29/2/12

El puñal afilado de Epicteto

La moral estoica nació en Grecia hacia el siglo III a. C. y tuvo amplia influencia en las élites romanas del siglo II d. C. Para ella, el dominio de las pasiones y el alejamiento de lo superfluo permitían cumplir con el orden universal (logos) impuesto a la naturaleza (physis). De este modo, ética, física y lógica conformaban un todo indisoluble para el ser humano, según el cual vivir conforme la razón o la virtud será vivir conforme la naturaleza.

Epicteto, fue un filósofo griego, nacido alrededor del año 50 y muerto hacia el 140.

Llevado a Roma como esclavo, fue liberado por su amo, impresionado por su inteligencia y capacidad. Estudió con diversos filósofos y adhirió al estoicismo. Junto con otros filósofos que vivían en Roma fue expulsado de la ciudad, bajo el cargo de promover desórdenes. Regresó a Grecia, donde vivió hasta su muerte, haciendo clases y dando ejemplo de vida, conforme a sus ideas. Su obra fue recogida por su discípulo Arriano. Han perdurado dos textos: Las disertaciones y el Manual o Enquiridión (palabra griega que significa puñal, aludiendo al filo de sus meditaciones), conjunto de sentencias y consejos que resumen su doctrina. Fueron contemporáneos suyos los filósofos Marco Aurelio y Séneca, también estoicos.

El estoicismo ha sido una constante histórica en el pensamiento occidental. Se menciona entre sus seguidores a San Agustín, Orígenes, y Plotino. Asimismo su influencia alcanzaría a personalidades tan disímiles como Kant, Descartes y Spinoza, Montaigne, Corneille y Pascal, Emerson, André Malraux y Albert Camus.

Selección de consejos de Epicteto para la vida pública

Cap. 1 (I, 1)
Hay cosas que dependen de nosotros y otras que no. De nosotros dependen las opiniones, los deseos, las inclinaciones, las aversiones. En otras palabras, todo lo nuestro. No dependen de nosotros el cuerpo, la riqueza, el prestigio, los altos cargos, es decir, todas las cosas que nos son ajenas.
Cap. 2 (I, 2)
Las cosas que dependen de nosotros son naturalmente libres, no tienen impedimentos ni trabas; las cosas que no dependen de nosotros son frágiles, dependientes, están sujetas a impedimentos, son ajenas.
Cap. 3 (I, 3)
Recuerda por lo tanto: si tomas por libres las cosas que naturalmente no lo son, por propias las cosas que son de otro, te verás entrabado, afligido y acusarás a los dioses y a los hombres; pero si tomas para ti solamente lo que es tuyo y como ajeno lo que es ajeno, nadie te apremiará ni te pondrá obstáculos y tú no acusarás ni reprocharás a nadie, no harás nada contra tu voluntad ni tendrás enemigos y no sufrirás ningún daño.
Cap. 6 (II, 1)
Recuerda que el objetivo del deseo es la obtención del objeto deseado, que el propósito confesado de la aversión es no caer en el objeto de la aversión; quien no logra su deseo se siente desdichado, el que tiene una aversión y cae en ella se siente desgraciado. Reserva entonces tu aversión para las cosas contrarias a la naturaleza que dependen de ti. Si tu aversión se dirige a la enfermedad, la muerte o la pobreza, serás desgraciado.
Cap. 9 (IV)
Cuando emprendas una obra, examina de qué se trata. Si vas a bañarte, imagina las cosas que pasan en el baño: que te salpican, que te empujan o incomodan, que te insultan o roban, de modo que irás con más seguridad si te dices: “Quiero bañarme y al mismo tiempo no me quiero alterar”. Así lo harás para cada obra. De manera que si hay un obstáculo que te impida el baño podrás decir: “Yo no quiero solamente bañarme, quiero también que se respete mi condición, la que perdería si me indignara”.
Cap. 10 (V)
Lo que perturba a los hombres no son las cosas, sino los juicios relativos a las cosas. Por ejemplo, la muerte no tiene nada de espantable porque de tenerlo la habría temido Sócrates, pero lo que la hace espantosa es que se diga que lo es. Entonces, cuando nos sentimos contrariados, cuando estamos turbados o afligidos, no culpemos a otros, sino a nosotros mismos, es decir, a nuestras propias opiniones. El ignorante acusa a otros de sus fracasos; el que ha comenzado a instruirse se acusa a sí mismo; el que se ha educado a fondo no acusa a nadie.
Cap. 11 (VI)
No te vanaglories por alguna cualidad ajena a ti mismo. Si tu caballo se alabara diciendo “soy hermoso”, eso sería tolerable, pero si tú te jactaras diciendo “yo tengo un caballo hermoso”, te envanecerías por un bien que pertenece a tu caballo. ¿Qué hay de tuyo en eso? El uso de las ideas, de manera que cuando en el uso de esas ideas te ajustas a la naturaleza, es el momento de que te congratules, porque lo harás respecto de un bien que es tuyo.
Cap. 12 (VII)
En una navegación, cuando el navío ha recalado en la costa y bajas a buscar agua, puede que en el camino te afanes en recoger mariscos o raíces; pero siempre estarás con el pensamiento puesto en el barco, por si te llama el piloto, y entonces dejarás lo que estás haciendo, so pena de ser llevado a bordo amarrado como una oveja. Igual sucede en la vida, si te han sido dados una mujer e hijos, no te deben detener si te llama el piloto, como si fuesen mariscos o raíces. Corre hacia el navío dejando atrás todo, sin mirarlo siquiera. Y si eres viejo, no te alejes mucho del barco, no sea que un día falles al llamado.
Cap. 15 (XI)
Nunca digas “yo la he perdido”, sino “yo la he devuelto”. ¿Ha muerto tu hijo? Ha sido devuelto. ¿Ha muerto tu mujer? Ella ha sido devuelta. ¿Me han robado mi campo?… también ha sido devuelto…- Pero es que me lo ha robado un malvado – ¿Qué te importa el medio por el cual alguien te lo dio y lo ha recobrado? Mientras tú lo tengas, cuídalo como un bien de otro, así como lo hacen por la posada los que pasan por ella.
Cap. 24 (XVIII)
Cuando un cuervo lanza un graznido de mal agüero no te asustes, reflexiona de inmediato y di luego: ese graznido ominoso nada tiene que ver conmigo, sino que se refiere a mi pobre cuerpo, mis pocos bienes, mi escasa fama, o a mis hijos o a mi mujer. Para mí todos los presagios serán buenos si yo lo quiero así, porque depende de mí sacar provecho de cualquier cosa que pase.
Cap. 25 (XIX, 1)
Tú puedes ser invencible si te mantienes al margen de toda lucha en que la victoria no dependa de ti.
Cap. 26 (XIX, 2)
Cuídate de envidiar a todo hombre colmado de honores, investido de gran poder o enaltecido de cualquier modo. Porque si la sustancia del bien reside en las cosas que dependen de nosotros, no hay lugar para la envidia ni los celos. Tú no deseas ser estratega, senador o cónsul, sino que anhelas ser libre. Ahora bien, hay un solo camino que lleva a ese fin: es el desprecio por las cosas que no dependen de nosotros.
Cap. 24 (XVIII)
Cuando un cuervo lanza un graznido de mal agüero no te asustes, reflexiona de inmediato y di luego: ese graznido ominoso nada tiene que ver conmigo, sino que se refiere a mi pobre cuerpo, mis pocos bienes, mi escasa fama, o a mis hijos o a mi mujer. Para mí todos los presagios serán buenos si yo lo quiero así, porque depende de mí sacar provecho de cualquier cosa que pase.
Cap. 25 (XIX, 1)
Tú puedes ser invencible si te mantienes al margen de toda lucha en que la victoria no dependa de ti.
Cap. 26 (XIX, 2)
Cuídate de envidiar a todo hombre colmado de honores, investido de gran poder o enaltecido de cualquier modo. Porque si la sustancia del bien reside en las cosas que dependen de nosotros, no hay lugar para la envidia ni los celos. Tú no deseas ser estratega, senador o cónsul, sino que anhelas ser libre. Ahora bien, hay un solo camino que lleva a ese fin: es el desprecio por las cosas que no dependen de nosotros.
Cap. 36 (XXIX, 5, 6, 7)
Examina primero, entonces, cuál es tu proyecto y luego examina tu propia naturaleza para ver si puedes asumir la tarea. ¿Quieres ser pentatleta o luchador? Mira tus brazos, tus muslos, tus espaldas, porque cada uno tiene por naturaleza una aptitud específica. ¿Crees que si te comprometes con la filosofía podrías comer y beber como los filósofos y tener los agrados y desagrados que tienen ellos? Es preciso velar, fatigarse, dejar a los tuyos, ser despreciado como un esclavo maligno, sufrir las burlas de los transeúntes, no recibir honores, no ser considerado para los cargos importantes en la justicia y hasta en los menores asuntos. Examina bien esas posibilidades y si decides seguir adelante ganarás la impasibilidad, serás libre y alcanzarás la serenidad. Si no lo haces, no seas como los niños: hoy filósofo, mañana recaudador de impuestos, orador, actor, procurador del César. Debes ser un solo hombre, bueno o malo. Debes ejercitar la mente o preocuparte de las cosas externas, debes aplicar tus estudios a las cosas externas o a las interiores. Es decir has de ser filósofo o profano.
Cap. 40 (XXXIII, 1)
Practica desde ahora una conducta a la que te ciñas tanto cuando estés solo como cuando estés con otros.
Cap. 41 (XXXIII, 2)
En primer lugar, guarda silencio o habla solo lo indispensable en pocas palabras. Si “por excepción” te toca hablar, hazlo, pero no de cualquier cosa, como por ejemplo de los combates de gladiadores, carreras de caballos, atletas, ni de comidas y bebidas que es de lo que todos hablan. Menos aun de otras personas para criticarlas, alabarlas o hacer comparaciones.
Cap. 45 (XXXIII, 6)
Rechaza las invitaciones a comer que te hagan extraños y no filósofos; sin embargo, si alguna vez aceptas, cuídate de caer en vulgaridades. Recuerda que si el vecino está sucio, también se ensuciará quien lo toque por más limpio que esté.
Cap. 48 (XXXIII, 9)
Si te cuentan que alguien habla mal de ti, no te defiendas, pero comenta: “Lo que pasa es que él ignoraba mis otros defectos, si los hubiera conocido habría dicho más de lo que dijo”.
Cap. 55 (XXXIII, 16)
Es peligroso dejarse arrastrar por conversaciones obscenas. Si eso ocurre no vaciles, en cuanto lo permita la ocasión, en reprender al que lo haga o, por lo menos, en mostrar con tu silencio, bochorno y aspecto sombrío, el desagrado que te produce ese lenguaje.
Cap. 57 (XXXV)
Cuando hagas una cosa que sabes que hay que hacer, no te esfuerces para que te vean haciéndola, lo que muchos considerarían desfavorablemente. Pues si te equivocaras, tú mismo huirías del fracaso, pero si tuvieras razón, ¿qué tendrías que temer de los que te condenaron?
Cap. 63 (XLI)
Es señal de demencia pasar el tiempo preocupado del cuidado del cuerpo, dedicándose interminablemente a la gimnasia, la alimentación, la bebida, la digestión, la actividad sexual. Esas cosas son accesorias, lo que importa es el espíritu.