23/2/12

Antonio Gramsci & Daniel Defoe: A propósito de Robinson Crusoe

Justo Serna

Para fundamentar la obra [¿Qué es la cultura popular?] se nos permitirá partir de un mito literario bien conocido: Robinson Crusoe. Como sabemos, el personaje de Daniel Defoe es un náufrago: habiendo pertenecido a la tripulación de un buque bien pertrechado, el joven ha de sobrevivir en una isla tras la tormenta que hunde su navío. Robinson desoye los consejos del padre, un buen burgués que había tratado infructuosamente de frenar sus ansias aventureras, y se embarca con consecuencias desastrosas. O no, pues no era tan adverso su destino si había conseguido mantenerse con vida.

En principio sólo parecía tener condiciones de marinero, pero, pronto, la necesidad de supervivencia y la estricta soledad le fuerzan a organizarse. En efecto, el joven burgués   descubre  su destreza, la de un tipo habilidoso que, tras recoger los pecios del barco, se construye un entorno defensivo.

La naturaleza furiosa, que lo ha puesto a la deriva, es después una amenaza constante para la frágil constitución del náufrago: al fin y al cabo, Robinson sólo es un muchacho que ha de aprender a vivir por su cuenta tras haber sido arrojado a una isla de la que nada conoce. De entrada, cree ser incapaz de elaborar cosas, objetos materiales. Sin embargo, poco a poco saca de su interior esas cualidades de fabricante que tiene y que ignoraba poseer: un repertorio de conocimientos que había aprendido en su Inglaterra natal.

Como dirá Karl Marx en algún pasaje de su obra, Robinson no es un tipo incompetente o sin habilidades: al contrario,  al menos potencialmente ha sido socializado en múltiples saberes y destrezas de las que ahora saca fruto. No es, pues, un individuo desnudo y sin atributos. Es portador de la cultura inglesa, añade Marx. En efecto, ha sido educado en una familia de comerciantes, sabe leer y escribir y, por tanto, ha enriquecido su mundo interior con libros y erudiciones que no actualizará completamente hasta que la necesidad le obligue a ello. Poco a poco irá descubriendo que Inglaterra le ha dado la capacidad para obrar  y para crearse un espacio hospitalario, que es lo que bien pronto hace. La primera parte de la narración es un relato de sus mañas como fabricante, pero también de sus cavilaciones, de su pericia para sobrevivir con audacia e imaginación en un entorno que se lo niega todo.

Evocar la figura de Robinson hablando de Gramsci no es una arbitrariedad. El personaje de Daniel Defoe será un referente personal, biográfico, durante toda su vida. Incluso cuando esté en la cárcel: o precisamente por ello. Recordará la novela como texto fundamental, como el libro que todo muchacho debería leer para soñar, para imaginar la libertad de los mares. Aquel volumen, disfrutado cuando era muy jovencito, había hecho de él un “intrépido pionero”: en efecto, le obliga a adoptar hábitos bien curiosos. Por ejemplo, no salir nunca de casa sin llevar en el bolsillo algunos granos de trigo y cerillas envueltas en un trozo de tela encerada: vamos, lo básico para sobrevivir por sus propios medios si la fortuna lo arrojaba a una isla desierta.

Esa es su condición de encierro. Cuando escribe sus cuadernos, una parte de los cuales el lector podrá descubrir después,  Antonio Gramsci  está efectivamente en la cárcel, reducido a prisión por la justicia mussoliniana: está, pues, forzado a un aislamiento que lo separa y que lo enajena de su entorno habitual. Apartado, distante del mundo, náufrago, sin los medios que le habían rodeado, Gramsci deberá  rehacer su propio espacio con medios escasos, pero sobre todo con las erudiciones bibliográficas y los recursos académicos –los estudios filológicos– con los que se había formado.

La impresión de derrota, de marchar a la deriva es un dato frecuente de su biografía, algo que revive tras su encierro carcelario. El joven Antonio-Robinson siente ese riesgo y experimenta la vida como una aventura en parte deseada y en parte involuntaria. Si está en prisión se debe en parte a su coraje y su compromiso.

En 1927, cuando lleva ya unos meses en la cárcel, escribe una misiva a su esposa pidiéndole –como tantas veces hará– informaciones de sus hijos, incluso fotografías. No quiere perderse su crecimiento y no quiere que su aislamiento y su naufragio físico y emocional acaben con él. Aún está muy joven y todavía soportará con entereza este episodio largo de su existencia. Confía mucho en su resistencia y espera la remontada, encontrar el rumbo. Es, por supuesto, algo metafórico y es algo literal que él anota en su carta:
“¿Cual es mi estado de ánimo? (…) ¿Cómo puedo resumirlo? ¿Te acuerdas del viaje de Nansen al Polo? ¿Y te acuerdas de cómo se desarrolló? Como no estoy muy convencido, te lo recordaré yo. Nansen, tras estudiar las corrientes marinas y de aire del Océano Ártico y observar que en las playas de Groenlandia se encontraban árboles y residuos que debían ser de origen asiático, creyó que podría llegar al Polo, o al menos cerca de él, haciendo transportar su barco por los hielos. De modo que se dejó aprisionar por los hielos y durante tres años y medio su barco se movió sólo cuando se desplazaban, lentísimamente, los hielos. Mi estado de ánimo puede compararse con el de los marineros de Nansen durante este viaje fantástico, que siempre me ha impresionado por su concepción verdaderamente épica”.
La existencia de Gramsci es también un viaje fantástico, al menos la vive así: la vive como si de una aventura épica se tratara. No hay infantilismo alguno en su posición. La literatura le sirve para instruirse moralmente, para darse aire, quizá con la esperanza de que le arranque del forzado sedentarismo, del aislamiento. Es una aventura del conocimiento, un ventarrón que mueva su pesada carga.

Título original: “Naufragio y supervivencia”