6/2/12

Aflojen la red que me tengo que bajar…

“búsquenme donde se detiene el viento; / donde haya paz o no exista el tiempo… / búsquenme, me encontrarán…”: León Gieco

Especial para Gramscimanía
Rolando “El Negro” Gómez

Me subí a la red para tratar de implementar una idea por demás peregrina: buscar al Turco.
Hace unos días, de puro curioso y entrometido, vi una foto de él en la red de otra persona.  Era el mismísimo Turco de aquellos años idos.  La misma pícara semblanza, los mismos ojos saltones y profundas ojeras semíticas de villano de película de Disney.  Sólo que hoy tiene el pelo blanco; larga barba y melena blancas. Pensé que por fin tenía la oportunidad de entregarle mi carta, la Carta al Turco.

Escribí esa carta ya hace muchos años.  Nunca pude mandársela, porque nunca supe adónde.  Lo único que sabía de su paradero es que en su momento había salido exilado a México.

El contenido de la carta ya hace mucho tiempo que dejó de ser personal.  La carta misma fue en su momento también una búsqueda, una indagación interior.

La vida es un anaquel cargado de anécdotas, y tal vez la anécdota que dio origen a mi Carta al Turco valga la pena ser contada en toda su extensión algún día, hasta donde la memoria me lo permita.

Pero bueno, a pesar de haber estado advertido de los riesgos, quise aprovechar el supuesto milagro de las comunicaciones modernas para finalmente entregar mi carta, y se me ocurrió la idea de buscar al Turco en la red, por lo que me subí a la misma.  Y lo lamento.

Fue peor que subirse a un pesero de la línea “todo Churubusco-Insurgentes”, cosa que hago a menudo por necesidad, y tengo que soportar el ruido estridente y las conversaciones de gente extraña a los gritos, mientras el pesero está trancado en tráfico, sin poder bajarme.  Muy raras veces encuentro en el pesero alguien con quien platicar de algo relevante, en medio del bullicio ajeno.  Casi idéntico a la red.
En la red todo el mundo tiene un “muro” (¡vaya antonomasia para “soga de colgar ropa lavada”).
Yo colgué en “mi muro” una foto mía, para que el Turco eventualmente me reconozca.  Elegí una en la que aparecen Bombón y mi barriga, en eso de proyectar una imagen determinada.  La foto fue tomada en mi refugio favorito de pesca de trucha, y sin proponérmelo resultó de alguna manera alegórico, porque en realidad lo que estaba haciendo era pescar: tiré mi línea de pesca, con boya y carnada, en las mansas (por lo menos así lo creía) aguas cibernéticas, a ver si el Turco picaba.

Completé mi “perfil” con algunos datos.  Rehusé responder a datos de religión e ideología política, pero no pude evitar el impulso primitivo de declarar mi afición por lo diablo rojo.  Juro que me salió de adentro.
No sé si es culpa mía o no (seguramente que sí, pero totalmente sin intención), pero lared mandó un correo electrónico en mi nombre a todas las direcciones de correo electrónico en mi ordenador, con el siguiente mensaje: “Hola, Heinz AlfredKissinger: Rolando Gómez te invita a unirte a la red.  Después de registrarte, podrás ver las fotos, actualizaciones de estado, etc. de estos amigos…¡y compartir las tuyas!”…por suerte el genocida no contestó.

Si tengo que usar una palabra para describir la red, una de las primeras que se me viene en mente es…promiscuidad.

Sin embargo, seguí adelante por unos días.  Colgué también una foto de mis nietos, suponiendo que por esa vía puedo de alguna manera sentirme más abuelo de lo que soy, o de lo que la vida nómade me permite ser.  A algunos de mis nietos les gustó, pero hasta ahí.

Al segundo día, de las aguas mansas reflotaron varios amigos que, como todo el mundo, afortunadamente los tengo.

Tengo amigos que han subsistido y perdurado a lo largo de los años, la vida nómade, las discrepancias políticas y los trapitos sucios.  La clase de amigos que no necesita de un día particular para festejar nuestra amistad, ni de un “muro” para declararlo.

Platico con mis amigos.  Comparto mis callos a la madrileña con ellos.  Discutimos.  Comentamos un libro.  Disentimos.  Nos enojamos.  Volvemos a compartir el vino y el asado.  Volvemos a disentir.  Ninguno de ellos necesita colgar la ropa limpia en un muro.

Tengo también, como todo el mundo, parientes.  A diferencia de los amigos, uno no los ha elegido.  Son el producto de la casualidad genética y de alguna manera de la casualidad social.  A muchos de ellos uno ama, a otros no tanto.  Sobre todo no tanto a aquellos que lo han corrido a uno a patadas de sus casas en los años de la ira y las barricadas.

Bueno, la red te conecta con todos ellos.  Con los que amas y los que no.  Y a todos los sugiere como “tus amigos”.

Como la redregistra tu origen, tu ciudad natal, tu preferencia deportiva, o cualquier otro dato que ingenuamente se te haya ocurrido dar, la red comienza a sugerirte “amistad” con medio mundo.  “Personas que quizá conozcas”, te dice la red.  Por supuesto, uno no se imagina la potencial amplitud promiscua de un par de datos entregados ingenuamente, que desparramados en la red en polaridad binaria de ceros y unos, casi como una suerte de polaridad metafísica, alcanza proporciones gigantescas.

Una de esas “personas que quizá yo conozca”, tiene orgullosamente en su “muro” la cantidad de…¡1.451 “amigos”!  Me acuerdo clarito del número porque es casi idéntico a la numeración de la casa de mi vieja en Tucumán.  Algunos amigos más, y esta persona “que quizá” seguramente yo nunca conozca, termina por ahí más al norte, en el lúgubre Centro Clandestino de Detención Arsenal.  ¿Cómo será posible tener tantos “amigos”?  ¿Serán amigos verdaderos, como aquellos que me critican siempre el asado porque se arrebató?  Sinceramente lo dudo.

La red, que todo lo ve y todo lo sabe, te manda también repetidos correos electrónicos con toda eventualidad posible que ocurra en ella: “fulana etiquetó tu foto”; “mengano es ahora amigo de sutano”; “Artemio quiere ser tu amigo”; “Malena se tiró un pedo”.  Tu casilla de correo electrónico se vuelve insoportablemente un colector de basura.

Una cosa que la red le permite a tus “amigos”, es colgar su ropa limpia en tu soga.  Sí.  Mis verdaderos amigos me pedirían permiso, y usarían sus propios broches.  Pero si aceptaste a alguien como “amigo” en la red, ese alguien puede escribir en tu “muro” lo que se le antoje.

He visto “muros” con terribles atentados suicidas a la sintaxis, la ortografía y el buen gusto.  En mi propio muro, mis nietitas escribieron sus puerilidades de pre-adolescente, que por supuesto entiendo y acepto como tales.  Pero no vaya a ser…

Otra palabra que define la actividad de la red es voyeurismo.  Antes, cuando un amigo te presentaba su amigo en el bar, uno le estrechaba la mano, le comentabas del partido del domingo o de la humedad, te tomabas la ginebra, te terminabas el especial de la casa, y te despedías con un chau, mucho gusto, flaco.

La redahora te permite saber detalles espeluznantemente privados de los amigos de tus amigos.  Al alcance de un click, uno se entera que tal persona tiene un hijo testigo de jehová, o admirador de leidi gaga, u otro que está separado y busca pareja, de las preferencias sexuales de aquel, sus ideas políticas, sus películas favoritas, cantidad de “amigos”, y otros detalles privados o totalmente irrelevantes.  Verdadero voyeurismo, y una promiscuidad tal que hubiera generado en el bar de la esquina una verdadera revuelta.  El bar hace tiempo hubiera tenido que cerrar para proteger los ceniceros de vidrio y las vitrinas de los sánguches.  Así eran (son) los verdaderos amigos.

En este punto debo admitir que hay gente que usa la red para difundir, abierta y legítimamente, su obra artística o sus ideas políticas, y nada más que para eso.  No cuelgan corpiños limpios.  Lo considero legítimo, pero allá ellos.

En lo que a mí respecta, no estoy seguro de que la red sea el lugar apropiado para militar por una causa política o social.  Sobre todo si la misma es anti-sistema.

Cuando yo era joven, uno militaba en movimientos, tendencias, fracciones, partidos o células.  Al parecer, hoy en día la red te permite militar en espacios.  Una nueva palabra de márquetin para definir lo indefinible: “espacio de militancia”.  Nos quieren hacer creer que Plaza Tajrir ocurrió gracias a la red y a sus “espacios”.  Yo prefiero seguir insistiendo en la vieja explicación: “maduración de las condiciones objetivas y salto cualitativo en las concienciasubjetiva de las masas, que actuaron por un momento, aunque parcialmente, con independencia de clase”.  Lo siento; pura guardia vieja.

Aunque ya hace años que no milito en la célula de la Ford, ni escribo el volante semanalque se distribuía en puerta de fábrica, un “espacio de militancia” no es el reemplazo que busco.  Aunque la red me permita usar su“espacio de militancia” para unirme a legítimas, relevantes y remotas causas en cualquier parte del mundo, creo que prefiero quedarme en Coyoacán tranquilo, y seguir considerando al “espacio” como a una variabledentro de las leyes de la física newtoniana, que por lo menos son definibles.

Por último, para no aburrirlos: la red es una verdadera red.  Te atrapa para siempre.  No puedes salir de ella.  Una vez que abres una cuenta, no puedes borrarla ni cerrarla.  Puedes solamente quitar tu foto, borrar tus “amigos” y tu “perfil”, pero no te puedes salir.  Nunca.

Así es que me siento como una tortuga atrapada en la red de un barco atunero.  Lo único que puedo hacer es ocultar la cabeza y las patas, y esperar que algún marinero algún día me tire otra vez por la borda al ancho mar.

¿Y al carta al Turco?  Seguirá sin llegar a su destinatario.  Después de todo, se trataba de una búsqueda interior.

Además, luego de tantos años, uno no puede saber si el Turco, de loco-lindo-anarquista-juvenil, quien pudo hacerme reír en las condiciones más adversas, no devino en funcionario perredista del gobierno del DF o funcionario kirchnerista del gobierno del Chaco.

Uno nunca sabe.  Yo no quiero saberlo. Dejé de buscarlo.

En la red, me oculto.  No me busquen.



Carta al Turco

Longview,Texas.  March of 1998

Señor M. A. (Turco)
Establecimiento Penitenciario de Trelew
Pabellón B
Provincia de Chubut
Argentina

Estimado Turco:

Te parecerá muy extraño que te escriba después de tantos años y después de tanta vida.
Casi sin saberlo, durante todos estos años guardé en algún lugar de mi memoria el recuerdo de tu terrible necesidad de recibir una carta en el penal, ahora que levantaron la prohibición.

Disculpame si llega un poco tarde; me costó toda esta vida decidirme a escribirla.

Yo sé que no tenés quién te escriba.  Tu hermana está rajada y el resto de tu familia demasiado asustados como para correr el riesgo de ser marcados.  Creéme que lo entiendo y yo sé que vos lo entendés mejor.

Tu ocurrencia ayer de mandarte una carta a vos mismo me pareció genial.  Solamente a un anarco como vos se le puede ocurrir semejante idea.

La verdad es que cuando el yuga gritó tu nombre en la reja del pabellón, me cagué todo.  Estoy seguro de que el resto de los compañeros también se preocupó.  Te vimos pasar hacia la reja y pensamos lo peor.

Pero de pronto todo el pabellón se rió al escuchar tu conversación con el yuga.  Me imagino la cara del tipo cuando le explicabas porqué te mandaste una carta a vos mismo.  ¡Qué bien la hiciste, Turco!

Lo más ridículo del asunto es que los idiotas del penal alcanzaron a ponerle un sello postal y todo.  Ahora no te podés quejar de la eficiencia del correo argentino.

Decime, ¿qué te contás en tu carta? ¿acaso algo importante que pueda pasar la censura?


Como yo sé que mi carta sí va a pasar, te cuento que mi celda debe haber sido tan fría como la tuya.  Mi impresión de Trelew es un poco distinta a lo que antes me imaginaba: esto parece un hospicio de locos, más que una cárcel.  Es tan blanco y ordenado que da asco.  Dicen que no era así antes de la fuga.  Dicen que cambiaron completamente el penal y lo convirtieron realmente en penal de máxima seguridad.  Estas chapas soldadas a la claraboya de la puerta de la celda no estaban antes de la fuga.  No sé si te diste cuenta, pero no nos podemos ver ni hablar a no ser que estemos totalmente vigilados cuando nos dejan salir a recoger el rancho.

Escuché que en algún momento nos van a dejar salir al centro del pabellón a todos juntos por las tardes.  Por lo menos vamos a disfrutar de los calentadores de gas.  Libros, ni qué hablar.  Lo único disponible es lo que algunos compañeros pasaron encanutado en paquetes de cigarrillos, pero escuché que casi todo es literatura de los Focos.  En fin, algo es algo.

¿Podés creer que esta es la primera vez en mi vida de provinciano norteño que veo una gaviota de cerca?  ¡Mirá vos las circunstancias!  En estos días se asentaron unas gaviotas en la ventana de mi celda.  Estoy seguro que también en la tuya, aunque no sé si tu celda da al este.  En todo caso no te perdés mucho, porque igual no se puede ver un carajo; la ventana está demasiado alta.

Lo peor de esta celda es la pulcritud y la soledad.  O la soledad pulcra, como prefieras.  Me parece que en este momento preferiría un poco de mugre que me conecte a la libertad, en vez de esta pulcritud que me parece diseñada para quebrar la razón.

Estoy seguro de que vos pensás en lo mismo.  Tal vez por eso te escribiste una carta y tal vez te contaste en ella las mismas cosas.

Un abrazo, Turco, donde quiera que estés…

Mulqui