8/2/12

Catorce años de leyenda en la República de Weimar

En “La cultura de Weimar”, Peter Gay propone una historia política de una época espléndida de la Europa del siglo XX.

José Fernández Vega

Si el siglo XX fue el de los extremos, según la famosa expresión de Eric Hobsbawm, la República de Weimar (1918-1933) los experimentó casi todos. Surgida del colapso del Imperio tras la debacle alemana en la Primera Guerra Mundial, sacudida en sus inicios por conmociones revolucionarias y presiones conservadoras o militares, y pronto sumida en la hiperinflación de 1923, acabó corroída por la inestabilidad política, agobiada por las reparaciones que exigían los aliados y, al fin, desmantelada por los efectos de la gran crisis económica de 1929. Guerra y revolución, crisis y contrarrevolución fueron los signos alrededor de los que gravitó durante sus catorce años de existencia. El ascenso al poder del nazismo marcó su hundimiento, y el inicio de un período aún más trágico y siniestro para el mundo entero.

Pero la República de Weimar, que recibió su nombre de la ciudad donde se proclamó su constitución (porque Berlín no era un lugar seguro), también fue un momento de increíble efervescencia cultural. La lista de logros y de personalidades que florecieron en aquellos años resulta inabarcable. La arquitectura y el diseño del grupo de la Bauhaus, las primeras piezas teatrales de Bertold Brecht y los experimentos de Piscator, Ser y tiempo de Martin Heidegger, las escuelas expresionistas en pintura y literatura, la publicación de grandes novelas de Thomas Mann y Alfred Döblin, los innovadores estudios de historia del arte del Instituto Warburg. No hubo ámbito artístico o académico donde no se dejara una marca perdurable para la cultura occidental.

Muchas figuras emigraron tras la toma del poder por Hitler y se convirtieron en referencias internacionales, como los teóricos de Frankfurt, el cineasta Fritz Lang, la actriz Marlene Dietrich (elevada a la categoría de ícono por su papel en la película El ángel azul). El elenco de nombres podría ampliarse sin esfuerzo: Einstein y Cassirer, Panofsky y Kandinsky son apenas algunos otros. En La cultura de Weimar, Peter Gay afirma, con razón, que “los exiliados del nazismo constituyen la mayor oleada de talento artístico e intelectual de la historia”. Sin embargo, a la idealización de las conquistas culturales de Weimar, Gay contrapone una interpretación moderadora. Mucho de lo que hizo eclosión en la época ya venía fermentando bajo el Imperio. Weimar habría actuado como catalizador de unas energías espirituales preexistentes. Eso no significa que, combinadas con un vertiginoso escenario político, dichas energías no hubieran generado un ambiente único. Si éste era deudor del pasado inmediato, también prefiguró algo de lo que vendría. El misticismo político y el antisemitismo abierto, el compromiso apenas verbal con el orden republicano de los conservadores allanaron el camino a la dictadura, así como la oprobiosa política socialdemócrata que confió la represión de los revolucionarios –el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebneckt, fue un primer episodio– a fuerzas de ultraderecha que actuaron con impunidad hasta el posterior asalto definitivo al poder de la mano de Hitler.

El libro de Gay ofrece un relato transparente, más perceptivo como historia política que denso como análisis cultural. Logra un panorama exhaustivo de las contradicciones de un período que, según escribe, “nació en la derrota, vivió en la confusión y murió en el desastre”.
http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Cultura-Weimar-Peter-Gay_0_635936413.html