3/2/12

Truinas

Philippe Jaccottet

La víspera del entierro de André du Bouchet, el 20 de abril, María, su hija, me llamó por teléfono para preguntarme si diría algunas palabras en esa ocasión; le respondí que no estaba seguro de tener el valor suficiente. Luego, esa misma tarde, después de pensar que si nadie hablaba –como temía que no iba a haber una verdadera ceremonia– sería aún más doloroso, escribí, rápidamente, esto:

 «En la última carta que recibí de André du Bouchet, fechada el 31 de marzo, estas palabras: ‘He llegado a Truinas con una maravillosa tempestad de nieve…’

Me acordé entonces de estos versos de Hölderlin en ‘Mnemosyne’:
Y la nieve como muguetes de mayo significando
Nobleza de alma, dondequiera
Que esté, brilla con el verde
De las praderas en las faldas de los Alpes,
Allí donde se toma la alta senda, hablando
De esa cruz plantada al borde del camino
En memoria de los muertos,
Un viajero con Otro. ¿Pero de qué se trata?


 ‘Nobleza de alma’: palabras que se han vuelto casi impronunciables: sin embargo, esto es lo que todos hemos admirado, amado, en André du Bouchet; como su fogosidad preservada hasta los últimos días a pesar de lo que tuvo que sufrir; y esa valentía, también conservada hasta el final, y que siempre le envidié.

De este modo, cada vez que regresábamos de Truinas, Anne-Marie y yo, nos sentíamos vigorizados, fortalecidos. Y, si era aún de día, había a la derecha del camino de retorno, pasado Dieulefit, el estrecho río que brillaba delante de nosotros como una luz que nos hubiera precedido, conducido, después de hendir en algunos lugares la roca igualmente brillante. Son esas cosas las que nos han mantenido próximos durante más de cincuenta años, son esas cosas las que él alcanzó con las palabras como pocos otros poetas pudieron hacerlo, lanzando una flecha con el arco en su más viva tensión.

Palabras incandescentes.

No oírlas más, quiero decir oralmente, pronunciadas por él, va a darnos mucha nostalgia, a todos.

 ‘Llevado a Truinas este 20 de abril como en una maravillosa tempestad de nieve’: ‘la nieve como muguetes de mayo’ – no van a tardar – ‘significando nobleza de alma, dondequiera que esté’…».

Ahora bien, saliendo de Grignan hacia las nueve de la mañana, cuando el coche rodaba en dirección a Dieulefit en el valle del Lez, cada vez más estrecho a medida que se avanza, le hice observar a Anne-Marie que las nubes por delante de las cuales íbamos podrían perfectamente anunciar nieve. En efecto, ésta ha empezado a caer justo después de Dieulefit, pesada y húmeda, al mismo tiempo que la niebla se espesaba al punto de inquietarnos vagamente por el fin del trayecto. Al llegar a Truinas, todo el paisaje estaba espolvoreado de blanco, el aire frío, los caminos fangosos; de manera que esa frase sobre la que había previsto abrir y cerrar mis palabras, esa «tempestad de nieve» que no era aún en mi espíritu sino una metáfora, iba a tener que modificarla, pues la nieve que el propio André había calificado de «maravillosa» y que había acompañado su partida forzosa de Truinas a finales de marzo acababa de caer de nuevo – pero para su último regreso…

Cuando llegamos al pequeño cementerio, en el fondo del valle, al lado de una capilla a la que nunca habíamos descendido en el pasado, una pala mecánica estaba aún cavando la fosa en la tierra embarrada. Había allí algunas personas, desconocidos, también amigos, pero no todavía miembros de la familia, de modo que pensamos protegernos del frío y de la difusa nieve que seguía cayendo en la capilla que, por haber sido secularizada, parecía aún más tristemente fría. Finalmente, divisamos a Anne, luego a Marie, luego a Paule y a Gilles. Parecía que nada, absolutamente nada hubiera sido previsto, organizado; sin hablar ni siquiera de un ceremonial, de un ritual que ninguno de nosotros, sin duda, esperaba; pero ni siquiera un esbozo de orden: una especie de desconcierto extraño, algo también salvaje que tal vez, a fin de cuentas, parecía apropiado. Anne-Marie ofreció su brazo a Jacques Dupin, que estuvo a punto de resbalar por el terreno inclinado. El ataúd estaba colocado sobre unos andamios de tubos metálicos en un pequeño recinto en pendiente en el que creo que no había aún apenas sino una o dos tumbas. Se apoderó de mí entonces una impresión de extrañeza que no cesó de crecer a medida que el tiempo pasaba: a causa de ese frío inesperado, de ese pequeño valle espolvoreado de nieve que yo empezaba a descubrir más allá del muro bajo del cementerio, y más aún de esa especie de desorden y de desconcierto, de ese largo silencio – hasta el punto de que me di cuenta, más tarde, de que ni por un solo segundo pensé que había en el ataúd un cuerpo muerto, y el de un viejo amigo, ni por un solo segundo – y no creo que haya sido sólo una defensa inconsciente contra un exceso de emoción…

 Se había olvidado, o deliberadamente rechazado, todo ritual, y era lo contrario incluso de un ceremonial, por muy pobre y discreto que fuera: el silencio, el frío húmedo, la nieve que ahora había dejado de caer o se transformaba en lluvia, y esa especie de espera entre quienes se mantenían allí de pie, ligeramente alelados, casi como perdidos.

Finalmente, a falta de una liturgia que tal vez yo, tan anticuado, hubiera preferido (pero que en el fondo, me doy cuenta, hubiera estado fuera de lugar allí, donde lo que fue «verdadero» fue precisamente ese desorden, esa confusión que he mencionado), se pronunciaron unas palabras, casi al azar y –en profundidad— no del todo al azar; como esas flores aquí y allá adivinadas bajo la nieve. Dominique Grandmont se aproximó a la fosa y leyó «el abril», un poema de André de 1983, y era muy bello, porque trataba de una «encrucijada azul» y de flores, que se oponían, finalmente, a la tumba fangosa, palabras florecientes, salvajes: como lo fue luego, salvaje y más calurosa, más desgarradora que todo, este envío de Jacques Dupin: «¡André, hermano!» (y yo seguía sin pensar que se había convertido en un muerto, sólo miraba el paisaje como nunca lo había visto – y más tarde me diría también que unas palabras como aquellas no habría podido decirlas jamás así, y que esto no me honraba). Después leí mis pocas líneas: «la nieve, como muguetes de mayo, significando nobleza de alma», consciente de que con ellas me acercaba en cualquier caso a algo irrefutable que nos había unido desde el principio. Al final, alguien a quien no conocía avanzó con un libro en la mano y se puso a leer a su vez – había dejado completamente de nevar; y la elección de esa lectura intensificó aún más mi sorpresa y mi emoción, puesto que enseguida reconocí las últimas páginas de Obermann, especialmente esas líneas que comienzan con «si las flores no fueran sino bellas» y que habían sido para mí en los años sesenta una verdadera iluminación, tanto fue así que había hecho de ellas el punto de partida de un capítulo de Paisajes con figuras ausentes.

Escuchaba, y las palabras leídas penetraban en mí de forma tan profunda como el paisaje de ese abril invernal en torno de nosotros:
… ¡Cuántos desventurados habrán dicho, un siglo tras otro, que las flores nos han sido concedidas para cubrir nuestras cadenas, para engañarnos al comienzo, y contribuir incluso a retenernos hasta el final! Hacen algo más, pero tal vez en vano: parecen indicar lo que ninguna cabeza humana profundizará.
Si las flores sólo fueran bellas bajo nuestros ojos, seguirían seduciéndonos; pero a veces ese perfume produce, como una feliz condición de la existencia, como una llamada súbita, un regreso a la vida más íntima. Sea que haya buscado esas emanaciones invisibles, sea sobre todo que se ofrezcan, que sorprendan, las recibo como una expresión fuerte, pero precaria, de un pensamiento cuyo secreto encierra y oculta el mundo material.
Escuchaba, más conmovido aún:
…pero bastaría un junquillo o un jazmín para hacerme decir que, tal y como somos, podríamos residir en un mundo mejor.
 ¿Qué deseo? Esperar, luego dejar de esperar, es ser o dejar de ser: esto es el hombre, sin duda. Pero, ¿cómo puede ocurrir que después de los cantos de una voz emocionada, después de los perfumes de las flores, y los suspiros de la imaginación, y los impulsos del pensamiento, haya que morir?
 Luego, oía que «una mujer llena de gracia amante» se aproximaba, «sin otro velo» que una cortina, retrocedía, regresaba, «sonriendo con su voluptuosa resolución» -- como otra especie, aún infinitamente más preciosa, de flor; tras lo cual, bruscamente: «Pero enseguida habrá que envejecer».

Como si lo más misterioso y lo más necesario de toda vida se tocara al pasar, casi perezosamente… hasta las últimas páginas del libro, las últimas también que se leyeron aquella mañana, ante la fosa aún vacía:
Si llego a la vejez, si, un día, aún lleno de pensamientos, pero renunciando a hablarles a los hombres, tengo junto a mí a un amigo que reciba mis adioses a la tierra, que coloque mi silla sobre la hierba corta, y que haya unas tranquilas margaritas delante de mí, bajo el sol, bajo el cielo inmenso, para que al dejar la vida que pasa encuentre algo de la ilusión infinita.
Estas frases habían sido escritas, como en voz baja, hace dos siglos; acababan de ser leídas, también en voz baja, con una voz incluso un poco temblorosa, con qué exactitud de intuición, en esa mañana de abril; y era como si llenaran todo el espacio hasta fundirse con la niebla que escondía el horizonte.

Después de esto, y tras volver a coger el coche, como nos extraviamos un momento en la carretera de Félines en vez de llegar directamente a la casa en donde se esperaba a los amigos –algunos de ellos iban a pie y los saludamos al pasar--, esas grandes praderas en pendiente, esas rocas en los barrancos como bloques detenidos desde hacía siglos en su desmoronamiento, dos caballos también, inmóviles en una parte hundida de la estrecha carretera, esos árboles de las terrazas en flor, todo eso bajo una ligera capa de nieve que apenas lo disimulaba, todo eso, ¿cómo decirlo?, más bello, es decir, más real en su extrañeza, en su salvajismo, más intenso de lo que lo había visto nunca; todo eso a la vez salvaje y «en bella ordenación» como los robles en otro poema de Hölderlin del que me acordaba, una «presencia» tan fuerte, tan indudable y perfectamente incomprensible como tal vez no la había sentido en toda mi vida, «maravillosa», sí, realmente, como la tempestad de nieve en la última carta de André.

Uno o dos días más tarde, de regreso a casa y volviendo a pensar en esa mañana, en la exclamación de Senancour: «¡Junquillo! ¡Violeta! ¡Nardo! No tenéis sino instantes…», he aventurado esto: el junquillo nunca dirá «junquillo», y sin duda por eso nos parece al mismo tiempo tan bello e inasequible. Las flores no tienen mirada, ni lágrimas, ni voz. Como los copos de nieve, aquella mañana, como las rocas, como el barro.

Parecía que Petit-crû, el perro, mirara; comprendiera un poco, comenzara a comprender: pasaba, en parte, de nuestro lado. La historia del Paraíso no era tal vez una fábula vana: la mirada, la palabra habían debido de nacer cuando dejamos de estar por entero en el interior del mundo y armonizados con él como parecen estarlo las plantas y las piedras. «Sus ojos se han abierto»: y a la invención de las fuentes sucedió la de las lágrimas, infinitamente diferentes las unas de las otras.

Al pensar esto, nos he vuelto a ver ahí, en la «bella ordenación» de ese lugar extraordinariamente real y secretamente resplandeciente, esas figuras que se habían reunido no sin dificultades, primero la joven extranjera que descendía a pie la carretera de Truinas, Gilles y su hija caminando por otra, aquella en la que habíamos visto los dos caballos, esos seres que se deslizaban en el barro del pequeño cementerio en cuesta, que tenían frío, cuya voz, si se aventuraba a elevarse, temblaba un poco por momentos; tristes, seguro, pero sin ser de los que lo ostentan demasiado; sobre todo, tal y como los volvía a ver, nos volvía a ver, extrañamente torpes, perdidos, como si la «bella ordenación» que había podido ser durante mucho tiempo no solamente la de los árboles y los barrancos, sino la de nuestra vida y la de nuestra muerte, se hubiera deshecho, dejándonos allí desamparados ante la tumba, en el fondo de ese pequeño valle, casi como pobres que enterraran a uno de los suyos, víctima de alguna guerra innoble, rápidamente, al margen de los combates… Igual de desamparados.

Figuras negras preparadas para deshacerse también como los copos, pero mucho más miserables que ellos.

 Más miserables, salvo que, a falta de las antiguas palabras de una liturgia cualquiera, hubiéramos ido a buscar, para aventurarlas allí en el aire, contra la muerte, además del más simple de los gritos del corazón («¡André, hermano!»), unas palabras apenas menos desarraigadas que nosotros – precisamente esas que han nacido del primer exilio, que no se hubieran formado nunca y no hubieran sido necesarias sin él, para intentar apegarnos, al menos durante el tiempo de pronunciarlas o de oírlas, al mundo, al mundo «maravilloso» de las cosas sin mirada y sin voz, al mundo de las flores y de los copos sobre las flores abiertas o que empiezan a abrirse.

Y ahora regresa a mi espíritu otro momento de esa mañana del 21 de abril, cuando casi todos nos encontramos en la casa de Truinas. Anne de Staël, muy tranquila, con su gran fuerza interior inalterada por la tristeza, se acercó a mí para hablarme unos instantes. Me contó que, pocos días antes de la muerte de André, le propuso leerle unas páginas –que le habían parecido a ella particularmente complejas—escritas a propósito de su poesía, pero él había declinado el ofrecimiento; sí acepto, en revancha, con gratitud, que le leyera unos poemas de Emily Dickinson, que ella, según me confió, admiraba desde siempre; añadiendo, de esa manera tan directa que no puede sino amarse en ella, estas palabras, o unas muy parecidas: «Como si, ante la muerte, no resistiera sino lo que se entiende por sí solo…»

Para mí, pensé más tarde, fue como si, en esa mañana tan extrañamente plena, otros hilos hubieran venido a añadirse a toda una trama de correspondencias que, desde hacía mucho tiempo, adivinaba entre André y yo, a pesar de nuestras diferencias. Uno era ese pensamiento de lo «simple» (sigue sin ser la palabra, Dickinson no es «simple», ni Hölderlin, ni Hopkins, ni el propio André) que sería lo único que se podría oponer a la muerte, pensamiento que no había dejado de ocuparme desde hacía años. El otro hilo era la mención de Emily Dickinson en ese momento de duelo, debido a lo que yo había escrito veinticinco años atrás, después de la muerte de Gustave Roud, y que no podía dejar de regresar ahora a mi espíritu:
 «La tarde de las exequias, sobre la mesa de trabajo atestada de libros probablemente no leídos y de correspondencia dejada en su mayoría sin contestar, me impresionó la presencia de algunos objetos en los que parecía resumirse una vida. Primero, la fotografía de uno de los amigos campesinos de Roud, tocado con una gorra de piel, un leñador de invierno, y, delante de esa foto, una tarjeta postal que representaba, creo, una cabeza de Apolo arcaica; luego, el pequeño volumen de Emily Dickinson del que la señorita S. me dijo que se sabía de memoria dos poemas que no había dejado de releer a lo largo de los últimos meses en su lengua original; cito aquí la versión que ella me ha proporcionado:
Si al regreso de los petirrojos
Ya no estuviera viva,
Al rojo encorbatado dale
La migaja conmemorativa.
Si nada más dormirme
No pudiera decir gracias,
Sabrías que lo intento
Con mi labio de granito...»

Ahora bien, lo he dicho con frecuencia, el encuentro que mantuve, cuando era adolescente, con la obra y la persona de Roud fue decisivo para fortalecerme en una concepción de la poesía en la que el trabajo de escribir y el modo de vida, la manera de comportarse en la vida, debían estar indisolublemente unidos. No creo que André du Bouchet haya apreciado mucho los libros de Roud, ni siquiera sus traducciones de Hölderlin. Pero, por la discreción y la dignidad, estaban próximos, «a la misma altura»; y aún más, en la raíz de sus obras, por ciertas concordancias profundas de las que la aparición de la figura, tan pura, de Emily Dickinson en la inminencia de su muerte, era un signo conmovedor.

Éramos relativamente numerosos en la casa, y estábamos próximos unos de otros como pocas veces antes: el propio André lo menos muerto posible, si se puede hablar así. Y esos ecos inauditos, en los dos sentidos de la palabra, circulaban allí en el aire, como si estuviéramos presos en la red de una «música callada» -- en expresión de San Juan de la Cruz --, como si nos mantuviéramos juntos, habitando juntos una casa distinta de aquella, de piedras trenzadas de plantas, que nos protegía.

Una red, sí, era exactamente eso, y de ello me iría asegurando cada vez más a medida que volvía a pensar en esta larga y casi siempre tácita amistad.

«Tenemos las mismas razones.» A pesar de las lagunas crecientes de mi memoria, oigo aún a André du Bouchet decirme estas palabras, tal cuales, durante nuestro primer encuentro, que se produjo en la abadía de Royaumont con ocasión de alguna festividad cultural de la que lo he olvidado todo – fuimos presentados por André Berne-Joffroy, como éste me lo recordó recientemente: en 1948, quizá; como quiera que sea, hace muchísimo tiempo…

 Cuatro palabras breves, perentorias, en las que vuelvo a verlo hoy por completo, breves y bruscas, puesto que no podían fundarse sino en una intuición inmediata; cuatro palabras de las que yo mismo hubiera sido incapaz, por culpa de ese espíritu de duda y de prudencia del que nunca me he desprendido. Cuatro palabras cuya precisión debo reconocer con asombro a partir de ahora.

(Pero las consecuencias de esas «razones» en nuestros libros han sido tan diferentes, hasta el punto de parecerme a veces difícilmente compatibles, y de preguntarme más de una vez cómo André podía avenirse con mis libros, y cómo yo podía alimentar por los suyos tanta admiración. Como si, a fin de cuentas, de un mismo mantillo pudieran nacer plantas de especies muy diferentes. De un mismo mantillo, es decir: de las «mismas razones».)

Un ejemplo sería nuestra común admiración por Hölderlin.

En Paisajes con figuras ausentes, que data de 1970, esta nota añadida a algunas páginas de reflexiones sobre este poeta:
«Una de las más admirables [imágenes de Hölderlin], entre otras, se encuentra en el esbozo de un himno a Colón:
pues
por poca cosa
estaba desafinada, como por la nieve,
la campana que
se toca
para la cena.

Es difícil captar la relación de estos versos con el himno en sí mismo; pero suspendida aquí como lo está, la imagen hace pensar en un haiku; y algunos me comprenderán si digo que encuentro en estas pocas palabras la apertura infinita que me hace vivir.»
No sería una casualidad que este fragmento, cuyo enigma me había contentado perezosamente con mostrar y cuyo resplandor, que imantaba mi pensamiento hacia él, no había hecho más que subrayar, fuera a ser retomado, años más tarde, por André du Bouchet como título y punto de partida de una meditación con la que se adentra en regiones que yo no hubiera sido nunca capaz de abordar. Pero, concediéndole tanto el uno como el otro el mismo lugar privilegiado a esa obra en nuestra aventura poética, traduciendo ambos de ella algunas páginas, cada uno a su manera, está claro que habíamos elegido frecuentar los mismos parajes del espíritu. Así pues, tampoco debe sorprender que, para despedirme de él, me viniera inmediatamente al pensamiento un fragmento de «Mnemosyne». No sólo a causa de la nieve, de los muguetes de mayo y de la «nobleza de alma», sino también a causa de la evocación de los dos viajeros que pasan ese puerto de montaña señalado por una cruz «en recuerdo de los muertos»: por ese tema del pasaje que me ha acompañado toda mi vida, y por la multiplicidad de ecos que suscitaba en mí; empezando por la obertura del Lenz de Büchner:

 El 20 de enero, Lenz caminaba por la montaña. Cimas y altas laderas bajo la nieve, descendiendo las cañadas, grava gris, laderas verdes, rocas y abetos.
Hacía un frío húmedo; el agua chorreaba de las rocas y saltaba al camino…
 Luego, surgiendo detrás de estas líneas –o esas laderas, o esas paredes--, la admirable Entrevista en la montaña de Celan –traducida, justamente, a partir de 1970, por André du Bouchet y John E. Jackson:
Nosotros los judíos, llegados aquí, como Lenz, a través de la montaña…
Y, más lejos aún en el pasado, un recuerdo menos inmediatamente convincente pero en cualquier caso aún vivo para mí: ese «Viaje al Harz en invierno» que casi había reconciliado a Rilke con la poesía de Goethe…

Desde ahí, no había que dar sino unos pocos pasos dentro de uno mismo hasta el Viaje de invierno, hasta Schubert: un día había descubierto con un poco de asombro que André lo admiraba tanto como yo, como lo había amado, de manera, diría, más íntima aún, de nuevo, Gustave Roud; a quien yo había podido comparar, hacia el final de su vida, con otro «viajero de invierno» --y nunca había visto las ventanas bajas de su habitación campesina sin que se grabaran en ella, para mi espíritu, las flores de escarcha que evoca uno de los más bellos lieder del ciclo.

Ecos menos múltiples que obstinados, oídos en las profundidades del corazón, hasta esas páginas escritas tan generosamente para mí por André y en las que al final aparecen juntos, precisamente, Schubert y Goethe: «Lo que cantan los espíritus por encima de las aguas». Poema de la cascada, «rayo puro» de luz cayendo de la pared abrupta para convertirse en velo de espuma irisada y murmullos en las profundidades, hasta el espejo liso del lago en el que se reflejan las constelaciones:

¡Alma de los humanos,
Tan parecida al agua!
¡Destino de los humanos,
Tan parecido al viento!

 ¿Por qué, por qué aquella mañana, al llegar a Truinas, tuve inmediatamente la sensación de ver la realidad del mundo como «en relieve», como sumergiéndonos, casi hasta cortarnos el aliento? Puedo imaginar de entrada que la circunstancia, dolorosa, había agudizado mi sensibilidad; y que, además, la sorpresa de la nieve que había transformado tan deprisa el paisaje también había contribuido a aguzar mi mirada. (Hay que añadir que siempre había sentido que Truinas era a la vez muy bello y muy «verdadero» -- muy bello por ser muy verdadero--, comprendida la gran casa baja que se había convertido en el corazón del lugar.)

 Ese espolvoreamiento de nieve sobre todas las cosas: ese encuentro, el primero o el último, al comienzo o al final de la estación –una sorpresa--, de las praderas y de la nieve, de los follajes y de la nieve; el descubrimiento de todas las cosas en torno a nosotros como remozadas por esa especie de plumaje sin peso, esa sorpresa – como si un pájaro muy grande, en efecto, hubiera rozado el suelo un instante, ese toque ligero, fresco, casi inmaterial – virginal, creo que se puede, que se debe decirlo así («Le vierge, le vivace et le bel aujourd'hui» [«El virgen, el vivaz y el bello hoy»]). Las rocas, los barrancos, las praderas, los setos, los bosquecillos de árboles, las raras granjas de piedra, indudables como nunca, al mismo tiempo que, ¿cómo decirlo?, aligeradas…

Presencia, peso, densidad imposibles de poner en duda, de ese trozo del mundo; y, por otra parte, el acontecimiento mismo del enterramiento sentido, él también, extrañamente, como más «verdadero», verdadero como esas piedras y ese barro, por la ausencia total de ceremonial y lo que he dicho que incluso parecía desorden, desconcierto, una especie de torpeza ante la muerte.

Salvaje.

 Lo salvaje: lo que está totalmente al fondo, lo carente de disimulo, el cimiento recobrado, el suelo sobre el que no se vacila –eso mismo que está siempre tan presente en los libros de André du Bouchet--, en el lugar mismo en que, una noche, varios años atrás, equivocando el camino y cayendo de un terraza cultivada a otra, me había roto un hueso del talón: lo contrario del sueño; y allí encima, la nieve ligera, como las plumas abandonadas por una migración tardía.

 El encuentro, casi imposible de decir, de la nieve sobre las flores de los manzanos que comenzaban a abrirse; toques de rosa en todo ese blanco.

El frío, el barro, las rocas derrumbadas, el vergel en flor; pero también esos dos caballos del color de la más bella madera, inmóviles; y las personas que caminaban allí, y ese sentimiento ingenuo de que eran todos amigos, o habrían debido serlo, a causa de una imantación común que les orientaba hacia la fosa, y hacia la casa.

 Y ese otro sentimiento, en mí al menos, aún más extraño, de que no había vacío, ni ausencia, de que sólo el ataúd estaba vacío, de algún modo. Voy a atreverme a decir incluso que no había exactamente tristeza, en mí al menos; una emoción a la vez muy tranquila y muy intensa, pero no desgarramiento ni rebelión. (Estoy obligado a decir, como siempre he intentado hacerlo, lo que sentí: nada más.)

Todo estaba más vivo aquella mañana: la sensación de la realidad del mundo, de la maravillosa realidad del mundo en un momento de reencuentro de los contrarios; y el sentimiento del calor humano, de una, sí, lo repito, de una «nobleza de alma» que resplandecía dentro y fuera, bajo el cielo de nieve como bajo el tejado de la casa.

Pero la maravilla extrema, la que era capaz de suscitar, de forma paradójica si no escandalosa, una especie de alegría sorda, tímida y sin embargo poderosa, habían sido con toda seguridad las palabras, también ellas otra especie de flores y de copos, que se habían elevado, habían florecido, habían flotado unos instantes a media altura entre la tierra y el cielo, cosas inmateriales pero no del todo, imposibles de producir si no hubieran estado primero las flores, las rocas, las nubes que ellas evocaban, pero emanadas de un lugar muy distinto de la tierra o del cielo, nacidas de nosotros, emanadas del corazón, pues no podían ser dichas sino por nosotros y no nos hablaban sino a nosotros –y eran ellas, sí, decididamente, las que habían vencido, aquella mañana, el tiempo que duró aquella mañana, al vacío; pero con qué ligereza, que ausencia de pretensión, sin el mínimo acento de triunfo –quisiera saber y poder decir cómo--, tan sencillamente, tan milagrosamente como un arroyo se abre un camino entre las hierbas y las piedras (y ese arroyo, en efecto, corría fielmente, más abajo).

Un humo luminoso.

 O el perfume que sube de lo más profundo del corazón, cuando ha dejado de cerrarse al mundo.

Una malla de palabras que reunía, que envolvía como un abrigo, pero que no encerraba, no aprisionaba, al contrario; puesto que todas las palabras escogidas entonces decían un pasaje, eran ellas mismas pasaje, un paso tras otro – y entonces la montaña dejaba de parecer un muro, se había vuelto simplemente lo que lleva la nieve a su cima, la noche que florece al amanecer en su cumbre lejana.

 (Aquí, aún, un pasaje de «Mnemosyne», que precede inmediatamente al citado por mí:
¿Y lo que se ama? Un destello de sol
En el suelo es lo que ven nuestros ojos, y el polvo desecado,
Y los sombríos bosques de la patria…
Y finalmente, justo después del mismo pasaje:
¿Qué es, entonces? Aquiles bajo la higuera, mi Aquiles
Está muerto…)
Es así como puede ocurrir que se entretejan lo visible y lo invisible, las cosas de la naturaleza, los animales, los seres humanos, vivos y muertos, y sus palabras, antiguas o nuevas, así como la tristeza y una especie de alegría. Entonces, después de rozar en lo más íntimo de uno mismo, por muy frágil que se pueda ser, por muy débil que uno pueda volverse, algo que se parece tanto a lo más íntimo del misterio del ser, ¿cómo olvidarlo, cómo callarlo?

HOJAS REUNIDAS

He aquí, después de darles forma, pero torpemente – tan torpemente que en otro tiempo no las hubiera divulgado tal cual – esas páginas comenzadas inmediatamente después del 21 de abril de 2001 y arrastradas durante tres años como un peso, el peso de un esbozo poco satisfactorio, de una promesa no mantenida. Publicadas, a pesar de todo, a causa del movimiento de amistad que significan antes que nada; y a causa de lo que querrían decir o volver a decir, antes de que definitivamente no pueda ya hacerlo.

¡Si al menos hubiera dedicado días a retomarlas, a retocarlas, a cambiarlas, a enriquecerlas! Pero no, esos días los pasaba casi siempre manteniéndome alejado de ellas para evitarme las pruebas de mis debilidades; y de ningún modo distraído por otras tareas que me hubieran disculpado.

Es justo que pudiera anotar, de vez en cuando, hasta qué punto me sentía «deshecho»; no «desgarrado», sino «deshecho».

También confuso, como nunca, ante lo que me parecía siempre indispensable delimitar.
Confuso, deshecho, hastiado a veces, pero con un último resto de obstinación.
Otro día regresaba a mi espíritu ese verso de un soneto escrito por Góngora en su vejez:
¿Caduco el paso? Ilústrese el juïcio 
que yo había traducido así:
Caduc le pas? Que l’esprit s’éclaircisse…

Nada más natural que el hecho de que este verso me persiguiera. ¿Pero si el mismo espíritu, pensaba, se volviera «caduco»? Nada podía hacerse contra esto. Y era una razón de más para no seguir aplazando la terminación de ese texto si aquella mañana de Truinas había sido verdaderamente, como yo lo creía, uno de los raros momentos de esos años «en la hondonada» en los volví a sentirme «centrado». Tras lo cual, de nuevo, me di pronto por vencido.

Vivía ese momento en que las «palabras aladas», o que se ha soñado aladas desde siempre, caen en tierra en un lamentable desorden; un poco como esas palomas torcaces, en los Pirineos, capturadas en masa en una red – algo que vi apenas adolescente en el País Vasco, en 1938, y que estoy seguro de que nos habían llevado a admirar como un «bello espectáculo»; y me da miedo haberlo considerado entonces, en efecto, como tal.

 Y mientras pensaba ahora en esto, el desorden de mis pensamientos, me preguntaba si habría habido, entre esas palomas torcaces, algunas que, dominando el esparavel de madera lanzado hacia ellas, hubieran pasado indemnes el puerto de montaña. Lo mismo que yo habría podido soñar para esas «palabras extremas».

(Parole estreme, dichas por Clorinda moribunda a Tancredo, en las octavas de Tasso traducidas en una música tan admirable por Monteverdi.)

Aún más tarde – era esta vez el 3 de noviembre de 2003 – había vuelto a recibir una especie de señal: había visto desde un camino entre el lugar que llaman Gleizes y el Rocher des Aures esos pocos álamos que resplandecen o, mejor, se iluminan como cirios de llamas amarillas, casi incluso doradas, sobre un fondo de pastos de un verde sombrío y denso – en particular ante una cuesta bastante empinada donde pacen unas vacas que se dirían pintadas en una tabla vertical, como en los Libros de horas. Esas especies de lámparas encendidas en pleno día, apenas temblorosas, levantadas en esas cañadas, esos fondos de pequeños valles tranquilos; y su luz verdaderamente dorada, su luz de atardecer, devuelta al fin a mis ojos cansados, para que se abrieran al menos en el instante de pasar a sus pies.

Signos que son ayudas, y que se vuelven cada vez más raros.

Y finalmente, como último recurso, casi durante tres años día tras día después de aquella mañana en Truinas, esa resolución de contentarse – pero contentarse es decir demasiado – con el trabajo hecho.

Porque lo que he intentado retener ahí se ha vuelto algo cada vez más lejano.

Algo que acabará por parecerse a una lengua extranjera que habríamos creído durante mucho tiempo comprender y que incluso nos hubiéramos atrevido a hablar, y que se nos volvería poco a poco ininteligible.

O a un medicamento que hubiera sido siempre eficaz y que ahora ya no hiciera efecto, y al que no se le lograra encontrar sustituto.

O sería como una mano que se retira, un rostro que se aparta.
El sol de la vida que retrocede un paso, y luego muchos pasos.
Me pregunto si un pájaro puede aún pasar por este cielo.

Philippe Jaccottet (Moudon, Suiza, 1925). Estudió Letras en Lausana, si bien pronto se trasladó a París, donde trabajó para la editorial Mermod, durante varios años. Finalmente se instaló, al casarse en 1953 con la pintora Anne-Marie Haesler, en una pequeña población, Grignan, de la comarca de Drôme, en la Provenza, para vivir toda la vida allí dedicado a la literatura y a la traducción. En ese mismo año, Jaccottet publicó su primer libro de poesía. Y ha seguido escribiendo —ensayos, críticas, prosas, poemas— hasta la actualidad. Hoy se le considera uno de los más grandes poetas vivos de lengua francesa. Se han traducido al castellano varios de sus libros:su ensayo Rilke por sí mismo; una bella y extraña narración en primera persona, con un trasfondo existencial y ontológica, La oscuridad; y varios libros de poesía, como Cantos de abajo, A la luz del invierno, Pensamientos bajo las nubes, El ignorante, A través de un vergel, Cuaderno de verdor, Y, sin embargo y Aires, además del ensayo El paseo bajo los árboles. La mayoría de estas versiones se deben al poeta y traductor Rafael-José Díaz.

Rafael-José Díaz (Santa Cruz de Tenerife, 1971) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna. Dirigió entre 1993 y 1994 la revista Paradiso. Ha publicado seis libros de poesía: El canto en el umbral, Llamada en la primera nieve, Los párpados cautivos, con el que obtuvo el premio Tomás Morales de poesía 2002, Moradas del insomne, Antes del eclipse y Detrás de tu nombre. También ha publicado un primer libro de relatos, Algunas de mis tumbas. Por otra parte, ha traducido la obra de Gustave Roud, Philippe Jaccottet (muy especialmente), Jacques Ancet, Hermann Broch, Arthur Schopenhauer y Ramón Xirau, entre otros. Es responsable del blog Travesías (rafaeljosediaz.blogspot.com).

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