libertad que, aún bajo los gobiernos más vejatorios, garantizan la lejanía, el aislamiento, las enormes distancias infranqueables.

Por eso era Bolívar necesario. Aquel visionario, aquel ungido y anticipado traía de sus libros y de sus viajes las razones claras que aconsejaban la Independencia, las respuestas decisivas para todas las preguntas inquietantes. Traía de sus orígenes la dignidad que impone y hace al Jefe. Traía de sus tristezas y soledades prematuras ese distanciamiento de la inmediata circunstancia – la familia, la mujer, el hogar -, que conviene a un verdadero removedor de sociedades. Traía de no se cuál resentimiento atávico la carga emocional de rechazo hacia el sistema colonial, necesaria para sostener la voluntad  a lo largo de tan tremendas experiencias, como había de depararle su dramático destino. Y traía en su sangre caudalosa, con pintas coloridas, todo el fuego necesario para hacer arder a medio Continente. Y para luchar por su tierra y por su gloria, y también por el pobrecito guerrillero que no tenía más familia que la Patria, y por el indio y por el negro, por “los colores”, como entonces se decía, y por una imponente unidad de la América toda, que es nuestra deuda infinita con El Libertador.

¿Qué principios morales, cuáles concepciones filosóficas y políticas vertebran el espíritu de este incomparable agitador, cuando se entrega a la tarea de independizar al Continente?

No basta con decir que ellas son las de los liberales de su tiempo, generalmente nebulosas y despegadas de la realidad. Es precisamente una nota de realismo, de severo y lúcido análisis del medio físico, social y económico sobre el cual debía operar, lo que carga de significación y de originalidad el pensamiento bolivariano.

Ahí está una de las claves de sus éxitos. Ahí, quizás, una de sus mayores limitaciones. Pero ahí debe encontrarse, además, el origen de la mayor parte de las injustas críticas que le han sido dirigidas por quienes se han mostrado incapaces para distinguir entre los ideales políticos del Libertador y las fórmulas institucionales cuya adopción promoviera, convencido de que la América de su tiempo no podría resistir el pleno voltaje de un liberalismo sin atenuaciones.

Bolívar es, pues, inicio y culminación de un proceso. Es el símbolo individual de la Nación y de la nacionalidad venezolana y, por extensión, de la emancipación hispanoamericana. Es así como trasciende históricamente, a lo largo del tiempo. Bolívar es un hombre de la Ilustración, lo mismo que su maestro, Simón Rodríguez; con un pensamiento político propio y original, que se nutría de su reflexión sobre las singularidades históricas de la América mestiza.

Esa originalidad y pensamiento político propio, en su condición de Jefe y conductor de pueblos, es el elemento más significativo y definitorio de la estructura de la personalidad del Libertador, a lo largo de su muy breve existencia física. De él opinaba Miguel Acosta Saignes (1964): ...entre todos los hombres del mismo origen social con quienes compartió la jefatura de la guerra de emancipación nacional, Bolívar se distinguía, y los superaba en lucidez política, desarrollo intelectual, visión de los problemas internacionales y capacidad para maniobrar en medio de las más adversas condiciones.

Es Bolívar un fundador y un caudillo (quizás el único que en América compartió con Artigas esa doble condición), y no un doctor de la ciencia o un catedrático absorto en el juego insulso de las doctrinas. Sucio de humanidad, de pasión, de amores y de odios, envuelto en vértigos y en angustias, desesperado por la vida, agotado de piedad por todos los desdichados de la América, pero demasiado atento a sus propias voces interiores como para detenerse a descifrar sus balbuceos. Y, por todo esto, hombre; y no superhombre, a la manera de Nietzsche, sino más hombre, en el sentido de Unamuno y de Martí.

Y es esa formidable dosis de humanidad, de amor, de angustia que en él se encierra; esa tremenda capacidad para imaginar más de lo realizable, que le hiere con la dolorosa punzada del sentimiento de frustración, aún cumplida ya una labor inmensa, todo lo que le ahoga en sus últimas horas amargas, no de héroe, no de santo, no de apóstol, sino de hombre; de hombre irritado por la injusticia y la calumnia, anonadado por el fracaso de sus ilusiones, huérfano de amor después de agotados tantos amores; solitario, moribundo en Santa Marta: él, que desafió a la muerte en cien encrucijadas, rodeado del estrépito multitudinario de ejércitos victoriosos o de pueblos que lo aclamaban.

Y así, hombre, con su carga de virtudes y de pasiones, de proféticos aciertos y de trágicos errores, ambicioso, autoritario, dándose a todos y a sus quimeras, velando sobre sus capitanes, como sobre sus hijos, conductor, visionario, vencedor y vencido, acuñador de un nuevo estilo restallante, fundador de utopías. Así América lo reconoce como al más representativo de sus individuos, aunque sus sistemas y construcciones hayan periclitado ante la fuerza primordial de las multitudes, que buscan todavía un canon para aquietarse en la paz de una convivencia con justicia y libertad.

Es así como, a partir de aquellos años aurorales de comienzos del siglo XIX, el ideario bolivariano (realidad y mito, sentimiento de lo nacional-patriótico, sentido social igualitario, fraternidad y solidaridad con los oprimidos en cualquier lugar del mundo, conducta libertaria y no sumisa frente a los poderosos y el ejército del pueblo en armas), configura la conciencia colectiva de la comunidad nacional venezolana; se introyecta en la mentalidad de “los de abajo” y se prolonga como mito y realidad para la acción de las generaciones de la Venezuela finisecular.
Hoy, a doscientos dos años de aquel 19 de Abril de 1810, me gustaría concluir esta nota en homenaje a aquellos héroes fundadores, con un hermoso texto del escritor venezolano Miguel Otero Silva (del libro “Agua y Cauce”, de 1937):

Sólo una sombra escuálida como un árbol sin ramas.
Sólo una frente pálida y unos ojos de abismo.
Sólo una sombra ágil, nerviosa y diminuta
que se tornaba inmensa como todas las sombras.

Era una sombra inmensa y era un pueblo a su espalda.

Un pueblo de pausados campesinos y de andinos,
de llaneros festivos, audaces y valientes,
de mulatos cordiales y de negros risueños,
de bronceados y ariscos pescadores mestizos
de soldados corianos, sufridores y recios:
pueblo dicharachero,
ingenioso, indolente y palúdico.

Era una sombra inmensa y era un pueblo a su espalda.

Hoy la sombra está muerta. De su savia
se han nutrido mil bosques de hombres.
En su honor clarines tempestuosos,
tambores desbocados y pífanos marciales,
han florecido, bajo muchos cielos.
Bronces y mármoles no han logrado plasmar su inquietud
la vital sombra muerta
porque la tempestad no puede ser callada.

Hoy la sombra está muerta frente a su pueblo vivo.
Frente a un mismo pueblo sobre el mismo paisaje,
rumiando el mismo pan y la misma amargura.
Pueblo que aún persigue por las rutas con el sol
lo que la arrolladora voluntad de la sombra buscaba.
Hoy la sombra está muerta, más su pueblo está vivo.
Pueblo vivo y en marcha con la mirada fija
en la bandera libre que tremoló la sombra.

Arar nunca es en vano. Ni en el mar.
                     
Referencias bibliográficas

< Acosta S., M.  (1964). Vida  de  esclavos  negros  en  Venezuela.   Caracas: Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela. Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela.
< Irazabal, C. (1980). Hacia la democracia. México: Siglo XXI Editores.
< Morón. G. (1971).   Historia  de  Venezuela.   Caracas: Ediciones de la Academia Nacional de la Historia
< Otero S., M. (1937). Agua y Cauce. Caracas: Editorial Elite.
< Parra P., C. (1959). Mariño y las Guerras Civiles. Madrid: Morata.
< Puiggros, R. (1957). De la Colonia a la Revolución. Buenos Aires: Kapelusz.
< Rostovski, S.N. (1985). Nueva Historia de América Latina. México: Grijalbo.

J.R. Silva Sánchez

Julio Rafael Silva Sánchez nació en Tinaquillo, estado Cojedes (1947) y desde su juventud se ha dedicado a escribir ensayos con los cuales ha obtenido reconocimientos como el Premio Nacional de Ensayos Literarios "Enriqueta Arvelo Larriva" de la Unellez (1987) por su libro “Julio Cortázar, instrucciones para un perseguidor”; Mención Honorífica del Premio Nacional de Ensayos Ipasme (1989) por su obra “Desarrollo de actitudes, conductas y valores en adolescentes a través de la manipulación que la televisión hace de la imagen arquetípica del héroe”; Premio Nacional de Ensayos del Conac (2004) por su investigación “Eduardo Mariño: el brillo y las sombras de una escritura heteróclita”; Premio Nacional de Crónicas 2008 en la Primera Bienal Nacional de Literatura José Vicente Abreu (Cenal-Red de Escritores), con su indagación “José Vicente Abreu en cuatro tiempos”; Premio de Ensayos en la II Bienal Nacional Literaria “Víctor Manuel Gutiérrez” Unellez (2010), por su investigación “Julio César Sánchez Olivo y el poder seductor de la metáfora”; Mención Honorífica en el Concurso Nacional de Ensayos “Centenario de Miguel Hernández”, convocado por la Embajada de España en Venezuela y la Universidad Nacional Experimental de Yaracuy (2011), con su ensayo “La palabra como exigencia iluminada de lo real (acercamiento a la obra poética de Miguel Hernández)”. Como narrador obtuvo Mención de Honor en el Concurso Nacional de Cuentos y Relatos: Misterios y Fantasmas Clásicos de la Llanura, de la Unellez (2004), con su relato “Schumann entre Dachau y San Fernando”. Su más reciente obra publicada es: “Héroes y villanos, llaneros y llanura en la obra narrativa de José León Tapia”, Unellez (2008).