18/4/12

Brasil redescubierto

Vista panorámica de Sâo Paulo
Miguel Urbano Rodrigues

Al iniciar los años 30 del siglo pasado, el escritor austriaco Stefan Zweig escribió un libro polémico, “Brasil, país del futuro”. Abandonó Europa enojado con el ascenso del nazismo en Alemania. Al desembarcar en Río y viajar por el interior, el paisaje humano y físico que lo rodeo produjo en él un efecto extraño. No imaginaba que pudiera existir una sociedad como aquella en el cuadro tropical que lo fascinó.


En Brasil en acelerado proceso de mestizaje previó una humanidad distante, fraterna, sin guerras, en la cual el racismo habría desaparecido.

Esa visión romántica, retomada por el historiador Sergio Buarque de Holanda con el mito del “hombre cordial brasileño”, fue rápidamente desmentida. En plena fase de industrialización, una cruel dictadura militar de dos décadas sumergió a Brasil en una atmósfera de violencia. Allí, como en cualquier otro país, en el homo sapiens el llamado a la barbarie coexistía con la capacidad de realizar prodigiosas conquistas civilizacionales

La previsión de Zweig fue desacreditada por el camino de la Historia. Los crímenes de la dictadura coincidieron con una profundización de la dominación imperialista y de desigualdad social. El abismo entre la miseria y la riqueza se amplió más allá de lo imaginable. El Brasil se convirtió en un país de parias y de millonarios.

Sâo Paulo y una de sus favelas
En 1957, cuando desembarqué en Sao Paulo, la ciudad tenía 2,3 millones de habitantes y una única favela; al regresar a Portugal en 1974, después de un exilio de 17 años, el área metropolitana de la gigantesca megalópolis rebasaba los 10 millones y un gigantesco cinturón de miseria se extendía por la periferia. Hoy son 18 millones.

Terminada la dictadura, al revisitar Sao Paulo en 88 no fue fácil ambientarme. El conflicto entre la modernidad y el arcaísmo se amplió extraordinariamente. Recordé que Levy Strauss definió al Brasil como la tierra de la “decadencia de lo inacabado”, impresionado por el ritmo de las transformaciones capitalistas marcadas por la dicotomía construcción-deconstrucción. Lo nuevo allí envejece vertiginosamente sin estar terminado.

La vida me ofreció la posibilidad de volver a Brasil con mucha frecuencia en el último cuarto del siglo. Allí me siento brasileño. Allí dejé hijos y nietos, en la tradición de la diáspora portuguesa.

Fue en el Brasil, participando en las luchas de su pueblo, que me descubrí como revolucionario y me torné comunista, me transformé, en el aprendizaje de la breve aventura de la vida, en el hombre que soy.

El distanciamiento físico, a partir del 25 de Abril, no afectó el amor por la tierra y aquellos que la pueblan.

Pero la mutación de la vida en las grandes ciudades brasileñas, en las selvas y las regiones agrestes del país es tan profunda y vertiginosa que, en cada regreso, siento con fuerza el choque de lo nuevo, de lo inesperado.

Volví ahora. La convicción de que no atravesaré más el Atlántico habrá contribuido para que las sensaciones, imágenes e ideas entrasen en mí ahora en desordenada invasión,  reabriendo en la memoria alamedas que el polvo del tiempo había cerrado. Joyce y Proust fueron mis compañeros en tres semanas de un reencuentro con amigos y camaradas que se mueven en ciudades que, revisitadas, me tocan como seres vivos en diálogos imaginarios.

Una ausencia, para mi larga, de cuatro años, imprimió a estos días brasileños la marca de un tiempo de revelaciones, porque el contacto con lo real tenido por íntimo era recibido y archivado como nuevo.

Caminando por Sao Paulo, al llevar a mi compañera a barrios y lugares que yo no veía hace décadas, me sentí muchas veces en una ciudad desconocida. Aquello era simultáneamente, repito, íntimo y nuevo.

Megalópolis alucinatoria

Por Sao Paulo circulan hoy 7 millones de carros y camiones. Cada semana millares de vehículos nuevos aparecen en las calles salidos de las fábricas de las grandes trasnacionales del automóvil instaladas en el país. El Brasil es actualmente el quinto productor mundial de carros, con tres millones de unidades por año.

Los taxis son carísimos. Los restaurantes también. El precio de los apartamentos de calidad es tres o cuatro veces superior al de Portugal.

Un abismo separa en la pirámide salarial a los de arriba de los de abajo. El salario mínimo es inferior al portugués, pero los parlamentarios, los profesores universitarios de la elite -dos ejemplos- tienen pagos muy superiores. Los banqueros y gestores de las grandes empresas también ganan mucho más.

El tráfico en Sao Paulo envuelve a la ciudad en una atmosfera angustiante. Lo cotidiano es marcado por la imprevisibilidad de embotellamientos monstruosos. En algunas avenidas, los corredores reservados a los transportes públicos generaron esperanzas ilusorias. Los rodantes tampoco resolvieron los problemas de un tránsito infernal porque muchas familias tienen tres y cuatro carros familiares para esquivar la prohibición de circular en determinados días. La dificultad para estacionarse, inclusive en los parques subterráneos, es inimaginable para los extranjeros, porque la dimensión del desafío supera mucho el de las grandes ciudades europeas o norteamericanas.

El gigantesco caos de Sao Paulo, diferente de lo que modela lo cotidiano de las megalópolis africanas y asiáticas, asusta al forastero. La sensación de quien llega es la de aquello que no puede continuar como está y que vivir allí es una pesadilla.

Pero los barrios ricos de sao Paulo superan por la modernidad y lujo, en Jardín Europa, en Jardín América, en Pacaembu, en Morumbi, a los del mismo género que conozco en Caracas,  México, Nueva York y París. Porque la gran burguesía paulista, al revés de las europeas, gusta de exhibir ostentosamente su prosperidad insolente, al lado de la miseria degradante que la envuelve.

Más, pasados los días, el forastero repiensa, medita en las contradicciones, reflexiona, intenta comprender y comienza a asimilar el lado invisible de la vida. Es tocado por el hechizo brasileño...

Los absurdos perturban. En la gran ciudad, en los espacios verdes hay más aves que en las europeos. La violencia, hija de la desigualdad, indigna e intimida, pero las personas, en las calles, en las tiendas, en los transportes, son amables, cordiales. El desconocido, al contrario de lo habitual en Europa, surge, luego del primer contacto, con el perfil de un amigo potencial.

En Sao Paulo como en Río, la alegría de vivir, lo mismo en los barrios degradados, en favelas inmundas, acecha en la atmosfera, brota de las sonrisas, de los gestos. Por más sombrías que sean las perspectivas del mañana, el paulista, como el carioca, encuentra la luz en el fondo del túnel, cultiva el humor, el futuro próximo es para él marcado por la esperanza y no por el miedo.

El debate de las ideas no es solo efervescente, sino creador. Eso ocurre en el Teatro, en el Cine, en la Pintura, en la Arquitectura, en la Literatura, en las Ciencias Sociales.

Contradicciones

En Río, la cintura de playas, en un escenario paradisiaco, deslumbra, es una fiesta para los sentidos.

Pero en la orilla del Atlántico, casi subiendo de las arenas, empotradas en morros verdes, crecen como hongos gigantescos favelas miserables que exhiben el rostro de la desigualdad social.

Los media internacionales dedicaron millares de palabras a la ocupación por el ejército y la policía militar de algunas de las favelas más famosas para erradicar el crimen organizado y el tráfico de droga. Hubo quien creyó que esas operaciones habían señalado el fin de una era. Engaño. Muchos bandidos regresaron, el tráfico persiste con la complicidad de los militares.

El crimen está enraizado en el submundo de las favelas, pobladas de gente buena, a dos pasos de los esplendores de Copacabana y de Tijuca.

El gobierno de Dilma Rosussef repite, incansable, que la desigualdad social está disminuyendo rápidamente en Brasil. Miente. En la estratificación de las clases las divisiones son mucho más acentuadas que en Europa. Y se profundizaron en los últimos años. Los ricos son cada vez más ricos.

El estamento superior de la clase media toma como modelo a los EEUU. En la sede de la modernidad, en la manera de vestir, en el estilo de vida en los ocios.

En la juventud con acceso a la enseñanza superior la obtención de un titulo confiere status, pero la mayoría de la clase media alta manifiesta un interés mínimo por la comprensión de los grandes problemas del país y de la humanidad. Se juzga culta, pero está distanciada de la cultura en sus múltiples vertientes.

En una ronda por la noche paulista, me impresionó en la Vila Magdalena la transformación del área que yo había conocido, hace un cuarto de siglo, como barrio en que predominaban modestas casas de una pequeña burguesía anémica.

Ahora exhibe el rostro de un Soho brasileño, un Greenwich Village paulista. En bares, cafés y restaurantes, en galerías de arte de  buen gusto, desde la fachada à la decoración, convive alegremente una juventud para mi desconocida.

Ciertamente es heterogénea. Pero a evaluar por el barrio y sobre lo que sobre él leí, el interés de la brillante Vila Magdalena por la transformación humanizada de la sociedad brasileña será  escaso, para no decir nulo.

No era posible, con el ruido del ambiente, formar siquiera una idea del rumbo de las conversaciones. ¿Por ventura la crisis de civilización que la humanidad enfrenta sería asunto en algunas mesas? No lo creo.

Consciente de que pertenezco a otro mundo, sentí que Marx, redivivo, si por allí pasase, concluiría que el concepto de alienación, por él definido, mantiene plena actualidad.

La lucha del MST

Tuve la oportunidad de retomar contacto con el Movimiento de los Sin Tierra. Hablé durante horas, en un convivio familiar, con Joao Pedro Stedile y otros dirigentes del MST. Dos conferencias  sobre la coyuntura internacional, una en la Escuela Florestan Fernandez, en Guararema, Sao Paulo, otra en Santa Teresa, en Rio de Janeiro, me permitieron durante los debates evaluar la calidad de los cuadros de diferentes Estados que demostraron un nivel de información elevado sobre la crisis global del capitalismo y disponibilidad para luchar contra el sistema de opresión imperial.

La consciencia de clase en los militantes del MST es una exigencia de las duras condiciones en que el Movimiento lucha por la Reforma Agraria. Sin ella no habría sobrevivido.

Más de cuatro millones de campesinos tienen hambre de tierra en un país donde el latifundio es responsable por la existencia de decenas de millones de hectáreas de tierras improductivas.

Lula se comprometió en el programa de campaña que lo llevó a la Presidencia en el año 2002 a llevar adelante una reforma Agraria. Pero luego olvidó su promesa.

El latifundio más insolente e inhumano del mundo permanece en Brasil como ofensa a los excluidos del campo. En el Norte hay empresas cuyas haciendas tienen la dimensión de Bélgica.

La destrucción de la floresta amazónica, pulmón de la humanidad, prosigue con la complicidad de los gobiernos del PT. En el estado de Rondonia la selva virgen casi desapareció, devastada por los plantadores de soja y los creadores de ganado. En Mato Grosso, en municipios como el de Barra do Garças -10 veces veces mayor que  Portugal y  casi dos veces  mayor que Honduras- la situación es similar. Hace medio siglo, cuando allí estuve, era un paraíso verde; hoy la desertificación avanza en amplias áreas de la cuenca del Río das Mortes y del Araguaia.

El MST creció amparado por las comunidades eclesiales de base ideadas por la Teología de la Liberación.

La confianza que sus líderes depositaban en los sentimientos cristianos de Lula era ilusoria.

En 2011, apenas 22.021 familias obtuvieron lotes en asentamientos, lo que representó 51% de los conquistados en 1995, en el gobierno de Fernando Henrique Cardoso. El rezago se acentuó con la llegada de Dilma Roussef a la Presidencia (menos 61% de los lotes atribuidos en 2003, en la época de Lula).

A diferencia de Fernando Henrique, Lula y Dilma no desencadenaron la represión contra el MST. Pero ella prosigue a través de los gobiernos estatales, de jueces y alcaldes corruptos, aliados de los terratenientes.

La organización de los asentamientos asumió facetas de epopeya en la vertiente social, económica y política. El MST creó un movimiento de masas con bases sociales en todo el país, instaló escuelas, forma cuadros, creó inclusive una universidad popular.

Pero el avance torrencial del agronegocio, de la agroindustria, estimulado por los gobiernos del PT paralizó la Reforma Agraria. El número de asentamientos cayó mucho en los últimos años. Sin ayuda oficial, hostilizado por el gran capital y por la mayoría de los partidos del sistema, el MST combate con la tenacidad de los griegos antiguos cantada por Homero.

Uno de sus frentes de batalla es ahora la lucha contra el Código Forestal, aprobado por el Congreso bajo la presión de los grandes señores del latifundio. El MST, como millones de brasileños, exige que la Presidente Dilma Roussef vete ese edicto monstruoso que, de ser promulgado, reforzaría privilegios del latifundio y dejaría las puertas abiertas para la destrucción de lo que resta de la selva amazónica.

El otro Brasil

Una imagen distorsionada de la política de Lula recorre el mundo.

Con un estilo y un discurso diferentes, el dio continuidad a la política neoliberal de Fernando Henrique. Es una falsa verdad repito que la desigualdad social haya disminuido durante sus dos mandatos. Con sus medidas asistencialistas redujo la miseria y la pobreza, lo que le garantizó una enorme popularidad entre los excluidos. Pero el abismo entre los de arriba y los de abajo no disminuyó, y es hoy más profundo. La estrategia francamente desarrollista de Lula y de su sucesora, al archivar el programa socialdemócrata, favoreció al gran capital y las trasnacionales. Contó y cuenta con el apoyo del imperialismo, no obstante algunos aspectos positivos de la política exterior.

El prestigio de Lula entre aquello a lo que Marx llamo el lumpenproletariado viene funcionando internamente como un anestésico. Dificulta extraordinariamente la lucha contra la explotación de la que los trabajadores son víctimas. Lula fue un sindicalista valiente que desafío a la dictadura, contribuyendo para apresurar su fin. En el poder neutralizó la combatividad del movimiento sindical y pasó a utilizarlo como instrumento pasivo de su política. El control de la principal Central Sindical, la CUT, es hoy un arma que el PT utiliza bien, favorecido por el bajo nivel de consciencia social de la mayoría de los trabajadores, sobre todo en el Nordeste y en el Norte.

En el embrollo de contradicciones que es el Brasil en este inicio de siglo XXI las asimetrías sociales son un obstáculo al avance de la lucha de masas. Existen condiciones objetivas muy favorables para la condena de la política actual. Pero faltan las subjetivas.

La pasividad de los excluidos se suma a la alienación de la aplastante mayoría de la pequeña burguesía, sobretodo de estamentos preocupados apenas con su ascenso social.

En este panorama confuso, los desafíos enfrentados por las fuerzas revolucionarias asumen extrema complejidad.

En Brasil surgió una intelligentsia brillante. De sus grandes universidades –la de Sao Paulo y la Unicamp, de Campinas figuran en la lista de las mejores del mundo- salieron en las últimas décadas sociólogos, economistas, historiadores, cientistas políticos que por el valor y la creatividad de sus obras conquistaron prestigio mundial.

En el campo especifico de la política, la diversidad de formaciones ideológicas se tradujo en discursos en ocasiones antagónicos y de difícil asimilación, lo que, sembrando la confusión, sobre todo después del tsunami que implantó el capitalismo en Rusia, no contribuyó para la movilización de las masas contra el sistema.

Comunista, fue sobre todo en el dialogo fraternal con camaradas del PCB en el cual milité en los años de la dictadura, esforzándome por acompañar el movimiento de la Historia y de la vida en el Brasil contemporáneo, en vertiginoso, permanente, casi alucinante proceso de transformación.

La reflexión sobre lo que vi, oí, estudié  en estas semanas reforzó mi optimismo prudente.

Aproveché un fin de semana para regresar a Paraty, una ciudad colonial, en el litoral fluminense, que no se compara con ninguna otra por allí conocida.

Allí era embarcado para Lisboa el oro de que descendía en tropas de mulas de las serranías de Minas Gerais.

Caminando sobre lajas musgosas en calles bellísimas entre caserones del siglo XVIII, con el pensamiento navegando del pasado al presente y en sentido inverso, la meditación sobre los puentes que ligan el tiempo muerto al tiempo vivo hizo que me subiera a la memoria el polémico libro de Stefan Zweig. La Historia, creo, va a transformar en realidad la previsión que le valió una lluvia de críticas. Anteveo el Brasil como un país que anuncia la humanidad futura.