3/2/12

Más allá de la lógica del capitalismo

Bajo la guía del académico portugués Boaventura de Sousa Santos, diversos especialistas reflexionan sobre iniciativas de economía solidaria

Ana María Vara  

"Es difícil imaginar el fin del capitalismo hoy. Pero es igualmente difícil imaginar que no tiene fin." Con estas palabras, la litote de una profecía, abría hace poco una conferencia en Brasil el académico portugués Boaventura de Sousa Santos, profesor en las universidades de Coimbra y Wisconsin-Madison. A la vez obvia y audaz, la reflexión de Santos parece resumir la propuesta de  Producir para vivir. Los caminos de la producción no capitalista, una compilación de iniciativas que buscan sortear la lógica del capitalismo. Si esa lógica se basa en la separación tajante entre capital y proletariado, las asociaciones, cooperativas, movimientos sociales o economía solidaria, en que dueños y trabajadores coinciden, resultan alternativas actuales que podrían tener, según los autores, proyección. El mapa de los casos abarca de la India a Colombia, de Mozambique a Portugal, con una larga parada en Brasil, en torno a la discusión del Movimiento de los Trabajadores sin Tierra (MST). Algunos autores son académicos y otros activistas, pero ninguno pretende situarse en el nivel de la objetividad o de la asepsia axiológica. No por eso resignan el análisis documentado, cuidadoso, finamente argumentado.

Aunque cada estudio tiene una raíz local y condicionantes propios, de todos se desprenden aprendizajes que podrían generalizarse. El caso de la cooperativa de recicladores de basura en ciudades colombianas es ilustrativo. El investigador César Rodríguez, de las Universidades de los Andes y de Wisconsin-Madison, hace una etnografía de la cultura de estos trabajadores informales, que permanecen en esa actividad durante años pese a las duras condiciones. La falta de opciones y su bajo nivel de escolaridad se cuentan entre las razones puramente negativas de esa continuidad. No son las únicas: el trabajar por cuenta propia, sin patrones, el "valor supremo" de la libertad son, según Rodríguez, motivos igualmente poderosos. Y una de las causas de las dificultades para asociarse, lo que los expone a los abusos de los intermediarios. Las cooperativas Rescatar, El Porvenir y Recuperar se convirtieron en acopiadoras y mejoraron los precios, pero no lograron modificar la injusta estructura del mercado.

Para superar ese límite, los recicladores de la ciudad india de Ahmadabad apelaron a la sindicalización, apoyados por dos gremios de gran tradición: la Asociación de Mano de Obra Textil, fundada en 1918 por Mahatma Gandhi, y la Asociación de Mujeres Autoempleadas, creada a comienzos de los años 70. Además de este caso, Sharit K. Bhowmit, del Instituto Tata de Ciencias Sociales de Mumbai, analiza una cooperativa de producción y arreglo de embarcaciones, creada en 1979; una imprenta, fundada en 1987, que logró captar clientes en países como China o Nepal, y dos cooperativas de productores de cable, ambas de larga trayectoria.

También tiene base en la India la reflexión del economista Harsh Sethi en torno al swadeshi. El término, que designa lo local, lo nativo, fue central en la lucha de Gandhi contra el imperialismo británico, al fomentar el reemplazo de las manufacturas inglesas por las nacionales. Retomado en la década del 90 como respuesta al impacto económico de la globalización, abrió el espacio para una discusión propia sobre el libre mercado, las nuevas leyes de patentes, la introducción de la agricultura industrial y la desregulación financiera. El texto ofrece el aporte indio al gran debate sobre la economía posneoliberal. Para Sethi, el swadeshi debe ser "positivo e incluyente", e implica un proceso dinámico y perfectible: "Estar dispuestos a aprender, a cambiar y adaptarse, a mantener las puertas y las ventanas abiertas y no perder la cabeza".

Heinz Klug, de Sudáfrica, introduce la cuestión de la reforma agraria. Una realidad diversa ha exigido respuestas diferentes en ese país: opciones de propiedad privada, por un lado; la Ley de Asociaciones de Propiedad Comunal, por otro. Klug apuesta a la segunda y sostiene que esta forma colectiva de posesión y uso de la tierra "ofrece un espacio institucional donde pueden librarse luchas y, con el tiempo, implementarse estrategias para alcanzar objetivos de emancipación que muchos sudafricanos buscan".

Precisamente, la noción de "emancipación", su sentido y sus formas de realización, es el centro de la discusión sobre el Movimiento de los Trabajadores sin Tierra de Brasil, quizá la iniciativa campesina más amplia en la actualidad. Se le dedican cuatro capítulos, a cargo de tres autores: Zander Navarro, del Instituto para Estudios del Desarrollo de Sussex y la Universidad Federal de Río de Janeiro; Horácio Martins de Carvalho, de la Asociación Brasileña de Reforma Agraria, y João Marcos de Almeida Lopes, de la Universidad de San Pablo.

Ahora bien, ¿cómo ver las semillas de lo nuevo? ¿Con qué parámetros evaluar qué iniciativas pueden prosperar, ampliarse, convertirse en modelo en otros sectores productivos o en otros países? En este aspecto,  Producir para vivir  tiene la limitación de su fecha de edición original, en portugués: 2002, cuando apenas comenzaba a despegar la nueva política en América latina, tras las protestas y la caída del paradigma neoliberal en la región. Se extraña el seguimiento de estos casos en el diálogo con los nuevos gobiernos nacionales, aspecto particularmente crítico en los estudios sobre el MST, que articuló acciones con el gobierno del presidente Ignacio Lula Da Silva.

Esta carencia, sin embargo, es compensada por dos aportes de alto vuelo, que justificarían la traducción por sí mismos: el ensayo preliminar de Santos, y el capítulo de cierre del peruano Aníbal Quijano, profesor en la Universidad de Binghamtom y autor de la teoría de la "colonialidad del poder".

En "Para ampliar el canon de la producción", Santos comienza con las críticas clásicas al capitalismo: que produce "sistemáticamente" desigualdades de recursos y de poder, que supone relaciones de competencia y no de solidaridad (es decir, "formas de sociabilidad empobrecidas") y que implica grados y tipos de producción no sustentables. Como reemplazo, Santos propone un "paradigma ecosocialista cosmopolita". Sus puntales son "la democracia, la ecología socialista, el antiproductivismo y la diversidad cultural", y su plausibilidad es discutida en nueve tesis, que configuran un programa.

Por su parte, Quijano pone el volumen en perspectiva histórica, al reseñar en "¿Sistemas alternativos de producción?" las propuestas de resistencia al capitalismo surgidas a lo largo de dos siglos, desde la "sociedad de productores" de Saint-Simon, al "falansterio" de Fourier, o el "socialismo utópico". Es muy crítico de las visiones que, desde derecha e izquierda, consideraron el caso de la Unión Soviética como único posible. La consecuencia fue que "el largo, rico y complejo debate de los revolucionarios anticapitalistas de Europa quedó prácticamente enterrado, y la idea de que socialismo y estatización de la economía eran conceptos teórica y políticamente intercambiables predominó mundialmente por casi todo el siglo XX".

De este modo, queda en evidencia que son dos y no una las corrientes de discusión, de gran actualidad, que atraviesan el volumen: la surgida tras la crisis del paradigma neoliberal y la originada previamente, en la caída del comunismo. Son dos también, entonces, las opciones criticadas: capitalismo y comunismo, las que, quizá no casualmente, resultan emblemáticas de un mundo bipolar que alcanzó su fin sobre el cierre del siglo XX. Se agrega un tercer motivo de interés del libro: que en él predomina la mirada desde el sur: ¿el punto cardinal donde podría radicar el futuro
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