11/2/12

El inmenso Charles Dickens - I & II

Charles Dickens  por Franklin
Ariel González Jiménez

Para bien o para mal, las últimas voluntades de los escritores suelen ser desatendidas. “Pido a mis amigos que eviten que yo sea el protagonista de cualquier tipo de monumento o placa conmemorativa en ningún lugar”, fue la de Charles Dickens.

Pero nunca una última voluntad es suficiente. Quizás porque sus amigos ya no viven —y sí, en cambio, los que se reclaman no sólo como sus fervientes admiradores y, para colmo, paisanos— el ayuntamiento de Portsmouth, en el condado de Hampshire (sur de Inglaterra), donde nació el escritor, proyecta inaugurar desde hace un tiempo una estatua en su honor el 7 de febrero de 2012, cuando se cumplirán 200 años de su nacimiento.

Sería insólito que el proyecto se hubiera detenido respetando el deseo póstumo del autor de David Copperfield. Son más importantes los afanes turísticos que una simple petición hecha al borde la muerte, pero francamente tampoco creo que le haga ningún daño al difunto y tampoco a su obra. Es más: en tiempos en los que el imperio (más mediático que literario) de Harry Potter no parece dejar lugar a nadie, es justo que por lo menos en su ciudad natal los niños sepan que la orfandad, los parientes malévolos, los maestros y directores de escuela miserables, las aventuras con grandes amigos, los seres protectores, los primeros amores y otras esperanzas fueron la materia prima de un gran escritor que nació allí mucho antes del cine, internet y las redes sociales.

Se trata de un literato en el más cabal sentido de la palabra: un inventor de mundos interiores, pero también un retratista profundo de la ciudad (Londres) y su tiempo (la era victoriana). Ello a pesar de que, como escribe Harold Bloom, “nadie espera de Dickens que tenga los alcances cosmológicos de Cervantes, Shakespeare, Dante y Chaucer. Pero está justo debajo de ellos, tan henchido de vida como ellos…”

Decir Dickens es hablar de la universalidad y modernidad literarias a gran escala. El primer autor de best sellers, dirán algunos, pero lo importante es que detrás de los cien mil ejemplares que era capaz de vender semanalmente, en pleno siglo XIX, con alguna de sus novelas por entregas, está no una estrategia de ventas, sino la pura emoción que ofrece a sus lectores con personajes tan entrañables como Oliver Twist o la pequeña Nell, de Almacén de antigüedades.

Increíblemente —según lo refiere su mujer, Nadezhda Krupskaya en sus memorias—, Lenin rechazaba a Dickens. Cuenta ella misma que en una ocasión el jefe de los bolcheviques fue a ver una representación teatral de El grillo del hogar (un cuento fantástico que tiene como tema la vida en un hogar humilde; y efectivamente hay un grillo que juega un papel medular en la historia). La indignación de Lenin (frente a la paz y el amor conyugal ¡en una familia humilde!) no se hizo esperar: abandonó la sala molesto por lo que él calificó como mero “sentimentalismo burgués”.

Quién sabe qué esperaba el revolucionario ruso de esta obra, pero es un hecho que no fue lector (o un buen lector) del mejor Dickens, el mismo que parece narrar lo mismo que Karl Marx describió analíticamente en el capítulo XXIV de El capital: la expropiación que despoja de la tierra a los trabajadores, así como de sus medios de trabajo; es decir, los fundamentos mismos del modo de producción capitalista y su forma de propiedad privada que condenó en sus orígenes a la miseria y aun a la esclavitud a millones de personas.

Si la buena literatura es siempre un refugio, debemos considerar la obra de Dickens como el gran hogar en el que muchas personas, en tiempos muy duros donde los trabajadores eran menos que las máquinas y el desamparo y la explotación el pan de cada día, encontraron consuelo. Vieron algo o todas sus vidas reflejadas en esas historias de niños que huyen de la miseria, el abuso y la crueldad de una sociedad que sólo era mejor para una minoría.

Dickens sabía de eso. Su infancia fue como la de esos niños que antes que ir a la escuela van a una fábrica a entregar su vida por unos cuantos chelines a la semana. Vio cómo por deudas encarcelaron a su padre y compartió con su numerosa familia todas las desdichas que eso les trajo. A los doce, ya tenía un puesto en una fábrica donde su labor consistía en pegar las etiquetas de los botes de grasa para zapatos que ahí se producían. Su horario era infernal: diez o más horas repitiendo la misma, embrutecedora, operación.

Me gusta cómo lo relata Jesús Marchamalo (Escritores de la literatura universal, Siruela, 2009):
“Sus hijas, ya mayores, contaron cómo una vez, jugando a encadenar palabras —la precedente acababa en war—, Dickens vaciló, se mordió un labio, y dijo, como una retahíla, Warren’s Blacking Strand, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Era la dirección de la fábrica de betún.
Le dijeron qué calles no valían. Las reglas, en ese aspecto, eran estrictas.”
II

Charles Dickens por Luis M. Morales
Cuando Dickens se ponía navideño, fantástico o puramente sentimental no sólo no le gustaba a Lenin (como recordamos en la entrega anterior), sino a algunos escritores de la talla de Virginia Woolf. A cambio, contó siempre con la dilección de Chesterton, quien lo llamó “el último gran poeta”.

Sin embargo, a la distancia, más allá de la recepción crítica de su obra, prevalece por sobre todo, de modo incontrovertible, la profunda huella que ha dejado en muchas generaciones de lectores y la gran influencia que ha tenido en otros autores, por no hablar de su impacto en ámbitos tan populares como el cine.

Ahora bien, no es extraño que quien admiraba su penetrante mirada social se sintiera algo frustrado al descubrir —como han apuntado algunos críticos— que Dickens no reparara en los grandes movimientos obreros de la época, el cartismo, para no ir lejos, origen de la lucha sindical de los trabajadores ingleses frente a las implacables condiciones que les eran impuestas.

Pero las cosas siempre toman su lugar, y es claro que por mucho que sus personajes sufrieran la inclemencia social, Dickens no consiguió (no era su intención) un retrato riguroso como el que la historia económica ha hecho de ese periodo, pero sí uno de sus trazos más humanos e inolvidables. Así que quien quiera un acercamiento estadístico o analítico de esa etapa, hará bien en adentrarse en obras como La situación de la clase obrera en Inglaterra, de Federico Engels; pero quien desee conocer cómo la vida consigue sobreponerse al abandono, el hacinamiento, a las epidemias, al desprecio, a la maldad, al hambre y la explotación, acérquese al universo dickensiano. Ahí es posible contar con algo de suerte si se mantienen los sueños; ahí la voluntad enseña todo su vigor.

A colación de Oliver Twist, el crítico V.S. Pritchet encontró un Dickens que a través de su obra persistía en la idea de que “la creencia en la justicia, el conocimiento de la retribución y la compasión son evidentes en la naturaleza humana, y de que una buena dosis de terror y una larga y enmarañada trama de mala suerte y malignidad los traerán a la superficie”.

Se trata de tener todas las lecciones vitales a la mano. Por eso algunas de sus novelas vienen a ser pilares de eso que los especialistas conocen como la bildungsroman o novela de formación. El buen David Copperfield u Oliver Twist aprenden (y enseñan), como el propio Dickens, más de la calle que de la escuela, más de lo duro que de lo terso, pero terminan por hacer cumplir la observación de Pritchet: aun en un ambiente de criminales y por muy grandes que sean las perversidades que se enfrentan, siempre aflorará aquello que nos hace ser humanos.

Desde luego, hay un optimismo inmanente en todas estas historias con final feliz, pero no hay que olvidar que independientemente de su desenlace —que podría ser otro, claro—, lo que las hace imprescindibles es su ambición de felicidad: no alcanzarla, sino pretenderla tenazmente, incluso en las circunstancias que nos ponen a la defensiva.

Un opositor genial de este esquema feliz es J. D. Sallinger, quien se dio el lujo de abrir su maravilloso El guardián entre el centeno de manera que no cupiera la menor duda sobre el nuevo clima existencial que se vivía a mediados del siglo XX:
“Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas…”
Pero justamente por esa injusta referencia, uno no puede leer (especialmente) El guardián entre el centeno, sin pensar en Dickens. Porque viéndolo bien, quién es Holden Caulfield sino un personaje más en busca de sí mismo y, por risueño que parezca, de un hogar. Sus aventuras y desventuras no son a lo Copperfield, pero son. Y si vemos hacia Grandes esperanzas, quizás la mejor novela de Dickens, veremos que hay más de un punto de contacto desde la perspectiva de la bildungsroman. En todo caso, podemos sentir lo que dice Harold Bloom de Grandes esperanzas, “que nos hace volver a ser tal y como éramos antes de perder la inocencia, aunque ello nos avergüence y resulte doloroso. La novela apela a nuestra necesidad infantil de amor y de sentirnos nobles y buenos de un modo que es casi irresistible. Por qué debemos leerla es evidente: para volver a casa, para curar nuestro dolor”.