27/3/12

Lenin / Ante el centenario y augurio de las primaveras

Vladimir Ilich Lenin
@ David Levine
Marcos Reyes Dávila

Vladímir Ilich Uliánov, mejor conocido como Lenin es, sin duda, uno de los grandes personajes de la historia de la humanidad, y quizás, la figura histórica más relevante del siglo XX. Si las revoluciones liberales que dieron origen a los Estados Unidos, a la república francesa y a la independencia de los países de la América Nuestra, entre otros, figura por derecho propio como el factor fundamental en la creación del mundo moderno, la Revolución Bolchevique que dirigió con precisión quirúrgica Lenin nos permitió, tanto a él como a la humanidad entera, atisbar la realización futura de una utopía fantástica, la del mundo posible del porvenir. Aclaremos y deslindemos: a Lenin se le debe la realización impresionante de la Revolución Soviética, pero no así la construcción del estado soviético, hechura malograda de Stalin tras la muerte prematura de Lenin.

No soy historiador, mas acabo de terminar la lectura de una novela alucinante, Lenin. Barcelona: Ediciones B, 1988, 655 págs., escrita por Alan Brien.


Brien (Sunderland, 1925-2008) era un periodista inglés que sirvió en la fuerza aérea inglesa en la Segunda Guerra Mundial y vivió perseguido por la imagen de Lenin desde la edad escolar. Aunque inicialmente me desalentó la estructura de diario, y el punto de vista en primera persona me pareció demasiado pretencioso, tuve que rendirme ante la riqueza de detalles acumulados que consiguen que el lector sienta vivir, de cerca, casi respirar, a este personaje inaudito que se convierte poco a poco en un amigo íntimo del lector.

Arranca con la muerte del padre, en 1886, cuando contaba con 16 años. Como se ha señalado muchas veces, el arresto y la ejecución de su hermano mayor, Sacha (Aleksandr), por intentar un magnicidio contra el zar Alejandro III, determina finalmente su rumbo por la vida, y también de toda su familia.

La novela está dividida en seis partes. La primera, titulada “Simbirsk”, se ocupa del joven Uliánov cuya vida tras la muerte del padre, funcionario del zar, queda marcada por el arresto y la ejecución de su hermano mayor de orientación anarquista. La segunda parte, “Petersburgo”, decanta el inicio de su labor conspiratoria mientras toma los exámenes libres que lo licenciarán en Derecho, el estudio a fondo del marxismo, y el aprendizaje a que es sometido para burlar a la Ojrana, la policía política del zar, y el arte del clandestinaje. Aunque apenas ha llegado a la mayoría de edad, ya se le acomoda el apodo de Starik, el Viejo, y ya ha optado entre administrar los bienes familiares, por una parte, y la lucha antizarista y en pro de las reivindicaciones del proletariado por la otra parte. Por el resto de su vida, Lenin estará consagrado totalmente a la causa de una revolución que es, más que nada, promesa, sueño, utopía. Aunque ya había iniciado la publicación clandestina de Iskra en el exilio, será con ¿Qué hacer?, publicado ya con el seudónimo de Lenin apenas iniciado el siglo XX, que su fama se expandirá como el rayo por toda Europa. Llega, ya en Londres, Trostky, a su vida, aunque no constituirán sino hasta el 1917 el dúo terrible que parirá casi sin sangre la Revolución del 25 de octubre, cuando este último se haga finalmente bolchevique.

 A lo largo de la novela el lector asiste con creciente sorpresa a la manera como se va configurando poco a poco la revolución victoriosa. 1917 no fue una explosión súbita gestada espontáneamente, sino la científica toma o gestión de los factores que la hicieron posible, dirigido todo por Lenin desde el exilio –escribía incluso los discursos de los líderes de la Duma y del soviet de Petersburgo– a pesar de los numerosos reveses que tuvo que enfrentar a lo largo de su vida, incluso por parte de sus camaradas. El número de camaradas crece al principio muy lentamente. Pero iniciada la crisis que destronó al zar a principios de 1917, el número de bolcheviques –no de meros simpatizantes, sino de militantes comprometidos con la revolución– crece de manera astronómica semana tras semana no sólo en Petersburgo, sino por toda Rusia. En enero de 1917 el partido contaba apenas con 5 mil miembros, pero en febrero eran ya 24 mil, en abril 100 mil, y los delegados al sexto congreso celebrado a fines de junio ya sumaban 177 mil. Además de Trostky, vemos la llegada a la vida de Lenin de toda la camada de personajes auxiliares de la revolución, desde Plejanov, Zinoviev, Kamenov, Stalin, Bujarin, Rosa Luxemburgo, hasta Navia, su camarada-esposa, y su amor verdadero, Inessa.

El lector asiste asimismo al desarrollo de conceptos y de estrategias, de coyunturas y de situaciones; desde el desviacionismo al revisionismo; las internacionales; la estructura política; los mencheviques y bolcheviques; la política de los dobles agentes que producirá casos extraordinarios como el de Malinovsky; la creación de Pravda; la posición de los intelectuales; el flujo y reflujo revolucionario del campesinado; la democracia socialista; el nacimiento del comunismo; la Primera Guerra Mundial; la política de pan-tierra-paz; el prolongado encierro clandestino y las numerosas corrientes políticas que se cruzan hostiles tras la caída del zarismo y que entronizan a Kerensky. Aunque la toma del poder y del Palacio de Invierno transcurrió casi con toda normalidad el 25 de octubre, la violencia estalló poco después, desde el interior y desde el exterior. La gran guerra continuaba y las potencias enemigas de Alemania no querían que Rusia se retirara, de modo que tuvo que enfrentar una revolución sin ejército, la agresión combinada de los alemanes por el oeste, ingleses y norteamericanos por el norte, franceses en el sur, y los japoneses, aparte de los ejércitos zaristas y los cosacos blancos antibolcheviques. Entonces es que se crece la figura histórica de Trotsky al frente del nuevo ejército rojo. Con este surge la figura del comisario político que debía vigilar los actos de militares de alto rango reclutados para la revolución de los ejércitos del propio zar.

El pronóstico de que la guerra desataría la revolución en Alemania y otras partes de Europa no se materializó, de modo que Rusia se vio forzada a construir la sociedad socialista en un solo país. No hay que llamarse a engaño. A Lenin se le identifica con una locomotora, con un hombre de hierro, dadas las inmensas dificultades que tuvo que enfrentar y la mucha sangre que finalmente corrió. Pero hay que tener en cuenta que toda revolución implica necesariamente, y por definición, una oposición violenta y la necesidad de prevalecer a toda costa, tal como ha ocurrido en todos los procesos revolucionarios de la historia. Una revolución no es un turno en un gobierno burgués, sino una transformación radical en un medio repleto de fuerzas contradictorias y encontradas.

Lo que resta de la novela biográfica se limita de manera mucho más breve a las ejecutorias de Lenin al frente del estado soviético. Y, dentro de esa parte, a la manera como lentamente se quiebra su salud a partir de la tensión, y de un trabajo diario tan prolongado e intenso que, en una ocasión, advierte que si llegan a ejecutarlo, por favor, no lo despierten. Sufrió un accidente que le afectó un ojo antes de la revolución. Luego, un atentado contra su vida deja tres proyectiles instalados en su cuerpo, uno de ellos en el cuello, muy cerca de la columna en septiembre de 1918. Finalmente, la serie de derrames que se inician en mayo de 1922, luego en ese diciembre, y el tercero en agosto de 1923. La muerte sobreviene en enero de 1924.

He hecho una breve relación del tronco de una biografía que el autor ofrece robusta de ramas, hojas y flores. Mucho hay que aprender de este libro aunque hayamos leído la biografía que escribió Trostky o la de Francisco Díez del Corral, o los famosos tres tomos de la biografía de Trotsky escrita por Deutscher y traducida por nuestro José Luis González. Como Brien, confieso la fascinación que ejerce sobre mí, desde mi juventud, la Revolución Rusa y el propio Lenin. En el plano individual, se trata de un hombre que podía leer, dictar, escribir y escuchar simultáneamente, y que poseía un vocabulario de 37,600 palabras. En el plano sociopolítico e histórico, se trata de un proceso que cuajó augurios de primaveras y la posibilidad de concretar las utopías. 

Llueven las sorpresas en esta versión de la vida de Lenin. Entre ellas, la manera detallada como fue sistemáticamente construida la revolución desde el exilio en el país más grande del planeta, y gobernado por el zar con una de las autocracias más poderosas y terribles; la operación quirúrgica y pacífica de la toma del poder, sólo posible por el respaldo mayoritario del pueblo de Petersburgo; la defensa del carácter profundamente democrático de la jefatura de Lenin, más votado que ningún otro gobernante en el planeta e incapaz de hacer cumplir una decisión que no hubiera sido ratificada por los organismos del partido, desde el Comité Central hasta el Consejo de Comisarios del Pueblo; la manera como para los campesinos se escinde la lucha bolchevique de la lucha comunista y el asunto de los kulags; la atención constante de Lenin a las quejas de los ciudadanos; el desarrollo de un “humanismo absoluto” que se basa en la abolición de todas las opresiones y tiranías, y la negativa a hacer la guerra a los individuos; su resuelta negativa al culto a la personalidad; su inversión del decir ordinario sobre los fines y los medios al concluir que precisamente es sólo el fin lo que puede justificar el medio; su certeza de que “nunca se toma una decisión acertada sin haber sobrevivido antes a una batalla contra el error”; su determinación de encerrar en prisión a todo revolucionario que no cuidara de sí mismo; su lucha desesperada contra la burocratización y el caso insólito de la compra de carne francesa enlatada; su lucha por la glasnot –apertura, franqueza– y la perestroika –reconstrucción, reorganización– que hizo famoso mucho después al último líder soviético, Gorbachov.

No obstante, el abismo más dramático que enfrentó fue el temor de haber realizado una revolución prematura, llegando muy temprano, antes de tiempo, al salto histórico más grande, ineludible y necesario de la humanidad. Una cita de Engels lo atormenta:
“El peor destino posible que puede tocarle a un líder de un partido extremista es verse obligado a apoderarse del gobierno en una época en que el momento no es aún maduro para el dominio de la clase que él representa y poner en práctica las medidas que el dominio de esa clase requiere... Así, invariablemente, se encuentra a sí mismo impulsado en un dilema. Lo que puede hacer contradice todas sus posturas previas, sus principios y los intereses inmediatos de su partido, y lo que debería hacer no puede hacerse [...] Quienquiera que se halle en tan precaria situación está irrevocablemente condenado a la perdición.”
Ése fue el agónico conflicto que enfrentó Lenin en sus últimos años cuando se ufanaba en construir los cimientos de un estado sumido en el caos y contrariado por camaradas que se apartaban de los principios de la democracia marxista. Su gran logro histórico fue la extraordinaria Revolución Rusa que dio por primera vez en la historia el poder a los oprimidos y explotados del sistema capitalista y abrió la oportunidad de cumplir la promesa de igualdad social que incumplió la revolución liberal burguesa. En ese sentido, en el libro, se le compara al Moisés que guía a su pueblo a la tierra prometida, la contempla de lejos, pero se ve impedido de entrar en ella. La Revolución Rusa, y el auge del movimiento proletario europeo, jugó un papel importante en el desarrollo del fascismo, en los eventos que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial, pero más aún, en las décadas de la posguerra, las revoluciones en Asia, la Guerra Civil Española, la descolonización del planeta, la Guerra Fría, la Revolución Cubana y el medio siglo de Distensión que siguió a la Era Atómica.

El gran mérito histórico de Lenin fue abrir la puerta al futuro de una humanidad sin clases en la que el principio de IGUALDAD proclamado por la Ilustración y por las revoluciones americana y francesa, hallara la manera de materializarse. Lenin abrió la puerta imposible a la realización de la utopía, y la consagración de la primavera.

 El centenario de la Revolución Rusa está a sólo cinco años de distancia. El sesquicentenario del natalicio de Lenin se cumple en el 2020. Y el centenario de su muerte en el 2024. Para mí, estas fechas, suponen un compromiso inalienable. Parece innegable el efecto que tuvo la caída de la Unión Soviética en la historia, si a ella, a su presencia, obedeció el mundo bipolar que ansioso de frenar las reivindicaciones obreras y populares en el mundo capitalista optó por un estado de bienestar que otorgó conquistas laborales y concesiones del estado a los sectores más desafortunados y despojados. Justo con la caída de la Unión Soviética arreció la reconquista del capital en todos los frentes, retrocediéndolo todo en ruta al estado de situación anterior a la evolución que se caracterizó por la explotación salvaje.

En medio de un mundo en agonía, acosado por las fuerzas “malignas” –término hostosiano– del neoliberalismo que estrangula económicamente a todos nuestros países, oscurece el pensamiento, azuza brotes fascistas por todas partes, agrede y destruye naciones enteras, retrocede el bienestar social y el marco de derechos a formas neofeudales, los aniversarios de Lenin serán el oasis de las oportunidades que la historia le ofrece a la humanidad para encontrar su camino. Un nuevo mundo es posible, es cierto, pero sólo en el socialismo.
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