21/2/12

El eslabón más débil: La desigualdad crece sin que nada, aparentemente, lo pueda evitar

Inti Muñoz Santini

A la memoria de Luis Javier Garrido

La vertiginosa sociedad moderna global de la que formamos parte está atravesada por la injusticia y la contradicción. Vivimos en un mundo en el que los derechos humanos, sociales, económicos, educativos y culturales no son accesibles para todas y todos y en el que la ciudadanía sigue siendo un espacio de acceso restringido, aun cuando las legislaciones nacionales, el derecho internacional y las declaraciones universales digan otra cosa.

La falta de ejercicio pleno de los derechos conquistados arduamente por la humanidad a través del tiempo produce, a su vez, que el ejercicio de la libertad y la vida democrática se pongan en entredicho. Quien tiene hambre, difícilmente irá a la escuela y, sin empleo, nunca tendrá derechos laborales o seguridad social. Quien cada día se tiene que enfrentar primero al reto de sobrevivir posiblemente venderá su voto; antes, luchará descarnadamente y a cualquier costo por tener un lugar dónde dormir y algo que comer. Condenada a la soledad, esa persona dejará la comunidad donde nació para buscar un improbable futuro en otro lugar o, en el menos peor y más frecuente de los casos, engrosará las filas de la economía informal. Para esa persona el sentido tradicional de comunidad ha dejado de tener sentido. Para esa persona el mundo conocido es solamente hostil.

Entre las distintas dimensiones de la exclusión social, la desigualdad económica es el factor que parece comenzar a cobrar la mayor de las facturas en el balance actual de los éxitos y fracasos del devenir humano. Decirlo no es nada nuevo y parecería un lugar común. Lo es. Sin embargo, ¿no es precisamente inhumano quitar el dedo de los renglones torcidos en nuestros lugares comunes? Más aún, si las tensiones mundiales producidas por la inequidad social y la exclusión salvaje van en aumento, ¿no valdría la pena preguntarnos con más ahínco si vamos por el camino correcto? ¿Así ha sido y será siempre? ¿Podría ser de otra manera?

Hay quienes, desde la ideología diseñada para defender el estado de las cosas, aseguran que esto no es una anomalía. Subliminal o expresamente, el pensamiento capitalista nos recuerda todos los días a través de sus poderosos medios comunicacionales planetarios que la desigualdad —la pobreza e inferioridad de unos y la riqueza y superioridad de otros— no sólo es inherente a la naturaleza humana, sino que es necesaria para que el mundo funcione. Así, no hay más que obedecer. Si usted considera que esto último es pura retórica temeraria y fatalista, sólo eche un vistazo a la historia de la filosofía política y sus debates, desde el Renacimiento hasta la sección financiera de su noticiario matutino favorito.

A sus 85 años, el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman ha emprendido una profunda reflexión en torno a las contradicciones producidas por la modernidad y, más recientemente, por la globalización. Bauman señala la existencia de una nueva realidad donde nada dura y todo es inasible para la mayoría de los seres humanos. Lo que hoy sirve al sistema global de consumo, mañana dejará de serlo y se volverá un residuo desechable, prescindible. Las personas, las ideas, las cosas, sólo valen en tanto sirven como objetos de consumo. Cuando han dejado de serlo, la marea implacable del mercado seguirá su curso, sin mirar atrás por las personas, las cosas o las ideas incapaces de ser útiles al sistema (1). La sociedad, así, se ha vuelto temerosa de sí misma y se ha impuesto un individualismo rapaz.

Ese individualismo es útil para aquellos que viven en la cumbre de la pirámide económica y tienen la capacidad de consumir bienes e información para moverse de un estado a otro con facilidad comprando la felicidad a cualquier costo; innovando las maneras de obtener más riqueza, deshaciéndose de lo innecesario y mutando para adaptarse con ligereza. El mismo individualismo es frustrante para las clases medias esclavizadas por la aspiración a pertenecer al estrato más alto, consumiendo ilusiones y productos milagro toda su vida sin lograrlo al final. Se trata de un individualismo inhumano que ata a los más pobres —a los que han perdido la posibilidad de consumir o de ser útiles— a un cruel y aciago destino sin escapatoria posible. El resultado es que la desigualdad crece sin que nada, aparentemente, lo pueda evitar.

Aunque para los defensores de la infalibilidad de la máquina financiera que gobierna nuestro destino global se trate de un simple daño colateral o un sacrificio necesario para que el planeta camine, la desigualdad social en la era contemporánea se ha vuelto endémica y acumula sus efectos sobre el segmento poblacional —la mayoría de la humanidad— que se vuelve cada vez más vulnerable ante el torbellino. La exclusión por pobreza trae después la exclusión por grado de instrucción, por género o por condición racial y éstas a su vez, traerán consigo otras exclusiones. Los viejos, las mujeres, los indígenas y los enfermos que además son pobres siempre tendrán a la vuelta de la esquina la calamidad siguiente.

La grieta que divide a los ricos de los desposeídos se ha ensanchado. Hoy el 90 por ciento de la riqueza mundial está en manos del 1 por ciento de la población planetaria, mientras que los 49 países más pobres del orbe reciben tan sólo el 0.5 por ciento del producto global (2). En medio de la crisis financiera y la recesión infinita que comienza a enquistarse en cada rincón de las economías locales, una buena parte del 99 por ciento que sólo puede acceder al 10 por ciento de los beneficios económicos producidos por el capital global, siempre vivirá asolada por la incertidumbre y el miedo a perderlo todo.

Para Bauman, cuando la política y la economía sirven a la filosofía consumista que promueve la ley del más fuerte, y cuando el sentido de comunidad de los individuos con intereses colectivos queda en segundo plano ante los dictados del mercado, las oportunidades seguras y legítimas que los más débiles pueden encontrar para acceder a un presente o a un futuro mejor se reducen hasta desaparecer. El problema es que el influjo de lo mercantil es tal que avasalla a la política, al Estado y a la democracia misma.

Al respecto cito a don Zygmunt:
“Tanto los políticos como los mercados de consumo anhelan capitalizar los difusos y nebulosos miedos que saturan la sociedad actual. Los comercializadores de servicios y bienes de consumo publicitan sus mercancías como remedios infalibles contra la abominable sensación de incertidumbre e indefinidas amenazas” (3). “Hoy tenemos un poder (el financiero) que se ha quitado de encima a la política y una política despojada de poder. Los Estados nacionales territoriales son distritos policiales de la ‘ley y el orden’, así como basureros y plantas locales de remoción y reciclaje de la basura que ocasionan los problemas y riesgos generados en el nivel global” (4).
¿Es eternamente sostenible un mundo como el que tenemos? Bauman increpa a los poderosos que han calculado la indestructibilidad de la estructura económica mundial a partir del dogma totalizador neoliberal obviando deliberadamente que los grandes puentes se derrumban cuando se rompe el eslabón más débil de la cadena que los soporta. ¿Hay alternativas a nuestro excluyente presente? ¿Qué tan lejos o cerca estamos de esas alternativas? Ya lo veremos. En tanto, no olvidemos que México es uno de los países más desiguales del mundo. Hagámonos cargo, que no tenemos mucho margen para errores de cálculo.

(Agradezco las aportaciones de Ernesto León Alba).

Notas

1 Ver Zygmunt Bauman, Vida líquida, Madrid, Paidós, 2010.
2 Ver Id., Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global, México, FCE, 2011, pp. 36-37.
3 Ibid., p.30.
4 Ibid., p. 35.

Título original: “El eslabón más débil”