6/1/12

Sobrevivir a la muerte: Las extravagancias y secretos de las necrópolis


Alejandro Patat 

El interés y la curiosidad por los cementerios que siente el ensayista italiano Giuseppe Marcenaro nació, según cuenta el mismo autor en  Cementerios. Historias de lamentos y locuras , luego de una visita al mausoleo de los Ben Sedik, en el sur argelino, donde reposan los restos de la familia que más combatió la colonización extranjera del país africano. Pero ni la atmósfera alucinada de ese monumento suspendido en el paisaje inmóvil del desierto, ni el respeto que impone la percepción de lo sagrado condujeron a Marcenaro a una indagación filosófica o poética acerca de la muerte. En su largo viaje a lo largo de más de veinte años por los cementerios, Marcenaro se propuso "descubrir domicilios banales y tomar la vida como viene. Buscaba el propio lugar en el mundo. Un lugar definitivo. Sin entusiasmos. La revelación final de la fragilidad de cada cosa".

En efecto, el viajero no frecuenta, como millones de turistas, los cementerios "masivos", señalados en las guías, en busca de "caros extintos", sino que se adentra en la memoria de ciertos muertos y de ciertos vivos, afectos a la muerte. Así, una variopinta serie de casos desfila por el libro: Helen Hanff, bibliófila estadounidense que viaja por primera vez a Londres en 1971, para visitar la librería cerrada desde la cual, durante una vida entera, sus fieles libreros le habían mandado con devoción los ansiados volúmenes.

Tumba de Rimbaud
La ciudad espectral de Charlesville, que custodia los restos de Rimbaud. La tumba de Brecht, sepultado junto a su esposa, quien, tras años de infidelidad conyugal del marido, excluyó del último reposo a todas sus amantes. La Plaza Roja y el cementerio de Novoideivich, "verdadera enciclopedia rusa". La escultura de Victor Noir, en el Père Lachaise, cuyo abultado sexo es religiosamente tocado por las novias de París el día de sus bodas, para exorcizar una vida erótica lamentable. La travesía fúnebre de Walter Benjamin hacia Port-Bou, la pérdida de su último manuscrito y la fosa común. El cementerio judío de Praga, con su espasmódica superposición de lápidas. No faltan macabras historias de necrófilos, fetichistas, perversos, deprimidos y lunáticos.

Tres breves relatos cierran el libro: la actual construcción del Memorial de la Sangre Esparcida en Ekaterinburgo, donde tuvo lugar la matanza de los Romanov; la triste historia de la muerte de John Kipling, el hijo del famoso novelista, y la espeluznante "urbanización" forzada de la colosal Ciudad de los Muertos, en El Cairo, ocupada por familias paupérrimas, que establecieron en cada bóveda una casa, un negocio, un bar.

La cifra del libro es el amargo e irónico desencanto. Lejos resuena el eco de la famosa  Elegía  de Thomas Gray, que con temblor romántico cantaba a la muerte en un cementerio campestre, y aún más distante la poesía de  Los sepulcros  de Ugo Foscolo, que invocaba con melancolía "la correspondencia de amorosos sentidos" entre los vivos y los muertos y evocaba la memoria de los grandes que construyeron la patria. El libro pareciera más bien recordar con inteligencia que así como en la vida se mezclan la comedia y la tragedia, de la misma manera el cementerio reclama una visión indulgente y socarrona del más allá y del más acá. Y sobre todo, a través de una pormenorizada descripción de túmulos, reliquias, huesos, cenizas y todo tipo de tráfico fúnebre (basta recordar el itinerario asombroso del pene de Napoleón), el volumen intenta poner de relieve la máxima locura humana: el anhelo por sobrevivir a la propia muerte.
http://www.lanacion.com.ar/1436818-sobrevivir-a-la-muerte

 Giuseppe Marcenaro nació en Génova en 1952. Crítico de arte y de fotografía, periodista cultural, escribió varios libros sobre Liguria y una notable biografía de Eugenio Montale.