15/2/12

Fantasías de la crisis


Ignasi Franch 
                                       El filme ‘In time’ y la serie de televisión ‘Torchwood: el día del milagro’ son ficciones en clave fantástica que remiten claramente a un presente de recortes del gasto social y concentración de capitales

Quizá la futura obra de Kathryn Bigelow sobre Bin Laden marque un fin de ciclo, pero los atentados del 11S y la posterior gestión de la autodenominada guerra contra el terrorismo han condicionado una década de cine estadounidense. El World Trade Center, Iraq y Afganistán, el miedo al otro y el miedo al miedo, han impactado en lo que Hollywood entiende como realismo, y también en multitud de ficciones de fantasiosidad variable (de El mensajero del miedo a La tierra de los muertos vivientes, pasando por Hostel).

Ahora se diría que el cine del 11-S, si los intereses empresariales lo permiten, debería ser sucedido por un audiovisual que aborde el crack financiero e hipotecario.

En este contexto, han surgido películas ambientadas en el mundo de la especulación como la oportuna y oportunista Wall Street II, o Margin call, una ingenua mirada a la quiebra de Lehman Brothers. No hace falta recordar la repercusión del documental Inside job. E incluso ha surgido algún thriller sobre banqueros malvados como The international. Aun así, difícilmente se puede considerar que la zozobra post- Lehman y sus temas asociados (las oleadas de paro, privatizaciones y desahucios; los rescates multimillonarios de entidades bancarias) hayan igualado por ahora la masiva presencia fílmica del pánico a la violencia islamista, o del recelo hacia la Patriot Act. Por mucho que puedan trazarse paralelismos entre ambas macrocrisis, en las que las constantes alertas de amenaza terrorista han sido sustituidas por alarmas sobre primas de riesgo, o extensiones contrarreloj del techo de déficit de EEUU.

Un blockbuster para el 99%

El pasado octubre, tres años después de que el presidente en funciones George W. Bush firmase un gran rescate del sector financiero, llegaba a los multisalas globales In time. El cuarto largometraje como director de Andrew Niccol (Gattaca) es una producción de presupuesto medio con decidida vocación comercial, que explora un mundo futuro en que el tiempo es la moneda de cambio. La humanidad ha vencido al envejecimiento y los individuos pueden vivir eternamente... si consiguen que su reloj, su cuenta corriente vital, no se quede a cero.

No hay que escarbar mucho en el planteamiento de Niccol para hallar comentarios sobre la precarización de los trabajadores: éstos viven literalmente al día en esta distopía, renunciando a gastos superfluos, corriendo para ir al trabajo y recibir cuanto antes una soldada mediante la cual escapar de la muerte. Pero la película también parece apuntar a las masivas transferencias de capital del conjunto de la ciudadanía hacia unos pocos oligarcas, hacia ese 1% al que aluden las recientes movilizaciones en Wall Street. El protagonista es Will Salas, un joven al que un diletante hastiado le regala decenas de años. La dolce vita le seduce a pesar del resentimiento acumulado, pero la presión policial (el regalo tiene lugar en circunstancias dudosas) imposibilita que opte por el olvido.

Así que Salas profundiza en una indignación que le hace exclamar que “para que puedan vivir unos pocos inmortales, muchos tienen que morir” (o vivir al límite de la subsistencia: los cadáveres no compran bienes de consumo). Con ello, los responsables del filme abren la puerta a juzgar la moralidad del capitalismo, cuando éste suele situarse al margen de consideraciones éticas.

En este aspecto, el resultado puede recordar a aquella especie de cuento malévolo que fue The box, de Richard Kelly (Donnie Darko).

Los medios de producción de los que ha gozado Niccol comportan unos cuantos peajes: aun con su barniz social, In time es una action movie entre lo chic y lo macarra, que banaliza y glamouriza la violencia.
Y su rebeldía, más bien adolescente, comporta la conversión de los protagonistas en ladrones de bancos. La respuesta es, de nuevo, el gesto heroico-suicida que puede estar apoyado por otros, pero que nace y se sostiene con decisiones estrictamente individuales.

En todo caso, el relato ofrece detalles ingeniosos. Y muestra un cierto potencial como entretenimiento de consumo juvenil, a pesar de que sus responsables no parezcan haber trabajado suficientemente para dotarlo de lógica interna.

¿Torchwood vs Cameron?

Desde El ejército de los muertos –un ácido ataque, en clave zombie, a la instrumentalización del patriotismo por parte de la derecha neocon–, no han surgido muchas ficciones fantásticas para la televisión tan insistentemente orientadas a la izquierda como Torchwood: el día del milagro.

Este spinoff de Doctor Who (una franquicia histórica de la ciencia ficción británica) relata las aventuras de un grupo clandestino, de funcionamiento algo anárquico, que protege el planeta de amenazas extraterrestes. En la cuarta temporada, el proyecto conserva la mayoría de sus convenciones narrativas: sigue el camino del thriller contemporáneo de acción, con elementos sobrenaturales e interferencias a veces chocantes de humor y drama más o menos cotidianos.

El día del milagro, disponible en la plataforma Filmin y ahora emitida por Neox, parte de una situación fantástica: los humanos dejan de morir, por muy envejecidos, enfermos o heridos que estén. Las autoridades anticipan un colapso malthusiano, y eso facilita que el lobby farmacológico-sanitario tome el control siguiendo el manual de la doctrina del shock: una situación excepcional, a menudo provocada, legitima decisiones terribles.

El desarrollo de la ficción es algo repetitivo, pero el empeño resulta simpático por cómo utiliza acontecimientos fantasiosos para criticar, una y otra vez, los masivos recortes de gasto público emprendidos por la administración Cameron.

No es el único apunte político, porque incluso aparece una voz mediática que se antoja surgida del populista Tea Party y su elogio de la insolidaridad, en una muestra más de la progresiva americanización de la serie (para esta última entrega, la BBC se asoció con el canal estadounidense Starz).

Como es habitual, no se muestran prolijas tramas de despachos sino que se apuesta por la acción, por los héroes y villanos, y, en esta ocasión, por lucrativas conspiraciones sin presencia extraterrestre.

Para evidenciar, aún más, que el día del milagro es un problema estrictamente humano, que esta vez el grupo Torchwood se enfrenta a preocupaciones reales, como el miedo a estar contemplando la consagración definitiva de un modelo de sociedad donde no caben pobres ni débiles, y el pánico a que uno de los villanos esté en lo cierto cuando afirma: “Así es como el mundo funciona ahora, sólo lo hacemos oficial”. //

‘Super 8’ en los suburbios

De Gran Bretaña proviene Attack the block, un Super 8 de barriada que se distancia del mundo de feliz pleno empleo del filme de Abrams.

Este último parecía asumir que EE UU y sus “otros” (¿el mundo musulmán?) sólo pueden relacionarse bajo un modelo aislacionista, porque el dolor y la desconfianza imposibilitan por el momento una convivencia civilizada.

La propuesta de Cornish, por su parte, remite más a Nuestros maravillosos aliados (y a Critters) que a ET: su reivindicación de la solidaridad grupal en un conflictivo barrio periférico enriquece este modesto espectáculo juvenil.
http://www.diagonalperiodico.net/Fantasias-de-la-crisis.html