15/4/12

La huelga más larga

Entrevista a Manuel Cañada sobre el libro La huelga más larga.

“Esta huelga apuntó a la raíz. Los trabajadores eludieron las añagazas que suelen funcionar en estos casos (incremento del precio por metro o pieza) y adoptaron dos mecanismos de control del destajo. Uno, de autorregulación y el otro, de limitación del poder patronal”.

Salvador López Arnal

Especial para Gramscimanía
Manuel Cañada trabaja actualmente de educador social en un IES de Extremadura. Forma parte, en condición de afiliado, del PCE, IU y CGT, aunque su tiempo de militancia, como él mismo señala, lo dedica fundamentalmente a un colectivo por los derechos sociales que lleva el nombre de “La Trastienda”.

Le pregunto en primer lugar por la autoría del libro. Joaquín Vega, la Asamblea de yeseros y escayolistas y usted mismo. ¿Quién fue Joaquín Vega? ¿Quiénes forman la asamblea de yeseros y escayolistas?

Joaquín Vega fue un extraordinario dirigente obrero y el auténtico inductor y protagonista de este libro. Fue militante comunista, primero del PCPE y después del PCE, pero, sobre todo, un sindicalista enorme. Era la antítesis del dirigente sindical de despacho. Sabía que la fuerza de los trabajadores emana de la lucha unitaria y no de la finta y el apaño compartiendo mesa y mantel con el patrón. Era un militante insobornable: pudo atornillarse al cargo, como tantos otros, y sin embargo volvió a pegar yeso, danzando de una obra a otra. Además, era una persona de calidad excepcional, vitalista, leal y generoso. Recordaba a los legendarios militantes anarquistas y comunistas de los años 20 y 30: despreciaba el dinero y el peligro hasta extremos temerarios.

La Asamblea de yeseros y escayolistas de Badajoz es la forma final que acaba adoptando la organización del movimiento de estos dos gremios. Tras la huelga de 1988, permanecieron diez años integrados en la estructura de CCOO, y luego, a raíz de la ruptura con el sindicato, crearon la Asamblea que se mantiene hasta nuestros días.

En la publicación, queríamos destacar la autoría colectiva del libro. El texto se nutre de entrevistas individuales y colectivas realizadas entre 2005 y octubre de 2011. Y además pretendíamos evitar, en la medida de lo posible, que los trabajadores pasasen de sujeto de la huelga a mero objeto de la narración.

¿De qué huelga habla La huelga más larga? Puede describirla brevemente.
Fue una huelga que duró cinco meses, desde el 10 de agosto de 1988 hasta el 4 de enero de 1989. Durante los últimos tres meses, la huelga fue indefinida. Al principio de la movilización, las demandas obreras tenían que ver con el precio del metro y con el pago de “los derechos” (las vacaciones, las pagas, la ayuda familiar…), pero a lo largo de la huelga, la centralidad reivindicativa giró hacia la limitación del destajo y el control de la contratación. La larga duración del pulso obedeció tanto a la radicalidad de las demandas obreras como a la existencia de una fuerte organización patronal que había cimentado su poder sobre la derrota de la huelga general de la construcción en 1978. Ésta, fue otra extraordinaria huelga indefinida (52 días), pero que se saldó con la división sindical y la percepción de fracaso.

Más tarde le pregunto sobre esto último. Tras la presentación, el libro se abre con una mariana de Francisco Moreno Galván cantada por José Menese. ¿Quién fue Moreno Galván? ¿Quién es José Menese? ¿A qué cauce tienen que volver “las agüitas” de las que nos habla el cante?

Francisco Moreno Galván fue un poeta y pintor de Puebla de la Cazalla. Es el autor de gran parte de las letras interpretadas por José Menese, uno de los grandes cantaores flamencos de las últimas décadas. Ambos son dos extraordinarios creadores, que han pagado con el ostracismo y el olvido su compromiso comunista. Muchos de los cantes de Moreno Galván-Menese son auténticas joyas que condensan, con sobriedad, sabiduría popular y rebeldía jornalera.

Este cante con el que se abre el libro es una crítica a la historia dominante y, al tiempo, el enunciado de un futuro de liberación. Creo que en la letra, que hace mención a los rótulos de las calles, plagados de “reyes, roques, santos y frailes”, se alude a un cauce, a un tiempo histórico que es el de la Segunda República. Pero además parece que resonara en él también, de forma vaga, la idea de “comunismo primitivo”, otro orden, otro tiempo desterrado pero aún sobreviviente en la memoria. Son los ecos de un cierto milenarismo, una constante en la historia del movimiento obrero y campesino, según historiadores como Hobsbawm. El propio Manuel Sacristán quizás apuntaba en esta misma dirección cuando en algún momento definió el marxismo como una “religión obrera”.

Entre otros autores, cita usted con frecuencia y admiración a Walter Benjamin. ¿Qué destacaría usted de sus tesis de filosofía de la historia?
Walter Benjamin es uno de los pensadores marxistas más incisivos y útiles para entender el capitalismo contemporáneo. Pero, al mismo tiempo, es un completo desconocido para la inmensa mayoría, incluso en los ambientes militantes. Parafraseando una de sus afiladas y apremiantes tesis, cabría afirmar que el conformismo de la Academia está a punto de subyugar al Benjamin revolucionario, convirtiéndolo en un fetiche culturalista. El sagaz estudioso de los misterios de la mercancía ha sido transformado en un bohemio coleccionista. El comunista sin partido, es empaquetado como evanescente esteta, como producto delicatesen sólo al alcance de los gourmets de rarezas ideológicas.

“En los terrenos que nos ocupan, sólo hay conocimiento a modo de relámpago. El texto es el largo trueno que después retumba”. En el Libro de los Pasajes, se recoge este aforismo de Benjamin, como pórtico de sus reflexiones sobre teoría del conocimiento. Así son también sus tesis de filosofía de la historia. Son relámpagos, astillas, mónadas de pensamiento que integran epistemología, historia, literatura y teoría de la revolución. Son iluminaciones talladas con precisión artesana, compactas y vibrantes, que nos evocan la fuerza y la capacidad aprehensiva del Manifiesto Comunista.
Las tesis de Benjamin son una enmienda a la totalidad del historicismo, pero también a la socialdemocracia y al marxismo economicista y determinista. “Nada ha corrompido tanto a los obreros alemanes como la opinión de que están nadando a favor de la corriente”, afirma en uno de sus latigazos. Esta milonga de que la historia está de nuestro lado ha acompañado y acompaña aún nuestros discursos y fantasías militantes. No hemos dejado de recitar, con distintos formatos, este cuento menesteroso. Unas veces hemos dictaminado que la clase trabajadora era la clase ascendente, otras hemos repetido aquello de la historia absolutoria; Pablo Milanés le puso música y letra hermosas a este optimismo insensato: “La historia lleva su carro / y a muchos los montará / por encima pasará de aquel que quiera negarlo”… En las tesis, Benjamin se está dirigiendo sobre todo a los marxistas y les está reprochando su miopía, que repitan como loros la doctrina del infalible progreso, justo cuando ante sus ojos se alza la colosal catástrofe que representó el nazi-fascismo.

La crítica al concepto de progreso, que según él debería ser consustancial al materialismo histórico, es otro de los filones más actuales de este hermoso texto. El fetichismo del progreso ha empapado nuestros análisis, se ha convertido también en discurso dominante en nuestro campo. Décadas después, desde el escarpado ecológico, Sacristán iluminará otras consecuencias de esa idolatría progresista, subrayando el potencial destructivo de las fuerzas productivas.

Las empezó a llamar productivo-destructivas.

Exacto. Por otro lado, Benjamin representa una ruptura con las categorías convencionales de la historia, una alteración de los usos del pasado. “Definiciones de conceptos históricos fundamentales: la catástrofe: haber desaprovechado la oportunidad; el instante crítico: el status quo amenaza permanecer; el progreso: la primera medida revolucionaria”, se puede leer en El libro de los pasajes. Benjamin subvierte el tiempo lineal, la “sólida continuidad de la historia”. La cita secreta entre sucesivas generaciones de oprimidos trastoca la relación entre pasado y presente. Y la historia se llena de “tiempo del ahora”, los momentos rupturistas del pasado pasan a ser “momentos del presente mismo”, y en ellos se enciende “la chispa de la esperanza” contemporánea.

La historia debe ser, según Benjamin, redención y reivindicación de los oprimidos de todas las épocas. Y ahí es donde se anudan materialismo histórico y milenarismo, marxismo y mesianismo. Volvemos de ese modo, sin pretenderlo, al final de la respuesta anterior.

Sí, pero es un excelente complemento.

Para acabar: en mi opinión, este texto es una lectura imprescindible para quienes deseen vacunarse contra el corporativismo histórico o para quienes estén interesados en lo que se ha dado en llamar “memoria histórica”. Pero, mucho más allá, a las Tesis de filosofía de la historia, podría aplicársele una de las características que Italo Calvino atribuía a los libros clásicos: “Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo”. Estimo que las tesis de Benjamin deberían ser un material de “obligada” lectura para los militantes anticapitalistas, un escrito que circulara en las escuelas de debate y formación, pues constituye una extraordinaria referencia para encarar nociones como materialismo histórico, fascismo, progreso o revolución.

La historia dominante es una historia naturalizada. ¿Qué significa esa afirmación que usted ha comentado críticamente en más de una ocasión? ¿Cómo consigue esa carta de naturaleza?

La historia dominante, como la ideología dominante en su conjunto, se impone como paisaje, como atmósfera que envuelve nuestra vida cotidiana. El nombre de las calles, las esculturas urbanas, los calendarios, las celebraciones y conmemoraciones… la historia del poder cristaliza como tradición de todos, como naturaleza social. A aquel camino senderista lo bautizan como Ruta del Emperador; éste otro museo de arte contemporáneo como Reina Sofía; la parada del metro, Núñez de Balboa; el paraninfo universitario, Ramón Areces... Son sólo algunos signos externos de hasta qué punto el santoral de las clases dominantes impregna los espacios cotidianos, adquiriendo además el marchamo de patrimonio común y  de “historia objetiva”.

Junto a los medios de comunicación, los sistemas educativos tienen un papel crucial en la conformación de ese “sentido común histórico”. A modo de ejemplo, invito a la lectura de los libros de la asignatura de Historia que se utilizan en Bachillerato para explicar el final del franquismo y la transición española. En ninguno de los textos que he podido ver se habla de los cinco fusilamientos de noviembre de 1975 o de las decenas de asesinatos a cargo de la policía en manifestaciones durante esa década.

Hay alguna excepción pero tiene razón en general. ¿Qué considera más esencial de la lucha obrera que describe en su libro? ¿El éxito alcanzado? ¿Su radicalidad? ¿La participación?

El éxito de la huelga de los yeseros no reside en la duración y dureza del pulso, ni siquiera en que abriese un ciclo de luchas en el sector de la construcción, acabando con el síndrome de derrota, tras el fracaso del 78. En mi opinión, lo más relevante de esta lucha es su capacidad para saltar las bardas de la rutina sindical, situando la reivindicación no en los aspectos del salario sino en el control de la contratación y del destajo.

Como ya subrayara Marx, el destajo es la organización del trabajo que más interesa al capitalista. Divide a los trabajadores en función de su edad, de su destreza, de su grado de sumisión o rebeldía… En unos casos, hace que el trabajador se vea a sí mismo como una larva de capitalista y en otros muchos, siembra en él la ilusión individualista de que tiene un lugar bajo el sol al margen del grupo… Institucionaliza la competencia entre los trabajadores y, de este modo, el capitalista saca más beneficio económico pero, sobre todo, más dominio, más obediencia obrera, más poder, en definitiva.

Esta huelga apuntó a la raíz. Los trabajadores eludieron las añagazas que suelen funcionar en estos casos (incremento del precio por metro o pieza) y adoptaron dos mecanismos de control del destajo. Uno de ellos, de autorregulación: fijación de un tope de metros máximo a respetar por cada trabajador. Y otro, de limitación del poder patronal: se incluyó en el convenio la obligatoriedad de contratar al 50% de los trabajadores mediante oferta genérica. Al final, el pulso derivó en el control del 100% de la contratación. A partir de ese momento, quedaba cancelada una de las reglas de oro del capitalista, la decisión de quién trabaja y quién no trabaja.
Esta forma de enfrentarse a la precariedad, desde la raíz, cuestionando uno de los instrumentos fundamentales del dominio patronal, el mercado de trabajo, es quizás una de las principales lecciones de esta larga huelga para el presente. Hoy, son innumerables las empresas y sectores en las que se trabaja a destajo. Por supuesto, no sólo en la construcción o en el campo. Es moneda corriente en sectores de la industrial, el telemárketing o incluso en los medios de comunicación. Hace pocos días me contaban que en una de las principales agencias de prensa, aquí en Extremadura, pagan a 7 euros la noticia.

Creo que no sólo en Extremadura.

Sí, claro. La importancia y vigencia de esta huelga podría resumirse en torno a tres palabras: Precariedad, Asamblea, Anticapitalismo. O dicho de otro modo: organización desde la precariedad, democracia obrera y necesidad de inscribir las luchas concretas en un horizonte y estrategia anticapitalistas.

El concepto está de moda, lo sé, pero su libro puede ser un ejemplo, acaso a contracorriente, de abonar la memoria histórica de los trabajadores. Si fuera así, ¿cómo cree usted que hay que cultivar la memoria obrera? ¿Es pasado interpretado, documentado, bien expresado y a punto de congelar, o puede o pretende ser su ensayo un libro de interés para la historia de hoy mismo? ¿Para qué podría “ser útil” si fuera este segundo caso?

Pienso que debe cultivarse la memoria de la clase obrera en tanto que clase. No se trata de hacer antropología y muchos menos, costumbrismo. Lo que urge es una memoria de la explotación y de la resistencia que busque “una salida a la praxis”, que tienda vínculos con las luchas del presente. Memoria obrera es recuerdo de la intemperie, del frío que atraviesa los huesos, pero también revivir de la generosidad y del coraje. El NO oportuno, el no impensable, el no pleno de valor. Me vienen a la memoria tres buenos ejemplos, tomados del cine, que podrían servir como referencias útiles: Novecento, Billy Elliot o Recursos humanos. La comunidad obrera, organizando su pequeño mundo al margen del patrón, pasando el testigo generacional, haciendo valer las verdades de la unidad y del sacrificio.
La memoria y la historia obreras no deben ser “arqueología”, pasado congelado, como tú bien dices. Tampoco el proceso de transmisión cultural está libre de la barbarie, nos recuerda Benjamin. Y la memoria, como la historia, tiene y debe tener consecuencias. No es sólo bálsamo de heridas o digna sepultura para los familiares, es el arco que une pasado y presente. Es memoria actual y actuante. ¿Cómo nos enfrentamos al dogal del salario? ¿Cómo nos revolvemos contra el esquirol invisible, nuestra mentalidad de consumidor y propietario de clase media? ¿Cómo hacemos quebrar la traición de clase envuelta en ascensos y promociones? ¿Y cómo lo hacemos hoy? Hoy, cuando por todos lados vemos el rastro de la explotación: empresarios que no pagan la seguridad social, becarios explotados, interinos a los que chulean las vacaciones, despedidos con una mano atrás y otra adelante. Desposeídos y precarios, mileuristas y nimileuristas, trabajo sin derechos, trabajo sin fin…

Y en la memoria colectiva, en la producción de sentido, el relato adquiere una función primordial, como recordaba recientemente Javier Mestre. La memoria histórica es mucho más que la crónica de los años 30 y 40. Hace falta contar la historia reciente, la urdimbre del poder que sufrimos, la marginación de la clase obrera en la transición, la represión, los asesinatos de Pedro Patiño, de los obreros de la construcción de Granada, de la Bazán, de Vitoria...O el pacto entre los arribistas de ambos bandos que supuso la transición (Rafael Chirbes).

Habla de ello en más de un momento a lo largo del libro. ¿Cómo concibe usted la relación entre la historia y la política?

Gramsci afirma, con Croce, que “la historia es siempre, y sólo puede ser siempre, contemporánea”. Y la historia contemporánea es política. Un buen ejemplo de esa permanente concupiscencia podría ser que la metáfora que se ha venido utilizando en las últimas décadas para aludir a la victoria del capitalismo no haya sido otra que la del “fin de la historia”.

Sorprenderá al lector tal vez las referencias que hace usted a lugares de encuentro obreros como bares o tabernas. ¿Qué importancia tienen esos ámbitos? ¿Es allí dónde se fermenta la rabia?

Muchos de los libros sobre historia del movimiento obrero que conozco comparten un asfixiante economicismo. Estadísticas sobre contratos temporales, número de afiliados a los sindicatos, trascripción de los periódicos de la época... Me parece que esos nutrientes son necesarios pero insuficientes.

Poner el foco en los bares o en los barrios, a modo de pista o insinuación para la investigación, es un intento de acercarse de otro modo al conocimiento de la clase obrera. Frente a la mera repetición de las estadísticas del Ministerio de Trabajo y frente al regüeldo de las instituciones, “el ethos, el modo de vida, el sentido del vivir cotidiano”, como diría Joaquín Miras. Frente al dato instituido, aparentemente neutro y objetivo, la singularidad de los sujetos, la reivindicación de los espacios despreciados por los usufructuarios de la ciencia social. Hay un reciente libro de Raúl Zibechi (Política y miseria) que insiste en la misma idea: “Los opresores siempre se empeñaron en eliminar o controlar los espacios sociales autónomos de los oprimidos (desde las barracas donde dormían los esclavos hasta las tabernas, cervecerías y mercados donde concurren las familias proletarias), porque saben que allí se tejen las rebeliones”.
La fermentación de la rabia, a la que se alude en el libro, no se produce sólo o fundamentalmente en los bares, es obvio. La expresión es una metáfora, con la que se quiere poner el acento en la importancia de lo comunitario, de lo pre-sindical, de lo pre-político. La rabia fermenta en la conciencia, claro está, pero la conciencia se alcanza o se reúne en muchas instancias; no sólo en los libros; no sólo ni preferentemente en las reuniones de partido o sindicato. La rabia va adquiriendo conciencia en los espacios informales, en la cotidianidad, en los vínculos no episódicos.

¿Dónde fermenta, en nuestros días, la rebelión de las banlieu, de las barriadas miseria? En las plazas y escalinatas de los barrios, donde se juntan los parados y excluidos, en los bares donde se juega a las cartas, en las colas del INEM o de los Servicios Sociales… Donde, desde luego, no  parece que fermente mucha rabia es en los locales del sindicalismo oficial. Hoy tienen el aire de una oficina, donde un grupo de burócratas atiende las reclamaciones y solicitudes de los usuarios o clientes-trabajadores. Me parece que en esos despachos más que fermentar, la rabia se requema y asquea.

Cita en el libro, en un determinado momento, las luchas de Numax y de Sintel. ¿Por qué fueron tan importantes esas luchas? ¿Por qué considera tan importante para un trabajador participar activamente en una lucha obrera larga? ¿Qué podemos aprender en ella?

Alain Badiou definió la política como fidelidad al acontecimiento. Pienso que muchos de los trabajadores que han participado en una huelga larga la describirían, sin duda, como un acontecimiento que ha marcado sus vidas y, en muchos casos, ha fundado un compromiso militante duradero.
Las luchas citadas de Numax y Sintel responden a ese perfil y además tienen cierto aire de familia con la huelga de los yeseros. Son huelgas largas pero además “irreverentes”, que desbordan el guión de lo previsible y de lo posible. Huelgas donde se va a por todas, luchas que van en serio.
He afirmado que para un trabajador es muy importante participar activamente en una lucha de estas características porque pienso que el mundo se aprende luchando. Y en una huelga larga se aprende en carne propia la naturaleza del capitalismo. El obrero constata su debilidad y su fuerza; aprende que es un paria, una mercancía condenada a esperar o buscar un comprador de su fuerza, de su inteligencia y de su tiempo, pero también que es justamente él quién crea puestos de empresario. Se aprende que el capitalismo tiene mil trampas y escondites, que se oculta tras un castillo de formas (mercancía, dinero, acciones…), que tan pronto se desdobla en filiales como lo hace en franquicias o en subcontratas. Se comprueba para qué y a quién sirve la policía o la justicia; se ve a las claras que capital y estado son la uña y la carne de la misma mano invisible. Y se aprende, sobre todo, el secreto mecanismo de la lucha de clases, el heliotropismo del que hablara Benjamin: se aprende la unidad y el coraje, el cemento de las fatigas colectivas, la importancia de “vestirse por los pies”, de respetar la palabra dada, el significado exacto de palabras como esquirol o compañero…

Afirma también en el libro que el pistolero es una figura central del entramado empresarial de la construcción. ¿Lo fue, lo sigue siendo?
Sin ningún género de dudas. Lo que ocurre es que, también aquí, se ha producido una adaptación, una “modernización” del pistolero. Los Florentinos y las Koplowitz no podrían existir sin una organizada cohorte de mercenarios del metro cuadrado. La burguesía no puede reproducirse sin una urdimbre de lumpen-burguesía; los parásitos grandes necesitan de muchos parásitos pequeños.

Pero lo que el capital y sus ideólogos llaman “descentralización productiva” ya no es privativo de sectores como la construcción. La subcontratación, la “externalización”, es hoy uno de los pilares donde se asienta la reorganización capitalista del poder.

El lenguaje ha cambiado, eso sí. Ya no se habla de “prestamismo” o de “sacapringues”. Ahora se habla de recursos humanos, asistencias técnicas, coaching, emprendedores, agencias privadas de colocación... toda una jerga que edulcora la realidad. Pero el fondo, es decir, la “gestión de la mano de obra”, el dominio sobre esa especialísima mercancía llamada trabajador, el control de la explotación en definitiva, se mantiene intacto.

¿Qué papel tuvo usted en la huelga que se describe en el libro?
En ese momento, participaba en la dirección de CCOO, tanto en el sindicato de la construcción como en la Unión  Provincial de Badajoz. Este hecho, la implicación activa en la huelga, me ha obligado a encarar la escritura del libro de otro modo. He procurado que desapareciera el rastro personal, salvo en contadas ocasiones. Se trataba de contar la lucha desde el nosotros, sin absurdas ínfulas de objetivismo pero dando un paso atrás, dejando que se escuchara la voz de Joaquín, de Antonio el Oreja, de Carlos, de Paco el Camarón, de Fermín, de Tole, de Tomás, de los hermanos Aparicio, de Mora, de los yeseros en definitiva, los auténticos protagonistas de la huelga. Se trataba de “estar ahí como si uno no estuviera ahí”, como dice uno de los Poemas lisiados, de Jorge Riechmann.

Ahora no desde luego, pero durante años se ha hablado en España, con la cara muy satisfecha y risueña, y en épocas diversas, del “boom de la construcción”. ¿Qué boom es ése? ¿Cuáles son sus efectos?

El boom de la construcción en España viene de largo. Ramón Fernández Durán señalaba una línea de continuidad entre el urbanismo especulativo de los 60 y 70 y el tsunami urbanizador de las dos últimas décadas. Las fortunas y el poder de la casta dirigente se han amasado en los negocios de la construcción. La colusión entre poder político y poder económico está en el origen del modelo de crecimiento capitalista en España.

Finaliza usted el segundo capítulo del libro hablando de una revolución jornalera que “hizo temblar la tierra”. ¿Qué revolución fue esa?
Aquí estoy haciendo referencia a una expresión utilizada por Eric Hobsbawn para describir las rebeliones campesinas. El historiador inglés afirmaba: “la revolución social en Andalucía empieza poco después de 1850”. Y yo añado, por mi cuenta: en Extremadura también se cardó mucha lana.

Esa “larga revolución” se extendió a lo largo del siglo XX y es uno de los conflictos originarios del golpe militar de 1936. La matanza de la plaza de Toros de Badajoz es uno de los episodios más sanguinarios, pero al mismo tiempo la culminación represiva del tenaz pulso que venían manteniendo terratenientes y jornaleros. La Mano Negra, los motines del hambre, la creación de la Guardia Civil, el bandolerismo social, Jarrapellejos, el caciquismo, Casas Viejas, Castilblanco, la ocupación y roturación masiva de tierras del 25 de marzo de 1936, son algunos de los ecos de esa enconada lucha.

En el libro se alude a las últimas boqueadas de la mítica reivindicación por la Reforma Agraria. Marinaleda o el Sindicato de Obreros del Campo serían algunos de los honrosos rescoldos que quedan de ese sueño histórico. El sistema del PER se organizó, precisamente, para darle la puntilla.
Esta pequeña estampa sobre las últimas marchas jornaleras de finales de los 80, junto a otros dos apuntes sobre la penetración de la heroína en los barrios (La heroína no cae del cielo) y sobre la precoz conciencia de muchos militantes en relación a la naturaleza del GAL (La verdad está en el asesino), es un esbozo “impresionista” de lo que podría haber sido una contextualización socio-política de la huelga.

¿Una huelga indefinida sigue siendo actualmente un procedimiento razonable de lucha?

No hay un catálogo de procedimientos razonables de luchas. Incluso podría afirmarse que cuanto más “protocolizada” esté una lucha menos eficacia reivindicativa tendrá. El poder trabaja día y noche para amortizar o integrar las revueltas. La expresión que venimos escuchando en las últimas semanas a los tertulianos del poder: “La huelga general ya está descontada”, podría ser una buena muestra de esa estrategia. Y un reciente anuncio de Vodafone reproduciendo los signos externos del 15M (las manos en el aire en lugar de los aplausos, el ordenado caos de las asambleas, la mezcla intergeneracional) podría ser otro ejemplo, en este caso de la tarea de “recuperación” o anulación de las luchas por la vía de la estetización y mercantilización.
Algunas de las formas de lucha o expresión del conflicto social que más han trastornado al poder en los últimos años no tienen nada de “razonables”. La ocupación de las calles o de las plazas en plena campaña electoral (13 de marzo y 15M), el bloqueo las cumbres de los organismos internacionales (movimiento antiglobalización), el asalto de los grandes supermercados (caracazo y Los Ángeles), los estallidos incendiarios de las periferias (París, Londres)… La gente  inventa continuamente formas de lucha, a partir de la combinación o hibridación de experiencias que han funcionado.
Claro que una huelga indefinida puede ser un procedimiento oportuno de lucha, depende de las circunstancias. Pero hoy,  en muchos casos, las luchas laborales han de darse dentro y fuera del centro de trabajo. Y acompañarse de otro tipo de acciones y alianzas. Parafraseando a José María Ripalda, podríamos afirmar que, aunque con formas distintas, boicot, sabotaje y traición al poder siguen siendo el principio fundante de la política revolucionaria.

Opino que, justamente, una de las posibles utilidades de este libro es que habla de procedimientos de lucha “poco razonables”.

¿Por qué es tan hermosa una huelga general? ¿No exagera el poeta Jorge Riechmann con esa expresión?

La huelga general, a pesar de los cálculos de los burócratas y de los intentos por reducirla a amago o ritual, contiene siempre la evocación de otra sociedad posible. En el “gobierno obrero provisional” que supone siempre una huelga general, mal que les pese, se insinúa otra organización social distinta al capitalismo. La huelga general es la constatación y el recuerdo del carácter parasitario del capital y sus capataces.

Pero el extraordinario poeta y pensador que es Jorge Riechman no hace referencia aquí a esta épica obrera. Para él, la huelga general no sólo cuestiona el poder empresarial y gubernamental, sino además insinúa la posibilidad de parar la máquina de la destrucción y de la alienación general. Se trata de luchar también contra la dictadura de las mercancías, contra el tiempo prisa y contra “la demagogia de la normalidad”.


¿Qué sindicato nació de la huelga que describe? ¿Es una fortaleza organizativa como señala usted en el capítulo V?

Mediante ese enunciado provocador, se intenta invertir los términos usuales de la relación entre lucha obrera y sindicato, entre movimiento e institución. La lucha está antes del sindicato. El sindicalismo es previo al sindicato. Ir a cobrar con un martillo, presentarse en una obra a reclamar trabajo colectivamente o conjurarse para rendir menos, son expresiones de sindicalismo, aunque nadie esté afiliado a ninguna organización. El sindicato nace en la capacidad para interpretar y vincularse a la lucha “espontánea” de los trabajadores. El sindicato nace en la afirmación de la autonomía obrera.

Rescatar huelgas como la de los yeseros no sólo es un acto de memoria y justicia, escribe usted, sino que es un “aprovisionamiento de municiones para los tiempos convulsos que vienen”. ¿No exagera un poco? En su opinión, ¿qué tiempos convulsos son esos que vienen?

Concebir el libro como munición ideológica quizás sea, efectivamente, una exageración. Cabría hablar, con más propiedad, del deseo manifiesto de que la narración de esta huelga pueda ser una modesta contribución a las luchas del presente.

Pero, por el contrario, la previsión de tiempos agitados puede parecer timorata o incluso banal. La intuición de vértigo histórico, de estado de excepción está presente en muchos de los análisis que vienen haciéndose desde nuestro campo en la última década. Reparemos en conceptos como capitalismo del desastre (Naomi Klein), capitalismo gore (Sayak), fascismo social (Juan Pedro Viñuela), fascismo posmoderno (Santiago López Petit) o colapso de la civilización industrial y ruptura histórica total (Ramón Fernández Durán), por citar solo algunas tentativas de descripción y proyección sobre la sociedad que se está configurando.

En muchos aspectos, la situación tiene parecido con las circunstancias en las que emergió el fascismo: fascinación tecnológica, regresión social, estetización de la política. Un cóctel articulado por la gran burguesía que manipula los miedos a la proletarización de las clases medias.

Pero quizás, como apunta Riechmann, “falta lenguaje para decir lo que viene”. Las formas de dominio que se están incubando tienen componentes nuevos o renovados. La precariedad como régimen de vida; el consumismo, el hedonismo, el individualismo posesivo como valores dominantes; la fragilización de los vínculos sociales y la ausencia o debilidad de los sujetos sociales y políticos críticos (Sennett y Bauman), el retorno de las clases peligrosas (Zibechi)… Sin embargo, algo falla en los planes del poder y los aires de revuelta se extienden por todo el mundo: procesos revolucionarios latinoamericanos, 15M, Londres, Grecia… Vienen años de intensa lucha de clases, aunque es probable que adopten formas poco convencionales.

Más allá del libro, abusando de su tiempo, déjeme preguntarle algunas cuestiones complementaras. ¿Qué significa para usted el sindicalismo de concertación? ¿Cuáles son las diferencias con el sindicalismo de lucha?
Con el término “sindicalismo de concertación” hago referencia a lo que representan hoy los sindicatos mayoritarios, que han convertido el pacto social permanente en su práctica y programa máximo. Es el sindicalismo que, cuatro meses después de la huelga general del 29 de septiembre, avala el pensionazo. El que presenta la desmovilización obrera como una contribución responsable a la salida de la crisis. Es un sindicalismo cooptado por el poder, que hace de palabras como diálogo social, crecimiento económico o competitividad su vocabulario cotidiano. Es un tipo de práctica sindical que puede calificarse sin ambages como “pro-capitalista”, que ha jubilado incluso moderados conceptos que formaban parte de la tradición de CCOO como el de combinación estratégica de negociación y movilización.
El sindicalismo de lucha por el que se aboga se caracterizaría en primer lugar por su democracia, por la primacía de la asamblea frente a las inercias de burocratización y reproducción de los aparatos. Y sobre todo, como se dice en el libro, “un sindicalismo capaz de pensar la globalidad, de sacudirse los corporativismos, de pensar simultáneamente la clase y la especie, de cuestionar no sólo cómo se produce sino, además, qué se produce; capaz de impugnar el consumismo, la obsolescencia programada y la dictadura de las mercancías”.

Pero, para crecer, para poder representar una alternativa al sindicalismo oficial, este otro sindicalismo de lucha ha de arriesgar y desprenderse también del “narcisismo de las diferencias minúsculas” (Riechman). En mi opinión, estamos desaprovechando un tiempo precioso para avanzar hacia una mayor coordinación y unidad de acción entre todas las opciones que podríamos adjetivar como sindicalismo de lucha, crítico o alternativo, como CGT, CNT, COBAS, Solidaridad Obrera, SAT, Corriente Sindical de Izquierdas, CSC, Intersindical….

¿Por qué es tan importante la Asamblea obrera?

Fundamentalmente por aquello que indicaba el corrido de la revolución mexicana: “Dicen que soy un pelao / y no sirvo p’al gobierno/ Yo no vengo a ver si puedo/ sino porque puedo vengo”. La asamblea es el gobierno de los pelaos, la democracia de los comunes. Es el lugar donde las jerarquías se disuelven o al menos se encogen, donde se funda la fuerza colectiva y la confianza. Una huelga de cinco meses, como la que se narra en el libro, es imposible sin la asamblea obrera.

“Después del fin de los grandes relatos, vino la dictadura del spot publicitario”. Es una afirmación suya. Me la comenta por favor.
La expresión la utilicé en un pequeño texto que hice en 2005 titulado “Resquicios de Nietzsche”, a cuento de la lectura posmoderna que se ha hecho de este autor. Me parece que una de las corrientes más influyentes, también en el campo histórico, es el posmodernismo y que convenía hacer una crítica a esa tramposa exaltación de lo fragmentario que en verdad pretende poner a salvo y esconder la oculta “totalidad única”, el capitalismo. Quizás se entiende mejor reproduciendo los párrafos donde se ubicaba originalmente esa frase:
“Tras “el fin de los grandes relatos” vino la dictadura del spot publicitario, la tiranía del instante. Y resplandeció la gran narración implícita, el capitalismo naturalizado, ascendido de producto histórico a realidad consustancial al desarrollo de la especie humana. Muchos años antes de que las  élites de finales del siglo XX destilaran esta lírica de la plusvalía, Schumpeter ya habló de la “destrucción creativa” como principio constituyente del capitalismo.
Capitalismo de capitalismos fragmentarios y fragmentadores. El “pueblo por venir” que esperaba Deleuze no llegó y en su lugar lo hizo el mercado coral, en el que efectivamente no solo habla el jefe, sino todos los concursantes. No solo habla quien controla, a través de las omnipresentes cámaras, a los concursantes sino también lo hacen los trepadores, los urdidores, los bufones o los delatores, quienes someten sus fragmentos de vida a la dogmática de la competencia”.

¿Qué es el movimiento obrero. ¿Es identificable con las luchas sindicales, con los sindicatos? Añado: ¿qué significa para usted tener conciencia obrera? ¿No es algo de otros tiempos?

El movimiento obrero es bastante más que el movimiento sindical. Del movimiento obrero formarían parte además de sindicatos y partidos, ateneos, publicaciones, cooperativas, organizaciones de apoyo mutuo y todo tipo de instituciones y espacios donde se expresa la existencia autónoma de la clase obrera y la aspiración a una sociedad sin clases.

No todo sindicalismo es movimiento obrero. Movimiento obrero y conciencia obrera, en mi concepción, son términos indesligables. Y una parte del sindicalismo realmente existente en modo alguno promueve la conciencia obrera ni los valores alternativos al capitalismo. A este sindicalismo le cuadraría a la perfección lo que Lukács escribía a propósito del oportunismo: “El oportunismo tiende a impedir el ulterior desarrollo de la conciencia proletaria (…) tiende a rebajar la consciencia de clase del proletariado al nivel de su inmediatez psicológica”. Es un tipo de organización que no sólo acepta, sino que se ofrece como garante de la separación entre lucha económica y lucha política.

La conciencia obrera no es cosa de otros tiempos. Es más, por volver a ese magnífico texto canónico de Lukács (Historia y consciencia de clase), la “permanencia de una consciencia de clase oscura, es un presupuesto necesario de la subsistencia del régimen burgués”. Sólo saldremos del pozo en el que estamos si recuperamos la conciencia de clase, si abandonamos la fantasía de que todos somos clase media, si somos capaces de desalojar al capitalista que se ha colado en cada una de nuestras cabezas….

Coménteme también, si no le importa, este aforismo próximo a sectores del 15-M: “No es la crisis, es el capitalismo”.

Entre las muchas virtudes del 15M está la de su producción de lemas, capaces de unir la fina ironía con la radicalidad política.

El aforismo que citas da de lleno en dos dianas. Por un lado, abre la crítica a una forma de presentación de la crisis como un fenómeno poco menos que natural. Es como si la cantinela de la sucesión de los ciclos económicos nos hiciese olvidar quiénes desatan esas tempestades. Este sentido del aforismo sería parecido a otro lema que ha utilizado el movimiento: “No es crisis, es estafa”. No es crisis, es saqueo organizado (M. Martínez Llaneza); “No es crisis, para el capital es esplendor” (José Iglesias).

La segunda diana a la que apunta este aforismo es la que desvela el origen de la situación: el capitalismo es esto, amigos, viene a decir. Y claro que está en lo cierto. Gramsci advertía de esa íntima relación entre capitalismo y crisis en estos términos: “El desarrollo del capitalismo ha sido una continua crisis; esto es, un rapidísimo movimiento de elementos que se equilibraban y se inmunizaban”.

Ahora bien, aun pareciéndome un lema sugerente, que moviliza la reflexión sobre la naturaleza del capitalismo, pienso que corremos el riesgo de despachar esta crisis como una fase rutinaria en el funcionamiento habitual del “termostato capitalista”, como un episodio purgativo más de la exacta máquina de la destrucción creativa.

Y ésta, no es una más de las periódicas “epidemias de sobreproducción” (Marx, en el Manifiesto). Es una crisis general, sistémica. Es una condensación de crisis: financiera y económica, energética, alimentaria, urbana, de reestructuración geopolítica del capital, también de pugna entre Estados y regiones económicas... El mago capitalista, a duras es capaz de dominar las potencias subterráneas que él mismo ha conjurado... Esta crisis, más bien, se va pareciendo ya a aquello que Gramsci definía como “crisis orgánica”, cuando “la contradicción económica deviene contradicción política y se resuelve políticamente por la subversión de la praxis”.

Hace casi cuatro años escribí un texto que se titulaba “Tiempo de crisis, tiempo de lucha”. En él se afirmaba lo siguiente: “Convertir esta confluencia de crisis en crisis de legitimidad del capitalismo, esa es la contienda a la que estamos emplazados”.

Estos años no han hecho más que ahondar la urgencia de la convocatoria. Convertir la crisis en el capitalismo en crisis del capitalismo. Ese es el punto en el que nos encontramos. Y ahí, modestamente, propongo otro aforismo complementario al que citabas: No es crisis, es lucha de clases.

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De generosidad, muy poca en este caso. Ha sido un honor para mí  y no es sólo la cortesía debida entre trabajadores.