10/4/12

La formación del Espíritu Científico

Foto: Gaston Bachelard
Gastón Bachelard

Pero, para probar adecuadamente que lo que hay de más inmediato en la experiencia básica, es siempre nosotros mismos, nuestras sordas pasiones, nuestros inconscientes deseos, estudiaremos algo más ampliamente ciertas fantasías relativas a la materia. Trataremos de poner de manifiesto sus bases afectivas y su dinamismo totalmente subjetivo. Para tal demostración estudiaremos lo que llamaremos el carácter psicológicamente concreto de la Alquimia. Más que cualquier otra, la experiencia alquímica es doble: es objetiva; es subjetiva. Es sobre 1as verificaciones subjetivas, inmediatas y directas, que llamaremos aquí la atención. Daremos así un ejemplo, algo desarrollado, de los problemas que debiera plantearse un psicoanálisis del conocimiento objetivo. En otros capítulos de esta obra, tendremos, por lo demás, ocasión de volver sobre la cuestión para deslindar la influencia de las pasiones particulares sobre el desarrollo de la Alquimia.

La condena de la Alquimia ha sido pronunciada por químicos y por escritores. En el siglo XIX, todos los historiadores de la Quimica se han complacido en reconocer el furor experimental de los alquimistas; han rendido homenaje a algunos de sus descubrimientos positivos; han mostrado finalmente que la Química moderna ha surgido lentamente de los laboratorios de los alquimistas. Pero, de atenernos a los historiadores, parece que los hechos se hubieran impuesto penosamente a pesar de las ideas, sin que se dé jamás una causa y una apreciación de esa resistencia. Los químicos del siglo XIX, animados por el espíritu positivo, han sido llevads a juzgar el valor objetivo, sin tomar en cuenta la notable cohesión psicológica de la cultura alquimista. Del lado de los literatos, de Rabelais a Montesquieu, el juicio ha sido aún más superficial. Se representa al alquimista como a un espíritu trastornado al servicio de un corazón codicioso. Finalmente, la historia erudita y la narración pintoresca nos pintan una experiencia fatalmente desgraciada. Imaginamos al alquimista ridículo como un vencido. Es el amante, jamás satisfecho, de una Quimera.

Una interpretación tan negativa debiera, sin embargo, haber despertado nuestros recelos. Por lo menos debiera habernos asombrado el hecho que doctrinas tan vanas pudieran tener una historia tan larga, pudieran continuar propagándose, en el transcurso mismo del progreso científico, hasta nuestros días. En verdad, su persistencia en el siglo XVIII no escapó a la perspicacia de Mornet. También Constantin Bila ha consagrado su tesis a seguir la acción de esas doctrinas en la vida literaria del siglo XVIII; mas no ve en ellas sino una medida de la credulidad de los adeptos y de la pillería de los maestros. No obstante podría proseguirse ese examen a lo largo de todo el siglo XIX. Se vería la atracción de la Alquimia sobre numerosos espíritus, en el origen de obras psicológicamente profundas, como la de Villiers de l' Isle Adam. El centro de resistencia debe, pues, estar más oculto de lo que se imagina el racionalismo ingenuo. La Alquimia debe tener, en el inconsciente, raíces más profundas.

Para explicar la persistencia de las doctrinas alquímicas, ciertos historiadores de la Francmasonería, totalmente imbuídos de misterio, han pintado la Alquimia como un sistema de iniciación política, tanto más oculto, tanto más oscuro, cuanto más manifiesto era el sentido que parecía tener en la obra química. Así G. Kolpaktchy, en un interesante articulo sobre la Alquimia y la Francmasonería, escribe: "Había, pues, detrás de una fachada puramente alquímica (o química) muy real, un sistema de iniciación no menos real... ese sistema de iniciación se encuentra en los fundamentos de todo esoterismo europeo, a partir del siglo XI y, por tanto, en los fundamentos de la iniciación de la RosaCruz y en los fundamentos de la Francmasonería".

Pero esta interpretación, aunque Kolpaktchy reconozca que la Alquimia no es simplemente "una inmensa mixtificación destinada a engañar a las autoridades eclesiásticas", es aún demasiado intelectualista. Ella no nos puede dar una justa medida de la resistencia psicológica del obstáculo alquímico frente a los ataques del pensamiento científico objetivo.

Después de todos estos intentos de explicación que no tienen en cuenta la oposición radical entre Química y Alquimia, hay, pues, que arribar al examen de las condiciones psicológicas más íntimas, para explicar un simbolismo tan poderoso, tan completo, tan duradero. Tal simbolismo no podia trasmitirse como simples formas alegóricas si no recubría una realidad psicológica incontestable. Precisamente el psicoanalista Jones ha puesto de manifiesto de una manera general que el simbolismo no se enseña como una mera verdad objetiva. Para enseñarse, el simbolismo debe vincularse a fuerzas simbolizantes que preexisten en el inconsciente. Puede decirse con Jones que "cada uno recrea... el simbolismo con los materiales de que dispone y que la estereotipía tiende a la uniformidad del espíritu humano en cuanto a las tendencias particulares que forman la fuente del simbolismo, vale decir a la uniformidad de los intereses fundamentales y permanentes de la humanidad" (1). Es en contra de esta estereotipía de origen afectivo y no perceptivo que debe actuar el espíritu científico.

Examinada a la luz de la convicción personal, la cultura del alquimista se revela entonces como un pensamiento claramente acabado que recibe, a lo largo de todo el ciclo experimental, confirmaciones psicológicas que revelan bien la intimidad y la solidez de sus símbolos. En verdad, el amor por una Quimera es el más fiel de los amores. Para juzgar bien el completo carácter de la convicción del alquimista no debemos perder de vista que la doctrina filosófica que afirma la ciencia como esencialmente inacabada es de inspiración moderna. Y es también moderno, ese tipo de pensamiento en expectativa, de pensamiento que se desarrolla partiendo de hipótesis consideradas mucho tiempo como presuntas y que se mantienen siempre revocables. Por el contrario, en las edades precientíficas, una hipótesis se apoya sobre una profunda convicción: ella ilustra un estado del alma. Por ello, con su escala de símbolos, la alquimia es un memento para un orden de meditaciones íntimas. No son las cosas y las sustancias las que somete aprueba, lo son los símbolos psicológicos correspondientes a las cosas o aun mejor los diferentes grados de la simbolización íntima cuya jerarquía quiere probarse. En efecto, parece que el alquimista "simboliza" con todo su ser, con toda su alma, al experimentar con el mundo de los objetos. Por ejemplo, después de recordar que las cenizas conservan siempre la marca de su origen sustancial, Becker expresa este singular deseo (que por otra parte es aún registrado por la Encyclopédie en el artículo: Cendre) : "Quiera Dios... que yo tenga amigos que me rindan este último favor; que un día conviertan mis huesos secos y degastados por tantas fatigas, en una sustancia diáfana, que la continuada sucesión de los siglos no pueda alterar, y que conserve su color genérico, no el verdor de los vegetales, mas sí el color del tembloroso narciso; lo que puede hacerse en pocas horas". El historiador de la Química positiva puede ver especialmente en esto una experiencia de Química, más o menos clara, sobre el fosfato de calcio o, como lo llamaba un autor del siglo XVIII, sobre el "vidrio animal". Nosotros creemos que el deseo de Becker tiene otra tónica. Ya no son los bienes terrestres los que persiguen esos soñadores, es el bien del alma. Sin esta inversión del interés, se juzga mal el sentido y la profundidad de la mentalidad alquimista.

Por otra parte, cuando la esperada acción material fallaba, ese accidente operatorio no destruiría el valor psicológico de la tensión representada por esa esperanza. No se titubearía en despreciar esta experiencia material desafortunada: las fuerzas de la esperanza quedaban intactas, pues la viva conciencia de la esperanza es de por sí un éxito. Claro que no ocurre lo mismo en el espíritu científico: para éste un fracaso material es de inmediato un fracaso intelectual, puesto que aun el más modesto empirismo científico se presenta como implicado en una contextura de hipótesis racionales. La experiencia de Física de la ciencia moderna es un caso particular de un pensamiento general, el momento particular de un método general. Esa experiencia se ha librado de la necesidad del éxito personal, en la medida precisamente en que ella ha sido verificada en el mundo de la ciencia. Toda la ciencia, en su integridad, no tiene necesidad de ser puesta a prueba por el científico. Pero ¿qué ocurre cuando la experiencia desmiente a la teoría? Puede entonces obstinarse a rehacer la experiencia negativa, puede creerse que no es más que una experiencia fallida. Tal fué el caso de Michelson, quien retomó tan a menudo la experiencia que, según él, debía mostrar la inmovilidad del éter. Pero finalmente cuando el fracaso de Michelson se tomó innegable, la ciencia debió modificar sus principios fundamentales. Así nació la ciencia relativista.

Que una experiencia de Alquimia no tenga éxito, se concluye simplemente que no se ha puesto en la experiencia la materia adecuada, los gérmenes requeridos, o también que aún no han llegado los tiempos de la producción. Podría casi decirse que la experiencia alquímica se desarrolla en una duración bergsoniana en una duración biológica y psicológica. Un huevo que no ha sido fecundado no hace eclosión; un huevo que ha sido mal empollado o empollado sin continuidad se corrompe; una tintura alterada pierde su mordiente y su fuerza generadora. Hay para cada ser, para que crezca, para que produzca, su tiempo adecuado, su duración concreta, su duración individual. Por otra parte, mientras se pueda acusar al tiempo que languidece, al vago ambiente que impide madurar, al suave empuje íntimo que retarda, se tiene todo lo necesario para explicar, desde dentro, los accidentes de la experiencia.

Pero hay una manera aún más íntima para interpretar el fracaso de una experiencia alquímica. Es la de poner en duda la pureza moral del experimentador. Fallar en producir el fenómeno esperado apoyándose sobre los símbolos adecuados, no es un simple fracaso, es un déficit psicológico, es una falta moral. Es el signo de una meditación poco profunda, de una vergonzosa flojedad psicológica, de una plegaria menos atenta y menos ferviente. Como lo dijo muy bien Hitchcock en obras demasiado ignoradas, en los trabajos de los alquimistas, se trata mucho menos de manipulaciones que de complicaciones.

¡Cómo purificaría el alquimista la materia sin purificar en primer lugar su propia alma! ¿Cómo entraría el obrero íntegramente, como lo exigen las prescripciones de los maestros, en el ciclo de la obra si se presenta con un cuerpo impuro, con un alma impura, con un corazón ambicioso? No es raro encontrar, bajo la pluma de un alquimista, una diatriba en contra del oro. Escribe el Filaleto:"Desprecio y detesto con razón esa idolatría del oro y de la plata" (2). Y (pág. 115) : "Yo mismo tengo aversión por el oro, la plata y las piedras preciosas, no como criaturas de Dios que como tales las respeto, sino porque ellas sirven de idolatría a los israelitas así como al resto del mundo". A menudo el alquimista para lograr éxito en sus experiencias tendrá que practicar largas austeridades. Un Faust, hereje y perverso, necesita del auxilio del demonio para saciar sus pasiones. En cambio un corazón honesto, un alma blanca, animado por fuerzas sanas, reconciliando su naturaleza particular y la naturaleza universal, encontrará naturalmente la verdad. La encontrará en la naturaleza porque la siente en sí mismo. La verdad del corazón es la verdad del Mundo. Jamás las cualidades de abnegación, de probidad, de paciencia, de método escrupuloso, de trabajo obstinado han sido tan íntimamente incorporadas al oficio como en la era alquímica. En nuestros días parece que el hombre de laboratorio pueda más fácilmente desligarse de su función. Ya no mezcla su vida sentimental con su vida científica. Su laboratorio ya no está en su casa, en su granero, en su sótano. Por la tarde lo abandona como se abandona una oficina y vuelve a la mesa familiar donde lo esperan otros cuidados, otras satisfacciones.

En nuestra opinión, revisando todos los consejos que abundan en la práctica alquímica, interpretándolos, como parece siempre posible hacerlo, en su ambivalencia objetiva y subjetiva, se llegaría a constituir una pedagogía más cabalmente humana, en ciertos aspectos, que la pedagogía puramente intelectualista de la ciencia positiva. En efecto, la Alquimia, en su conjunto, no es tanto una iniciación intelectual como una iniciación moral. Por eso, antes de juzgarla desde el punto de vista objetivo, sobre los resultados experimentales, hay que juzgarla desde el punto de vista subjetivo, sobre los resultados morales. Este aspecto no ha escapado a Hélène Metzger quien escribe respecto de Van Helmont (3) : "Esta interpretación del pensamiento de Van Helmont no resultará extraña sí se recuerda que nuestro filósofo no consideraba el trabajo de laboratorio, así como las plegarias y los ayunos, ¡sino como una preparación a la iluminación de nuestro espíritu!" De ahí que por encima de la interpretación materialista de la Alquimia, debe encontrar cabida un psicoanálisis anagógico del Alquimista.

Esta iluminación espiritual y esta iniciación moral no constituyen una simple propedéutica que ha de ayudar a los progresos positivos futuros. Es en el trabajo mismo, en las lentas y suaves maniobras de las materias, en las disoluciones y cristalizaciones alternadas como el ritmo de los días y de las noches, donde se encuentran los mejores temas para la contemplación moral, los símbolos más claros de una escala de íntima perfección. La naturaleza puede ser admirada en extension, en el cielo y en la tierra, La naturaleza puede ser admirada en comprensión, en su profundidad, en el juego de sus mutaciones sustanciales. Pero esta admiración en profundidad, ¡cuán evidentemente es solidaria de una meditada intimidad! Todos los símbolos de la experiencia objetiva se traducen inmediatamente en símbolos de la cultura subjetiva. ¡Infinita simplicidad de una intuición pura! El sol juega y ríe sobre la superficie de un vaso de estaño. El jovial estaño, coordinado a Júpiter, es contradictorio como un dios: absorbe y refleja la luz, su superficie es opaca y pulida, clara y sombría. El estaño es una materia mate que de pronto lanza un hermoso fulgor. Para ello no hace falta más que un rayo bien dirigido, una simpatía de la luz, entonces se revela. Y para un Jacob Boehme, como lo dice tan bien Koyré en un libro al cual hay siempre que recurrir para comprender el carácter intuitivo y subyugador del pensamiento simbólico, eso no es sino "el verdadero símbolo de Dios, de la luz divina, que para revelarse y manifestarse tiene necesidad de lo otro, de una resistencia, de una oposición; que para decirlo de una vez, tiene necesidad del mundo para reflejarse y expresarse en él, para oponerse y separarse de él".

Si la contemplación de un simple objeto, de un vaso olvidado a los rayos del poniente, nos proporciona tanta luz sobre Dios y sobre nuestra alma, ¡cuán más detallada y más evocadora será la contemplación de los fenómenos sucesivos en las experiencias precisas de la transmutación alquímica! Así interpretada, la deducción de los símbolos no se desenvuelve más sobre un plano lógico o experimental, sino más bien sobre el plano de la intimidad completamente personal. Se trata menos de una comprobación externa que de una comprobación interna. ¿Quién sabrá jamás qué es un renacimiento espiritual y qué valor de purificación tiene todo renacimiento, si no ha disuelto una grosera sal en su mercurio adecuado y si no la ha renovado en una cristalización paciente y metódica, espiando ansiosamente la primera condensación cristalina? Entonces hallar el objeto es verdaderamente hallar el sujeto: es encontrarse en el momento de un renacimiento material. Se tenía la materia en el hueco de la mano. Para que sea más pura y más hermosa, se la ha sumergido en el seno pérfido de los ácidos; se ha arriesgado su tesoro. Un día el ácido apiadado ha devuelto el cristal. El alma toda se regocija por la vuelta del hijo pródigo. El psicoanalista Herbert Silberer, en mil observaciones de singular penetración, ha mostrado así el valor moral de los diferentes símbolos alquímicos. Es significativo que todas las experiencias alquímicas se dejan interpretar de dos maneras: química y moralmente. Mas entonces surge la pregunta: ¿Dónde está el oro? ¿En la materia o en el corazón? Y en seguida, ¿cómo titubear frente al valor dominante de la cultura química? La interpretación de los escritores que describen al alquimista en la búsqueda de la fortuna es un contrasentido psicológico, La Alquimia es una cultura íntima. Es en la intimidad del sujeto, en la experiencia psicológicamente concreta donde ella encuentra la primera lección mágica. Comprender de pronto que la naturaleza obra mágicamente, es aplicar al mundo la experiencia íntima. Hay que pasar por intermedio de la magia espiritual, donde el ser íntimo prueba su propia ascensión, para comprender la valorización activa de las sustancias primitivamente impuras y contaminadas. Un alquimista, citado por Silberer, recuerda que él no hizo progresos importantes en su arte hasta el día en que advirtió que la Naturaleza obra mágicamente. Pero éste es un descubrimiento tardío; hay que merecerlo moralmente para que, según el espíritu, deslumbre a la experiencia.

Esta magia no es taumaturgia. La letra no domina al espíritu. Hay que adherir con el corazón, no con los labios. Y todas las burlas fáciles sobre las palabras cabalísticas que murmura el experimentador, desconocen precisamente la experiencia psicológica que acompaña a la experiencia material. El experimentador se entrega por completo, él en primer lugar. Silberer observa además "que lo que debe ser sembrado en la tierra nueva, se llama habitualmente Amor". La Alquimia reina en una época en la que el hombre ama a la Naturaleza más que utilizarla. Esta palabra Amor todo lo arrastra. Es la contraseña entre la obra y el obrero. No se puede, sin dulzura y sin amor, estudiar la psicología de los niños. Exactamente en el mismo sentido no se puede, sin dulzura y sin amor, estudiar el nacimiento y el comportamiento de las sustancias químicas. Arder por un tierno amor es apenas una imagen, para quien sabe calentar un mercurio a fuego lento. Lentitud, dulzura, esperanza, he ahí la fuerza secreta de la perfección moral y de la transmutación material. Como dice Hitchcock (4) : "El gran efecto del Amor es el de convertir toda cosa a su propia naturaleza, que es toda bondad, toda dulzura, toda perfección. Es este poder divino el que cambia el agua en vino; el dolor y la angustia en júbilo exultante y triunfante". Si se acepta esta imagen de un amor más sagrado que profano, no debe asombrar que la Biblia haya sido una obra de práctica constante en los laboratorios de los alquimistas. Sin esfuerzo se pueden encontrar, en las palabras de los Profetas, millares de ejemplos en los que el plomo, la tierra, el oro, la sal expresan las virtudes y los vicios de los hombres. La Alquimia a menudo no hizo sino codificar esta homología. En efecto, todos los grados de la transmutación mágica y material se presentan para algunos como homólogos de los grados de la contemplación mística: "En el Rosarium de Johannes Daustenius los siete grados son objeto de la siguiente descripción:
...De este modo el cuerpo (1) es la causa de que el agua se conserve. El agua (2) es la causa de que el aceite se conserve y que no se inflame sobre el fuego. El aceite (3) es la causa de que la tintura se fije, y la tintura (4) es la causa para que aparezcan los colores, y el color (5) es la causa para que se muestre la blancura; y la blancura (6) es la causa que todo lo fugaz (7) se fije y deje de ser fugaz. Es absolutamente lo mismo cuando Bonaventura describe septem gradus contemplationis y David de Augsburg los siete escalones de la plegaria. Boehme conoce 7 Quellgeister. . . ". Estas escalas homólogas nos indican bastante claramente que una idea de valor está asociada con los productos sucesivos de las manipulaciones alquímicas. En lo sucesivo tendremos muchas ocasiones de mostrar que toda valorización en el orden del conocimiento objetivo debe dar lugar a un psicoanálisis. Será uno de los temas principales de este libro. Por el momento no tenemos sino que retener el carácter directo e inmediato de esta valorización. Ella está hecha de la adhesion apasionada a ideas básicas que en el mundo objetivo no encuentran sino pretextos.
En este largo parágrafo pretendimos totalizar los caracteres psicológicos y los pretextos más o menos objetivos de la cultura alquímica. Esta masa totalizada nos permite en efecto comprender bien lo que hay de demasiado concreto, de demasiado intuitivo, de demasiado personal en una mentalidad precientífica. Un educador tendrá pues que pensar siempre en desligar el observador de su objeto, en defender al alumno en contra de la masa de afectividad que se concentra sobre ciertos fenómenos demasiado rápidamente simbolizados y, en cierto sentido, demasiado interesantes. Consejos semejantes no son quizá tan inactuales como puede parecer a primera vista. Algunas veces, enseñando química, tuve ocasión de seguir los arrastres de alquimia que todavía trabajan a los jóvenes espíritus. Por ejemplo mientras, en una mañana de invierno, preparaba amalgama de amonio, manteca de amonio como decía todavía mi viejo maestro, mientras amasaba el mercurio que crecía, yo leía pasiones en los ojos atentos. Ante ese interés por todo lo que crece y aumenta, por todo lo que se amasa, recordaba estas antiguas palabras de Eyreneo Filaleto (5) : "Alegraos si veis vuestra materia hincharse como la masa, porque el espíritu vital está encerrado en ella y a su tiempo, con el permiso de Dios, devolverá la vida a los cadáveres". Me pareció también que la clase se alegraba tanto más, cuanto esa pequeña novela de la Naturaleza terminaba bien, al restituir al mercurio, tan simpático a los alumnos, su aspecto natural, su misterio primitivo.

Así, tanto en la clase de química moderna como en el taller del alquimista, el alumno y el adepto no se presentan de primera intención como espíritus puros. La materia misma no es para ellos una razón suficiente de tranquila objetividad. Al espectáculo de los fenómenos más interesantes, más chocantes, el hombre va naturalmente con todos sus deseos, con todas sus pasiones, con toda su alma. No debe pues asombrar que el primer conocimiento objetivo sea un primer error.

Bibliografía

(1) JONES: Traité théorique et pratique de Psychoanalyse, trad. 1925, p. 218.
(2) Sin nombre de autor, Histoire de la philosophie hermétique, avec le véritable Philalethe, Paris 1742, 3 tomos, t. III p. 113.
(3) HÉLÈNE METZGER: Les doctrines chimiques en France, du début du XVII, a la fin du XVIII siecle, Paris 1923, p. 174
(4) HITCHCOCK: Remarks upon Alchemy and the Alchemists, p. 133.
(5) Sin nombre de autor, Histoire de la philosophie hermétique, avec le véritable Philalethe, loc. cit., t. II, n. 230.

Contribución a un psicoanálisis del conocimiento objetivo, Capítulo II (Ed. Siglo XXI, traducción de José Babini )