27/2/12

El Gramsci de Eric Hobsbawm

Karl Albert

Hace poco tiempo atrás se editó en nuestro país el libro Cómo cambiar el mundo del historiador marxista nacido en Inglaterra Eric Hobsbawm, el cual recomiendo fervientemente por su notable y riguroso trabajo de investigación que no se queda solo en describir la historia del marxismo y sus tendencias sino que lo relaciona en un potente ida y vuelta dialéctico con el presente. Una obra monumental, que algunos compañeros nacionales y populares parecen haber leído a las apuradas y llegando a conclusiones extrañas acomodando el relato según sus preconceptos, como cuando se dice que todo el libro lleva a concluir que “Hay que olvidar a Marx”, siendo que el mismo autor cierra su obra con este párrafo (página 424 de la edición de Editorial Paidós / Crítica):
La desintegración, incluso de un desmoronamiento del sistema existente [el capitalismo] ya no se puede descartar. Ninguna de las partes [capitalistas y marxistas / socialistas] sabe qué sucedería o qué podría suceder en este caso. Paradójicamente, ambas partes tienen interés en regresar a un gran pensador cuya esencia es la crítica del capitalismo y de los economistas que no fueron capaces de reconocer adónde conduciría la globalización capitalista, pronosticada por él en 1848 (…).
De nuevo resulta obvio que incluso entre importantes crisis, «el mercado» no tiene respuesta al principal problema que se enfrenta el siglo XXI: que el ilimitado crecimiento económico cada vez más altamente tecnologizado en busca de beneficios insostenibles produce riqueza global, pero a costa de un factor de producción cada vez mas prescindible, el trabajo humano, y, podríamos añadir, de los recursos naturales del globo. El liberalismo político y económico, por separado o en combinación, no pueden proporcionar la solución a los problemas del siglo XXI. Una vez más, ha llegado la hora de tomarse en serio a Marx.

En los capítulos 12 (“Gramsci”) y 13 (“La recepción de Gramsci - Gramsci en Europa y América”) hace un detallado análisis del pensamiento y acción del brillante intelectual sardo, del que no hay que olvidar -cosa que se suele hacer y no inocentemente- que fue uno de los fundadores y militante del otrora partido comunista mas poderoso de occidente, el italiano. De los mismos quiero compartir con ustedes algunos extractos:
“[Gramsci] hoy es conocido incluso por aquellas personas que en realidad no han leído sus obras. Términos tan típicamente gramscianos como «hegemonía» aparecen en los debates marxistas, e incluso no marxistas, sobre política e historia tan informalmente y a veces sin rigor como ocurrió con los términos freudianos en el período de entreguerras [Nota del autor: Me recuerda a cierto bloguero de la derecha peronista que suele citar con profusión cosas tales como “guerra de posiciones”, “guerra de trincheras”, “empate catastrófico” -que es una extensión del original de Marx “ruina mutua”- y otras tantas para sostener con piruetas increíbles la defensa de gente como Graciela Camaño y la mas rancia ortodoxia pejotista]. Gramsci se ha convertido en parte de nuestro universo intelectual. Su estatura como pensador marxista original -en mi opinión el pensador mas original de Occidente desde 1917- está ampliamente reconocida. Sin embargo, lo que dijo y por qué es importante todavía se atribuye al hecho que él es importante. A continuación, destacaré una razón de esa importancia: su teoría de la política.
Una observación elemental del marxismo es que los pensadores no inventan sus ideas en abstracto, sino que solo pueden entenderse en el contexto histórico y político de su tiempo. Si Marx siempre subrayó que los hombres hacían su propia historia -o si se quiere, elaboraban sus propias ideas-, también señaló que sólo pueden hacerlo bajo las condiciones inmediatas en que se encuentran, bajo condiciones determinadas y heredadas. El pensamiento de Gramsci es absolutamente original. Él es marxista y leninista (…) y a menudo resulta un marxista sorprendente. Por ejemplo, escribió relativamente poco sobre desarrollo económico y mucho sobre política, incluyendo escritos sobre teóricos como Croce, Sorel y Maquiavelo, que no suelen aparecer demasiado o en absoluto en las obras clásicas.
La Italia de su tiempo era, por así decirlo, un microcosmos del capitalismo mundial en la medida en que contenía en un solo país metrópolis y colonia, así como regiones avanzadas y regiones atrasadas [1]. Cerdeña, de donde provenía Gramsci, ejemplificaba la parte atrasada, por no decir arcaica y semi-colonial de Italia; Turín, con sus fábricas Fiat, dónde se convirtió en líder de la clase obrera, tanto entonces como ahora tipifica el estadio mas avanzado del capitalismo industrial y de la transformación de campesinos inmigrantes en obreros. En otras palabras, un marxista italiano inteligente que se encontraba en una posición insólitamente buena para comprender la naturaleza tanto del desarrollo del mundo capitalista como del «Tercer Mundo» y de sus interacciones. Por consiguiente, es un error considerar a Gramsci solamente como un teórico del «comunismo occidental». Su pensamiento no iba destinado exclusivamente a los países industrialmente avanzados ni era sólo aplicable a ellos.
(…) Italia era (y es) no solo un país católico sino un país en el que la Iglesia era una institución específicamente italiana, un modo de mantener el gobierno de las clases dirigentes sin, y al margen de, el aparato del Estado. Era también un país en el que la cultura de la élite nacional antecedía al Estado nacional [2]. Así pues, un marxista italiano sería mas consciente que otros de lo que Gramsci denominaba «hegemonía», es decir, las maneras mediante las cuales se mantiene la autoridad que no se basan simplemente en la fuerza coercitiva.
(…) La mayor contribución de Gramsci al marxismo es la de haber promovido una teoría marxista de la política. Porque aunque Marx y Engels escribieron mucho sobre política, eran reacios a desarrollar una teoría general en este campo, en gran medida porque -como señaló Engels en las famosas últimas cartas explicando el concepto materialista de la historia- pensaban que era más importante destacar que «tanto las relaciones jurídicas como las formas del Estado no podían comprenderse por si mismas, sino que radican en las condiciones materiales de vida» (…) Lenin sintió la necesidad de una teoría mas sistemática del Estado y la revolución, lo cual resulta lógico en caso de acceder al poder, pero como todos sabemos la revolución de Octubre sobrevino antes de que pudiera completarla (…) Gramsci trató de lidiar con ambos problemas, aunque algunos comentaristas me parece que se han concentrado excesivamente en uno de ellos, el estratégico. De hecho, bien podríamos decir que a Gramsci sólo le fue posible enfrentarse a ellos en sus escritos porque estaba en la cárcel, aislado de la política exterior, y escribía no para el presente, sino para el futuro.
Gramsci es un teórico político en la medidas que considera que la política es «una actividad autónoma» [3] dentro del contexto y los límites impuestos por el desarrollo histórico, y porque emprende específicamente la investigación «del lugar que ocupa o debería ocupar la ciencia política en una concepción sistemática (coherente y lógica) del mundo» [4]. Para él, la política es el núcleo no solo de la estrategia para alcanzar el socialismo, sino del propio socialismo, «la actividad humana fundamental, el medio por el cuál la conciencia individual entra en contacto con el mundo social y natural en todas sus formas» [5]. En resumen, el término es mas amplio de lo que comúnmente designa. Mas amplio incluso que la «ciencia y el arte de la política» en el sentido mas estrecho del propio Gramsci, que él define como «un cuerpo de reglas prácticas para investigar y de detalladas observaciones para despertar un interés por una realidad efectiva y para estimular un entendimiento político mas riguroso y más enérgico». Está en parte implícito en el concepto mismo de praxis: que comprender el mundo y cambiarlo son una misma cosa. Y praxis es lo que hacen, la historia que los propios hombres hacen, aunque en determinadas condiciones históricas -y de desarrollo- y no simplemente las formas ideológicas por las que los hombres se hacen conscientes de las contradicciones de la sociedad. Es, para citar a Marx, el modo en que «lo resuelven»; en pocas palabras, es lo que puede llamarse acción política. Pero también es en parte un reconocimiento del hecho que la propia acción política es una actividad autónoma, aunque haya «nacido en el terreno permanente y orgánico de la vida económica».

Se podría argüir que para Gramsci lo que constituye la base del socialismo no es la socialización en sentido económico -es decir, la economía socialmente poseída y planificada (aunque ésta es obviamente su base y su marco)- sino la socialización en sentido político y sociológico, es decir, lo que se ha denominado proceso de formación de hábitos en el hombre colectivo, que hará que el comportamiento social sea automático y eliminará la necesidad de un aparato externo que imponga normas; automático, pero también consciente. Cuando Gramsci habla del papel de la producción en el socialismo no es simplemente como medio para crear la sociedad de la abundancia material, aunque podemos señalar de paso que él no tenía dudas acerca de la prioridad de maximizar la producción. Porque el lugar del hombre en la producción era fundamental para su conciencia bajo el capitalismo; porque la escuela natural de esta consciencia era precisamente la experiencia de los trabajadores en las grandes fábricas. Gramsci tendía a considerar que las grandes fábricas modernas no eran tanto un lugar de alienación, sino mas bien una escuela para el socialismo.

Lo nuevo en Gramsci es la observación de que incluso la hegemonía burguesa no es automática sino lograda a través de la acción y organización política conscientes (…) Una clase ha de trascender lo que Gramsci denomina organización «económico-corporativa» para llegar a ser políticamente hegemónica; y esta es, a propósito, la razón por la que incluso el sindicalismo más militante sigue siendo una parte secundaria de la sociedad capitalista. De ello se desprende que la distinción entre clases «dominantes» o «hegemónicas» y «secundarias» es fundamental. Porque el principal problema de la revolución es cómo convertir en hegemónica una clase hasta entonces secundaria, que crea en sí misma como una potencial clase dirigente y sea creíble como tal para las demás clases. Aquí radica para Gramsci la importancia del partido -el «Príncipe Moderno»-. Porque completamente aparte de la importancia histórica del desarrollo del partido en general en el período burgués, él reconoce que la clase obrera solo desarrolla su conciencia y trasciende la fase espontánea «económico-corporativa» o sindicalista a través de su movimiento y organización, en su opinión a través del partido (…) Gramsci es profundamente leninista en su idea general del papel del partido, aunque no necesariamente en sus opiniones acerca de lo que debería ser la organización del partido en un momento dado o acerca de la naturaleza de la vida del partido. Sin embargo, en mi opinión, su propuesta de la naturaleza y las funciones de los partidos va mas allá que la de Lenin”.

Notas

[1] ¿Será por esa extraordinaria similitud con la Argentina que su pensamiento aquí es de absoluta vigencia?
[2] Otra extraordinaria similitud con nuestra realidad e historia.
[3] “Cuadernos de la cárcel”
[4] ibid anterior
[5] ibid anterior


II

El pensamiento estratégico de Gramsci no solo está, como siempre, lleno de introspecciones históricas brillantes, sino que tiene gran importancia practica. No es que Gramsci optase por una estrategia de guerra prolongada o posicional en Occidente, en oposición a lo que él denominaba ataque frontal o guerra de maniobras, sino cómo analizó estas opciones. Sabiendo de sobra que ni en Italia ni en gran parte de Europa iba a producirse ninguna revolución de octubre a partir de comienzos de la década de 1920 -ni había perspectivas realistas de que surgiese ninguna-, obviamente tuvo que considerar una estrategia de largo recorrido. Pero no se comprometió en principio con ningún resultado concreto de la prolongada “guerra de posición” que predijo y recomendó. Esta podría conducir directamente a una transición al socialismo o a otra fase de la guerra de maniobras y ataque o a alguna otra fase estratégica. No obstante, consideró una posibilidad que pocos marxistas han abordado con claridad, es decir, que el fracaso de la revolución en Occidente podría producir a largo plazo un debilitamiento mucho más peligroso de las fuerzas del progreso a través de lo que él denominó una “revolución pasiva”. Por otro lado, la clase dirigente podría conceder ciertas exigencias para prevenir y evitar la revolución y por el otro el movimiento revolucionario podría encontrarse en la práctica (aunque no necesariamente en teoría) aceptando su impotencia y quedando desgastado y políticamente integrado al sistema. En resumen, la “guerra de posición” tenia que estar sistemáticamente concebida como una estrategia de lucha más que simplemente como algo que los revolucionarios tenían que hacer cuando no había perspectivas de construcción de barricadas. Gramsci evidentemente había aprendido por la experiencia de la socialdemocracia anterior a 1914 que el marxismo no era un determinismo histórico. No bastaba con esperar que la historia condujese de alguna manera a los trabajadores al poder automáticamente.

Gramsci insiste en que la lucha para convertir a la clase obrera en una potencial clase dirigente, la lucha por la hegemonía, se tiene que librar antes de la transición al poder´, así como durante y después de acceder a él. Pero esta lucha no es simplemente un aspecto de la “guerra de posición”, es un aspecto crucial de la estrategia de los revolucionarios en todas las circunstancias. Naturalmente la consecución de la hegemonía, en la medida de lo posible, antes de la transferencia del poder es especialmente importante en países en los que el núcleo de la clase dirigente descansa en la subordinación de las masas en lugar de hacerlo en la coacción. Este es el caso  de la mayoría de los países “occidentales”, diga lo que diga la ultraizquierda y por más que no se ponga en duda el hecho de que en el último análisis la coacción está ahí para ser usada. El problema básico de la hegemonía, considerado estratégicamente, no es cómo acceden al poder los revolucionarios, aunque esta es una cuestión muy importante. Se trata de cómo consiguen ser aceptados, no sólo como gobernantes políticos existentes e inevitables, sino como guías y lideres. Hay obviamente dos aspectos: cómo conseguir el consentimiento y si los revolucionarios están preparados para ejercer el liderazgo. Está también la situación política concreta, tanto nacional como internacional, que puede hacer que sus esfuerzos sean más efectivos o más difíciles. Los socialdemócratas alemanes de 1918 probablemente habrían sido aceptados como fuerza hegemónica pero no quisieron actuar como tal. En ello radica la tragedia de la revolución alemana. Los comunistas checos podrían haber sido aceptados como fuerza hegemónica tanto en 1945 como en 1968 y estaban dispuestos a desempeñar ese papel, pero fueron incapaces de hacerlo. La lucha por la hegemonía antes, durante y después de la transición (sea cual fuere su naturaleza y velocidad) es crucial.

La estrategia de Gramsci tiene como núcleo un movimiento de clase permanente y organizado. En ese sentido, su idea de “partido” vuelve a la concepción del propio Marx -por lo menos en la etapa posterior de su vida- del partido como, digámoslo así, clase organizada, aunque él mismo dedicó más atención que Marx y Engels -e incluso que Lenin- no tanto a la organización formal como a las formas de liderazgo y estructura política y a la naturaleza de lo que él denominó la relación “orgánica” entre clase y partido. Ahora bien, en la época de la revolución de Octubre la mayoría de los partidos de masas de la clase obrera eran socialdemócratas. Gran parte de los teóricos revolucionarios, entre ellos los bolcheviques antes de 1917, estaban obligados a pensar sólo en términos de partidos o grupos de cuadros de activistas movilizando el descontento de las masas como y cuando podían, porque los movimientos de masas o bien no estaban permitidos o eran, a menudo, reformistas. Todavía no podían pensar en términos de movimientos obreros de masas permanentes y arraigados pero al mismo tiempo revolucionarios que desempeñasen un importante papel en la escena política de sus países. La experiencia histórica italiana le había familiarizado con minorías revolucionarias que no tenían esa relación “orgánica”, sino que eran grupos de “voluntarios”  movilizando como y cuando podían “en absoluto a partidos de masas… sino el equivalente político de bandas de gitanos o nómades” [Cuadernos de la cárcel]. Gran parte de la política de izquierdas incluso hoy en día -y quizá especialmente hoy- se basa asimismo y por razones similares no en la clase obrera real con su organización de masas, sino en una clase trabajadora nominal, en una especie de visión externa de la clase trabajadora o de cualquier grupo susceptible de ser movilizado. La originalidad de Gramsci es que él era un revolucionario que nunca sucumbió a esa tentación. La clase obrera organizada tal como es, y no como en teoría debería ser, fue la base de su análisis y estrategia.

El pensamiento político de Gramsci no era solamente estratégico, instrumental u operativo. Su objetivo no era simplemente la victoria, después de la cual comienza un orden y un tipo de análisis diferente. De vez en cuando toma algún problema o incidente histórico como punto de partida y a continuación generaliza a partir del mismo, no solamente sobre la política de la clase dirigente o de algunas situaciones similares , sino sobre toda la política en general. Esto es así porque es consciente en todo momento de que hay algo en común entre las relaciones políticas de los hombres en todas las sociedades o por lo menos en una gama históricamente muy amplia de sociedades; por ejemplo, como le gustaba recordar, la diferencia entre dirigentes y dirigidos. Nunca olvidó que las sociedades son más que estructuras de dominio económico y de poder político, que tienen una cierta cohesión incluso cuando están desgarradas por las luchas de clases (un concepto que ya apuntó Engels mucho antes), y que la liberación de la explotación proporciona la posibilidad de constituirlas en verdaderas comunidades de hombres libres. Nunca olvidó que responsabilizarse de una sociedad -real o potencial- es más que cuidar de los intereses inmediatos de clase o de sección o incluso de Estado: que, por ejemplo, presupone continuidad “con el pasado, con la tradición o con el futuro”. Por lo tanto, Gramsci insiste en la revolución no simplemente como la expropiación de los expropiadores, sino también como la creación de un pueblo, la realización de una nación; como la negación y el cumplimiento del pasado. En efecto, las obras de Gramsci plantean el importante problema, que se ha debatido muy poco, de qué es exactamente lo que se revoluciona del pasado en una revolución, y qué se conserva y por qué y cómo, de la dialéctica entre continuidad y revolución. Para Gramsci esto es importante  no en sí mismo, sino como medio de movilización popular y auto transformación, de cambio intelectual y moral, de autodesarrollo colectivo como parte del proceso por el cual, en sus luchas, un pueblo cambia y se sitúa bajo el liderazgo de la nueva clase hegemónica y su movimiento.

Aunque Gramsci comparte la habitual sospecha marxista de especulaciones sobre el futuro socialista, a diferencia de la mayoría de ellos, él no busca ninguna pista del mismo en la naturaleza del propio movimiento. Si analiza su naturaleza y estructura y desarrollo como movimiento político, como partido, tan minuciosa y microscópicamente, si rastrea, por ejemplo, el surgimiento de un movimiento organizado y permanente, en oposición a una rápida “explosión”, hasta sus elementos capilares y moleculares más diminutos (como él mismo los llama) , lo hace porque ve que la sociedad futura se sustenta en lo que él denomina “la formación de una voluntad colectiva” a través de dicho movimiento y solamente a través de dicho movimiento. Porque únicamente de este modo puede convertirse una clase subalterna en una clase potencialmente hegemónica, o si se quiere, estar capacitada para construir el socialismo. Sólo de este modo puede, a través de su partido, convertirse verdaderamente en el “Príncipe moderno”, en el motor político de la transformación. Y al construirse a sí misma, en cierto sentido establecerá ya alguna de las bases sobre las que se construirá la nueva sociedad, y algunos de sus perfiles aparecerán en ella y a través de ella.