20/4/12

Lenin / Derrotismo revolucionario, defensismo y la lucha por el poder

Eduardo Castilla

Hace unos días empezamos a tratar de desarrollar algunas discusiones de las que hicimos en este seminario junto a compañeros y compañeras de Córdoba que no viajaron. Entre los debates que surgieron, nos pareció importante tomar uno y desarrollarlo. El debate se dio sobre la posición de Lenin en la guerra ruso-japonesa de 1905. La cuestión en discusión era si Lenin levantaba una posición derrotista o no.  Paula Schaller aportó este artículo publicado por el CEIP León Trotsky, donde se señala la posición de Lenin. Pero el derrotismo revolucionario fue afirmado como política central y extendida al conjunto de las naciones en la Primera Guerra Mundial. La guerra fue el fin de un período de desarrollo relativamente pacífico, que incubó un creciente conservadurismo en los partidos de la socialdemocracia europea. El surgimiento de la aristocracia obrera generó un colchón de conformismo que atenuaba las contradicciones entre la dirección del movimiento de masas y el estado capitalista.

A propósito de este enorme choque histórico, Trotsky escribirá a fines de los veinte que “La política, considerada como fuerza histórica de masas, está siempre retrasada con respecto a la economía. Si el reinado del capital financiero y de los monopolios y trusts comenzó a fines del siglo XIX, no se reflejó en la política mundial hasta después de la guerra imperialista, de la revolución de octubre y de la creación de la Tercera Internacional”.  El enorme giro que implicó la guerra fue un punto de quiebre que los marxistas europeos, en su enorme mayoría, no pudieron o no quisieron ver. Frente a ello, surgió un ala izquierda, que sostuvo las tradiciones revolucionarias frente a la hecatombe de la II Internacional.

Lenin y la guerra

La guerra marcó el cambio de época en dos sentidos, íntimamente relacionados. Por un lado, evidenció que ya no existían campos progresivos entre las potencias imperialistas. Lenin enfrentará a las corrientes que intentaban mostrar una continuidad entre las guerras nacionales del siglo XIX y la contienda inter-imperialista. En La bancarrota de la II Internacional escribirá “Las falsas apelaciones a Marx y Engels constituyen aquí el argumento “clave” de los dos cabecillas del socialchovinismo: Plejánov recuerda la guerra nacional de Prusia en 1813 y la de Alemania en 1870; Kautsky trata de demostrar, con aire archidoctoral, que Marx plateaba la cuestión de qué bando, es decir, qué burguesía, era preferible que triunfase en las guerras de 1854-1855, 1859, y 1870-1871 (…) Las guerras anteriores (…) representaban la “continuación de la política” de unos movimientos nacionales de la burguesía que habían durado muchos años e iban dirigidos contra el yugo extranjero y contra el absolutismo”. Esta discontinuidad tiene fundamentos estructurales: “El imperialismo representa la subordinación de todas las capas de las clases poseedoras al capital financiero y el reparto del mundo entre 5 ó 6 “grandes” potencias, la mayoría de las cuales participa hoy día en la guerra” (…) No es posible seguir viviendo a la antigua, en el ambiente relativamente tranquilo, civilizado y pacífico del capitalismo que evoluciona suavemente y se extiende poco a poco a nuevos países, pues ha llegado una nueva época” (resaltado propio). Ante la nueva época que había llegado, era necesario romper con todas las alas de la burguesía y aquellos sectores de los socialistas que se negaban a enfrentarla. El manifiesto de Basilea [1], firmado en 1912, entre los partidos integrantes de la II Internacional, señalaba que la guerra traería profundas conmociones y crisis en los países que entraran en ella. Se trataba de utilizar esas crisis para abrir el camino de la revolución social. La posición de derrotismo revolucionario era la única consecuente con esas definiciones y que se proponía “transformar la guerra mundial en guerra civil”. En El Socialismo y la Guerra (Julio-agosto 1915) definirá “En una guerra reaccionaria, la clase revolucionaria no puede dejar de desear la derrota de su gobierno; no puede dejar de ver que existe una relación entre los reveses militares de este gobierno y las facilidades que éstos crean para su derrocamiento (…) esa posición respondería al pensamiento más íntimo de todo obrero consciente y se situaría en el marco de nuestra actividad encaminada a la trasformación de la guerra imperialista en guerra civil”. A eso era lo que renunciaban tanto los sectores socialchovinistas como los centristas (Kautsky).

Derrotismo y defensismo de clase

El mismo Lenin señalaba, tomando a Von Clausewitz, que “la guerra es la prolongación de la política por otros medios”, es decir por la violencia. Pero la diferencia entre un análisis marxista y el del gran general prusiano, parte de las consideraciones de clase que dirigen la política, es decir, que clase social guía (o intenta hacerlo) los timones del estado.  La caída del zar en febrero de 1917 y su suplantación por un gobierno liberal burgués, que sostuvo la estructura económica de la Rusia prerrevolucionaria, no cambiaba el carácter de clase del gobierno que hacía la guerra. Pero la revolución de Febrero abría un escenario nuevo en el terreno político. La entrada de las masas en escena, el desarrollo de los soviets y la crisis del gobierno burgués generaba una situación altamente contradictoria, donde la conciencia del movimiento de masas jugaba un papel central. El problema de la guerra seguía sin ser resuelto y era un factor actuante en la revolución. La debilidad de la burguesía la obligaba a intentar derrotar la revolución basándose en el “defensismo”. Primero, intentando subordinar a las masas para retomar la ofensiva contra el frente alemán. Luego, desmoralizando y desorganizando al ejército para permitir el avance de de las tropas alemanas y derrotar a las masas desde afuera. En la lógica de Lenin y Trotsky, la guerra, estrechamente ligada al problema de la tierra, era un motor de la lucha por la conquista de las masas para la lucha por el poder. Pero eso exigía combatir el “defensismo revolucionario” que se expresaba en la conciencia de las masas y al mismo tiempo era utilizado por la burguesía. Si bien en 1918, Lenin señalará que “Éramos derrotistas bajo el zar, ya no lo éramos bajo Tsereteli y Tchernov”, la pelea central desde abril del 17 será contra el defensismo. En Las tareas del proletariado en la actual revolución, afirmará que “El fenómeno más importante y destacado de la ola pequeñoburguesa que lo ha inundado “casi todo” es el defensismo revolucionario. Es éste, precisamente, el peor enemigo del desarrollo y del triunfo de la revolución rusa (…) La burguesía engaña al pueblo especulando con el noble orgullo de éste por la revolución y presenta las cosas como si el carácter político-social de la guerra hubiese cambiado, por lo que a Rusia se refiere, a consecuencia de esta etapa de la revolución, de la sustitución de la monarquía de los zares por la casi república de Guchkov y Miliukov”.  Agregaba “Debemos saber explicar a las masas que el carácter político-social de la guerra no se determina por la “buena voluntad” de personas, de grupos ni aun de pueblos enteros, sino por la situación de la clase que hace la guerra; por la política de esta clase, que tiene su continuación en la guerra; por los vínculos del capital, como fuerza económica dominante de la sociedad moderna; por el carácter imperialista del capital internacional (…) La más insignificante concesión al defensismo revolucionario es una traición al socialismo, una renuncia total al internacionalismo, por muy bellas que sean las frases y muy “prácticas” las razones con que se justifique (…) Es imposible salir de la guerra imperialista, es imposible conseguir una paz democrática, una paz no impuesta por la violencia, sin derribar el Poder del capital y sin que el Poder del Estado pase a manos de otra clase, del proletariado (…) Esta revolución ha dado el primer paso hacia el cese de la guerra. Pero sólo un segundo paso puede asegurar ese cese, a saber: el paso del Poder del Estado a manos del proletariado” La política del partido bolchevique implicaba una pelea a muerte contra todas las corrientes conciliadoras que querían poner un límite a la revolución, frenando las tendencias de las masas, en función de la “defensa nacional”. Frente al defensismo de mencheviques y social-revolucionarios, la política bolchevique era delimitarse tajantemente, incluso al costo de permitir el avance alemán en territorio ruso. En Historia de la revolución rusa, en el capítulo Los bolcheviques y los soviets, Trotsky escribe: “Los acontecimientos desarrollados en el teatro de la guerra sometieron bien pronto a una prueba crucial la política del partido, desde el punto de vista de su internacionalismo. Después de la caída de Riga, la cuestión de la suerte de Petrogrado interesó vivamente a los obreros y soldados (…) Ni como obreros industriales ni como ciudadanos de la república burguesa estaban dispuestos en lo más mínimo los proletarios de la barriada de Viborg a sabotear la defensa de la capital revolucionaria. Pero como bolcheviques, como miembros del partido, no querían ni por un momento compartir con los dirigentes la responsabilidad de la guerra ante el pueblo ruso y ante los pueblos de los demás países. Lenin, temiendo que el estado de opinión favorable a la defensa se convirtiera en una política defensiva, escribía: “Seremos defensistas solamente después que el poder haya pasado a manos del proletariado… Ni la toma de Riga ni la toma de Petrogrado nos harán defensistas. Entre tanto, estamos por la revolución proletaria contra la guerra; no somos defensistas.” “La caída de Riga -escribía Trotsky desde la cárcel- ha sido un rudo golpe. La caída de Petersburgo sería una desgracia. Pero el hundimiento de la política internacional del proletariado ruso sería funestísimo.” ¿Doctrinarismo de fanáticos? Pero en esos mismos días, mientras los tiradores y los marinos bolcheviques caían delante de Riga, el gobierno provisional retiraba tropas para mandarlas contra los bolcheviques, y el generalísimo en jefe se preparaba para la lucha contra el gobierno” (Resaltados nuestros) La política de los bolcheviques era explicar “por los hechos” la incapacidad de la burguesía para defender seriamente la nación frente a la agresión alemana y poner de manifiesto que toda la política defensista estaba destinada a impedir el desarrollo de la revolución y aplastar a las masas. Implicaba no tomar sobre sus espaldas un gramo de responsabilidad por la política burguesa y de los reformistas. Desde este punto de vista, existía una continuidad entre el derrotismo previo a Febrero y esta ubicación. Sólo una posición claramente independiente podía ayudar a las masas a ver que la clase capitalista rusa era enemiga estratégica de la defensa nacional y preparar la toma del poder, única forma de terminar con la guerra.

Estado obrero y patriotismo de clase

En 1918, discutiendo contra Bujarin y los comunistas “de izquierda” Lenin señalará que “Reconocer la defensa de la patria equivale a reconocer la justicia y la legitimidad de una guerra. ¿Legitimidad y justicia desde que punto de vista? Únicamente desde el punto de vista del proletariado y de su lucha por la liberación; no admitimos ningún otro. Cuando la guerra es librada por una clase explotadora con la finalidad de consolidar su dominio como clase, es criminal y el “defensismo de tal guerra es una infamia y una traición al socialismo. Cuando es librada por el proletariado que ha derrotado a su burguesía, que lucha para defender la consolidación y el desarrollo del socialismo, entonces es legítima y “sagrada”. Desde el 25 de octubre de 1917 somos defensistas” (Lenin, Sobre el “infantilismo” de la izquierda y el espíritu pequeño burgués, mayo del 18). Precisamente en esa discusión, Lenin se ubica formalmente “a la derecha” de sus oponentes que sostienen la continuidad de la guerra revolucionaria y no ven la correlación de fuerzas existente entre el estado obrero naciente y la burguesía imperialista a nivel internacional. Pero al mismo tiempo establece una definición estratégica en relación a la guerra. Nuevamente aquí la guerra es “la prolongación de la política por otros medios”. Lo que cambia es el carácter de clase del estado que lleva adelante la guerra o que, en este caso, se defiende frente a la agresión imperialista. En el artículo que hemos citado antes “Imposible entonces, resumir la posición de Lenin en una única fórmula de “derrotismo”. El derrotismo revolucionario es para él la consecuencia de una línea estratégica – que no es el único en pregonar – “la transformación de la guerra imperialista en guerra civil”.  Pero aquí, el defensismo de clase no es un fin en sí mismo, sino un eslabón de la lucha por la revolución socialista internacional. La defensa del primer estado obrero es la defensa de una trinchera para avanzar en la lucha estratégica por la revolución mundial, como método para avanzar hacia el socialismo.

Nota

[1] “El Manifiesto de Basilea dice: 1) que la guerra provocará una crisis económica y política; 2) que los obreros considerarán un crimen participar en la guerra; que será un crimen “ponerse a disparar unos contra otros en aras de las ganancias de los capitalistas, de ambiciones dinásticas o del cumplimiento de los tratados diplomáticos secretos”; que la guerra despertará en los obreros “cólera e indignación”; 3) que esa crisis y ese estado de ánimo de los obreros debe ser aprovechado por los socialistas para “agitar al pueblo y acelerar el hundimiento del capitalismo”; 4) que los “gobiernos” -todos sin excepción- no pueden desencadenar la guerra “sin correr un grave peligro”;5) que los gobiernos “temen la revolución proletaria”; 6) que los gobiernos “deben tener  presente” la Comuna de París (es decir, la guerra civil), la revolución de 1905 en Rusia, etc. Todas éstas son ideas perfectamente claras, en las que no figura la garantía de que la revolución ha de venir”. Ver: La bancarrota de la II Internacional

http://www.ips.org.ar/?p=5022