1/1/12

“Revolución blanca”, banderas rojas y fuerzas en la sombra


Jean-Marie Chauvier

¿“Los” rusos contra Putin"? ¿Una “revolución blanca” (o naranja)? ¿Una “primavera rusa” a imagen y semejanza de la “primavera árabe”, contra un “sistema cerrado” o incluso contra “la dictadura” de Vladímir Putin? ¿La temible inminencia del “retorno a la URSS”? Como cada vez que se trata de este país, las tendencias a la exageración y a la caricatura parecen irresistibles. Los frecuentes errores de pronóstico de los medios de comunicación, sin embargo, deberían incitar a la prudencia.

Escudo de la URSS
Las nuevas turbulencias rusas tienen un punto de partida: las elecciones legislativas del 4 de diciembre de 2011, esperadas como una simple formalidad con vistas a preparar el éxito —garantizado y prefabricado— de Putin en las presidenciales de marzo de 2012 y garantizarle supuestamente dos mandatos sucesivos hasta 2024. Una perspectiva terrible para la oposición. El escrutinio no iba a deparar ninguna sorpresa. Según el Centro Levada, un instituto de sondeos de opinión de tendencia liberal, “la inmensa mayoría de rusos se declaran convencidos de la victoria de Rusia Unida el 4 de diciembre y la apatía electoral de esta situación beneficia a Vladímir Putin”.


La primera sorpresa estriba por tanto en los resultados que castigan al partido en el poder. Está claro que el castigo no es demasiado “aplastante”… En comparación con 2007, Rusia Unida (RU) retrocede del 64,30 % al 49,32 %, el Partido Comunista (PCFR) sube del 11,57 % al 19,19 % y su rival de izquierda, Rusia Justa (RJ), socialdemócrata, pasa del 7,74 % al 13,24 %, mientras que el Partido Liberal-Demócrata (PLDR, de extrema derecha) asciende del 8,14 % al 11,67 % y el partido liberal Yábloko lo hace del 1,59 % al 3,43 %, un porcentaje que no le permite franquear la puerta de la Duma.

La segunda sorpresa es que gracias a los militantes de los partidos de oposición, a la vigilancia de la organización no gubernamental Golos —financiada por EE UU a través de USAID y el National Endowment for Democracy— y a los observadores de la Organización de Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE), se detectan “fraudes masivos”. Inmediatamente, la protesta salta a las calles, donde se producen enfrentamientos y detenciones, que en ocasiones se limitan a la retención durante unas horas y en ocasiones comportan condenas judiciales y el encarcelamiento durante varios días. Sin embargo, la visión de una Rusia “a sangre y fuego” responde a una exageración por parte de ciertos medios occidentales; el colmo fue la cadena estadounidense Fox News, uno de cuyos reportajes sobre los incidentes en Rusia se “ilustró” con imágenes de los disturbios que hubo… en Grecia. El punto culminante de esta primera oleada de protesta fue el mitin de 30.000 a 40.000 participantes celebrado el 10 de diciembre en Moscú. Un éxito relativo en una ciudad de 11 a 15 millones de habitantes en el área metropolitana moscovita y a la vista de las escasas movilizaciones que hubo en el resto del país. Pero también un éxito inesperado después de 17 años (desde 1993) de apatía política.

“Es lo nunca visto”, se diría, pero en realidad ya se han visto bastantes cosas: las revueltas de 1992-1993 contra la “terapia de choque”, marcadas por el bombardeo del Parlamento el 5 de octubre de 1993, las huelgas y protestas contra los retrasos en el pago de salarios en 1998-1999, los 500.000 manifestantes, en 2005, contra la supresión de diversas ventajas sociales. Pero es cierto: jamás se había visto una protesta política de esta naturaleza, de esta amplitud, movilizando a una nueva generación. Las razones y los objetivos de esta revuelta no son menos dispares.

Podemos distinguir tres componentes: una contestación radical de “fuera del sistema”, la oposición institucional, sobre todo comunista, y la nueva ola, espontánea y repleta de incógnitas, de los blogueros aparentemente libres de todo vínculo político, aunque…

La contestación política de “fuera del sistema”

A menudo llamada “naranjista” por alusión a la Ucrania de 2004, ha sido rebautizada por boca de su líder, el liberal Borís Némtsov, con el nombre de “revolución blanca” o “de las nieves”. Se han repartido masivamente cintas blancas, y esta carga simbólica recuerda a las “revoluciones de colores”. La elección del color blanco, por cierto, no puede considerarse en Rusia del todo inocente: recordemos que en la guerra civil de 1917 a 1922 se enfrentaron los “rojos” y los “blancos”. Las formaciones más destacadas (sobre todo en los medios occidentales) son el movimiento Solidarnost y el Partido de la Libertad del Pueblo (Parnas). Quien más habla en su nombre es Borís Némtsov, que parece aspirar a un retorno triunfal.

Brazo derecho de Borís Yeltsin en la década de 1990, exconsejero del presidente de Ucrania, Víktor Yúshchenko (2004-2010), antiguo dirigente de la Unión de Fuerzas de Derecha (SPS), Némtsov fundó en 2008, junto con el antiguo disidente soviético Vladímir Bukovski y los dos animadores del Frente Cívico Unido, Gari Kaspárov e Ilyá Yashin, el Movimiento Democrático Unificado Solidarnost, una coalición de partidos y defensores de los derechos humanos. Su nuevo partido de derecha liberal, el Parnas, cuenta en sus filas con otras personalidades muy conocidas en Occidente: Vladímir Ríshkov, antiguo dirigente de la época de Yeltsin, y Mijaíl Kasiánov, quien ocupó diversos cargos del ámbito económico y financiero en la década de 1990 y fue primer ministro del primer periodo (el más liberal, de 2000 a 2004) de Putin. Al romper con este, pasó a ser uno de los responsables políticos rusos más escuchados en EE UU y en Europa.

Los movimientos Por los derechos Humanos, Memorial y otras ONG de la sociedad civil también forman parte de esta primera corriente, que se manifiesta además por una condena del sistema soviético, diferenciándose claramente de los partidos y grupos de izquierda o “patrióticos” (que no deben confundirse con los etnonacionalistas). Existe un caso aparte, el de Eduard Limónov, un escritor que fundó en 1994 el Partido Nacional-Bolchevique (NBP), prohibido desde 2007 por “extremista”, e impulsó, junto con el excampeón de ajedrez Gari Kaspárov, las principales iniciativas de oposición pluralistas, en colaboración de diversos grupos demócratas y de defensa de los derechos humanos: Otra Rusia, Foro Cívico Unido, Marchas del desacuerdo, Asamblea Nacional y el Comité de Salvación Nacional, en el que participa la extrema izquierda del Rotfront. Aliado de los liberales pero en desacuerdo con ellos sobre el fondo (sus responsabilidades en la catástrofe social de los años 1990), imprime a Otra Rusia una nueva orientación nacionalista, simbolizada por la adopción de la bandera imperial negra-amarilla-blanca. Tiene previsto presentarse a la elección presidencial de 2012.

Es sabido que EE UU financian a algunas organizaciones de oposición rusas. Así consta en las listas de donaciones que publican regularmente varias fundaciones y lo ha reconocido el portavoz del Departamento de Estado, Mark Toner, quien declaró el 6 de diciembre que los fondos concedidos a ONG y “medios independientes” rusos se incrementarían en 2012 (en particular de cara a la elección presidencial de marzo) hasta un poco más de nueve millones de dólares.

Ha aparecido una nueva estrella de la contestación, una ecologista: Irina Chirikova, animadora de un movimiento de defensa del bosque de Jimki, en el norte de Moscú, contra el proyecto de autopista Moscú-San Petersburgo, cuyas obras han sido adjudicadas a la empresa francesa Vinci.

La corriente liberal cuenta asimismo con la simpatía de medios de oposición que comparten sus opiniones: Novaya Gaseta, radio Ejo Moskví, el periódico de economía Vedomosti y numerosos sitios de Internet, que ya influyen más que la prensa escrita e incluso son capaces de rivalizar con el monopolio oficial sobre las principales cadenas de televisión.

En el seno y “al margen” de esta oposición se halla el célebre partido Yábloko, miembro de la Internacional Liberal, que dirige el economista y reconocido intelectual Grigori Yavlinski. A diferencia de los demás grupos liberales, Yábloko ha conservado un poco el espíritu humanista de la antigua inteliguentsia liberal soviética y no aprobó la “estrategia de choque” de la década de 1990. Se reclama de un liberalismo social y respetuoso de la democracia, por oposición al “pinochetismo” de la derecha liberal dura.

La contestación atrae además, aunque todavía tímidamente, a movimientos nacionalistas y neofascistas, fuertemente contestados con ocasión del mitin del 10 de diciembre por los anarquistas. Banderas rojinegras contra banderas negras-amarillas-blancas.

Aliadas, pero no alineadas con los liberales, están las fuerzas agrupadas en el Levyi Front (Frente de Izquierda), encabezado por Serguéi Událtsov, de 34 años, defensor a ultranza de la autoorganización del pueblo mediante el restablecimiento de los soviets con el fin de acabar con el sistema capitalista y no únicamente con Putin. Encarcelado durante diez días y gravemente enfermo, Událtsov, figura emblemática de la nueva izquierda radical, fue oportunamente apartado de la escena pública, lo que facilitó la imposición del liderazgo liberal, ya respaldado a bombo y platillo por los medios de comunicación y otros apoyos políticos y financieros occidentales. Událtsov y sus correligionarios encarnan también una izquierda social, que no se centra en exclusiva en los procesos electorales, no se hace ilusiones con la democracia representativa y sintoniza mejor con las protestas populares dispersas que en toda Rusia inquietan, por no decir desestabilizan, al poder en torno a cuestiones concretas: empleo, vivienda, tarifas de la energía, educación y sanidad (para la que se reclama el restablecimiento de la gratuidad), guarderías, proyectos urbanísticos, etc.

La izquierda institucional

Esta es la segunda componente de las protestas. La principal fuerza de oposición por número de electores, el Partido Comunista de la Federación de Rusia (PCFR), que dirige Guenadi Ziugánov, aparece como el receptáculo de los votos de protesta. El programa de este partido es muy “soviético”, cosa que no disgusta a las generaciones mayores y a las clases populares: la nacionalización de los sectores fundamentales de la economía, el “retorno a la amistad de los pueblos”, la restauración de la gratuidad de la enseñanza y la sanidad. El PCFR ha organizado mítines importantes en el sur de Rusia, en Siberia y en el Extremo Oriente. El acto convocado en Moscú el 18 de diciembre no reunió a más de 5.000 personas, lo que parece desmentir los augurios de una “marea roja” o de un “retorno de los comunistas” temidos por algunos.

Dicen que el partido Rusia Justa, de Serguéi Mirónov, cuyo discurso es más reformista, está siendo manipulado por el Kremlin. Impulsado desde el poder, de hecho ocupa, sin embargo, un espacio que muchos consideran una necesidad: la socialdemocracia.

Los partidos de la izquierda institucional arrastran un pesado lastre: la clase obrera de la que se reclaman, que sin duda se halla en gran parte desconcertada, precarizada, estigmatizada por veinte años de capitalismo ofensivo, está en buena medida ausente de la escena política, a pesar de que será la primera en sufrir otro hecho de actualidad que ha pasado inadvertido, pero que tendrá graves consecuencias sociales: la entrada de Rusia en la Organización Mundial del Comercio.

Ambos partidos entran con fuerza en la Duma, de manera que no comparten el radicalismo de la contestación de fuera del sistema, sino que participarán en el juego parlamentario. Máxime cuando el PCFR marca claramente sus distancias con respecto al «naranjismo» de los liberales. El 17 de diciembre, Ziugánov recordó los precedentes de Yugoslavia, Georgia y Ucrania. Calificó a los dirigentes liberales de “pope Gapón colectivo”, por alusión al cura que desempeñó un papel provocador en el domingo sangriento de 1905.

Los blogueros

La tercera componente es la más nueva y la menos previsible. Dispone de esa novedad tecnológica que hace unos años todavía estaba poco extendida: el dominio de Internet y de las redes sociales (Vkontakte, Twitter, más raramente Facebook), a las que recurren también los jóvenes contestatarios liberales o izquierdistas. Pero la masa de usuarios de estas redes está formada ante todo por una joven generación nacida en la época de la caída de la URSS o después, que no está relacionada con la política y sus organizaciones y expresa una furia espontánea ante los aspectos más escandalosos de la vida pública: la corrupción, los desvíos de fondos y bienes públicos, el crimen organizado en todos los niveles, “el partido de los granujas y ladrones”, como llaman a Rusia Unida. El potencial movilizador de las redes sociales, según un estudio de Alexei Sidorenko, se cifra en 185.000 manifestantes.

Varios observadores han tratado de describir una sociología de esta nueva ola. Por lo visto se trata de un sector de la clase media que se ha beneficiado del crecimiento económico de la primera época de Putin, jóvenes élites en busca de un ascenso social más rápido. Lo que uniría entonces a los “indignados” de Moscú no sería, como en Madrid y otras partes de Europa Occidental, la protesta contra las desigualdades sociales, la precariedad y el paro, sino la falta de perspectivas de jóvenes licenciados en una estructura social estancada en la que demasiados puestos ya han están ocupados por los privilegiados de las generaciones precedentes.

Según el sociólogo Leonti Bísov, “confluyen muchos factores. En primer lugar, el ascenso potencial de una nueva generación de jóvenes que no guardan la memoria del ‘traumatismo de los años noventa'. No tienen miedo al cambio, lo prefieren a la ‘jaula de oro’ de la estabilidad putiniana. Los jóvenes de clase media desean la movilidad social y sueñan con carreras fulgurantes”. Pero a esta constatación sociológica se añade otra de naturaleza política.

El mascarón de proa de la movilización de los internautas es el bloguero Alexei Navalnyi, autor del lema muy popular que acusa a Rusia Unida de ser “el partido de los granujas y ladrones”. Muy conocido en EE UU, donde cursó sus estudios, parece que su papel político se desarrolla en dos niveles. Por un lado, se conoce que está vinculado, como otros, a la National Endowment for Democracy de Washington. Por otro, participa en la Marcha Rusa /1: sería así la pasarela soñada entre la extrema derecha nacionalista y la “revolución blanca”. Aunque parezca un matrimonio contra natura, esta síntesis es tentadora al menos para una parte de los jóvenes rebeldes y podría constituir un cóctel explosivo muy desestabilizador.

En las reuniones de preparación de la movilización del 24 de diciembre se plantearon varias cuestiones que dividen a los convocantes. Entre ellas figura el peligro de que se les unan los etnonacionalistas y la controversia en torno al liderazgo liberal (Némtsov y otros) y sus patrocinadores estadounidenses. El movimiento de base pretende preservar su carácter democrático, pacífico y su espontaneidad.

Nota
1/ Manifestación anual, el 4 de noviembre, de los neonazis y otros movimientos contrarios a la inmigración.

Traducción: Viento Sur
Leer la versión original en francés   
http://www.monde-diplomatique.fr/carnet/2011-12-22-Revolution-blanche-drapeaux-rouges